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153 años de la Comuna de París. Un ejemplo de internacionalismo proletario

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Un esbozo geopolítico previo al “primer gobierno obrero de la historia” nos indica que no solo fue producto de la primera crisis —guerra de alcance mundial, provocada por la guerra franco-prusiana que sacudió a toda Europa como acelerador social sino la herencia de las grandes luchas políticas de la época a pesar de la losa de plomo contrarrevolucionaria que cayó sobre toda la Europa insurrecta (1848-1851)

JUAN LÓPEZ PÁEZ

Un esbozo geopolítico previo al “primer gobierno obrero de la historia” nos indica que no solo fue producto de la primera crisis —guerra de alcance mundial, provocada por la guerra franco-prusiana que sacudió a toda Europa como acelerador social sino la herencia de las grandes luchas políticas de la época a pesar de la losa de plomo contrarrevolucionaria que cayó sobre toda la Europa insurrecta (1848-1851).

Los proletarios supieron mantener viva durante todos esos años una sólida memoria de clase, tanto oral como escrita. No se puede explicar la fuerza de los movimientos proletarios de finales de la década de 1860, de los cuales el desarrollo insurreccional de 1870-1871 en Francia marca el apogeo, sin esa capacidad de nuestra clase de enriquecerse de las luchas del pasado, de hacer balance de sus fuerzas y debilidades para nutrir las luchas futuras. A pesar de las derrotas, los vencidos transmitían las experiencias de la lucha, las lecciones aprendidas. Las diversas generaciones no se ignoraban. Los «ancianos» de 1848 que se codeaban en las barricadas de 1871 con los jovencísimos revolucionarios. Encuentros informales como los que ocurrían en los cafés, en el trabajo, en los puntos neurálgicos de algunos barrios, reuniones más estructuradas (asociaciones de apoyo mutuo, de resistencia, sociedades secretas, círculos de lectura, etc.). La necesidad de organización, de solidaridad, permanecía viva, por momentos invisible, escondida a los ojos del Estado, en otros momentos resurgía intempestivamente en las esquinas de las calles bajo la presión lenta, pero inexorable, de la proximidad del enfrentamiento directo.

Ese hilo rojo recorre todo el siglo XIX, los conflictos polacos de 1830 y 1848, las luchas de liberación italianas de 1848 y 1860, el fenianismo de los nacionalistas irlandeses de los años 1850 y 1860, la guerra civil americana de 1861-1865, la gloriosa “Revolución” española de 1868 que da lugar a la 1ª República, estos movimientos culminan con la proclamación de la Comuna en marzo de 1871. La causa francesa se convierte en una causa republicana, y en particular en la de la “República Universal”. Rápidamente, miles de voluntarios internacionales acuden a luchar en Francia en nombre de la libertad de los pueblos. La mayoría son italianos, pero también hay polacos, españoles, belgas, irlandeses, griegos, estadounidenses y uruguayos.

Guerra de imperios

La segunda revolución industrial estaba transformando a Europa. Engels en la introducción a «La lucha de clases en Francia» lo describe: “ha sido precisamente esta revolución la que ha puesto en todas partes claridad en las relaciones de clase… ha creado una verdadera burguesía y un verdadero proletariado de gran industria, la lucha entre estas dos grandes clases, que en 1848 fuera de Inglaterra solo existía en París, se ha extendido a toda Europa”.

Alemania todavía no se había constituido como un Estado-nación burgués. Prusia impulsa la unión aduanera, el «Zollverein», creada en 1834 que permitió la libre circulación de hombres, mercancías y capitales con una treintena de pequeños estados federados, así mismo patrocinó la reorganización y concentración de mercados dispersos o paralizados tras los duros efectos económicos que causaron las guerras napoleónicas. Esta unidad económica que procedió a la unidad política fue el factor primordial para el proceso de industrialización alemán. Prusia se convirtió en una nueva potencia industrial con su capital en Berlín cuyo objetivo era defender el mercado para su producción. El único obstáculo que le quedaba era el Imperio Francés interesado en frustrar esta unidad que amenazaba la hegemonía francesa en Europa.

Imperialismo francés

Napoleón III sube al poder por el golpe de Estado tras la derrota de la Revolución de 1848, gobierna durante las siguientes dos décadas que fueron de un auge económico excepcional para el capitalismo en Europa y América. Las recesiones económicas fueron pocas y espaciadas (1859 y 1864), De hecho, la rentabilidad subió a máximos en la década de 1850 (hasta un 11 %), pero luego retrocedió un 4 % en la década de 1860.

Francia se transformó de una economía agrícola atrasada en una industrial de rápido crecimiento. Se lanzó una serie de obras públicas y proyectos de infraestructura diseñados para modernizar las ciudades de Francia. París surgió como un centro financiero internacional a mediados del siglo XIX, solo superado por Londres. Tenía un banco nacional fuerte y numerosos bancos privados agresivos que financiaban proyectos en toda Europa y al Imperio francés en expansión. La Banque de France, fundado en 1796, surgió como un poderoso banco central, el gobierno francés coordinó varias instituciones financieras para financiar grandes proyectos, como el Crédit Mobilier, que se convirtió en una agencia de financiamiento poderosa y dinámica para grandes proyectos en Francia, incluida una línea de vapor transatlántica, iluminación de gas urbano, un periódico y el sistema de metro de París. Francia multiplicó por ocho sus líneas ferroviarias y duplicó su producción de mineral de hierro. La población aumentó un 10 % y mucho más en las ciudades que ahora se convirtieron en centros urbanos de la nueva clase industrial: el proletariado.

La clase obrera francesa

La clase trabajadora francesa en 1870 se concentraba en grandes fábricas y en algunas regiones, pero la pequeña industria y la artesanía prevalecen numérica y socialmente; aunque Francia seguía siendo un país predominantemente rural, sin embargo, ya existían grandes imperios industriales: la concentración fue fuerte en las grandes empresas metalúrgicas, siderúrgicas, textiles y químicas. La fábrica de Schneider empleaba a 10.000 trabajadores en la industria metalúrgica de Creusot; Wendel ocupó alrededor de 10.000 en sus acerías en la Lorena. Las minas de Anzin ocupaban más de 10.000 mineros. Las obras navales de París contaron con más de 70.000 trabajadores, la mayoría de la provincia, en un flujo migratorio de enormes proporciones, resultado del proceso de concentración de tierras de años anteriores. En 1866, había oficialmente 4.715.084 personas empleadas en fábricas e industrias, pero solo 1,5 millones de trabajadores trabajaban en empresas con más de diez personas. La concentración industrial había sido rápida durante el régimen bonapartista, pero limitada a algunas ramas industriales y regiones geográficas (París, Norte, Lorena, Bajo Sena y Lyon).

El desenlace de la guerra franco-prusiana factor detonador de La Comuna.

Napoleón III le declara la guerra al reino de Prusia el 15 de junio 1870, una aventura que va acabar con la Monarquía, el 2 septiembre es derrotado y hecho prisionero junto a 100.000 soldados en Sedán, es derrocado y el 4 septiembre se proclama la República francesa con un gobierno reaccionario de Defensa Nacional dirigido por THiers, mientras París es asediado durante 4 meses por tropas prusianas, entremedias el canciller Bismarck aprovecha y el 18 enero 1871 proclama la creación del Imperio alemán con Guillermo I al frente. El 28 de enero Thiers decide la rendición de París, los prusianos permiten una tregua para convocar elecciones de una Asamblea Nacional francesa que ratifique las condiciones leoninas de los alemanes, el gobierno electo de Thiers, dominado por monárquicos y republicanos moderados se retira a Versalles, su principal objetivo se centra en desarmar al pueblo parisiense, en la madrugada del 18 de marzo la clase obrera se lanza a las calles en contra de la medida, Tiers huye a Versalles, el 28 de marzo de 1871 es proclamada oficialmente la Comuna.

Internacionalismo y guerra imperialista.

París se convirtió en capital del mundo, Gustave Coubert escribía a sus padres que: «París había renunciado a ser la capital de Francia». La metrópolis cosmopolita de cerca de dos millones de habitantes, donde vivían emigrantes de cualquier parte del mundo. La Comuna otorgó de manera inmediata la ciudadanía a todos los extranjeros incorporándolos al gobierno de la ciudad. Su integración es justificada públicamente: “considerando que la bandera de la Comuna es la de la República Universal, que toda ciudad tiene derecho a dar el título de ciudadano a los extranjeros que la sirven (…)” según reza en el Journal officiel 31 marzo 1871. Tal como pregonaba Élisée Reclus: «Nuestro grito de guerra ya no es ‘Viva la República’ sino ‘Viva la República Universal’». Toda una ruptura con el relato nacionalista y chovinista francés que quedó reflejado en la sustitución de la bandera tricolor por la bandera roja. La propia Gaceta oficial del movimiento revolucionario publicaba el mejor titular: «La bandera de la Comuna es la República Universal».

La lucha contra la guerra evidenció el avance del discurso internacionalista entre el proletariado europeo, se enfrentó a la política chauvinista-imperialista de “unión nacional” del régimen bonapartista.

En abril, en el apogeo de la Comuna, 7.000 obreros londinenses organizaron una manifestación solidaria con los comuneros parisinos que se trasladó hasta Hyde Park, pese a que los participantes marchaban con pancartas que rezaban: «¡Viva la Comuna!», «¡Viva la República Universal!». El 23 de abril se publicó en el Reynold’s Weekly Newspaper un comunicado que estos manifestantes enviaron a los comuneros: «Saludamos vuestra proclamación de la Comuna como gobierno autónomo local […]. Aprobamos totalmente vuestro proyecto de liquidar la pesada indemnización de guerra mediante la venta de los palacios y apropiándoos de las tierras de la Corona para objetivos nacionales; sólo podemos lamentar que nuestros conciudadanos aún no estén suficientemente educados para imitar vuestro noble ejemplo […]. Nosotros, el pueblo de Londres, creemos que lucháis por la libertad del mundo y la regeneración de la humanidad, y por la presente os expresamos nuestra profunda admiración […] y os tendemos la mano honesta e intransigente de la amistad y la camaradería».

Ya el Primer Manifiesto de 23 de julio del Consejo General de la Internacional, dirigido “a los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Europa y en Estados Unidos”, saludaba los pronunciamientos de los obreros franceses y recalcaba especialmente que “la voz de los trabajadores encontró un eco en Alemania. Una inmensa asamblea obrera llevada a cabo en Berwick, rechazó con indignación la idea de un antagonismo nacional contra Francia y en Chemnitz, los delegados de 50.000 obreros sajones adoptaron la misma resolución…”.

La clase obrera francesa había votado contra el referéndum de mayo que le dio mayoría al “emperador” para iniciar su aventura bélica. Declarada la guerra, la Federación Obrera parisiense lanza un llamado a principios de agosto: «Aux ouvriers du monde” declarando que estamos “en presencia de una ‘guerra fratricida’” para “satisfacer la ambición de nuestro enemigo común”.

La noche del 4 de septiembre, los delegados de la Cámara Federal de las Sociedades Obreras y los delegados de las secciones de la Internacional se reúnen en la Corderie du Temple para redactar un

llamado al pueblo alemán, publicado al día siguiente en alemán y en francés:

«La Francia republicana te invita, en nombre de la justicia, a retirar tus ejércitos; si no, nos será preciso combatir hasta el último hombre y derramar ríos de tu sangre y de la nuestra. Te repetimos lo que declaramos a la Europa coligada en 1793: el pueblo francés no hace la paz con un enemigo que ocupa su territorio. Vuelve a cruzar el Rhin. Desde las dos orillas del río disputado, Alemania y Francia, tendámonos la mano. Olvidemos los crímenes militares que los déspotas nos hicieron cometer unos contra otros… con nuestra alianza, fundemos los Estados Unidos de Europa.

El 5 de septiembre, el Comité Central del Partido de la Democracia Socialista, conocido con el nombre de comité de Brunswick, publica un manifiesto que contiene frases como éstas:

«Es deber del pueblo alemán asegurar una paz honorable con la República francesa… Corresponde a los trabajadores alemanes declarar que, en interés de Francia y Alemania, están decididos a no

tolerar una injuria hecha al pueblo francés… Juramos combatir lealmente y trabajar con nuestros hermanos obreros de todos los países por la causa común del proletariado.»

Complicidad entre imperios en la represión

El pago de 5 mil millones de francos fue la condición impuesta por Bismarck para firmar la paz y retirar las fuerzas de ocupación sobre territorio francés y el interés del 5 % a añadir a esta suma en caso de retraso en pagarla. Bismarck estaba convencido de que para tener una Francia dócil y dispuesta a respetar las condiciones impuestas por la victoriosa Prusia había que aplastar al pueblo, empezando por el de París, pero no quería utilizar al agotado ejército prusiano para ello. Quería que Thiers hiciera el trabajo sucio.

Una delegación del gobierno de Thiers fue a Frankfurt a principios de mayo de 1871 para obtener de Bismarck los medios para aplastar la Comuna. Bismarck respondió que era necesario lo antes posible hacer el pago de los primeros plazos de la deuda y que para crear las condiciones que permitieran la victoria, estaba de acuerdo en permitir que Thiers utilizara la parte del ejército francés hasta entonces prisionero de los prusianos para atacar París. Bismarck también estaba de acuerdo en hacer intervenir algunas de las tropas prusianas como apoyo y sin entrar en París. Finalmente, al finalizar las negociaciones, Bismarck aceptó esperar hasta el final de la Comuna de París para recibir el primer pago de la deuda. Fue este plan, concebido en conjunto entre los dos imperios francés y alemán el que finalmente derrotó la Comuna de París.

Sobre este pacto entre Thiers y Bismarck para disponer de 170 mil soldados franceses prisioneros en Alemania, Marx escribe al respecto en La Guerra Civil en Francia: «hecho sin precedente de que en la guerra más tremenda de los tiempos modernos el ejército vencedor y el vencido confraternicen en la matanza común del proletariado (…). La dominación de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme nacional; todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado“.

Resonancia mundial

Los inicios de la década de 1870 estuvieron marcados por profundas transformaciones en los medios de comunicación: el flujo de información se vio facilitado por el desarrollo de los barcos de vapor, y aún más por el establecimiento en 1866 del cable atlántico, que permitía pasar de un continente a otro en unas horas en lugar de varios días. Las grandes agencias de prensa, como Reuters, Wolff y Havas, recopilan, intercambian y difunden noticias. Un examen de los telegramas de Reuters muestra que de toda la información que circula por la red durante la semana del 18 de marzo de 1871, la abrumadora mayoría se refiere a la insurrección parisina, como “hecho» significativo a escala mundial. La Comuna fue objeto de un incesante flujo de palabras y fue seguida por los periódicos de Europa, de toda el área de influencia británica (Canadá, India, Australia), y de toda el área atlántica (Brasil, México, EEUU). La atención fue muy sostenida en México, por ejemplo, donde la suerte parisina fue seguida a diario por la prensa, o en Estados Unidos, donde, según el historiador Samuel Bernstein, “ningún tema económico o político […] con la excepción de la corrupción gubernamental, recibió más titulares en la prensa estadounidense de la década de 1870 que la Comuna de París”.

Engels tres años más tarde señala en una carta a Sorge, fechada el 12 de septiembre de 1874: «Gracias a la Comuna, la Internacional se ha convertido en una potencia moral en Europa».

La burguesía comprendió que el comunismo no era el producto febril de oscuros conspiradores o la elucubración racionalista de constructores de utopías, sino un peligro real que de pronto pudo acontecer en la ciudad que era el símbolo mismo de uno de los imperios mundiales. La Comuna abrigaba el fantasma del comunismo, la presencia de la Internacional era para sus detractores la prueba evidente de su estrategia final, la toma del poder. La palabra «commune» compartía la misma raíz que «communisme», lo que favoreció el deslizamiento de sentido. El término «comunismo», si bien formaba parte del vocabulario político de las vanguardias desde la década de 1830, no se difundió a escala internacional sino con los hechos de la Comuna.

Marx consideraba ya en abril de 1871 La Comuna como un “importante punto de partida de la historia mundial”. Este horizonte parece tanto más evidente desde la lectura marxista de la Comuna como un momento de transición entre las revoluciones “románticas” del siglo XIX y las revoluciones “modernas” que vendrían en el mundo después de la Revolución Rusa de 1917.

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