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Alto a la histeria belicista franco-alemana en Ucrania

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Zelensky no ha hecho una sola referencia a la moral de sus tropas. Sólo pide armas y más armas promoviendo una carrera armamentista muy peligrosa en Europa

Encuentro en París en febrero entre Emmanuel Macron y el ucraniano Zelensky | Foto: Presidencia de la República francesa

RAFAEL FRAGUAS

En las guerras, las victorias se acompañan con la euforia y las derrotas, con la histeria. Todo parece indicar que el régimen ucraniano de Volodomir Zelensky se aproxima a la segunda alternativa y con él, algunos dirigentes europeos. El aún reciente cese de seis viceministros de Defensa ucranianos por corrupción, por liberar del servicio de armas en el frente de guerra a jóvenes ricos, así como la destitución del Jefe del Estado Mayor de su Ejército, preludian muy graves situaciones en el campo de batalla; si, además, añadimos el fracaso de la publicitada contraofensiva ucraniana contra la invasión rusa en el frente oriental del país, todo ello preludia un oscuro y amargo horizonte para el Gobierno de Kiev y más inquietud entre sus aliados, los líderes europeos.

Volodomir Zelensky, líder ucraniano y ex actor de variedades, en tres años de guerra con la Federación Rusa, no parece haber hecho referencia a la moral de combate de sus tropas, moral decisiva en cualquier conflicto, tanto o mucho más que el número de combatientes o la cuantía de los arsenales; tan solo parece limitarse a pedir en el extranjero armas y más armas. No parece haber corregido la sangría de jóvenes que no acudieron a su llamada a filas y prefirieron el exilio. Con su petición incesante de armas, fustiga la mala conciencia de algunos Gobiernos europeos y promueve una carrera armamentista muy peligrosa en Europa. Y ello habida cuenta de que sabe que, en Washington, se espera el regreso a la Casa Blanca de Donald Trump.

Como se sabe, el díscolo líder de los republicanos estadounidenses es enemigo acérrimo de seguir financiando y armando a Ucrania, contendiente de una guerra contra Rusia que él cree que no puede ganar. La chequera de Estados Unidos tiene un límite, repiten los círculos cercanos al expresidente y ahora candidato del tupé dorado. Por ello, las armas de Europa son para Zelensky, el penúltimo cartucho que le queda. El último parece ser la ayuda de los precarios Estados balcánicos del sureste continental, como ha demandado angustiadamente en una reciente reunión celebrada en la capital albanesa, Tirana. El déficit demográfico de Ucrania es una continua hemorragia, desde los 53 millones de habitantes con los que contaba en 1991, al independizarse de Rusia, hasta los actuales 41 millones, a incluir los ocho millones de ucranianos refugiados en otros países y los 2,3 millones de habitantes de Crimea prorrusa, anexionada a la órbita de Moscú. Tanto la península tártara como la ciudad portuaria de Sebastopol fueron adscritas como sujetos federales a la Federación Rusa en 2015, con posterioridad a los distintos referendos de adhesión a Rusia promovidos por la población rusófona, también la mayoritaria del Donbass, Donest y Lugansk, que se consideraban represaliadas por el Gobierno neoliberal de Kiev. Fue tal población la que se opuso al derrocamiento-golpe de Estado, denominado del Maidán, que, con apoyo de Estados Unidos, derrocó en 2013 al presidente ucraniano Víktor Yanukovich, partidario de mantener las alianzas ucranianas con Moscú, frente a las presiones occidentales para meter cuanto antes a Ucrania en la Unión Europea no sin antes obligarle a ingresar en la OTAN como sucedió en su día en España.

Macron quiere enviar tropas europeas a combatir a Ucrania y Von der Leyen quiere usar los activos financieros rusos congelados en el BCE para armamento y reconstrucción

Macron y Von der Leyen empujan hacia el abismo

Lo malo de esta carrera de armamentos espoleada por el pedigüeño Zelensky, es que ha encontrado nuevo eco en Emmanuel Macron, presidente de Francia, en Charles Michael, Presidente del Consejo Europeo y en Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. Ésta, ante la escisión moral que al parecer le plantea no gravar más a las economías europeas y no quedar mal con el supuesto aliado ucraniano, ha tenido la ocurrencia de proponer movilizar los beneficios de los activos financieros rusos depositados en Europa, las dos terceras partes de unos 270.000 millones de euros. Estos fondos, congelados por el Banco Central Europeo como sanción contra Rusia por su invasión de Ucrania, quiere destinarlos a emprender la reconstrucción posbélica del país eslavo meridional; y, de paso, según distintos analistas, armarlo más todavía, hasta los mismos dientes, usando parte de esos beneficios en la compra de munición y armamento para el régimen de Kiev.

Von der Leyen, aristócrata renana, cuestionada ex ministra de Defensa de Alemania, consiguió la Presidencia europea, a la que vuelve a aspirar, por tan solo nueve votos. Sus gestiones para proveer de vacunas Pfizer a su país registraron irregularidades sepultadas en el silencio oficial. Al proponer ahora la expropiación de activos rusos, sitúa a Europa occidental un paso más cerca de la guerra abierta con Rusia. Jugar con las cosas de comer es algo grave y enredar en el bolsillo de un gorila geopolítico, como Rusia, suele concluir en sonoro manotazo.

En aparente sintonía —¿o competencia?— con Von der Leyen, el presidente francés Emmanuel Macron se propone enviar tropas europeas —¿francesas también?— a combatir a Rusia en Ucrania. El belicismo es lo que tiene: esa estela de histeria por ver quién corre más hacia el abismo, todo ello a expensas de truncar la pax europea: 79 años de paz ininterrumpida salvo por la sangrienta crisis de los Balcanes, enjugada con la destrucción de la Federación Yugoslava, perpetrada por la OTAN y avalada por la Europa entonces hegemónica. Asistimos hoy a un intento de los grupos de presión financieros y mediáticos euro-occidentales por imponer la naturalización de una guerra generalizada contra Rusia, según declaraciones de líderes europeos como Charles Michael, Josep Borrell y la propia Úrsula von der Leyen.

Las regiones moldavas de Transnistria y Gagauzia, piden ayuda a Moscú por el trato que el Gobierno da a las poblaciones prorrusas. Un escenario parecido al de Ucrania

Nuevos focos conflictivos se abren en el área eslava, concretamente las regiones moldavas de Transnistria y Gagauzia, que piden ayuda a Moscú por el trato que el Gobierno prooccidental de Moldavia aplica a sus respectivas poblaciones prorrusas. Con una queja parecida procedente del Donest y Lugansk, en el Este ucraniano, tras el golpe de Estado del Maidán, se activó la guerra en 2014, con 14.000 muertos, preludio de la guerra abierta en Ucrania en febrero de 2020.

Algunas fuentes informan de fuertes pulsiones en Alemania para dotarse del arma nuclear. Barajan ya un presupuesto militar añadido de 100.000 millones de euros

Alemania y Polonia se rearman

Por otra parte, según informaciones, por contrastar plenamente, existen hoy fuertes pulsiones en Alemania para dotarse del arma nuclear. Cabe recordar que a Alemania y a Japón, tras la Segunda Guerra Mundial, se les impidió rearmarse, ahorro en armas que generaría sus respectivos milagros económicos. Ahora, las tornas cambian y Berlín baraja ya un presupuesto militar añadido de 100.000 millones de euros. Si la frágil memoria de Europa Occidental, con ayuda de los banales medios del capitalismo financiero, no lo borra, ha de recordarse que los rearmes alemanes y japoneses se encuentran en el origen de las dos guerras mundiales. Claro que, la apuesta anglosajona por el rearme de Polonia y de Ucrania parece que inquieta a Berlín más de la cuenta, con miras a su retaguardia oriental.

Todo lo dicho concierne a la guerra en Ucrania, donde, ante el derrocamiento abiertamente rusófobo del presidente rusófilo Yanukovich en 2014, origen de todo lo sobrevenido luego, guerra incluida, la subsecretaria de Estado norteamericana para Asuntos Políticos, Victoria Nuland no tuvo pelos en la lengua a la hora de reconocer, a posteriori, que lo indujo ella misma. Nuland, diplomática y lobista, pertenece a grupos de presión de empresas armamentistas estadounidenses tan singulares como Grumman, General Dynamics y Northrop, las corporaciones occidentales que más se lucran con las guerras, la de Ucrania incluida.

Lo curioso es que ahora la presidenta europea Von der Leyen se apunte a cara descubierta también a la beligerancia y Macron vaya un paso más allá, al tiempo que se descubre una filtración desde círculos de la Fuerza Aérea germana según la cual Alemania, que confirma la presencia de combatientes estadounidenses y británicos en Ucrania, por su parte no quiere que se sepa que enviaría a Ucrania misiles Taurus únicamente si son operados por ucranianos que Berlín adiestraría.

En cuanto a Rusia, la reciente muerte en cautiverio del disidente Navalni ensombrece los resultados electorales de Vladimir Putin, que le procuraron una victoria sin apenas oposición ni precedentes el 18 de marzo; las encuestas daban previamente un apoyo del 85 % de la población rusa, si bien logró el aval de 87 de cada cien rusos convocados a las urnas. El segundo candidato, Khatarinov, frisó el 4 % de los votos. La participación abarcó al 74 % de los llamados a las urnas. Por ello, Putin dispondrá de un quinto mandato presidencial, hasta 2030. Su victoria es explicada por analistas neutrales en función de que el mandatario ruso va sorteando con menos impacto adverso que Ucrania su guerra con la antigua república de la URSS. Además, pese a que antes de invadir Ucrania, Rusia exportaba a Europa las dos terceras partes de sus energéticos y de su comercio exterior, comercio hoy sometido a sanciones, Moscú ha logrado reemplazar el previsible déficit ampliando sus exportaciones de gas e hidrocarburos a China y a países del Sur global. Tres de los denominados Brics, Brasil, la India y África del Sur, comparten con el Kremlin y con Pekín el rechazo al mundo unipolar y a los valores del (des) orden ultraliberal impuesto por Washington y Londres al mundo entero, Europa continental incluida.

Diferendos entre Borrell y Von der Leyen

Panorama general inquietante, con el foco de incertidumbre puesto en las elecciones estadounidenses; en cierta histeria armamentista de Alemania; en el arrogante galleo de Macron al proponer el envío de tropas eurooccidentales a Ucrania; y en la conducta política de una presidenta europea que se arroga funciones defensivas que le competen a Josep Borrell, Alto Representante para la Política Exterior Europea y supervisor de los asuntos de la Defensa. Borrell, que se ha mostrado partidario de un apoyo armamentista europeo irrestricto a Ucrania, ha denunciado abiertamente, sin embargo, las exacciones perpetradas por Benjamín Nethanyahu en Gaza, donde confiesa que, pese a ser considerado como el ministro de Asuntos Exteriores de Europa y también de Defensa, se le prohíbe personalmente entrar. Por el contrario, la imagen moral del Viejo Continente se vio muy dañada cuando a Ürsula von der Leyen, presidenta europea y ahora candidata cristiano-demócrata a revalidar su cargo, no le tembló la voz el pasado octubre a la hora de apoyar al primer ministro de Israel, Benjamín Nethanyahu. Y lo hizo, precisamente, cuando comenzaba sus bombardeos indiscriminados y criminales contra la indefensa población infantil de Gaza.

Los diferendos entre Von der Leyen y Josep Borrell, al respecto de la guerra de Israel contra Hamas en Gaza, que castiga a todo el pueblo palestino, se ven acentuados por el propósito de la candidata a prorrogar su mandato europeo en las elecciones de junio bien incorporándose responsabilidades relativas a la Defensa europea, que actualmente no le corresponden, o bien desproveyéndole de ellas al político socialista catalán, como éste insinuó en una reciente entrevista abierta que mantuvo con el periodista Manuel Campo Vidal en la sede del Colegio de Ingenieros de Caminos de Madrid.

Terrorismo en Moscú

Un episodio terrorista de graves proporciones, 137 muertos y 180 heridos, registrado el viernes 22 de marzo en la sala de conciertos, Crocus City Hall, en la localidad rusa de Krosnogorsk, a unos 20 kilómetros de Moscú, y autoatribuido por el denominado Estado Islámico, ensombreció la reciente victoria presidencial de Vladimir Putin el domingo anterior. Unas 6.000 personas asistían en la sala asaltada a un concierto de rock cuando, al menos, cuatro individuos abrieron fuego de armas automáticas contra la multitud dando muerte e hiriendo a centenares de asistentes. Asimismo, incendiaron el techo de la sala. Las autoridades responsabilizaron en principio al Gobierno ucraniano de inducir el atentado, atribución negada por el presidente Zelensky. La policía rusa afirmó haber detenido a algunos de los terroristas cuando se dirigían hacia el sur de la Federación Rusa por la autopista M-3 que la conecta con Ucrania. Los detenidos fueron once, cuatro de ellos de nacionalidad tayika.

El Kremlin alertó a los inductores del atentado “cualquiera que sea el estatus (político) que ocupen” en alusión a un supuesto complot planificado desde tiempo atrás, que Moscú sospecha como presuntamente urdido por Occidente, y anunció para ellos un castigo “irremediable”. Portavoces de Estados Unidos, al igual que de Ucrania, negaron cualquier tipo de vinculación. Desde Washington se dijo, además, que se había alertado a Rusia de que se perpetraba un atentado así, sin que su aviso tuviera efecto. Intensos bombardeos con artillería de gran calibre y drones rusos atacaron horas después del atentado en Moscú numerosos centros de mando e instalaciones críticas de Ucrania, en un agudo repunte de la actividad bélica en la zona de guerra. La nueva escalada augura nuevas jornadas de amargura en sendos países eslavos y más preocupación en Europa occidental por las pulsiones inducidas hacia una confrontación bélica generalizada, indeseada por los europeos de a pie.

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