Skip to content

Ángel M. Agosto: Suceso

Spread the love

A veces los relatos, aunque ficticios, parten de una anécdota sobre un suceso real. Tal es el caso de este cuento, que lo dedico a uno de los personajes del mismo, Netín (Carlos Nelson Agosto), fallecido la semana pasada. El cuento es parte de una colección de relatos publicados en mi libro Suceso, disponible en amazon.com.

SANTUARIO VIRGEN DEL ROSARIO DEL POZO, Sabana Grande, Puerto Rico

Suceso

Han pasado muchos años. Papo, el menor, aún estaba de brazos mientras que Netín ya caminada. Eran tiempos difíciles. Mi padre había dejado el camión de carga para dedicarse a un comercio pequeño en el pueblo. A esa edad temprana solo escuchaba de escasez y mucho trabajo.

Pero ese día madrugué contento porque haríamos un viaje. Papá había dicho que tendríamos que partir a las tres de la mañana si queríamos llegar a tiempo. Hablaba de un lugar lejano en el que había ocurrido un suceso importan­te. Yo no entendía bien. Solo sabía que sería como los días de playa, así que la noche anterior me acosté más tempra­no que de costumbre para que el nuevo día llegara rápido.

Al despertar, los motetes estaban listos. No recordaba que hubiéramos hecho un viaje con tanto equipaje. Solo habíamos ido a la cercana playa de Luquillo uno que otro domingo. Metimos los paquetes en el baúl. Al frente lle­vamos comestibles y agua. El carro era un Ford de 1948, casi nuevo. Papá lo había comprado con una parte del producto de la venta del camión. Como era un auto gran­de cabían sus piernas largas. Durante un tiempo pensé que era un gigante, demasiado grande para mami. Todos la recuerdan como una mujer bella. Un día un hombre le echó un piropo. Al darse cuenta de que papá estaba al lado, empalideció. En realidad, mi padre era un ser humilde y bondadoso, aun en la cúspide de su gloria. Las cosas de la casa comenzaron a mejorar a partir de las experiencias de ese día. Él lo adjudicó a las bendiciones recibidas.

Aquel viaje no lo olvidaré mientras las tinieblas se man­tengan lejos de mi mente. Las carreteras eran estrechas, de muchas curvas, con tulipanes y almendros a ambos lados. A mí se me hacía que viajábamos dentro de un tú­nel. El olor a melao, típico de la época por el cultivo de la caña de azúcar, nos acompañó durante las horas del viaje a lo largo de la costa Norte y Oeste. Al principio del tra­yecto me mareé por ver pasar los árboles a gran velocidad. Rápido comprendí que lo mejor era mirar hacia el frente. También porque en ese momento tenía hambre, aunque no me di cuenta por el entusiasmo. Lo supe cuando para­mos a merendar. A mamá le extrañó mi apetito ese día, yo que todo el tiempo recibía regaños por no querer comer. Crecí espigado, por lo que algunos creían que era enfermi­zo. Fue todo lo contrario. Papá decía que la causa de que rara vez enfermé estaba en los acontecimientos que estoy a punto de relatar.

La primera parada debió ser en las cercanías de Vega Baja a eso de las seis de la mañana. En el lugar conoci­mos a otras familias que peregrinaban hacia igual destino. Mamá llegó a comentar la «casualidad», pero pronto se dio cuenta de que no era así. Durante las horas de viaje nos encontramos con decenas de familias que iban para el mismo sitio. Yo no entendía nada y ya me estaba enzo­rrando el viaje tan largo, mientras papá maniobraba por pasarle a un camión cargado de caña. Tanto Netín como yo quedamos dormidos en el asiento trasero. Como a la hora desperté al escuchar ruidos. Estábamos en la cerca­nía de Aguadilla. Había mucha bulla.

Lo primero que vi fue a papá hablando mientras mu­chísimas personas le escuchaban. Mamá estaba en el asiento delantero con el bebé en brazos y mi otro herma­no seguía durmiendo. La noté nerviosa, lo que me extrañó. Siempre fue tranquila y muy fuerte, aún ante las mayores adversidades. A través de la radio se escuchaban noticias, algo inusual en ese día de la semana. Luego me enteré que papá explicaba la situación en el lugar al que íbamos. Comentaba que ese día, por ser domingo, eran muchos miles los peregrinos de toda la Isla, debido a que seguían los sucesos que venían ocurriendo desde hacía un mes. El interés de los que escuchaban era porque no conocían los últimos detalles debido a que la mayoría de los automóvi­les no tenía radio.

Pero ese no era el motivo de la preocupación de mamá. Muy pronto lo supe. El tránsito estaba detenido porque se estaba incendiado un camión tanque cargado de gasolina. Decían que eso era a medio kilómetro carretera arriba y que pronto estallaría. Aunque había espacio para pasar, nadie se atrevía a hacerlo. Mamá estuvo de acuerdo con papá cuan­do le dijo que había que seguir o no llegaríamos a tiempo, pues si el camión estallaba se bloquearía la carretera.

Papá, de nuevo al volante, observó el monte a la orilla de abajo. De pronto hizo que todos nos bajáramos del ca­rro. Arrancó. Pasó a gran velocidad por el lado del camión en llamas. Paró lejos, jalda arriba. Luego lo vi salir desde una parte del bosque, muy fatigado. Nos llamó y nos con­dujo a través de una veredera monte adentro. Cruzamos una quebrada, saltando sobre grandes piedras, recuerdo la escena como «muy peligrosa». Llegamos al vehí-culo bas­tante “reventáos”, según le conté a mis amigos después. Cuando partimos en el auto se escuchó un gran estallido. La explosión me recordó la historia de unos periódicos de que el año anterior, durante la guerra de Corea, papá ha­bía sido condecorado por heroísmo, y la maestra lo men­cionó en la escuela. Había cargado sobre sus hombros a un capitán herido a lo largo de veinte kilómetros.

Después de esa experiencia del truck de gasolina no me volví a dormir. Estaba sudado por la caminata. Mamá me dio agua fresca, tomé mucha. Al rato tuvimos que parar a orinar. Lo hicimos entre flamboyanes amarillos y rojos. El chorro de papá llegaba más lejos. Luego usamos parte del agua para lavarnos las manos, siempre fue bien quis­quilloso con la higiene.

Llegamos como a las diez a un lugar que más parecía un cañaveral que un sitio de “milagros”. No era lo que había imaginado. Todos comentaban que las apariciones ocurrían a las once. Había congestión de autos y ningún lugar para estacionar. Mi hermano Netín comentaba qué muchos carros. Las personas detenían sus autos donde­quiera y seguían caminando. Encontramos un espacio y papá estacionó. De ahí tuvimos que recorrer a pie millas y millas, por más de media hora, hasta encontrarnos con una fila de montones de personas. El sol estaba ardiente, el calor insoportable. Yo tenía mucha sed y ya el agua se había acabado.

El bebé lloraba en brazos de papá. Él tenía de la mano libre a Netín. Sentí el olor fuerte de la caca. Mamá dijo que había que cambiarlo. Papá lo hizo con destreza. Puso el pañal sucio en un envase sellado que mamá siempre cargaba dentro del bulto del bebé.

Mi madre me agarraba la mano muy fuerte. Nos ad­virtieron que no debíamos soltarnos, nos podíamos perder entre tanta gente. Era verdad lo que decía la radio, había miles de personas. Hoy he podido saber que antes en la historia del país no se habían reunido en un mismo lugar multitudes mayores.

Era un campo abierto de pastizales. Al otro lado de la carretera se veían los cañaverales en plena cosecha y el olor a melao nos llegaba de lejos. El punto en que aho­ra estábamos era una fila gruesa, de quizás unas veinte personas a lo ancho. Adelante la gente se aglomeraba su­biendo hacia una montaña. Se podía apreciar parte del gentío, monte arriba, como si fuera una gran anaconda ondulante. Yo seguía sintiendo sed y mucho calor. Se lo murmuraba a mamá y ella decía que ya pronto tomaría­mos del pozo. Pero eso me lo había dicho una hora antes y no llegábamos. Vi alrededor a otras personas muy fati­gadas. Los olores ahora eran a sudor y humedad. El sol es­taba más ardiente. Se escuchaba a alguien hablando muy lejano a través de una bocina. Papá dijo que la algarabía no dejaba entender.

Llegó un momento en que la asfixia era extrema entre aquella multitud que se apiñó más. Quedé atrapado en medio de decenas de adultos a cuyas cinturas no llegaba, lo que hacía más fuerte el calor. La desesperación era opre­siva, me sentí encadenado. En el preciso segundo en que respiré hondo para gritar, oí un clamor. Eran expresiones de sorpresa de miles de voces al unísono. Algo ocurría. Pensé que eran las once, hora en que se producía lo que todos esperaban. Miré el pedacito de cielo que podía apre­ciar desde mi ángulo. Cambiaba de colores, como muchos años después vi en algunas discotecas. Era un espectáculo que tenía a todos aquellos miles de personas maravilladas. Por unos instantes olvidé el calor y la sed.

Entonces ocurrió. Una dama, más hermosa que mamá, se dobló a mi lado, poniendo su rostro a mi altura. En ese momento pareció que estábamos solos ella y yo, ya que se hizo un silencio total. Me entregó un vaso transparen­te con agua cristalina. Parecía estar iluminado por luces de neón. La bebí toda, con rapidez. Preguntó, mostrando una sonrisa tenue y casi sin mover los labios, si quería más, a pesar de que no tenía ningún cántaro. Moví levemente la cabeza y me encontré de nuevo con el vaso lleno. La mujer besó mi frente y se perdió entre una multitud que vi reaparecer junto a los ruidos del día, mientras sentí fres­cura y gozo interior.

Cuando llegamos al lugar del pozo, el primer vaso de agua que sirvió mamá era para mí. Le dije que ya no sen­tía sed. Asombrada, cuestionó que cómo era posible, si me había estado quejando desde hacía rato. Le relaté que una señora me había dado dos vasos de agua. Papá, extrañado pero intuitivo, preguntó cómo era la señora. Le dije que se parecía a la del retrato que había sobre la piedra junto al pozo. Ambos cayeron de rodillas. Me sorprendí por pri­mera vez ese día. Lloraban como niños.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *