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Botar el sofá en LUMA

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A uno le da miedo que, echando culpas a diestra y siniestra a lo que él considera un verdor terrible, mande a la calle miles de brigadas con la orden de arrasar toda la clorofila del mundo, cuando en realidad ya estamos convencidos de que, más que la vegetación, lo que está fallando es la sesera, escribe Mayra Montero

Mayra MonteroMAYRA MONTERO

Botar el sofá es una expresión que alude a la parábola del esposo que llega a la casa y se encuentra a su mujer con otro en el sofá. En vez de resolver el problema matrimonial, lo único que se le ocurre es tirar el mueble a la basura.

(A propósito de esto, me permito una breve digresión: Silvio Rodríguez acaba de sacar nuevo disco, y entre las joyas que contiene hay una que se titula precisamente así, “Para no botar el sofá”. En ella no solo habla de la ineficiencia severa en su país, sino que ajusta cuentas con los dogmáticos, los intolerantes, los que viven reprimiendo las opiniones de los que “no son de su acera”).

En LUMA botaron el sofá.

“Renunciaron” a la vicepresidenta de Ingeniería, y cuando un periodista le preguntó al presidente del consorcio, Juan Saca, quién estaría sustituyéndola, este afirmó que había como seis u ocho personas “que saben lo que están haciendo”, y que la ausencia de la vicepresidenta, a la que habría que comparar con el sofá de la parábola, no creaba ningún problema.

¿Qué se desprende de esa declaración de Saca? Pues que al haber seis u ocho personas que “saben lo que están haciendo”, la vicepresidenta no pintaba nada, le regalaban como quien dice el salario, y no solo no pintaba nada, sino que además no sabía lo que estaba haciendo.

A Juan Saca le deben estar buscando sustituto.

Su llegada a LUMA, tras los tropiezos de Wayne Stensby, descansó mucho en el hecho de que, siendo salvadoreño y habiendo trabajado aquí en compañías de telecomunicaciones, iba a conectar rápidamente con su entorno porque además habla español. Pero en los últimos días, al oír sus respuestas —es decir, al sufrir sus desesperantes titubeos— ha quedado demostrado que el hombre no solo no conecta, sino que está desenchufado de sí mismo. Se le ve incómodo en esas conferencias de prensa en que un periodista, por ejemplo, lo llama a viva voz: “Eh, aquí, mire para acá”, y él voltea la cabeza lentamente, en plan Galápagos. “¿Es cierto que la vicepresidenta de Ingeniería renunció?”. En ese instante, Saca es víctima de tal ataque de perplejidad que uno siente ganas de ir a darle una palmadita en la espalda, pero entonces, cuando ya creíamos que iba a quedar petrificado, suelta un escueto: “Es correcto”. Vuelve el periodista: “¿Y cuándo renunció?”. El presidente de LUMA hace una triste pausa, más larga aún, como si el pie de una neurona le pidiera permiso al otro para expresarse: “Ayer”, responde. No elabora ni explica, es como un telegrama viviente.

En algún momento esta semana soltó esa enormidad, me refiero a la sentencia que pasará a los anales de los imborrables desvaríos caribeños:

“La vegetación va a seguir con nosotros”.

Menos mal, hombre de Dios, ¿qué nos haríamos sin vegetación? Saber que con estos calores, atrapados en el cambio climático y en plena lucha mundial contra la deforestación, no nos convertiremos en un ecosistema desértico, tipo Emiratos, es todo un alivio. Pero Saca lo subraya como si fuese una desgracia.

A uno le da miedo que, echando culpas a diestra y siniestra a lo que él considera un verdor terrible, y ahora que la Guardia Nacional le va a colaborar, mande a la calle miles de brigadas con la orden de arrasar toda la clorofila del mundo, cuando en realidad ya estamos convencidos de que, más que la vegetación, lo que está fallando es la sesera.

El presidente de LUMA no ha ido al grano ni una sola vez. Todo en él es inseguridad. Porque una cosa es dirigir una empresa de telecomunicaciones, y otra muy distinta dedicarse a rescatar un sistema eléctrico que es verdad que estaba hundido cuando el consorcio lo agarró, pero si se comprometieron a sacarlo a flote, deben cumplir o abrirle el camino a otra compañía. Si es que ahora hay otra que quiera echarse encima ese muerto.

Volver a lo que teníamos es un imposible, y tal parece que los accionistas de LUMA lo están cogiendo con calma, sin mojarse demasiado hasta que no se aclaren los términos de la quiebra de la Autoridad. No han querido invertir en una de esas firmas de Estados Unidos, de Francia, de Japón, que llegan a un lugar con su conocimiento, su imaginación, su energía desbordante, y se ponen a dar órdenes y a renovar el sistema. Desde luego que eso hay que pagarlo. No han sabido ni siquiera escoger a la persona que va a dar cara al país y a sus gobernantes.

A Juan Saca hay que evitarle de ahora en adelante las conferencias de prensa, por su bien y por el nuestro, que nos llevamos las manos a la cabeza y las dejamos un rato allí. La crisis y los apagones se digieren mejor sin tener que oírlo. Y reitero que le tengo pánico a la obsesión que ha cogido con la vegetación, porque a fin de defender su pellejo, puede hundirnos en la fiebre de la poda, el desmoche y la tala, y eso no nos va a devolver la luz, pero nos dejará sin sombra.

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