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China y Rusia: una fraternidad frágil

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La reciente visita de Vladimir Putin a Beijing fue prácticamente un reflejo de la visita de Mao Zedong a Moscú hace 75 años, cuando Stalin menospreció a su invitado. Hay pocas razones para pensar que la relación bilateral resultará más resistente esta vez.

Nina L. Khrushcheva

En diciembre de 1949, Mao Zedong viajó a Moscú para reunirse con Iósif Stalin. El líder de la nueva República Popular China, que había sido creada apenas unos meses antes, estaba ansioso por reunirse con su colega líder del proletariado mundial para celebrar tanto la victoria del comunismo en China como el 71 cumpleaños del premier soviético. Pero, para Stalin, Mao no era un igual. Los tiempos habían cambiado.

Desde la perspectiva de Stalin, Mao resultaría útil para extender el comunismo en Asia. Así que, en febrero de 1950, los dos líderes firmaron el Tratado Chino-Soviético de Amistad, Alianza y Asistencia Mutua. Pero Mao quería más que eso. Buscaba garantías de seguridad frente a Estados Unidos y un apoyo militar directo de la Unión Soviética. Sin embargo, Stalin mostró cautela. En su opinión, Mao no solo estaba por debajo de él -lo veía como a un vecino necesitado con delirios de grandeza- sino que, además, lo consideraba un lastre. Stalin temía que unas relaciones más estrechas con la República Popular China pudieran poner en peligro los éxitos de la Unión Soviética en Asia y conducir a una intervención estadounidense.

Hoy es el presidente chino Xi Jinping quien mira con superioridad a su homólogo ruso, Vladímir Putin. De hecho, la visita de Estado de Putin a Pekín a principios del pasado mes de mayo -su primer viaje al extranjero desde que fue investido para un quinto mandato- fue prácticamente un reflejo del encuentro entre Stalin y Mao hace 75 años. Xi recibió a Putin en la plaza de Tiananmén en una ceremonia con toda la pompa. Cuando la caravana de Putin se detuvo frente al Gran Salón del Pueblo, sonó una atronadora descarga de artillería. La orquesta del Ejército Popular de Liberación interpretó no solo el himno ruso, sino también la melodía de «Noches de Moscú», muy apreciada por los ancianos chinos. La multitud vitoreó.

La visita no escatimó en simbolismos ni en propaganda. Además de conmemorar los 75 años de las relaciones diplomáticas entre ambas naciones, el acto marcó el comienzo de los «Años Culturales China-Rusia», durante los cuales se celebrarán 230 actos «culturales y artísticos» en decenas de ciudades de ambos países. Haciendo alarde de estos lazos interpersonales, Putin declaró que los rusos y los chinos son «hermanos para siempre» -en referencia a una canción que se compuso para la visita de Mao a Moscú- y afirmó que esto se ha convertido en una especie de eslogan en Rusia.

Incluso los propagandistas del Kremlin consideraron que esta afirmación era exagerada. De hecho, la canción ha sido ridiculizada durante mucho tiempo en Rusia debido a las repetidas interrupciones en las relaciones sino-rusas, comenzando con la ruptura sino-soviética. Algunos afirman que mi bisabuelo Nikita Jrushchov fue responsable de la destrucción de las relaciones bilaterales debido a su ajuste de cuentas con Stalin en 1956 . Pero Stalin nunca había sido un aliado leal de China. En una oportunidad, Jrushchov recordó que, en 1951, cuando la Guerra de Corea había llegado a un punto muerto, el dictador soviético había ridiculizado a Mao calificándolo de guerrillero sin talento.

En cualquier caso, Putin no estuvo en Beijing solo para el espectáculo. Desde que lanzó su invasión a gran escala a Ucrania hace dos años –y Occidente respondió con sanciones sin precedentes– Rusia se ha vuelto muy dependiente de China. Así que, cuando Putin aterrizó en Beijing, su mano ya estaba prácticamente tendida.

Pero Xi, como Stalin hace 75 años, tiene sus reservas. Sí, Rusia tiene su utilidad. Como Xi señaló en la reciente cumbre, considera la relación bilateral como un «factor para mantener la estabilidad estratégica global y la democratización de las relaciones internacionales». Eso ayuda a explicar por qué, como señaló Putin, los dos países han creado una «cartera importante» de 80 megaproyectos de inversión. Sin embargo, la voluntad de China de hacer sacrificios por Rusia tiene límites claros.

Empecemos por la economía. En los últimos meses, Xi se ha reunido con varios líderes occidentales, entre ellos el canciller alemán Olaf Scholz, el presidente francés Emmanuel Macron y el secretario de Estado estadounidense Antony Blinken. Todos ellos transmitieron el mismo mensaje: si China sigue suministrando materiales y tecnologías de «doble uso» que puedan reforzar el esfuerzo bélico de Rusia, sus empresas se enfrentarán a sanciones secundarias.

Xi hizo todos los esfuerzos por mostrarse impasible. Pero probablemente no sea una coincidencia que las exportaciones chinas a Rusia hayan disminuido, con una reducción de 14% en marzo. Además, desde principios de este año China ha reducido de forma constante las entregas directas de maquinaria, equipos (incluidos los eléctricos), piezas mecánicas y accesorios a Rusia. Dado que China es la mayor fuente de importaciones de Rusia –el año pasado representó cerca de 45% del total–, esto constituye un motivo de gran preocupación en el Kremlin.

Además, China está avanzando lentamente en el proyecto del gasoducto Power of Siberia 2 para transportar gas ruso a China. Sabiendo que tiene la sartén por el mango, Xi espera que Rusia cubra todo el costo de la construcción del gasoducto, valorado en miles de millones de dólares, mientras que a China se le seguirán concediendo grandes descuentos en energía. Este año, China pagó solo 300 dólares por 1.000 metros cúbicos de gas bombeados a través del gasoducto Power of Siberia 1. Europa y Turquía tuvieron que desembolsar más de 500 dólares por cada 1.000 metros cúbicos. Los avances en el oleoducto Power of Siberia 2 son tan importantes para Putin que llevó con él a Beijing al viceprimer ministro ruso, Aleksander Novak, responsable de los asuntos energéticos. Sin embargo, después de la reunión, Novak no pudo ofrecer más que una vaga seguridad de que se firmaría un contrato «en un futuro próximo».

El intento de Putin de formar una alianza militar de pleno derecho con obligaciones mutuas de defensa al estilo de Mao también parece haber fracasado. Aunque China ha realizado ejercicios militares conjuntos con Rusia, la República Popular China está tratando de posicionarse como defensora de una «cooperación beneficiosa para todos», distanciándose de la «mentalidad de la Guerra Fría» de dividir el mundo en bloques enfrentados. ¿Por qué debería Xi poner en peligro su posición como una especie de vínculo entre Rusia y Occidente?

A Xi no le interesan las disputas, al menos no abiertamente, y la agenda de Putin no incluye más que disputas. Dados los intereses marcadamente divergentes de los dos jefes de Estado, surge la pregunta de si las relaciones sino-rusas están una vez más condenadas al fracaso o si, como «verdaderos hermanos», China y Rusia podrían permanecer para siempre inseparablemente unidas.

Nota: La versión original de este artículo en inglés se publicó en Project Syndicate el 20/5/24 y está disponible aquíTraducción: Mariano Schuster

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