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El ajusticiamiento de Riggs

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Elías Beauchamp e Hiram Rosado: héroes

El ajusticiamiento de Riggs

(Angel M. Agosto: Voces de bronce, págs. 158-162)

Los agentes Smith y Ramos forman parte del contingente de quinientos sesenta expertos traídos por el FBI a Puerto Rico durante lo que ellos definen como el estado de guerra prevaleciente en la Isla en el año 2015. Wáshington entiende que Puerto Rico está al borde de una guerra civil. Como resultado, el Congreso aprobó hace muy poco tiempo un paquete de medidas que permite al FBI desmantelar el gobierno electo y arrogarse las riendas de la colonia. La legislación fue aprobada por la mayoría republicana pasándole por encima al veto del presidente Barack Obama. Es parte de los enfrentamientos del Presidente con el Congreso, que en 2013 llevó al cierre del gobierno federal. Se sabe también que el primer ejecutivo está recibiendo fuertes presiones del Pentágono y de la CIA. El Secretario de Defensa insiste en meter a los Marines y establecer un régimen militar en la Isla.

       —Hay que reactivar las bases militares y reasumir el control. Aquello se va a convertir en otra Cuba. No actuamos a tiempo con Chávez y mire lo que ocurre en Venezuela. Tanta fuerza adquirió, que lleva dos años muerto por una acción ultra secreta nuestra, de nada valió. Como el Cid, después de muerto sigue al frente de la llamada revolución de bolivariana —el Secretario de Defensa trata de referirse a aquel proceso en los términos en español.

       El ambiente en la base desde la que opera el FBI en Puerto Rico es sobrio, con paredes grises y techo elevado. Predomina el olor a aceite de motor. Los agentes federales Smith y Ramos trabajan en uno de los amplios salones, en medio de cientos de libros. Ambos hablan y leen a perfección el español. Disponen de una mesa larga, algunas sillas y catres grises. A pesar de tener entrenamiento militar de primer orden, fueron reclutados en el FBI por sus cualificaciones académicas. Deben estudiar en cuestión de días la historia y sociedad de Puerto Rico y presentar un informe al Director.

       Lorain Smith, doctorada en ciencias políticas de Harvard, se desempeñó como miembro de las fuerzas especiales de la Marina. Tiene amplia experiencia en combate cuerpo a cuerpo. Domina cuatro idiomas. Cécil Ramos, de origen mexicano, es doctorado en derecho de la Universidad de Cornell. También ha formado parte de las Fuerzas Especiales de la Marina. Es veterano de la Segunda Guerra del Golfo, de la que salió con alto rango.

       Solo han transcurrido unas veinte horas desde que llegaron y estudian una estiba de libros y documentos, algunos de carácter secreto.

       —No puedo creer lo que afirma este libro.

       —¿Cuál, Ramos?

       —Las llamas de la aurora, de Marisa Rosado.

       —Lo acabo de leer. Es una biografía de Pedro Albizu Campos. —La agente del FBI, Smith, acerca los ojos violeta a la página en que está detenido el agente Ramos. —¿Leíste sobre el año 1935?

       —Sí. En este instante.

       —No te comenté hace un rato sobre esa masacre. Te habías tomado un receso.

       —Ese mes de octubre del treinta y cinco, Río Piedras era un verdadero campo de batalla.

       —Todos esos años lo fueron. Los eventos de octubre de 1935 se conocen como la Masacre de Río Piedras. La Policía asesinó a varios nacionalistas, incluyendo algunos con las manos en alto. Solo fueron acusados los mismos nacionalistas.

       —¡Ningún policía fue procesado! ¿Estará correcta esa información?

       —Son datos históricos reconocidos por nosotros. —La agente Smith mostró viejos documentos clasificados y comparó datos con el libro de Marisa Rosado.

       Los episodios cobraban vida, como en las novelas. Una de esas escenas tenía lugar el 23 de febrero de 1936. Ocurrió muy cerca del teatro Tapia, en las esquinas de la calle Fortaleza, en aquel tiempo conocida como la calle Allen, y el Callejón del Gámbaro. Hubo mucha conmoción debido a que minutos antes había ocurrido un tiroteo. El joven nacionalista Hiram Rosado trató de matar al Jefe de la Policía de Puerto Rico, coronel Elisha Francis Riggs. Había fallado los dos disparos y al intentar el tercero el arma se hizo fuego. Salió del lugar a paso largo.

       Un hombre de vestimenta impecable, traje y sombrero blancos, llegó a la escena. Dijo al coronel Francis Riggs, quien poco antes se había bajado del automóvil:

       —¡Yo lo vi, coronel, yo lo vi!

       —¿Dónde estaba usted? —preguntó Riggs, próximo a volver al asiento derecho delantero del automóvil Packard.

       —Caminaba cerca cuando me percaté que esa persona disparó de frente a su carro. Abrió fuego dos veces y al tercero se le trancó el arma.

       —¡Ajá! Móntese en el asiento de atrás. Lo necesitamos como testigo —dijo el coronel después de asegurarse que el elegante joven tenía un cuadro exacto de los hechos.

       Riggs acababa de salir de la Catedral y se dirigía a la residencia. Apenas dos días antes había regresado de la República Dominicana. Acudió a los actos oficiales ante el gobierno del dictador Rafael Leonidas Trujillo en representación del gobierno colonial de Puerto Rico.

       El hombre de blanco aprovechó el segundo preciso en que el chofer se había retirado a perseguir a Rosado. Sacó un arma. Sin vacilación, disparó primero a la cabeza y luego al pecho de Riggs. Los pensamientos del atacante se inundaron de información reciente sobre la persona que acababa de ejecutar. El jefe policíaco era uno de los criminales más connotados de la época. Involucrado en el asesinato del patriota nicaragüense César Augusto Sandino muy pocos años antes, el hombre de blanco también recordó que el coronel Riggs había sido señalado por Albizu Campos como responsable directo de las muertes de patriotas en Río Piedras. Sabía que cumplía el juramento tomado en octubre de 1935. El nombre de ese héroe de blanco: Elías Beauchamp.

       Varios policías persiguieron a ambos jóvenes. Lograron arrestarlos en las inmediaciones del teatro Tapia. Ellos tuvieron condiciones favorables para evadir el arresto. No lo hicieron. No quisieron disparar contra los agentes puertorriqueños, sin imaginar lo que les ocurriría poco después.

       —Nuestra guerra es contra los yanquis —dijo Hiram Rosado al ser detenido.

       Poco después de arrestados los dos miembros del comando nacionalista, la Policía trató de contactar para instrucciones al gobernador estadounidense, Blanton Winship. Al no conseguirlo, se comunicaron con el coronel Cole, pues entendían que la orden, la que fuera, debía darla un norteamericano. Éste era en aquel momento el oficial militar de los Estados Unidos de más alto rango en la Isla.

       —¿Y todavía esos sujetos están vivos? —preguntó en su idioma el jefe castrense extranjero.

       Horas más tarde, mientras estaban bajo arresto en el cuartel de San Juan, Beauchamp y Rosado fueron fusilados por un grupo de policías. La ejecución se llevó a efecto al recibirse la mencionada orden del jefe del Regimiento 65 de infantería, el coronel Cole.

       Los agentes Smith y Ramos están pasmados con el relato, cuando escuchan un alboroto en el salón contiguo. Es el centro de operaciones de campo y oficina del director Ralph Raymond. Oficiales federales en ropas de fatiga salen a toda prisa con chalecos a prueba de balas y fusiles M-16 y M-14. Los agentes escuchan ruidos de motores y miran por la ventana. Decenas de militares abordan tres helicópteros en la pista y parten en dirección sur.

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