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El discurso «anticolonial» de la Hungría antiliberal

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El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ha explotado una retórica «anticolonial» para enfrentarse a la Unión Europea y a lo que llama el «Occidente liberal». Este relato tiende a quitarle peso a sus decisiones políticas y a victimizar a su propio gobierno, al que presenta como sujeto a normas y costumbres foráneas. El problema es que parte de la oposición ha adoptado la misma visión del mundo que Orbán, posicionándose en un pro-occidentalismo que no hace más que reforzar la postura del actual gobernante.

Zoltán Ginelli

«¿Seremos esclavos o libres?», preguntó el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, recitando Nemzeti dal (el cántico nacional) en su discurso anual, pronunciado el 15 de marzo en conmemoración de la revolución y la guerra por la independencia de 1848. El gran drama histórico de la lucha contra el colonialismo de los Habsburgo en el famoso poema de Sándor Petőfi ha vuelto ahora a cobrar vida contra la Bruselas «imperial» para las próximas elecciones al Parlamento Europeo.

Bruselas ha impuesto algo antinatural, aborrecible y extraño a la vida húngara, advirtió Orbán en primera persona del plural a su audiencia. Nos trajo la guerra, nos llenó de inmigrantes, nos extorsionó reteniendo fondos de la Unión Europea para nuestros docentes e importó activistas de género con «30 monedas de plata de Bruselas» para reeducar a nuestros hijos. Por el contrario, un revolucionario húngaro trajo vida, construcción y paz. «Construimos catedrales», concluyó.

«Bruselas no es el primer imperio que posa su mirada en Hungría», recordó Orbán, «para doblegarnos, para que nos inclinemos ante él». Pero durante los últimos 500 años, todos los imperios –desde los «húsares de Bach» de los Habsburgo hasta los «chaquetas acolchadas» soviéticos (paramilitares comunistas)– tuvieron que darse cuenta de que el orgullo húngaro acababa con la opresión, la extorsión y la violencia. La luna creciente otomana, el águila bicéfala de los Habsburgo o la estrella roja soviética; las metrópolis imperiales de Estambul, Berlín, Viena o Moscú; la guerra por la independencia de 1848, la revolución de 1956 o el cambio de sistema de 1989 ilustraron una historia colonial unidireccional, en la que el gobierno de Orbán se destacó como el verdadero heredero de la larga lucha de los húngaros por la libertad.

 «Ocupar Bruselas»

Después de años de «parar a Bruselas» y de campañas contra el filántropo emigrado George Soros, hubo quizás un único elemento sorprendente en este discurso anticolonialista largamente ensayado: esta vez Orbán tomó la ofensiva. Dado que Bruselas era «peor que los Labanc [las tropas de los Habsburgo] y los líderes moscovitas», afirmó, «si queremos preservar la libertad y la soberanía de Hungría, no tenemos otra alternativa que ocupar Bruselas». Declaró también: «Ahora marcharemos hacia Bruselas y nosotros mismos haremos el cambio en la Unión Europea». Advirtiendo que «esta vez no nos detendremos en Schwechat» (dando a entender que todavía estábamos en 1848), dijo que era «hora de que el Consejo de Tenientes en Bruselas crea conveniente temblar».

«Es hora de alzarse», continuó Orbán, sugiriendo que la marea estaba cambiando. Eslovaquia, la República Checa, Austria, Italia y los Países Bajos ya estaban dando señales de un nuevo «giro soberanista», y el eventual regreso de Donald Trump a la Casa Blanca «restauraría la normalidad» en Estados Unidos y Europa. Los húngaros se encontraban en una encrucijada: podían atravesar un bulevar del «imperio Soros» o tomar un camino hacia la justicia húngara, adoptar el «arnés para bebés de Bruselas» o afirmar la libertad húngara, perseguir la guerra o la paz. «Ustedes deben decidir», dijo Orbán siguiendo la canción Nemzeti dal, «ser esclavos o libres».

Sin embargo, la idea de tomar la «capital imperial» no es del todo nueva. El verano pasado, en la Conferencia de Acción Política Conservadora en Budapest, Orbán ya había revelado su «estrategia militar» de arrebatarles Washington y Bruselas a los liberales. En una entrevista hecha en diciembre en y otra cerca de Navidad, sentenció directamente: «Debemos ocupar Bruselas».

Victimismo provincializado

La obsesión de Orbán con el «Occidente liberal» hizo que Rusia y Ucrania ni siquiera fueran mencionadas en su discurso del día nacional (a diferencia de 2022). Tampoco lo fueron otras conexiones globales, desde las fábricas chinas importadas hasta los trabajadores temporales asiáticos, ni siquiera la «lucha por la libertad» húngara contra la persecución a los cristianos en África o Asia occidental. De hecho, la crítica notoriamente desglobalizada de Orbán al colonialismo hace silencio sobre los más de 500 años de colonialismo global liderado por Europa.

En este mundo, la «colonia húngara» sigue siendo un universo paralelo. Sin embargo, ese victimismo provincializado se basa en una profunda historia de políticas de memoria nacionalistas que buscan el reconocimiento occidental. A los húngaros nos han educado en la escuela durante mucho tiempo para que nos consideremos eternas víctimas.

Hace 12 años, Orbán introdujo el tropo de la «colonia» en su discurso del día nacional. El victimismo se convirtió en la herramienta propagandística más efectiva –aunque sorprendentemente no reconocida– del gobierno en asuntos internos y externos. Es llamativo que la captura iliberal de los argumentos anticolonialistas en la conservadora «guerra cultural» de Orbán haya pasado inadvertida para los analistas políticos.

Lo que estos sí hicieron fue involucrarse incansablemente en rituales de pase de facturas similarmente centrados en «Occidente» que lamentaban el «déficit democrático» de Hungría en comparación con las democracias liberales: su iliberalismo, su populismo, su autoritarismo, su régimen híbrido y su política de género. La victimización del «yo» colectivo nacional por parte de Orbán frente al colonialismo y su machista «lucha por la libertad» en pos de la soberanía nacional contra la Bruselas imperial –el «imperio de Soros», los «liberales de izquierda globalistas»– son frecuentemente ridiculizadas en los medios occidentales. Pero la oposición en Hungría también adoptó una visión del mundo de «Occidente versus el resto» que ofrecía una opción binaria entre un Occidente ilustrado (Europa) y un este despótico (Orbán).

Nuevo relato global

Los críticos pasaron por alto que la «colonia húngara» constituía un nuevo relato global de las maniobras semiperiféricas del país en la economía mundial. Este es el mal entendido «modelo húngaro» de Orbán.

La protesta contra el colonialismo «liberal occidental» fue un logrado marco para las experiencias cotidianas de la fallida transición neoliberal posterior a 1989. Tematizó eficazmente aquello que la crisis económica de 2008 dejó expuesto: dependencia de las finanzas occidentales, recuperación fracasada y profundización de las desigualdades sociales. La «carta de la colonia» no se juega para retirarse de la Unión Europea (como ocurrió con el Brexit en el Reino Unido), sino para lograr una mejor posición negociadora dentro de ella.

Un argumento excepcionalista y de país pequeño, que Hungría «nunca tuvo colonias» y «nunca tuvo esclavos», ha permitido escapar de la culpa colonialista blanca. Algunos propagandistas gubernamentales, como Márton Békés, han dividido ahistóricamente a la Unión Europea en «colonizadores» occidentales y «no colonizadores» orientales (curiosamente, siguiendo la antigua Cortina de Hierro). Esta retórica de posicionamiento ha ayudado a forjar una Europa central nueva e iliberal.

Se trata de una idea desgarrada por reacciones divergentes ante la horrorosa guerra en Ucrania: mientras Polonia predica una «Europa de preguerra», Hungría «quiere la paz» negando la agresión rusa. Sin embargo, los críticos occidentales pasan por alto cómo esta ideología de intercesión sirve a la posición de intermediario global de un Estado húngaro desarrollista.

El anticolonialismo de Orbán ha asegurado los intereses energéticos y de seguridad de Hungría vis a vis Rusia y ha apuntalado su «apertura oriental» para atraer inversiones del Este asiático a través de la «nueva Ruta de la Seda china», diversificando así una economía dependiente de Occidente, antes dependiente de préstamos del Fondo Monetario Internacional y el capital alemán. Si bien los críticos destacan el creciente aislamiento político y el retroceso democrático de Orbán, su retórica anticolonialista ha ayudado a reclutar aliados antioccidentales al reconstruir las relaciones con el Sur global originalmente establecidas (en otra ironía histórica) a través del anticolonialismo que denunciaba a Occidente de manera similar en el periodo del socialismo estatal.

«Blancos»

El concepto de raza también ha aparecido en esta jerga anticolonialista. Si bien el gobierno ha condenado la migración como un pecado de la historia colonial occidental, la racialización de los «migrantes» no solo ha permitido articular un rol de «guardia fronteriza» impuesto por la Unión Europea, sino también (como se vio durante el Brexit) una creciente competencia con las diásporas poscoloniales no europeas en el mercado laboral de la Unión. Por lo tanto, mostrarse blancos y víctimas coloniales competitivas podría enfatizar que los húngaros deberían ser los merecidos beneficiarios de los beneficios de la Unión Europea. Los fondos de la Unión podrían reformularse como el merecido privilegio de los «blancos» subyugados a recibir «reparaciones coloniales».

La recepción húngara del asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un policía blanco en Minneapolis en 2020 demostró cómo de los comentarios de Orbán sobre la preservación de la «homogeneidad étnica» en 2017 se había pasado al llamado a evitar la «mezcla racial». Gergely Gulyás, ministro de la oficina del primer ministro, calificó la campaña Black Lives Matter, que surgió de varios de estos incidentes, de «movimiento racista», y dijo que la suspensión de los fondos de la Unión Europea para las universidades húngaras debido a la interferencia política fue una «venganza racial» contra los húngaros. Los propagandistas del gobierno llevaban camisetas con el lema «White Lives Matter» (las vidas de los blancos importan).

Pero los conservadores húngaros también han jugado con ideologías anticolonialistas de intercesión racial, que tienen una historia más profunda y que he denominado «blancura semiperiférica». El nativismo de Orbán ha evocado viejos tropos antioccidentales de «indios húngaros» que viven en una “reserva», una metáfora que resuena en las minorías húngaras de la cuenca de los Cárpatos. Su gobierno también ha resucitado la imagen de los antiguos guerreros magiares nómadas que tenían una hermandad racial «turánica» perdida hace mucho tiempo con los pueblos de Asia central, como en el Festival Kurultaj, ahora financiado por el Estado. Esto se ha convertido en una herramienta de diplomacia cultural en apoyo de la cooperación húngara en el Consejo Turco (desde 2018) y la «construcción de Eurasia» bajo el expansionismo chino.

Guerras coloniales

La propaganda anticolonialista del gobierno solo ha sido reflejada por una oposición irremediablemente fragmentada. Sus integrantes se han unido contra el «colonialismo» ruso o chino en sus protestas contra la inversión nuclear rusa Paks II, los planes del campus de la Universidad de Fudan o, recientemente, el llamado «colonialismo de baterías», la importación de baterías y vehículos eléctricos peligrosos para el medio ambiente de China y el Este asiático. Sin embargo, su controvertida polaridad eurocéntrica de «Oriente-Occidente» también ha reproducido una visión reduccionista del colonialismo.

Las «guerras de género» han dado paso a las «guerras coloniales». Sin embargo, el público húngaro continúa evadiendo cualquier discusión crítica sobre la complicada relación semiperiférica de su país con el colonialismo y la descolonización globales. El mito excepcionalista de no tener nada que ver con el colonialismo, porque Hungría «nunca tuvo colonias», es compartido por todas las identidades políticas en Hungría. Sin embargo, esto demuestra solamente una falta sistemática de conocimiento y reflexión crítica.

En la actualidad, el temor de los húngaros a convertirse en una colonia apenas articula una desesperación por el reconocimiento occidental y un pánico racial a perder los privilegios «euroblancos» largamente buscados. Mientras tanto, la captura política de los argumentos anticolonialistas por parte de los conservadores iliberales sigue sin ser desafiada.

Nota: La versión original de este artículo en inglés se publicó en Social Europe el 24/04/2024 y está disponible aquíTraducción: Carlos Díaz Rocca

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