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El fascismo post digital y la huida desde la libertad

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[La pedagogía crítica y la lucha anti-fascista]

PETER MCLAREN 

Cuando la Fox News y otras organizaciones noticiosas en la extrema derecha en EEUU acusan a los maestros de la escuela pública de «sexualizar» a los niños para prepararlos presuntamente para pensar la posibilidad de su cambio de género o de transformarse en seres aparentemente humanos pero con rasgos animales -mediante cursos para demostrar la fluidez de las identidades de género- están jugando peligrosamente, porque ellos saben que esa acusación en realidad no tiene fundamentos, pero que, no obstante posee, el potencial para atraer a las audiencias enfurecidas a sus redes noticiosas como a las moscas son atraídas por la miel.

En nuestro universo digital de las tácticas para formar enjambres, como el «trolleo» y la creación de plataformas para fomentar estructuras auto-organizadas de odio, temor y furia, la extrema derecha tiene ventajas, aunque todavía no ha logrado ganar del todo. La sociedad civil contemporánea está siendo redefinida por tecnologías digitales elaboradas como redes; muchas de las cuales ponen vertiginosamente en movimiento remolinos de posiciones políticas y manifiestos de la extrema derecha sobre la raza, el etno-nacionalismo, el antiglobalismo y la supremacía blanca. Esto exige que adoptemos con mayor seriedad acciones online si queremos defender nuestra democracia, cada vez más frágil. Los grupos ultraderechistas oficiales y extraoficiales han vuelto a presentarse como héroes post digitales, guerreros culturales contra la izquierda, y están ganando muchas de las batallas que se libran online por los corazones y las mentes de nuestra juventud. El odio online tiene consecuencias laterales, una de estas el fascismo, y el entrelazamiento con los grupos de odio de la extrema derecha y estos acontecimientos en las redes no pueden ser ignorados.

Stephen Albrecht, Maik Fielitz y Nick Thurston, nos dicen que cada vez es más alarmante el hecho de que:

«Nuestra era técnica está siendo dirigida en una forma intermedia y digital, en la que interactúan lo nuevo y lo viejo, y nuestro software permite muchas interacciones usuario-herramienta y un alcance ‘glocal’ (local y global). Esta conectividad hace a lo online y lo offline responsables entre sí. Y su crecimiento los hace cada vez más interdependientes. Para aquellos actores post-digitales de la extrema derecha que dirigen el resurgimiento actual, los sistemas intermedios no son herramientas de comunicación neutrales. Sino que son un catalizador para procesos y foros altamente sociales donde son creadas, expresadas y practicadas las opiniones públicas. Estos medios son mediadores políticos. Ellos relacionan a audiencias crecientes con mayor rapidez y amplitud, permiten una difusión autónoma, eluden las fronteras regionales y nacionales, pueden albergar canales paralelos que recorren desde los accesos abiertos hasta los encriptados, y usan las estructuras, como puertas y ventanas para mantener a la política, a la ciudadanía digital y a las vidas personales de los usuarios en un contacto permanente.»

En los algoritmos confiables puede ser hábilmente utilizada una mezcla de temor, narrativas sexuales y cólera, sobre la cual puede apoyarse para atraer a los espectadores. Y en las manos post-digitales de los actores políticos tecno-conocedores de la extrema derecha, estos algoritmos del odio pueden hacer estragos sobre las inseguridades de sus espectadores, creando «públicos emotivos» online, cuya afectividad digital es una garantía de que creará un caos en el espacio digital abierto de la «economía de la atención» que controla cuánto tiempo estamos probablemente enfocados sobre una situación o evento particular. En un universo social de alta densidad informativa, estos públicos ahora están enfocados en la demonización de los maestros y consideran como algo normal el odio dirigido hacia ellos por gente como Mike Pompeo, quien recientemente ha sido descrito por el dirigente sindical Randi Wengartein, presidente de la Federación Americana de Maestros como «la persona más peligrosa del mundo».

Debido a la infraestructura social y técnica de los medios de información sociales, puede parecer normal las actitudes y expresiones que antes eran inaceptables hacia los maestros, empleando estrategias similares a las que se usaban para fomentar los prejuicios contra los inmigrantes en la frontera entre México y EEUU, tales como la creación de prejuicios anti-maestros mediante historias en los medios de comunicación sociales, creando una victimización grupal y estereotipos extragrupales, mediante la manipulación selectiva de información, agrupando en forma algorítmica de contenidos sociales de los medios sociales, cambiando los contextos y reconstruyendo narraciones de noticias de los principales medios, a menudo distorsionados, con comentarios sensacionalistas que amplifican y acrecientan la xenofobia y mediante un impulso en la arquitectura comercial de los medios de información sociales para la creación de otros imaginarios tan repugnantes que pueden ser considerados así como blancos del oprobio y la violencia.

Combatir las formas más tóxicas del fascismo digital tomará su tiempo, de modo que necesitamos actuar rápidamente para hallar los medios para contrarrestar a ese fenómeno, dado que la persecución a las víctimas propiciatorias es lo que ayudó a crear al Partido Nazi en la Alemania de la década de 1930 y que ese poder singularmente destructivo fue creado sin tener la ayuda de los actuales medios de comunicación sociales con sus recursos financieros y su poder para destruir las vidas de individuos, grupos y, como lo probó la Segunda Guerra Mundial, la muerte de seis millones de judíos y la destrucción de naciones enteras.

Estoy usando el término «post-digital», siguiendo lo que dijo Maik Fielitz en 2019 para identificar

«la borrosa línea que hay entre lo digital y la vida real. Es una condición técnica que siguió a la así llamada ‘revolución digital’ y está constituida por la naturalización de los procesos de computación penetrantes y relacionados, y los resultados de la vida cotidiana, de modo que la digitalidad es ahora intrincada, aunque sus formas, funciones y efectos ya no son más necesariamente perceptibles. Esta ‘naturalización’ ha sido acelerada por el crecimiento en el poder de la computación y los artefactos móviles capacitados para la internet, las bajas barreras a la participación en la cultura de la internet.»

El fascismo post-digital es un movimiento que nació digitalmente y que ha sido utilizado por líderes populares autoritarios que están excepcionalmente preparados para una sociedad estratégicamente permeada a sus expresiones tóxicas (racistas, y supremacistas blancos) y las expresiones de la post-verdad que han reemplazado a las comprensiones intersubjetivas de la verdad a través de un amplio espectro de foros, comunidades y portales en la internet. Las sociedades abiertas que operan en las corrientes mediadas existencialmente de nuestra condición digital, masas encadenadas más vulnerables a las culturas digitales del odio y tendencias en Twitter que facilitan la transferencia de mensajes entre plataformas diferentes, sus falsos perfiles, Todos estos factores están impactados por las desigualdades que garantizan su laboriosidad y disposición a la manipulación perceptiva por parte de los activistas sociales de la extrema derecha, especialmente en el caso de la «variante altamente influida y ambivalente del fascismo digital» iluminado tan brillantemente por Maik Fielitz y Holger Marcks. Estos dos teóricos perceptivos e iconoclastas pintan un nuevo cuadro del fascismo extraído directamente de las estructuras sociales de nuestro mundo digital, afirmando que las masas no son diferentes a los proletarios de Marx, sino solo digitadas, que llevan con ellos los medios potenciales para destruir los fundamentos digitales del fascismo en el que están aprisionados. Por ejemplo, el nacionalismo cristiano blanco que estamos viendo hoy exige una arquitectura digitalizada de plataformas de medios sociales que pueden dialécticamente difundir un temor racializado y crear, modificar y difundir conspiraciones salvajes.

La raza como una forma de la tecnología se ha desarrollado a partir de un racismo de tribuna, atento a la economía de la atención de internet, utilizando marcadores de identidad tales como la negritud y la pobreza o la negritud y la hipersexualidad. Aquí, los autoproclamados «guerreros de los memes», utilizando memes de internet luchan entre sí mediante un racismo «tras el telón», perpetuando las poderosas jerarquías raciales, diseñadas para satisfacer a los activistas blancos en los foros neonazis que amplifican sus mensajes de odio y violencia.

Las ideas ahora son comercializadas en un mercado con una dinámica racial, clasista y de género mediante los efectos, provistas por movilizaciones cruzadas y la creciente velocidad del intercambio transaccional que hace que las mismas parezcan tan inefectivas como utilizar el código Morse para debatir sobre la filosofía existencial. De pronto, el antisemitismo de Kayne West entra en el mercado de ideas, arrastrando el apoyo de su vasta red de seguidores que abandonan la lógica impulsada por los sentimientos amplificados de lealtad hacia su ídolo «genial». De pronto, las conversaciones durante la cena en las reuniones familiares giran hacia el tema de George Soros y sobre quién controla a Hollywood.

Bajo el impacto de los relatos dramáticos, la manipulación psicológica, las masas son asaltadas por unos medios sociales que «catalizan la amplificación de los temores, la difusión de la post verdad y la lógica de los números» en una «cámara de eco» de ofuscación e invectivas. La creación de los nuevos órdenes de percepción fabricados por nuevas especies de proscripción post-digital que reemplazan a las perspectivas liberales y un clima digital ventajoso ayuda a las perspectivas autoritarias (según Turner). Fielitz y Marcks identifican al «ultranacionalismo palingenésico» (según Griffin) como un principio esencial del fascismo digital que relaciona a la percepción de una comunidad en peligro, que busca el renacimiento «mediante medios extraordinarios» y necesita un líder fuerte cuyos sentimientos populistas autoritarios penetran profundamente en las cabezas de sus cándidos seguidores.

En segundo lugar, Fielitz y Marcks examinan estos temores amenazantes que identifican a las políticas autoritarias y antidemocráticas mientras se desarrollan en nuestro universo digital. A la acción y la estructura se las puede ver aquí como estrategias que contrastan y que sirven para crear las percepciones de peligro (por ejemplo, los relatos que alertan contra el reemplazo de los ciudadanos europeos blancos por los inmigrantes). Aquí, se calibran las redes virtuales para canalizar los temores; se asemejan a un «nuevo tribalismo», e ilustran los rasgos emergentes de lo que Fielitz y Marcks describen como un fascismo «post-organizativo». A este nuevo fascismo se lo comprende mejor como un fenómeno cultural que exige la libertad de expresión; un rasgo que, paradójicamente, ha sido comprendido tradicionalmente como un principio liberal.

Basando su enfoque sobre las percepciones del riesgo, Fielitz y Marcks examinan el impacto social de la internet como un marco del análisis sobre cómo las expresiones de hoy del fascismo están condicionadas por un mundo digitalizado. Ellos también examinan la investigación sobre las características de la construcción de la identidad de las comunidades de odio virtual y la «virtualización a nivel mundial del pensamiento fascista» que ha pasado a ser conocido como el «ciber-fascismo» (Griffin) y el «terrorismo de banda amplia».

Para Fielitz y Marcks «no está centrado en el actor, sino que más bien opera como un fenómeno social. En otras palabras, el fascismo opera discursivamente como una cierta racionalidad política que los individuos y los grupos pueden expresar mediante prácticas culturales». Más aún, ellos «distinguen entre el fascismo como un tipo ideal y fenómenos similares a la familia, y de esta manera lo comprenden así como un concepto cuyo tipo ideal está compuesto de ciertos rasgos, pero puede manifestarse en variedades que tienen otros rasgos aberrantes», los que les impide juntarse con toda la extrema derecha como fascistas. Siguen el argumento de Acker de que el nuevo fascismo digitalizado se caracteriza por «la circunstancia de que las masas están se están manipulando a sí mismas a través de los medios sociales y están menos (mal)guiados por las técnicas propagandísticas de las organizaciones jerárquicas de la extrema derecha». Esto revela que los medios de comunicación sociales «son particularmente beneficiosos para los movimientos de masa comunes». Esto también sugiere que «los acontecimientos fascistas hoy son menos un resultado de las acciones estratégicas de organizaciones de la extrema derecha, que de nuevas estructuras de comunicación que cambian la percepción de la sociedad hacia una racionalidad fascista.»

Fielitz y Marcks emplean la descripción de Robert Paxton del fascismo como una «conducta política marcada por la obsesiva preocupación con la declinación de la comunidad, la humillación o la victimización y por los cultos compensatorios de la unidad, la energía y la pureza». Ellos consideran compatible esta idea con la de Griffin del «ultranacionalismo palingenésico»: el mito de una nación que se va extinguiendo y que debe imponer su renacimiento mediante esfuerzos extraordinarios. La definición minimalista del fascismo que estipula Griffin tiene que ver con la movilización de las energías populistas para la renovación. Ellos también toman seriamente la idea de Paxton de un pragmatismo radical que se siente libre de «restricciones éticas o legales» para imponer los objetivos de los actores, especialmente cuando los cambios discursivos en la cultura pueden crear las justificaciones para la violencia sin compromisos como aceptable y necesaria. Los fascistas entonces se describen a sí mismos como el grupo en peligro, cuyos enemigos deben ser erradicados. Fielitz y Marcks escriben: «creando una identificación translocal con las víctimas de incidentes locales, ellos difunden la noción de una nación permanentemente atacada. Sus mensajes están particularmente construidos para alentar a las personas a identificarse con los personajes de sus historias.»

«Esto te podría suceder» es un mensaje central cuando ellos, por ejemplo, llaman a las mujeres a armarse para defenderse. Sugiriendo que ya nada es seguro, los actores llaman a la vigilancia y a la exclusión, mientras sus discípulos en línea crean mensajes y memes profundamente racistas, desatando las percepciones del peligro y preparando el terreno para justificar medidas políticas extraordinarias para salvar y fortalecer sus comunidades. El relato ha evolucionado hasta convertirse en la orden del día. Envolviendo sus mensajes políticos en comentarios aparentemente casuales, los videoclips y memes se han convertido en armas centrales de una «guerra de la información» que busca subvertir los valores liberales.

De este modo, los medios sociales ponen a las personas en una relación directa con los demás, proporcionando un ambiente estructural para las referencias mutuas y una guía oculta tras el tratamiento algorítmico de la interacción. Fielitz y Marcks concluyen que:

«con el fascismo digital, se podría decir que el fascismo se acerca a su centro. Ya no depende más exclusivamente de un partido jerarquizado como el partido provocador del miedo y la movilización, dirigiendo el temor y las prácticas movilizadoras, el fascismo extrae nuevas dinámicas directamente de las emociones y prácticas culturales que son engendrados por y en las estructuras de los medios sociales. Este fenómeno no puede ser captado con enfoques centrados en el actor o en la ideología. Más que nunca antes, el fascismo tiene que ser analizado como un fenómeno emergente a través de las acciones de sus discípulos. En la misma línea, tiene que ser contrarrestado como tal. Y esto significa: en ausencia de un centro tangible de actores políticos, hay que centrarse principalmente en las estructuras que constituyen su dinámica.»

La estructura post-digital de Fox News está diseñada para camuflar una ontología fascista calibrada para servir como una defensa ideológica para la contemporaneidad de Trump con el fascismo, que no es imaginaria sino inexplicablemente real. Trump ha sacado del tiempo a los EEUU, haciéndose atemporal, celestial y eterno -el elegido- que sigue un camino mesiánico que lleva por la misma senda ensimismada como Meloni y Victor Orbán. Muchos de los seguidores de Trump admiran a Meloni y a Orbán. Ellos celebran la admiración de Trump a Meloni y acompañan la decisión de la OTAN de incorporar a la neofascista Ucrania, una posición facilitada por los comentaristas de Fox News, como Tucken Carlson, quien defiende explícita y temáticamente al fascismo sin nombrarlo como tal, y lo re-asimila a través de sus deseos etno-nacionalistas en un paisaje onírico estadounidense, anulando implacablemente a la democracia por fantasías de ensalzamiento y su identificación con la guerra premeditada e injustificada contra Ucrania.

La eficacia causal de la maquinaria propagandística de Fox que muestra los estallidos triunfalistas de Carlson sobre el excepcionalismo estadounidense, moldeado y modelado en la idea de EEUU como una nación cristiana que los ha convencido a los estadounidenses y den la espalda en el apoyo a Ucrania favoreciendo al belicismo rabioso de Netanyahu. Fox News tampoco ha criticado las maquinaciones de la OTAN y el rol del imperialismo de EEUU.

¿Entonces cómo cambiamos al ecosistema fascista? ¿Cómo transformamos la internet que le ha dado al fascismo la ventaja en la competencia con la democracia? Si acallamos a los fascistas, estaremos, en algunos casos importantes, yendo contra nuestros principios liberales de la libertad de palabra y la libertad de expresión. Tenemos que enfocarnos en las estructuras de la percepción creadas por el nuevo fascismo post-digital, más que en los actores individuales. ¿Pero cómo atacamos al fascismo post-digital si está construido sobre la misma estructura post-digital de nuestro sistema nervioso central a través de la cosmología de la internet? ¿Cómo asignamos la responsabilidad a quienes crean los algoritmos fundamentales que proveen las estructuras que benefician a la dinámica fascista? ¿Ponemos a los proveedores de medios sociales bajo la amenaza de los delitos de odio? ¿Cómo restringimos los casos de manipulación psicológica? ¿Cómo intervenimos en las estructuras permiten esos efectos de sinergia que amplifican el odio? ¿Hacemos que quienes ofrecen plataformas digitales sean responsables por el contenido compartido a través de su infraestructura o sistemas de registros de usuarios que permiten falsos relatos?

Todas estas sugerencias de Fielitz y Marcks son buenas y debemos reconocer el hecho de que algunos pueden estar en desacuerdo con las normas de libertad que prevalecen en la internet y pueden socavar los propios principios liberales. ¿Podemos asumir ese riesgo? Yo diría que no tenemos otra opción si queremos evitar las botas digitales del terror que con toda seguridad saltarán desde las plataformas de la internet en nuestras computadoras sobre los remansos, las calles y las instituciones que dirigen nuestras ciudades y nuestro gobierno. Y la perspectiva aterradora de todo esto es que, a pesar de nuestra facilidad para la deconstrucción, el desentrañamiento y la desambiguación, y nuestra capacidad para descifrar significados, y a pesar de nuestra aptitud adquirida para comprender la simbología e iconografía de las culturas de la extrema derecha y nuestra capacidad para atravesar los cortafuegos de ofuscación de la extrema derecha adquiridos durante años de lectura de teóricos críticos, podemos llegar a estar tan emocionalmente alineados con sus provocaciones manipuladoras digitalmente armadas que damos la bienvenida a la comodidad y la cohesión de su ira y su rabia.

Mike Pompeo, ex secretario de estado de los EEUU bajo Trump y potencial candidato republicano presidencial, respondió a su propia pregunta de la manera más ominosa posible culpando a los maestros cuando señaló que: «si preguntas quiénes tienen más posibilidades de derribar esta república, son los sindicatos docentes y la inmundicia que están enseñando a nuestros niños y el hecho de que ellos no saben matemáticas ni leer ni escribir.» Kenny Stancil informa que

«el ataque de Pompeo a los sindicatos de profesores y al plan de estudios inclusivo se produce en medio de una campaña de censura de la derecha y un ataque más amplio contra los estudiantes y empleados de la escuela pública. Un análisis reciente de PEN América detalló cómo 138 distritos escolares en 32 estados han prohibido más de 1.600 títulos en las aulas y bibliotecas desde julio de 2021. La vasta mayoría de los libros prohibidos tratan sobre temas de LGBTQ, aborda el racismo, tienen contenido sexual o están relacionados con el activismo. Además, de acuerdo a PEN América, los legisladores republicanos en 42 estados han introducido más de 190 proyectos de ley desde enero de 2021 que buscan limitar la capacidad de los educadores y estudiantes para discutir sobre el género, la desigualdad racial y otros temas, incluyendo el creciente número de propuestas para establecer las llamadas ‘líneas de denuncia’ que permitirían a los padres disciplinar a los profesores. Ya se han promulgado cerca de dos docenas de órdenes de mordaza educativas en más de una docena de estados.»

En el costado religioso de la división digital, han aparecido en línea iglesias basadas digitalmente a un ritmo cada vez mayor. Hay una subcultura cristiana creciente con ministerios digitales que operan en espacios digitales asíncronos. TikTok y otros espacios virtuales se utilizan para ofrecer experiencias eclesiásticas a los jóvenes cristianos que han migrado a la red con la ayuda de herramientas digitales y metaversos. Algunos pueden facilitar interacciones interculturales en línea más efectivas, Otros caen presa de las subcorrientes fascistas de nacionalistas cristianos. El contenido de videos relacionados con el cristianismo acuñado en las catacumbas del Techno Verso fascista nos ha traído figuras aterradoras como Jenna Ellis, una de los abogados derechistas que representaron a Trump en su fracasado intento de anular las elecciones de 2020, que recientemente difundió un video entre sus leales internautas de extrema derecha en el que afirmaba que las cinco víctimas recientemente asesinadas en la masacre del Club Q de Colorado Springs están ardiendo en el infierno, «ya que no hay indicios de que aceptaran a Jesucristo como su señor y salvador». Este es el fascismo cristiano en su peor momento. Esto proviene de armar las reglas fundamentalistas de los nacionalistas cristianos que apoyan a la teocracia por un decreto judicial.

Claramente, las fuerzas del fascismo están colándose en nuestros cerebros con la ayuda del multiverso de fascismos digitales que Fikelitz y Marcks nos han advertido que ahora están operando mediante el metaverso de la internet. Necesitamos una defensa múltiple contra sus más horribles encarnaciones post digitales e instancias de odio que nos han aislado de nuestro yo protagonista, capaz de tomar decisiones independientes. Y debemos defender los bienes comunes ante el riesgo de debilitar algunos de los principios más básicos de la libertad de palabra y de la expresión que nos define como una democracia liberal. Pues aquellos de nosotros que estamos luchando por una alternativa socialista a la ley del valor de la democracia neoliberal, el fascismo post-digital plantea una amenaza urgente a la supervivencia de la libertad misma, en los modos en que las tecnologías de la información están siendo usadas por el capital para crear su movilidad a través de las fronteras nacionales, que han culminado en el estado de la seguridad nacional de la vigilancia social generalizada, ayudando a los EEUU para alcanzar el dominio de todo el espectro como una potencia militar.

Esto significa que debemos luchar para crear un proyecto revolucionario antifascista que intente cambiar el mundo en uno de ayuda mutua sin límites y desinterés ineludible para crear un universo social, ajeno a la producción de valor y al valor monetizado, donde compartimos en comunión con los demás, donde el poder esté concentrado en la comunidad, donde las relaciones sociales estén humanizadas y las diferencias respetadas, donde evitamos el totalitarismo en la política, el autoritarismo en la religión, el paternalismo en nuestras relaciones sociales, el patriarcado en nuestras familias, el ecocidio en nuestra relación con la naturaleza y el epistemicidio en nuestra relación con otros grupos, comunidades y países, donde ya no moriremos con armas en nuestras manos, donde podamos curarnos de modo que podamos ver claramente y con compasión a los otros y donde nos desenvolvamos en las posibilidades de un futuro socialista.

Para quienes, como nosotros, se preocupan por la tecnología transformada en un arma mortal ideológica, necesitamos crear estrategias para combatir el fascismo del poder blando, un fascismo que termina en la muerte por un millar de cortes a través del cerebro digitalizado, un cambio de mentalidad que nos ha dado la muerte por lobotomía digital, cortando nuestras defensas a nuestros propios dispositivos fascistas involuntarios. Para quienes han visto la tecnología al servicio del imperialismo de alta tecnología y como medio para remodelar geopolíticamente el mundo, debemos hacer algo más que comprender cómo la cadena mundial de suministro de información está siendo secuestrada por las superpotencias mundiales y la ha pregonado como una democracia abierta. Tenemos que encontrar la manera de salir de la cámara de eco digital que convierte nuestras vidas en la búsqueda de más y más objetos de odio a través de nuevas formas de manipulaciones.

Necesitamos seguir con el desafío desarrollando una pedagogía crítica antifascista post-digital. Peter Jandric y otros han estado trabajando en esta área y debemos aportar un sentido de urgencia para esta tarea, si queremos sobrevivir no sólo como educadores críticos, sino como seres humanos. Porque estamos siendo creados de una manera desconocida para nuestras capacidades de comprensión.

Para ello habrá que crear nuevas sensibilidades y hábitos. Como los proletarios de Marx, que poseen los medios para convertirse en los sepultureros del capitalismo, podemos rehusarnos a participar en el fascismo digital, no retirándose a una región interior de un futuro menos post-digital, sino creando un universo social donde quienes contribuyen a la creación del fascismo no sólo son identificados sino que serán responsabilizados. Como los proletarios de Marx, que poseen los medios para convertirse en los sepultureros del capitalismo, podemos rehusarnos a participar en el fascismo digital, no retirándonos en la región interior de un futuro menos post-digital sino creando un universo social donde quienes contribuyen a la creación del fascismo no sólo son identificados sino responsabilizados. Si nos preocupa la democracia, necesitamos movernos sobre esto ahora. No tenemos tiempo que perder.

herramienta.com.ar. Traducción de Francisco T. Sobrino. Extractado por La Haine.


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/el-fascismo-post-digital-y

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