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El momento más peligroso: la OTAN está perdiendo la guerra en Ucrania

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Lo sabíamos desde hace tiempo: Rusia no iba a ser vencida. Bastaba con ver la realidad con ojos limpios y no seguir los dictados de un omnipotente aparato de propaganda que ha convertido a los grandes medios en terminales conscientes de la “otra guerra”, a saber, la cognitiva-comunicacional.

Manolo Monereo

“Sus principios básicos: Estados Unidos debe utilizar todos los medios a su disposición para establecer el dominio global estadounidense; con ese fin, debe estar dispuesto a actuar preventivamente para obstaculizar el surgimiento de cualquier potencia que pueda desafiar nuestra hegemonía; y mantener el dominio de espectro completo en todas las regiones del mundo. Los ideales y valores quedan relegados a un papel auxiliar como barniz sobre la aplicación del poder y como palo con el que golpear a los demás”

Michael Brenner. Asia Times 29 de marzo2024

Lo sabíamos desde hace tiempo: Rusia no iba a ser vencida. Bastaba con ver la realidad con ojos limpios y no seguir los dictados de un omnipotente aparato de propaganda que ha convertido a los grandes medios en terminales conscientes de la “otra guerra”, a saber, la cognitiva-comunicacional. Eso sí, sorprendió -y mucho- la flexibilidad y la adaptabilidad del aparato productivo, las capacidades tecnológicas y la eficacia de la organización industrial de una Rusia que seguía conservando recursos estratégicos que se consideraban agotados, perdidos. No diré mucho de la cuestión militar en sentido estricto; solo un aspecto del que no se suele hablar: el dominio ruso del arte operacional (el tercer aspecto del “arte de la guerra” del que hablaba Svechin) y la sabiduría para aprender de los propios errores.

La guerra en Ucrania aceleró todas las tendencias básicas y, lo más importante, las decantó en dirección contraria a los intereses del Occidente colectivo liderado por los EEUU. Por lo pronto, están cambiado sustancialmente cada uno de los actores en conflicto y modificando radicalmente las reglas que gobernaban sus relaciones. Nada será ya como antes; nada. Para definir la situación se ha empleado el término “poli crisis”, es decir, la convergencia de crisis diversas y simultaneas. No hay que perderse con las palabras de moda. Lo fundamental es que la etapa histórico-social está marcada por el anudamiento de dos crisis, una, de ciclo corto y medio, dominado por el declive de los EEUU y la otra, decisiva, de larga duración, determinado por el fin de la hegemonía de Occidente. Las dos crisis son una; ambas se retroalimentan y amplifican. La “Gran Transición” hace tiempo que comenzó, y con ella la guerra como horizonte, posibilidad y salida, mucho antes del conflicto ucraniano. Otra cosa es la ceguera programada y la subordinación a los que mandan; la historia, la mala, se los llevará como un mal sueño.

Es bueno detenerse y abrir el debate ¿Qué puede hacer una potencia en declive? Lo primero es reconocerlo, cosa nada fácil. Siempre hay razones para negarlo y las justificaciones se multiplican. Ahora ya lo saben. Biden lo dijo alto y claro: EEUU ha vuelto. Adiós a las aberraciones de la funesta etapa de Trump, a sus repliegues, a sus incoherencias, a sus devaneos con Rusia, a su desprecio a los aliados y, locura enorme, a su incomprensible desdén por la OTAN. Una gran potencia en su declive tiene dos opciones: pactar con los grandes Estados-civilización emergentes un nuevo orden internacional o defender, cueste lo que cueste, su viejo orden cuestionado, sus reglas y sus instituciones, ahora que todavía hay tiempo. Sí, el factor tiempo es la clave. El error estratégico más grave que se comete es pensar que, aquí y ahora, existe un equilibrio de fuerzas entre el Occidente colectivo comandado por los EEUU y un Sur global (contradictorio y heterogéneo) organizado en torno a China, Rusia e Irán. No es verdad. Lo que hay es una relevante superioridad económica, financiera, tecnológica, comunicacional y, sobre todo, político-militar del imperialismo colectivo de la triada (como lo definió años atrás Samir Amín), eso sí, de carácter temporal y en vías de desaparición.

Biden y su equipo (heredado de Hillary Clinton) sabían que no había tiempo que perder y que había que pasar rápidamente a la ofensiva si querían reforzar y preservar la hegemonía de los EEUU. La estrategia consistió en convertir las líneas de fractura de una globalización capitalista en retirada, en dispositivos político-militares que presionaran a las potencias emergentes y los obligaran a retroceder. Se establecieron rápidamente tres frentes. El primero, Europa-Ucrania; el segundo, Mar de China Meridional-Taiwán; el tercero, el Sahel en una África de nuevo territorio en disputa. Como se ve, nada nuevo; algunos lo hemos venido describiendo desde hace tiempo; desde luego, antes de la guerra en Ucrania. Poco a poco, la realidad confirma análisis y desmiente a tanta propaganda que se ha ido convirtiendo en sentido común de una clase política cada vez más anacrónica y sin sentido histórico. Hoy sabemos que los acuerdos de Minsk 1 y 2 se firmaron para no cumplirse y ganar tiempo; sabemos también que la OTAN, los EEUU y, sobre todo, el Reino Unido presionaron intensamente al gobierno de Ucrania para impedir un tratado de paz con Rusia en marzo del 22. Se podía continuar.

La táctica norteamericana consistió en ir sitiando a Rusia hasta no dejarle otra salida que la derrota estratégica o la intervención militar. ¿Derrota estratégica? Solo puede infringirla quien tiene fuerza para ello, superioridad, y la OTAN la tenía. La alternativa a la no intervención era aceptar que las fuerzas armadas ucranianas, apoyadas y dirigidas por los “asesores” de la Alianza Atlántica, masacraran a los departamentos rebeldes pro-rusos, asediaran Crimea y, lo más grave, que Ucrania primero y después Georgia formaran parte de la OTAN. Toda Rusia quedaría a merced de los misiles del Occidente colectivo. De la derrota estratégica a la derrota operativa y efectiva. No es nada nuevo para los EEUU obligar al enemigo a atacar, legitimando así una “guerra justa” por delegación, en este caso, en Ucrania. Lo han hecho siempre que han podido. El escenario en el Mar de la China meridional es otro ejemplo de cómo la Administración Biden pretende organizar y graduar su respuesta. Cuando lo considere oportuno, activará el conflicto en torno a Taiwán para obligar a China a intervenir militarmente. La estrategia de alianzas está muy avanzada y el cerco militar a China se ha acelerado mucho. La secuencia se ve ahora con más claridad: primero, debilitar a Rusia para provocar una crisis de régimen y su desintegración como Estado-civilización, para luego acumular fuerzas para afrontar al verdadero enemigo: China.

Una vez más, las cosas no le salieron como esperaban a la dirección norteamericana y a la OTAN. Las políticas de sanciones no solo no han quebrado a Rusia, sino que se han vuelto, en gran medida, contra la Unión Europea, han profundizado en la desglobalización y golpeado fuertemente a la hegemonía del dólar. El error más grave de Biden tiene que ver con su incapacidad para asumir que el mundo ya no es el que era y que la multipolaridad ha avanzado mucho. Es más, progresivamente se van trenzando alianzas, acuerdos económicos y complicidades que apuntan ya a un nuevo orden internacional sobre bases no hegemónicas occidentales; quizás el aspecto más sobresaliente sea el fortalecimiento de los BRICS y su constitución como un polo alternativo, a pesar de sus contradicciones e insuficiencias. A lo que hay que añadir el peso creciente de China como fuerza moderadora y pacificadora, capaz de poner orden a un mundo que tiende al caos sistémico y al conflicto militar global.

Hay una tendencia recurrente en los conflictos político-militares impulsados por los EEUU hacia el desborde, la escalada y la creación de escenarios catastróficos. Ocurrió en Afganistán, en Irak, en Siria, en Libia. Intervienen militarmente, desestabilizan, proclaman su victoria y luego tienen que reconocer que han creado más problemas que los pretendían resolver. Al final, tiene que elegir entre la huida o la fuga hacia adelante, es decir, la escalada. Irak y Afganistán son buenos ejemplos de lo que se acaba de señalar. ¿Qué potencia ha salido fortalecida de las victorias fracasadas de los EEUU?: la República Islámica de Irán. Como muestra un botón, Yemen; los huzies bombardeando Israel y controlando militarmente el Mar Rojo. La “gran potencia indispensable”, el Estado que da “estabilidad y coherencia al orden mundial” crea desorden, fomenta el caos y hace cada vez más insoportable los “costes de protección”.

La “Gran transición” ha avanzado tanto, parece tan irreversible, que los actores básicos llevan mucho tiempo resituando sus horizontes de posibilidad y redefiniendo sus estrategias. El ataque de Hamas contra Israel hubiese sido impensable hace apenas unos años. El asesinato de Qasem Soleimani ejecutado por los EEUU y dirigido por el Mossad presagiaba que algo importante se estaba organizando. De nuevo señales de crisis y de desorden. Biden y Netanyahu: ¿quién controla a quién? El conflicto indica con mucha precisión que Israel es lo que es y hace lo que hace porque por delante y por detrás están los EEUU y, en muchos sentidos, el Occidente colectivo. Conviene no olvidarlo. Netanyahu sabe que Israel no es solo un aliado más de los EEUU sino un actor interno en la política norteamericana, tiene poder de veto y lo ejerce. Biden hará lo que está obligado a hacer. Las lágrimas de Borrell no convencen a nadie y acaban por legitimar el genocidio del pueblo palestino.

El día 24 de marzo de este año David P. Goldman publicó un artículo en Asia Times -del que es editor adjunto- con un título inquietante, EEUU no tiene ningún plan B para Ucrania excepto más guerra. En él informa que en el fin de semana anterior se reunieron un grupo de expertos (ex miembros del gabinete, altos oficiales militares, académicos, analistas…) para evaluar la situación militar mundial. Con veracidad afirma que se dieron datos que no se correspondían con lo que estaba aconteciendo realmente en el frente militar ucraniano. Goldman nos dice que aportó informaciones muy diferentes y que nadie fue capaz de contradecirlo. El conocido estratega estadounidense salió de la reunión, no lo oculta, asustado; llegando a la conclusión de que “los dignatarios reunidos, una muestra representativa del liderazgo intelectual y ejecutivo del establishment de la política exterior, simplemente no podían imaginar un mundo en el que los EEUU ya no dieran las órdenes… Están acostumbrados a dirigir las cosas y se jugarán el mundo entero para mantener su posición”.

Este es el momento y estos son los protagonistas. La política de los que en la jerga de EEUU denominan” liberales imperialistas” ha partido siempre de un supuesto: los “otros”, es decir, Rusia, no se atreverá a usar el armamento nuclear. Conscientemente, se entra en un juego estratégico al filo de la navaja, donde los riesgos se incrementan exponencialmente y los errores humanos también. Putin lo ha repetido con mucha contundencia, Rusia los usará si ve amenazada su existencia como Estado y como civilización. Este es, insisto, el momento más peligroso: Rusia está ganando. Todo lo dicho por las élites euro-norteamericanas se está demostrando que es falso, mentiras de una propaganda que no se corresponde con la realidad. Lo coherente sería negociar y encontrar una salida política. Se ha pasado de “derrotar a Rusia”, a “Putin no puede ganar”. La lógica lleva a la escalada. Negociar sería reconocer un inmenso error de cálculo y respetar los intereses estratégicos de Rusia. Asumir que el mundo dirigido y organizado por el Occidente colectivo ya no es posible y que hay que pactar un nuevo orden multipolar, inclusivo y abierto a la pluralidad real de nuestra especie. No lo harán. El factor tiempo es la clave.

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