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El “overtime” y la explotación laboral

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El trabajo es una actividad indispensable de la vida en sociedad. Es a través del trabajo que la madera se convierte en muebles, el algodón en ropa y el trigo en pan. Y como la gran mayoría de nosotros y nosotras no somos dueños ni dueñas de fábricas o terrenos agrícolas, para sobrevivir tenemos que trabajar para quienes sí lo son. Bajo el sistema capitalista, esta transacción se hace a cambio de un salario.

Trabajamos para vivir, no vivimos para trabajar. Precisamente, una de las consecuencias del avance tecnológico debería ser permitir a los seres humanos trabajar menos y disfrutar más de la vida, escribe Jorge Farinacci Fernós

Por Jorge Farinacci Fernós El Nuevo Día

El trabajo es una actividad indispensable de la vida en sociedad. Es a través del trabajo que la madera se convierte en muebles, el algodón en ropa y el trigo en pan. Y como la gran mayoría de nosotros y nosotras no somos dueños ni dueñas de fábricas o terrenos agrícolas, para sobrevivir tenemos que trabajar para quienes sí lo son. Bajo el sistema capitalista, esta transacción se hace a cambio de un salario.

Sin embargo, no debemos olvidar el viejo lema: Trabajamos para vivir, no vivimos para trabajar. Precisamente, una de las consecuencias del avance tecnológico debería ser permitir a los seres humanos trabajar menos y disfrutar más de la vida. Desafortunadamente, bajo el capitalismo salvaje, cada día se nos exige que trabajemos más y más, por menos y menos.

Uno de los fenómenos que caracteriza esta cultura de explotación es el llamado “overtime”. Históricamente, han sido los patronos, y no los trabajadores, quienes impulsan la disponibilidad del “overtime”. Es así pues le sale más barato al patrono pagar tiempo y medio por horas adicionales a un trabajador, en vez de contratar a una persona desempleada que busca trabajo. Ni hablar del evidente efecto nocivo que el “overtime” tiene sobre la salud de los trabajadores y trabajadoras.

Y es que ningún trabajador quiere trabajar horas adicionales tras completar su jornada laboral regular. Ello conlleva más cansancio y menos tiempo con nuestras familias. Lo que ocurre es que muchas personas tienen que trabajar “overtime”. Si los salarios que nos pagan fuesen suficientes para otorgarnos una vida digna, nadie solicitaría trabajar “overtime”. Trabajamos horas adicionales porque el salario que recibimos es insuficiente.

La Convención Constituyente que redactó nuestra Magna Carta en 1952 quería evitar este desenlace. En primer lugar, la Sección 16 de la Carta de Derechos reconoce el derecho de todo trabajador(a) a recibir un “salario mínimo razonable”, definido como aquél suficiente para garantizarle a toda persona una vida digna que le permita satisfacer todas sus necesidades básicas. En segundo lugar, esta misma Sección 16 regula el trabajo “overtime” más allá de las ocho horas diarias. Como surge claramente del debate en la Convención, el objetivo era crear un sistema en donde las personas trabajaran un máximo de ocho horas, durmieran al menos ocho horas y disfrutaran de la vida y sus familias por, al menos, las restantes ocho horas.

El objetivo era que el “overtime” fuera la excepción y no la norma. Fomentar el trabajo, pero no la explotación. Esperemos que la libertad económica de unos pocos no provoque la explotación de las grandes mayorías, tal y como quiere evitar nuestra Constitución.

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