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Entrevista a Abel Paz

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Pero, ¿hubo alguna vez una revolución en España? Sobre ello nos habla un viejo anarquista que estuvo ahí, que ayudó luego a reconstruir el sindicato y que, detenido y encarcelado, logró fugarse y huir. Tras el exilio, publicó una biografía de Durruti.

Hemeroteca 29 marzo, 2024 Miguel Riera

—Casi nadie sabe o cree que una vez hubo una revolución en España. ¿La hubo?

—Sí, claro que la hubo, aunque ha quedado oculta por la mentira.D e todos modos, cuando dices la verdad tarde o temprano se te reconoce esa verdad. Para empezar, hay que tener en cuenta a las Comunidades de Castilla. El único historiador que ha hecho una reflexión seria sobre eso ha sido Maravall. Aquel hecho histórico fue importantísimo. En 1519 nos anticipamos dos siglos a la revolución de 1789, porque en esencia se trata de la misma revolución. Aquella gente tenía un concepto de democracia muy avanzado, por ejemplo se hablaba del mandato imperativo. El regidor que se nombraba para representar a la comunidad, si no respetaba la voluntad popular, el mandato imperativo, era automáticamente cesado. Como pasó en Segovia, por haber votado los impuestos que exigía Carlos V. Era tan radical aquella visión que de hecho el anarquismo no hizo más que retomar el hilo de la historia y arrastrarlo hasta 1936. No se puede hablar de revolución en España en 1936 sin tener en cuenta los periodos de la historia en que esa revolución era algo que estaba en suspenso. Malraux, hablando de la revolución española, decía que era algo que estaba en suspenso, que se veía venir a través de la historia de España.

—Si se puede decir que la revolución ha estado en suspenso hasta 1936, a juzgar por la realidad también podría decirse que la contrarrevolución ha campado a sus anchas a lo largo de la historia.

—Desde luego. Para muchos, la historia de España empieza con Fernando e Isabel. Lo anterior no existe. Con la particularidad de que, con la cultura árabe, España había entrado ya en la modernidad. Con los Reyes Católicos, cuando se expulsa a judíos y árabes, España retrocede dos siglos, se hunde en la Edad Media. Esos son los dos siglos de retraso que ha tenido España. Aquí aún tenemos estructuras feudales. Aristocracia, una concepción del poder que no se corresponde con la que hay en Europa, latifundios… Problemas que nosotros resolvimos en 1936.

—¿Ustedes?

—Fue el pueblo quien los resolvió, y de manera inmediata. La República intentó hacer la reforma agraria, pero no pudo llevarla a cabo porque no se atrevió a enfrentarse con la aristocracia, que era la que tenía el poder. Pero nosotros llegábamos, ocupábamos el terreno y se creaba una colectividad. Así de simple. Y si el aristócrata o el burgués quería formar parte de la misma, se le admitía. Si no, se le echaba. Pero no se echó a los que querían integrarse, a los que aceptaron las reformas, los planes de expropiación. El dueño de la fábrica que no tuvo miedo y se quedó a formar parte de la colectividad, se integró, incluso a veces participaba del control. Pero si no lo aceptaba, se le quitaba de en medio. No era cuestión de retrasar la marcha con los obstáculos que se pudieran encontrar. En esos aspectos, la revolución española superó a la propia revolución rusa.

—¿En qué sentido dice eso?

—La revolución rusa apenas sobrevivió tres meses, mientras que la nuestra duró hasta 1939. La economía estuvo en manos de los trabajadores, y se consiguió descentralizar completamente el poder. El poder local tenía una personalidad: los comités. A pesar de la Generalitat, en los pueblos funcionaban los comités. Existía una especie de democracia directa. No se prohibieron los partidos, pero éstos enviaban a sus representantes al comité. No había programas: los programas consistían en resolver las necesidades imperiosas del pueblo. Siete u ocho representantes votados por la asamblea popular tenían que cumplir con la voluntad popular. Si no funcionaban se les cambiaba. Y con los altibajos que se quiera, aquello

funcionó. Por ejemplo, la línea de ferrocarril se electrificó durante y a pesar de la guerra. Se distribuyó la tarea por sectores y cada ayuntamiento asumió la parte que le tocaba. En tres meses la obra estaba terminada. Hoy una cosa así es inconcebible. Se daba trabajo a los parados del pueblo. Los salarios se proporcionaban desde la cooperativa del pueblo, ya que era una obra de interés para todos.

—A pesar de todas las carencias y dificultades…

—A pesar de todo. Y es que cuando hay hambre, si todo el mundo pasa hambre y no hay ningún privilegiado que no la pase, entonces eres feliz con tu hambre. Estás compartiendo la desgracia colectiva. El problema llega cuando hay un grupo de gente que está comiendo bien y los demás se mueren de hambre. En general, la gente soportaba todo aquello porque era igual para todos. Recuerdo al Conseller de Defensa de la Generalitat, un hombre muy culto. Su mujer iba por la mañana a hacer la cola del pan, a recoger su ración, cuando él, por su cargo, podría haber pedido que le llevaran pan a casa. Es decir, la igualdad no era un mito. Era una realidad.

—¿En qué partes del territorio se puede decir que sí hubo una revolución?

—Alcanzó toda la zona republicana, aunque no por igual. Hubo zonas en las que la CNT era minoritaria. No obstante, también allí se produjeron colectivizaciones. Hubo, en cambio, algún pueblo con poder cenetista donde todo quedó igual. En otros coexistieron colectivizaciones socialistas junto a otras libertarias; la socialista respetaba la propiedad privada, y los métodos eran más autoritarios. Pero, en general, las colectivizaciones se extendieron por toda la República.

¿Cuáles fueron las características más significativas de esa revolución?

—Sus rasgos más definitorios se dieron en realidad el 6 de octubre de 1934, en Asturias. Allí, la alianza obrera entre CNT y UGT fue la que hace que aparezca ya la comuna, la colectivización. Era un acuerdo entre socialistas y anarquistas con el que se intentaba conseguir un socialismo libertario. Pero en general fue la tendencia libertaria lo que influyó en esa revolución. Hasta ese momento la CNT había intentado movimientos de carácter insurreccional, pero no había alcanzado a las bases de la UGT. La alianza era imprescindible. En una población activa de nueve millones de trabajadores, la UGT contaba con 1.200.000 afiliados, y la CNT con 1.500.000. Nada que ver con la afiliación de hoy. La gente era muy activa, aunque la burocracia socialista frenaba la alianza entre sindicatos. Pero en las elecciones de febrero del 36 ganó el Frente Popular frente a la candidatura de las derechas. Cuando la izquierda llega al poder, la gente que la ha votado no es ya la que la había votado en el 31. Algo ha cambiado, hay más experiencia. Los partidos de izquierda llegan al poder, pero las bases se guardan el poder de la acción. No esperan a que haya una amnistía, sino que pasan a la acción y de inmediato le abren la puerta a 80.000 presos. Los campesinos no esperan a que se reinicie el debate de la reforma agraria, sino que se lanzan a ocupar las tierras. En el mes de marzo son 80.000 los campesinos que en Extremadura, Andalucía y La Mancha se incautan de los feudos. No toman la tierra para ellos, sino que la colectivizan. La toman para trabajarla en comunidad. En marzo de 1936 se inicia la revolución de manera pacífica.

Sin embargo, al gobierno republicano no parecía que le gustara mucho lo que estaba empezando a pasar…

—Es verdad, el gobierno de Azaña no lo ve con buenos ojos. A ningún político le gusta verse desbordado por las bases. Pero tampoco puede mandar guardias civiles a expulsar campesinos. Y las comunidades agrícolas empiezan a desarrollarse. Mientras tanto, la derecha se precipita hacia el golpe militar. Aleccionada por la revolución de octubre, fortifica sus alianzas. Por otra parte, cuando se proyecta el golpe militar la alianza entre UGT y CNT también se había consolidado.

Esa alianza incipiente era una amenaza terrible para las clases conservadoras. Quizá les hizo acelerar la preparación del golpe…

—En parte sí, pero no se puede separar el conflicto español del contexto internacional de la época. Es el momento de auge de los fascismos, está el problema de Marruecos, etc. No se trata de un conflicto doméstico, sino que está internacionalizado. Y es desde ese momento que nosotros ya hemos perdido la guerra. Franco asegura a Inglaterra y Francia un régimen fuerte que garantiza la propiedad privada y su posición en el Mediterráneo. Desgraciadamente, España es el punto más estratégico en el Mediterráneo. Es en ese contexto que puede afirmarse que desde el principio está perdida la guerra.

¡Claro que hubo revolución en España! Pero en un contexto internacional en el que no podía sobrevivir. Hay aspectos de nuestra guerra que han sido silenciados, por ejemplo el problema de Marruecos. La fuerza militar de Franco está en Marruecos. Cuando estalla el conflicto en España los obreros están desarmados. La República no les da armas. A pesar de ello, los obreros derrotan en Barcelona a los sublevados, y Barcelona en aquellos momentos era el faro de España. Derrotar a los fascistas en Barcelona era derrotarlos en toda la Península. Si ellos hubieran conseguido dominar Barcelona, se habría perdido todo desde el primer momento. Pero al derrotar a los fascistas en 32 horas, se envalentonó todo el mundo. Y Madrid también les derrotó. Cuando se supo por radio la noticia de que Goded había sido hecho prisionero en Barcelona, y que la revuelta había sido dominada, le fueron a decir a Azaña: «Presidente: los catalanes han derrotado al ejército. Goded ha sido hecho prisionero». Ataña contestó: «Eso no puede ser, es un cuento que están propagando los catalanes. Anda, ponme con Companys. Oye, Lluís –se trataban así–, ¿qué pasa ahí en Barcelona?» Companys le dijo: «Nada, que somos los amos». «¿Cómo, los amos? ¿Pero qué ha pasado? ¿Qué es eso de que está preso Goded?» «Sí, sí. Lo tengo aquí conmigo, en mi despacho». «¿Y cómo ha sido?» «Pues ya ves, esos anarquistas locos, que se han echado a la calle».

A partir de ahí empezó todo el follón. Son tantas cosas…

Me contaba lo de Marruecos…

—Sí. La noche del 18 al 19 de julio, Franco ya se había hecho su programa. Ellos habían confiado mucho en los 35.000 hombres que tenían en África, pero tenían que trasladarlos a España. Azaña, muy equilibrado, encargó un gobierno de crisis a Martínez Barrio y que se pusiera en contacto con los facciosos. Es cuando Mola le dijo: «Llegas tarde. Esto es imparable». Así, Azaña encargó un nuevo gobierno a José Giral. Este, sin consultar con Azaña, armó a los trabajadores socialistas (no a los anarquistas). Empiezan a prepararse milicias en Madrid. Manda un telegrama a León Blum pidiéndole armas para combatir el golpe militar. Lo pide con fuerza porque Francia se había comprometido a abastecer de armas al gobierno español cuando lo necesitara, armas pagadas por adelantado con un depósito en la banca francesa. Hay un pacto firmado. Pero la burguesía francesa se niega. Blum se desplaza a Londres, y allí le dicen que no se meta, que se maten entre ellos. Es cuando él idea el pacto anti-intervención. Es una manera de apoyar a Franco y de perder a la República. Francia, que estaba obligada a ayudar, se niega.

Marruecos es un problema muy importante. España no había firmado un protectorado con el sultán. España estaba en Marruecos por presión de los ingleses, que no querían que Francia se pusiera enfrente de Gibraltar. Así, España queda como gendarme de Gibraltar. Hay un acuerdo en 1904 entre Francia y España para repartirse Marruecos: Francia se compromete, en el supuesto de que España no pueda garantizar el orden, a ayudarla. España se compromete a que no dará la independencia a su zona ni apoyará a otra potencia. Giral le recuerda este punto a Francia. Es el momento de que Francia entre en juego, pero no lo hace. Los fascistas pasan sus tropas a la península con la ayuda de Hitler.

Pero aquí intervienen los anarquistas, formando el comité de milicias, que se crea el 21 de julio, y la gente que forma parte de ese comité asume la Consejería de Defensa de la Generalitat. Se encontraba aquí un representante de la Liga Árabe. Se intentó un acuerdo con los resistentes marroquíes. Este representante se va a Ginebra, donde habla con miembros de la Liga. Ellos se comprometen a alzar las cabilias e impedir que Franco siga nutriéndose de las levas marroquíes. Firman un acuerdo. Pero los árabes del Comité de Acción Marroquí eran gente del aparato, propietarios, burgueses. Dicen: estamos de acuerdo con vosotros los catalanes, pero lo que hemos firmado tiene que estar avalado por el gobierno central. Entonces se desplazó una comisión a Madrid. Julián Gorkín por el POUM, Jaume Miravitlles por ERC, Aurelio Fernández por la CNT y Rafael Vidiella por el PSUC. En Madrid les dijeron: ¿Cómo se les ocurre a ustedes los catalanes asumir una cuestión internacional?

Largo Caballero se lo comunicó a Blum, y éste le dijo que ni hablar. Blum tenía muchos problemas en el Marruecos francés, y los ingleses tenían problemas en Egipto: «Si armamos follón en el Rif, los alzamientos podrían correr como un reguero de pólvora”

Los anarquistas sabían que era fácil aproximar la revolución al sur, porque eran pueblos atrasados económicamente. Y sabían que al norte, con los comunistas y los socialistas, sería mas difícil.

Fueron problemas internacionales muy enrevesados. Largo Caballero se arrepintió. Blum también, pero mucho más tarde. Largo Caballero intentó ceder Marruecos a ingleses y franceses para que ayudaran.

Todo esto va unido a la cuestión de que nuestra guerra se produjo en un contexto internacional que podríamos considerar como el capítulo final de un periodo histórico en el que, en cierto modo, el honor del proletariado es salvado por los proletarios españoles, que hacen la revolución más profunda que se conoce en la historia, como he dicho más que la revolución rusa. Incluso se puede decir que la revolución española enlaza con las comunas del 1500 y con la Comuna de París. Es la heredera de todos esos procesos históricos.

La revolución, ¿qué grado de penetración tuvo en el tejido económico?

—En Cataluña, se puede decir que toda la industria quedó colectivizada. Luego surgió el problema de los inversionistas extranjeros, que empezaron a reclamar, a quejarse los embajadores… Hay que tener en cuenta que la economía española estaba en un 45% monopolizada por el capital extranjero, una cosa parecida a la de Cuba cuando la revolución.

Y una revolución quiere intervenirlo todo, porque si quedan bolsas de miseria, entonces no es una revolución. Nosotros colectivizamos los ferrocarriles, tranvías, metro, industria… Aquí era todo textil, no había industria pesada, y hubo que crearla con las 50 fábricas que se montaron de armamento. Lo curioso es que a los 15 días de revolución ya se fabricaba trilita, dinamita y obuses. Antes había fábricas importantes, pero sin grandes concentraciones de obreros. El comité de milicias formó una comisión y unificó a tres sindicatos (químico, metalúrgico y minero) para formar la industria de guerra. Allí se puso a Eugenio Vallejo, un obrero metalúrgico. En poco tiempo se recogieron todos los tornos y fresas disponibles de entre los muchos pequeños industriales repartidos por Cataluña, y se logró concentrar diez fábricas en grandes solares que lograron emplear a 150.000 trabajadores en tres turnos. O sea, que la gran concentración industrial que la burguesía había sido incapaz de realizar en España la hicimos nosotros, todos los trabajadores. Todo esto estuvo administrado por los comités de fábrica y los sindicatos hasta 1939. Hubo una injerencia oficial del Ministerio de Defensa, que quiso intervenir. Nombró directores para las fábricas, y cuando llegaron ocuparon despachos, pero nada más. De allí no salía ni una bala ni un fusil si no era con la firma del comité de guerra. Podía salir sin la firma del director, pero no sin la del comité. Estuvieron siempre administradas por asambleas. Lo máximo que se puede alcanzar en una revolución parcial como era la nuestra.

En la industria textil se funcionaba igual: con comités de fábrica coordinados por el consejo de economía, nombrado por los sindicatos. Sobrevino la crisis de las materias primas. No se podía producir debido al embargo. Los que mejor se lo montaron fueron los valencianos, que se organizaron muy bien. El ministro de agricultura comunista intentó intervenir en eso, sin conseguirlo. Valencia exportaba cítricos a Inglaterra, y con las divisas compraban lo que necesitaban. A pesar de las pegas que ponía el Ministerio de Agricultura, esto se mantuvo así hasta el final de la guerra. Había problemas de abastecimiento, de comida. En Valencia, el consejo técnico trabajó la chufa, la manipuló químicamente y llegó a extraer una leche con calidad suficiente para amamantar. Se trató químicamente la fibra vegetal. Luego los americanos inventarían el nylon con el mismo procedimiento. Era una revolución obrera. Y los obreros no tenían grandes conocimientos técnicos, aunque sí prácticos. Así, se crearon los institutos obreros para chavales como yo. Allí, a marchas forzadas, te especializabas en economía, química, estudios muy concretos. Y eso aportó una gran cantidad de jóvenes en condiciones de poder mejorar la agricultura, por ejemplo en Aragón. Allí toda la agricultura quedó colectivizada. Y a los campesinos les dio la manía de hacer estudios de agronomía para cultivar mejor las tierras, para hacer granjas experimentales. Todo eso es lo que iba a dar la base esencial de la economía de la revolución. En Aragón fue donde más se colectivizó la tierra.

—¿Y en Cataluña, donde estabas?

—En Cataluña se tropezó con organizaciones catalanistas, como ERC. El campo era de otra manera. Los pequeños propietarios tenían sus cultivos diseminados, en minifundios, con un pedazo aquí y otro allá, y tenían que desplazarse en mulo… Ellos tuvieron la gran virtud de unir todas las tierras para producir más y con menos cansancio. Así pasó en Aragón y menos en Cataluña. Líster decía estúpidamente que las colectividades fueron impuestas. Siempre había gente en desacuerdo, claro, pero la ambición era eliminar la propiedad privada, la explotación del hombre por el hombre, darle a la mujer ventajas que nunca había

tenido… Por ejemplo, una de las primeras cosas que aportaron las colectivizaciones fueron los lavaderos colectivos, guarderías, escuelas donde no había. La mujer ganó tiempo. En una colectividad donde viví las mujeres jóvenes utilizaban ese tiempo creando cuadros escénicos, haciendo teatro, o con otras iniciativas culturales… La que más sabía ayudaba a la que menos.

¿Fueron muy traumáticas las expropiaciones de las fábricas?

—Pues no; a veces los dueños se quedaron y colaboraron. Pero en general, cuando amos y técnicos vieron que los trabajadores se echaban a la calle y derrotaban al ejército, se esfumaron. Cuando entrabas en las fabricas ya sólo quedaban las máquinas. Los obreros se encontraban solos y se dijeron: ¿qué hacemos? Y se pusieron a trabajar formando comités para hacer funcionar las fábricas.

Yo tuve la suerte de pasar por toda clase de experiencias. Pasé por una calderería, por un instituto obrero, estuve en el campo… El jefe de la calderería tenía 50 obreros, pero era un hombre muy campechano. Cuando le colectivizaron la calderería se presentó y dijo: «Yo me quedo, ¿qué hago? Soy técnico, os puedo dar consejos». Y allí estuvo, cobrando un salario como los demás. Y después fue a la cárcel como los demás. Incluso se colectivizaron las barberías. Me sorprendí cuando, en la Revolución de los Claveles, en Portugal, llegué allí en avión. Salgo del aeropuerto y veo a un tío limpiando zapatos. Me dije: ¿qué clase de revolución es ésta? Y le dije al tío: «¿Qué haces limpiando zapatos?» «Es mi oficio», contestó. «¿La revolución no te ha liberado aún de la caja de zapatos?» Y le pegué un puntapié a la caja. «Eso se terminó. Que cada uno se limpie los zapatos en casa».

¿Qué pasó con las empresas extranjeras?

—Estuvieron controladas hasta el final de la guerra. Pero, es curioso, en la cámara de la propiedad están los balances de aquella época… cuando llegaron los propietarios de nuevo, en el 39, se encontraron con que sus fábricas tenían superávit y una mayor producción que antes de la guerra. Ahora ha salido a la luz la contabilidad de la época. Desde el punto de vista económico aquello no fue un fracaso, porque no hubo una economía dirigida, sino una autogestión. No fue la «autogestión» de Tito; en Rusia tampoco hubo autogestión. Uno de los grandes errores es que cuando se crearon los soviets de fábrica y se dirigieron directamente a los mineros para abastecerse, inmediatamente llegaron los interventores del Estado y la intervención derivó en la parálisis de los primeros tiempos de la industria soviética.

La antigua estructura sindical sirvió de columna vertebral al desarrollo de la economía obrera. En Rusia no existía eso, tuvieron que inventarlo, y fue una revolución más campesina que otra cosa. Nosotros dimos soluciones a muchos problemas que se han planteado después. Por ejemplo, Tito copió muchas cosas de nuestra economía. Desgraciadamente, con carácter autoritario, centralista.

En la discusión sobre si es mejor una autogestión dirigida por el mercado o una economía totalmente planificada, en el caso de la revolución española hubo una peculiaridad, que es que las necesidades de la guerra imponían una determinada manera de producir. Pero en unas circunstancias en que no hubiera habido guerra, ¿la revolución habría optado por una economía de autogestión con mercado?

—No lo creo. No, porque en España habría tenido que existir, como mínimo, un sistema mixto. Si no, nos habríamos encerrado en una especie de autarquía. Tampoco teníamos grandes pretensiones. La gente sólo pretendía vivir, aunque fuera pobremente, con dignidad. No te importaba ir con alpargatas, pero querías poder tener por lo menos las alpargatas, un trozo de pan con aceite y un ajo. Se practicaba mucho el intercambio. Aragón hacía muchos intercambios con Tortosa, por el arroz. Lo importante es que hubiera lo básico. Nosotros dimos un valor a las cosas que no tiene nada que ver con con la concepción marxista del valor, ni con la capitalista. Creamos una moneda no acumulativa, sin valor alguno: los bonos. Tú en la colectividad lo tenías todo pagado. El único control que tenías era el de la comunidad, el de tener que ir a trabajar. Si el domingo tenías ganas de ir a otra colectividad, usabas los bonos, porque no formabas parte de esa otra colectividad. Si querías tomar un café en otro sitio, pagabas con los bonos. Pero no eran dinero. Eran un elemento de control. Con ellos tampoco podías comprar alpargatas o pantalones, porque ya te los daban en tu colectividad. No podías decir: tengo 10.000 pesetas en bonos. ¿Qué ibas a comprar, si no había nada que pudieras comprar con ellos? Nosotros, en nuestra colectividad, teníamos aceite. Era difícil calcular las cantidades con que se debían hacer los intercambios. Pero había otra mentalidad. A la gente de Tortosa se les daba siempre más aceite de lo que valía el arroz

—¿Se consiguió hacer desaparecer el 100% del dinero, el papel moneda, en las colectividades?

—Sí, en muchos sitios del campo dejó de existir, aunque en la industria el asunto era mis complicado. Pero, por ejemplo, el problema del alquiler estaba resuelto. Con la comida no había problema, podías comer en la fábrica o en la cantina. Un hombre casado con dos hijos debía ganar lo equivalente a cuatro

personas. Un soltero ganaba menos, claro. Si el soltero tenía a su cargo a su madre, tenía una prima. Se trataba de un salario familiar menos arbitrario que el convencional.

En cualquier caso, de la revolución no ha quedado nada, ni siquiera la memoria. La derrota militar lo borró todo

—Nosotros ganamos la revolución. Lo que perdimos es la guerra. La revolución consiste en que los trabajadores se hagan dueños de los instrumentos de trabajo y no fracasen en la gestión de los medios de producción. La revolución no fracasó: fue derrotada militarmente. Quizás con el tiempo se habría desarrollado una burocracia paralizante, pero eso nunca lo sabremos. Hay victorias que son derrotas, y derrotas que son victorias. Si lo de Rusia fue una victoria, ¿quién venció? ¿Los obreros? No. En cambio, la Comuna de París fue una gran victoria obrera. Lo nuestro, también. Fue una victoria revolucionaria, aunque se produjo una derrota militar. Llevamos la revolución hasta donde nos fue posible.

El olvido de esa revolución que tú viviste, que vivieron tantas personas que aún están vivas, es ciertamente incomprensible.

—Se ha querido olvidar. Ha habido la voluntad política de ocultarla. Sí, porque hay mucho miedo. El anarquismo está muy enraizado en España. El orgullo, la resistencia, son valores propios de nuestra gente. Entre nosotros, la anarquía es una actitud natural que nace de la rebeldía ante la injusticia. No es una teoría. El ser humano de cualquier época tendrá siempre ese espíritu de rebeldía. Hoy, hay un anarquismo virtual en los okupas, en los insumisos, en la lucha feminista, en todas esas luchas parciales. Y es bueno que se desarrollen paralelamente a la lucha política, porque un partido político ahogaría todo eso. En ese aspecto soy bastante optimista. Pienso que puede resurgir, porque nosotros aún somos rebeldes. Lo que para otros es modernidad, en realidad es una moda. Me gustaría que se formara una plataforma donde estuvieran los okupas, los ecologistas, feministas… en un pacto solidario. Esas son las nuevas formas de

organización. Hay mucho anarquismo en la calle, en el individuo, pero eso no se puede organizar.

Yo quiero esperar que el futuro no sea barbarie, sino socialismo. El capitalismo no sabe a dónde va; ha perdido el rumbo. Y quiero ser optimista, y por eso pienso que el Tercer Mundo nos va a dar muchas lecciones…

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