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España: Qué república defendemos los comunistas

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En pocas semanas se cumplirán diez años desde que Juan Carlos de Borbón anunciara su decisión de renunciar a la corona de España, abdicando en su hijo, el entonces Príncipe de Asturias Felipe de Borbón. Este movimiento, gestado en secreto durante más de un año por la camarilla del ahora rey emérito con la colaboración de destacados representantes del PP y el PSOE, tenía la clara intención de salvar a la monarquía, pilar fundamental del régimen burgués español, en un momento de descrédito de la misma por los escándalos de corrupción y de crisis general del régimen del 78.

14 de abril de 2024/en Análisis PolíticoDestacados/por Javier Cabrera

En pocas semanas se cumplirán diez años desde que Juan Carlos de Borbón anunciara su decisión de renunciar a la corona de España, abdicando en su hijo, el entonces Príncipe de Asturias Felipe de Borbón. Este movimiento, gestado en secreto durante más de un año por la camarilla del ahora rey emérito con la colaboración de destacados representantes del PP y el PSOE, tenía la clara intención de salvar a la monarquía, pilar fundamental del régimen burgués español, en un momento de descrédito de la misma por los escándalos de corrupción y de crisis general del régimen del 78.

Si hubiera habido una dirección revolucionaria clara en aquel momento, se podía haber evitado la sucesión en Felipe VI y haber abierto paso a la III República. Las manifestaciones espontáneas el día de la abdicación de Juan Carlos daban una muestra del potencial que había y sigue habiendo para el derrocamiento de la monarquía. Sin embargo, la negativa de Podemos, que justo entonces emergía como una fuerza política significativa, a encabezar las movilizaciones por la república, como la actitud dilatoria y timorata del PCE, permitieron que en aquel momento el régimen consiguiera salvar los muebles asegurando la sucesión dinástica.

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Crisis de la monarquía española

Si la idea detrás de la sucesión dinástica de 2014 era dar estabilidad al régimen restableciendo el prestigio perdido de la monarquía, es nuestro deber informar a estos señores y señoras de que no han logrado su objetivo. Pese a todos los esfuerzos y las campañas de imagen de la monarquía, ni el rey, ni la reina, ni la infanta Leonor, ni el resto de la familia Borbón, han conseguido el favor ni el fervor de las masas. Una encuesta de Simple Lógica para ElDiario.es, publicada el pasado noviembre, señala lo que es la tendencia general que se ha mantenido invariable los últimos diez años: un 51% de los encuestados estaría de acuerdo en que se celebre un referéndum para elegir entre monarquía y república. Más importante todavía, el apoyo a la idea del referéndum es mayoritario en los tramos de edad de 18 a 44 años. Y, si se diera dicho referéndum, el 44,7% de los encuestados votaría a favor de la república, frente a un 43,5% que lo haría por la monarquía.

Ni el rey, ni la reina, ni la infanta Leonor, ni el resto de la familia Borbón, han conseguido el favor ni el fervor de las masas / Archivo

No pesan sólo en esto los escándalos del rey emérito, sino también la propia política de Felipe VI que, en momentos como el Octubre republicano catalán o el enfrentamiento entre el poder judicial y el gobierno PSOE-UP, ha dado la cara siempre por el aparato del Estado y, en particular, por las Fuerzas Armadas, que en última instancia son su único y verdadero sostén. Pesan, sobre todo, la década y media de crisis constante del capitalismo español y de su edificio institucional, del que la monarquía es viga maestra, y el impacto de todo esto en la psicología de las generaciones más jóvenes, que no han conocido en su vida consciente más que crisis y ausencia de horizonte, y que perciben a la monarquía borbónica y al conjunto del régimen burgués español, de forma más aguda que las generaciones anteriores, como un anacronismo al que hay que barrer.

Vemos cómo, más de noventa años después de la proclamación de la II República y ochenta y cinco años después del fin de la Guerra Civil, la cuestión de la república sigue siendo un elemento central entre las tareas de la revolución en el Estado español. Para la nueva generación de comunistas que hoy despierta a la vida militante, el estudio de las lecciones de la II República y la Guerra Civil es esencial para comprender la importancia de esta cuestión.

La II República y la Revolución española

Fueron las masas las que impusieron la proclamación de la república el 14 de abril de 1931, primero con su voto en las elecciones municipales del 12 de abril y después con su movilización, que empujó a la acción a los indecisos líderes republicanos y socialistas. La jornada del 14 de abril de 1931 fue un momento de triunfo y de alegría para las masas, cansadas de la opresión y la corrupción del régimen borbónico y que confiaban en la república para para acabar con dicha opresión y explotación, para acabar con el poder de los caciques y los terratenientes, de los industriales y los obispos, y mejorar decisivamente sus condiciones de vida.

En 1931, las masas auparon al gobierno a los republicanos y socialistas esperando que estos, desde esa posición, resolvieran los problemas más urgentes de las masas: la cuestión de la tierra, la modernización del país, el fin de los asfixiantes privilegios del clero y de los caciques… Pero las aspiraciones de las masas chocaron una y otra vez con los intereses oligárquicos que el gobierno republicano, aupado por las masas obreras, defendía en la práctica. La oligarquía española consintió en deshacerse de la monarquía para evitar la revolución, pero el hecho es que la proclamación de la república era el primer acto de esa misma revolución. Esto fue previsto por León Trotski en su opúsculo La revolución española y las tareas de los comunistas (enero de 1931) y correctamente analizado en su momento por Andreu Nin, dirigente entonces de la Oposición Comunista de España (trotskista) en su folleto El proletariado español ante la revolución (abril de 1931):

“La caída de la monarquía representa una etapa importantísima en la historia de la revolución española, que se halla aún relativamente lejos de su etapa final. Para nosotros, los comunistas, la cuestión de la forma de gobierno no es indiferente. […] El periodo que se abre no es, pues, un periodo de paz, sino de lucha encendida. Y en esta lucha estarán en juego los intereses fundamentales de la clase trabajadora y todo su porvenir. La clase obrera será derrotada si en el momento crítico no dispone de los elementos de combate necesarios.”[1]

puerta del sol 14 de abril de 1931

La Puerta del Sol de Madrid, el 14 de abril de 1931.

Los acontecimientos posteriores validaron completamente las perspectivas de Trotski y de la OCE. La II República fue el escenario de una lucha de clases constante que, con sus avances y retrocesos, culminando en la explosión revolucionaria de julio de 1936, demostró que sólo se podía llevar a cabo la democratización y modernización del país bajo la dirección de la clase obrera, derribando el capitalismo. El papel de una dirección revolucionaria en 1931 era el de explicar pacientemente esta perspectiva correcta y dirigir a las masas de la clase obrera hacia la toma del poder. Fue la ausencia de esta dirección revolucionaria la que dio al traste con la revolución española y permitió la llegada de Franco al poder.

La lucha por la república hoy

Los acontecimientos de 1931 encierran poderosas lecciones para el día de hoy. Como antes del 14 de abril, vivimos una prolongada crisis del régimen monárquico, que de nuevo expone toda su corrupción heredada y su papel como polo de referencia para todas las fuerzas reaccionarias del país. También, como en los años 30, estamos en medio de una crisis económica global de futuro incierto y que genera miseria, caos e inestabilidad también en el Estado español. Como entonces, la idea de la república es cada vez más atractiva para una juventud harta de la decadencia, la corrupción y la mediocridad que emana del caduco régimen burgués.

Pese a haber pasado casi un siglo, muchos de los problemas que dieron lugar al proceso revolucionario de los años 30 siguen dolorosamente presentes en la España de hoy. Un capitalismo débil y dependiente, un nacionalismo español que oprime al resto de naciones de la Península, una ominosa opresión de la mujer, una Iglesia rica y arrogante que sigue chupando de la teta del Estado, una total falta de futuro para la juventud. La crisis del capitalismo español, dentro de la crisis global del capitalismo, hace inevitable un nuevo despertar revolucionario en el futuro. No podemos descartar que, de nuevo como en 1931, la burguesía española decida sacrificar a la monarquía para tratar de salvarse a sí misma. Llegado el caso, tenemos que aprender, como enseñan las lecciones de la Revolución española, que la República sólo puede ser el primer paso de la revolución socialista.

República y socialismo

La lección fundamental es que, hoy como entonces, la lucha por una república consecuentemente democrática es inseparable de la lucha por que la inmensa mayoría de la población, los trabajadores y demás capas oprimidas de la sociedad, posean, gestionen y controlen colectivamente la riqueza que crean con sus manos y cerebros para el único interés del avance y el desarrollo de la sociedad. Una república consecuentemente democrática sólo puede existir como una federación voluntaria de repúblicas socialistas ibéricas.

[1]Andreu Nin, El proletariado español ante la revolución, 1931.

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