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Estoy como nunca

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Ver buen teatro es alargar la vida. Estoy como nunca, montaje sostenido en las actuaciones, el detalle y lo sugestivo

Anamín Santiago

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Estoy cómo nunca, dirige Vicente Castro. Actúan: Carlos Esteban Fonseca y Jorge Luis Ramos. Teatro: Victoria Espinosa

Estoy como nunca

(versión de Vicente Castro de El acompañamiento de Carlos Gorostiza.)

Ver buen teatro es alargar la vida. Estoy como nunca, montaje sostenido en las actuaciones, el detalle y lo sugestivo.

Vicente Castro, director, versionador y productor, domina las multitudes y el elenco reducido, esta vez de dos. Jorge Luis y Carlos Esteban afirman que actuar es estar presente, estar con todo lo que se es. Gráciles, empáticas, tiernas y amorosas son las actuaciones. Estas son unidas y complementarias porque lo pide el texto y porque lo logra la escenificación.

La producción no escatimó en crear una plástica, luces, escenografía y vestuarios, que apuntaban al ciclo existencial territorializado a Puerto Rico. La fuerza del vejigante comandaba el piso circular en equilibrio con la bola de cristales de nuestras discotecas. ¡El vejigante de Victoria Espinosa en su teatro! Conmovedor por su carácter de continuidad. Las paletas de almacén como mesas y closests remitían a esa puertorriqueñidad huracanada que no debemos olvidar nunca. Esa pobreza que salimos a superar a diario contra la tormenta colonial. Como los personajes, quienes se mueven contra la terrible tormenta; el de Carlos Esteban, Pipo, ese obrero de construcción enajenado de su arte por la explotación laboral, genera la salida del sueño, muy a lo Sartre (que ya en el Caribe lo sabíamos), el sueño de su primer disco evita el suicidio. El de Jorge Luis, pequeño comerciante contra el gran capital, decide rescatar a su amigo, procurarlo y unírsele al sueño porque, al fin y al cabo, ese anhelo se realiza con el apoyo potente de la imaginación, que la colonia no laceró y que la vejez abona hasta convertirla en jardín florido.

Un trabajo sanador. Cuerpo, dicción e interpretaciones alcanzaron un alto rendimiento. Los recursos musicales y vocales de Carlos Esteban, cantante nuestro, fueron puestos a jugar a favor del sueño-derecho laboral de su personaje. Que tiene buena voz, ya se sabe, pero la variante rítmica hacia la salsa llena la sala, lleva al gozo. Jorge Luis, ese eterno joven, cincela a Quinín con la cordura y madurez de un boricua sobreviviente al devenir social colonial. Su parecer real evoluciona al parecer justo de su amigo. Qué buen oído musical tiene también. Los tres, actores y director, plantean el realismo teatral a partir de lo que son: tres artistas puertorriqueños. Las identidades claras y definidas de qué somos y cómo somos se convirtieron en arte universal.

La gente no se quería ir. Felicidades.

Regresan el domingo 21 de abril en Moneró Café Teatro & Bar-Caguas.

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