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Guerra contra el mundo multipolar

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Destacados políticos occidentales sostiene que se necesita continuar con la guerra de la OTAN en Ucrania porque una victoria rusa sería peor que una tercera guerra mundial

¿A qué se debe este enorme error político y militar? ¿Por qué no parece haber un Plan B? ¿Por qué las élites políticas estadounidenses y alemanas han atado su destino a la imposición de un orden mundial dirigido por Occidente?

HAUKE RITZ La Haine

No se puede ignorar que el mundo occidental está sumido en una especie de frenesí bélico contra Rusia. Cada escalada parece conducir casi automáticamente a la siguiente. Tan pronto como se decidió la entrega de tanques a Ucrania, se habló de la entrega de aviones de combate. Un avión espía no tripulado estadounidense acababa de ser derribado cerca de la frontera rusa por un caza ruso, Y cuando el Tribunal Penal Internacional de La Haya emitió una orden de detención contra Vladimir Putin. Occidente destruyó deliberadamente el camino hacia una solución negociada y llevó la escalada a un nuevo nivel. Pero, como si el nivel alcanzado no fuera suficientemente alto, Gran Bretaña anunció la entrega de municiones de uranio, consideradas armas convencionales que dejan contaminación radiactiva en el lugar de la explosión. La respuesta de Moscú no se hizo esperar y consistió en la decisión de emplazar armas nucleares tácticas en Bielorrusia a corta distancia.

La renuncia al control de la escalada.

De dónde viene esta disposición casi automática a la escalada por parte de los políticos en el poder hoy en día? Es un fenómeno de su decadencia? Algo parecido ocurre cuando la adaptación al Zeitgeist (el espíritu de la época) se ha vuelto más importante que la realidad. ¿Puede explicarse racionalmente la disposición a la escalada? ¿Es la expresión de un determinado objetivo político que se ha visto amenazado al que la clase política no puede renunciar y que, por tanto, sólo parece alcanzable a través de la guerra?

Una declaración muy significativa realizada por el Secretario General de la OTAN, Jens Stoltenberg, el 18 de febrero en la Conferencia de Seguridad de Múnich sugiere esto último: Stoltenberg admitió en su discurso que, al seguir apoyando a Ucrania, existía el riesgo de una escalada militar entre la OTAN y Rusia que sería imposible controlar. Sin embargo, después de esta admisión aclaró de inmediato que no hay soluciones sin riesgo y que el mayor riesgo de todos sería una victoria rusa. En cierto sentido, Stoltenberg legitimó el riesgo de una escalada militar entre las dos superpotencias nucleares. En otras palabras, se debía arriesgar a una escalada porque una victoria rusa en Ucrania sería potencialmente peor que una tercera guerra mundial.

Ahora bien, uno podría tachar la declaración de Stoltenberg de irracional si no estuviera en consonancia con otras declaraciones alarmantes de políticos, militares y personas que gravitan en estos mundos. Considérese, por ejemplo, el comentario confiado de Rob Bauer, presidente del Comité Militar de la OTAN, que dijo estar seguro de que Putin no utilizaría armas nucleares ni siquiera en caso de escalada (1), lo que implicaría, por tanto, que occidente podría atreverse a una escalada. Que otros dirigentes de la OTAN piensan en el mismo sentido lo ha dado a conocer recientemente una conocida dama de compañía («Hanna Lakomy en declaración al Berliner Zeitung») que frecuenta estos círculos. Incluso el jefe del gobierno húngaro, Victor Orban, advirtió recientemente que los países occidentales están a punto de discutir seriamente el envío de sus propias tropas a Ucrania. Sólo dos días después, el famoso periodista de investigación Seymour Hersh, conocido por sus fuentes en la burocracia de Washington, lanzó advertencias muy similares. Según Hersh, el gobierno estadounidense está considerando la posibilidad de enviar sus propias tropas a Ucrania al amparo de la OTAN.

El presidente serbio, por su parte, comentó la noticia de la orden de arresto de la Corte Penal Internacional contra el presidente Putin con estas palabras «Y estoy dispuesto a decir que me temo que no estamos lejos del estallido de la tercera guerra mundial». Porque hemos llegado «a una situación en la que ambas partes apuestan al todo o nada y arriesgan al máximo». El pasado diciembre, el legendario Secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger expresó opiniones similares. En su artículo «Cómo evitar otra guerra mundial», describía el choque de posturas absolutistas en esta guerra que, de hecho, podría desembocar en el estallido de una guerra mundial.

Declaraciones de este tipo plantean la cuestión de qué es lo que realmente se está combatiendo en Ucrania: ¿cuál es el verdadero objetivo de este irracional deseo de escalada? ¿Los yacimientos de carbón del Donbass? Probablemente no. Pero entonces, ¿de qué se trata?

El contraste entre el orden mundial unipolar y multipolar

La tesis de trabajo de este artículo es que en el conflicto ucraniano se están enfrentando dos conceptos de orden mundial, a saber, la oposición entre un orden mundial unipolar y uno multipolar. A continuación se compararán las características de ambos principios de orden mundial.

Si se examinan los documentos de política exterior publicados en las dos últimas décadas por las principales revistas occidentales de política exterior (por ejemplo, en EEUU «Foreign Affairs», una revista del Consejo de Relaciones Exteriores, o en Alemania «Internationale Politik», una revista del DGAP – Consejo Alemán de Relaciones Exteriores), una circunstancia llama especialmente la atención: en estas publicaciones, el objetivo de un mundo gobernado normativamente por EEUU o la OTAN no se cuestiona, sino que siempre se da por supuesto. El posible fracaso del dominio occidental ni siquiera se considera, ni siquiera como una posibilidad. Con posiciones similares están casi todos los demás think tanks estadounidenses o alemanes y sus publicaciones sobre geopolítica y política exterior. Para estas instituciones, la validez del orden mundial centrado en Occidente es irrefutable, mientras que el declive de Rusia se da por hecho.

En otras palabras, por el momento no parece existir un «plan B» en la planificación política occidental. Es precisamente la ausencia de tal plan lo que podría explicar la insólita disposición de Occidente a aumentar la escalada. Por alguna razón, la élite política de EEUU, pero también la de Gran Bretaña, Alemania y muchos otros países, ha vinculado su destino político a la imposición de un orden mundial dirigido por Occidente. Los occidentales parecen estar dominados por la idea que la guerra en Ucrania podría conducir a un cambio de régimen en Moscú y, por tanto, a una restauración del poder occidental. Pero ahora que, en contra de lo esperado, el dominio de Occidente ha empezado a resbalar, se están produciendo las reacciones histéricas antes mencionadas.

Para llegar al núcleo del conflicto, debemos por tanto responder a la pregunta :¿qué es realmente un orden mundial dirigido por Occidente? ¿por qué se le llama también orden mundial unipolar? Y, ¿cual es su contraconcepto?

Características del orden mundial unipolar

Un orden mundial unipolar es un orden global estructurado de tal manera que sólo una región del globo está realmente lo suficientemente desarrollada como para ser el polo de poder que da forma a todas las esferas del mundo moderno. En un orden mundial unipolar, por ejemplo, gran parte del poder militar esta concentrado en manos de una única superpotencia o alianza de Estados. Debido a esta concentración de poder, en este caso también habría una única norma de política exterior que estructuraría la política exterior de todos los países. Una política exterior soberana estaría, por así decirlo, moldeada únicamente por el centro, el polo único; el resto del mundo, es decir, la periferia, tendría que seguirla.

El polo de poder en un mundo unipolar configuraría las condiciones marco para las relaciones económicas mundiales, por ejemplo propagando la teoría económica hegemónica y controlando importantes instituciones como el Banco Mundial, el FMI y los gestores de grandes fondos. El polo de poder también ejercería el control sobre una parte significativa de las materias primas mundiales, las rutas comerciales terrestres y marítimas y la facturación mundial. Debido a este monopolio económico, el crecimiento económico de otras regiones del mundo podría verse afectado, lo que reduciría enormemente la posibilidad de que surgiera un segundo polo de poder.

En un orden mundial unipolar, incluso las tendencias a largo plazo del desarrollo tecnológico estarían diseñadas y configuradas por un único polo de poder, que dominaría simultáneamente el desarrollo, el diseño del sistema financiero mundial y la regulación jurídica de las relaciones económicas.

Todo ello llevaría al derecho internacional a adoptar la forma de una política interior global. Por último, en un orden mundial unipolar, el desarrollo de la cultura también se orientaría hacia el centro global: todas las tendencias decisivas se originarían en el centro y desde allí se extenderían a la periferia. Esto influiría en aspectos tan diversos como la configuración del sistema educativo, la aparición de modas, tendencias estéticas y estilos, e incluso los criterios por los que artistas y escritores, así como los científicos y sus teorías, obtienen o no reconocimiento internacional. En resumen, todas las cuestiones relativas al desarrollo de la civilización estarían determinadas por una potencia central en un orden mundial unipolar.

En cierto sentido, un orden mundial unipolar crearía un mundo en el que lo uno y lo otro desaparecerían. En un mundo unipolar, sólo habría un polo de poder y, por tanto, existiría un único modelo de civilización. Un orden mundial unipolar sería, en definitiva, un imperio cuya esfera de poder abarcaría todo el globo por primera vez en la historia: el mundo asumiría una estructura completamente inmanente.

De 1991 a 2022 – Un orden mundial unipolar pendiente

Esta lista de características de un mundo unipolar se ha redactado deliberadamente a imagen y semejanza de este orden mundial para subrayar su carácter presuntuoso, incluso antihumanista. Sin embargo, hay que tener en cuenta que un orden mundial unipolar ya existe de forma latente desde la disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991, y muchos de los criterios que se acaban de enumerar describen nuestro mundo actual. La situación de las tres últimas décadas no fue el resultado de un proceso de desarrollo natural, sino más bien el resultado imprevisto del caótico colapso de la Unión Soviética, que cogió por sorpresa a casi todos los contemporáneos. Fue, por tanto, un punto de inflexión histórico difícil de predecir que llevó a EEUU a encontrarse en la década de 1990 en el papel de un poder unipolar del mundo.

El resultado fue que en la primera década y media tras el colapso de la URSS, EEUU pudo determinar la forma de la política mundial casi en solitario. Dominaban todas las instituciones internacionales, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, así como muchas de las organizaciones internacionales y, desde los años 90, también muchas organizaciones no gubernamentales, que en la mayoría pueden considerarse como organizaciones semigubernamentales. Por último, EEUU también ha ejercido una gran influencia en el ámbito de la cultura (soft power), en la medida en que las tendencias y modas surgidas en EEUU han influido en el desarrollo de la cultura mundial en su conjunto. Además, han sido capaces de determinar la estandarización de nuevas tecnologías como Internet y los teléfonos móviles y utilizarlas para la influencia cultural y el espionaje.

Aunque – el orden mundial unipolar estuvo en suspenso a partir de la crisis financiera de 2008 – el mundo ya tenía entonces una estructura unipolar, pero aún le faltaban criterios decisivos para su plena implantación. Sin embargo, EEUU era tan fuerte en su nueva posición que juzgó mal el riesgo que implicaba el establecimiento definitivo de ese orden. A partir del mandato de George W. Bush Jr., EEUU proclamó abiertamente el orden mundial unipolar, dividiendo el mundo en Estados amigos y enemigos (los llamados «Estados canallas»).

Los primeros signos de crisis del orden mundial unipolar después de 1991

La euforia duró poco. Hubo tres factores principales que provocaron la erosión gradual del papel de EEUU como polo de poder unipolar en la política mundial: en primer lugar, a partir de 2003, EEUU se jugó su reputación política mundial con un comportamiento abiertamente imperialista en Irak. Con esta abierta exhibición imperialista surgió una nueva conciencia en gran parte del mundo árabe, en América Latina y en el Sur y el Sudeste de Asia. La subordinación de estos países a la hegemonía estadounidense se ha ido haciendo cada vez más difícil.

Un segundo factor fue que, a partir de mediados de los noventa, el ascenso de China, India y una serie de pequeñas economías emergentes empezó a modificar el equilibrio económico mundial. El déficit comercial estadounidense reveló la dependencia de la economía estadounidense de la economía financiera, ya que el sector productivo, necesario para la estabilidad del sector financiero, se fue perdiendo con los años. Desde la crisis financiera de 2008, los desequilibrios estructurales de la economía estadounidense se han hecho visibles de forma generalizada. Desde entonces, el papel del dólar como moneda mundial y de reserva se cuestiona cada vez más abiertamente.

El tercer factor que puso en entredicho el orden mundial unipolar en la segunda mitad de la década de 1990 fue el hecho de que Rusia consiguiera restablecer gradualmente su soberanía y su potencial militar tras el colapso de la URSS en los años noventa. El discurso de Putin en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007 puede considerarse un punto de inflexión simbólico, con ese discurso la Federación Rusa asumió una posición diferenciada de la hegemónica, lo hizo por primera vez desde la caída del Muro de Berlín.

Como heredera directa de la Unión Soviética, Rusia tiene un potencial de armamento nuclear, igual al de EEUU, que se interpone en el camino hacia un orden mundial unipolar. Esto se debe a que un orden mundial unipolar requiere el monopolio del uso de la fuerza para realizarse y, en este sentido, se asemeja a un Estado que no puede existir sin el monopolio del uso de la fuerza. Por esta razón, EEUU amplió la OTAN hacia el este durante el mandato de Bill Clinton, violando acuerdos previos con Moscú, y comenzó a desarrollar un escudo antimisiles durante el mandato de George W. Bush Jr. Sin embargo, la intención de neutralizar la capacidad de ataque de Rusia se vio frustrada por el desarrollo de nuevos misiles rusos. Aunque todavía no existe una alianza oficial entre Rusia y China o Rusia e India, el potencial nuclear de Rusia sigue siendo un factor que protege indirectamente el ascenso económico de estos países.

Desde la década de 1990, el papel de Moscú como segunda potencia nuclear se ha visto complementado por su papel como proveedor de modernos sistemas de defensa. Con la venta de sistemas de defensa antiaérea, por ejemplo, Moscú ha podido limitar masivamente el alcance militar de EEUU. Países ricos en petróleo y soberanos como Irán o Venezuela han podido protegerse de la acción militar estadounidense, también gracias a la compra de armas rusas.

Debido a estos tres factores, hay intelectuales que llevan hablando del fin del orden mundial unipolar como muy tarde desde la crisis financiera de 2008: tan pronto como se proclamó, ya parecía parte del pasado. El conjunto de libros, artículos y ensayos escritos en todos los continentes sobre este cambio de poder desde mediados de los años noventa podría llenar bibliotecas enteras. (2)

Estos trabajos académicos nos plantea la cuestión de por qué Stoltenberg y sus compañeros de armas parecen hoy dispuestos a aceptar y aumentar una escalada, incluyendo el riesgo de una guerra mundial, sólo para impulsar algo que es esencialmente inviable. ¿Acaso no son conscientes de los numerosos análisis que se realizan en las oficinas del Departamento de Estado estadounidense y en los pasillos de la OTAN sobre la imposibilidad de un orden mundial unipolar?

Es cierto que la soberanía y la fuerza militar rusas son uno de los tres factores que hacen imposible un orden mundial unipolar. Si Rusia consigue defender su zona de influencia en Ucrania, también habrá defendido indirectamente la soberanía de otros muchos países no occidentales. A los ojos del mundo, una victoria rusa en Ucrania equivaldría así a la implantación del orden mundial multipolar. Sin embargo, esto no sería más que un paso evolutivo que se producirá en los próximos años. En efecto, el enorme desarrollo económico de China, India, pero también de Brasil, Irán, Indonesia y otros numerosos países emergentes ya no puede detenerse y, en cualquier caso, conducirá a un mundo multipolar. El despertar intelectual y político que se está produciendo en vastas zonas del hemisferio sur y este, en el curso del cual también se está recordando los crímenes del imperialismo occidental, también apunta en esta dirección y hace imposible una centralidad permanente del orden mundial en Occidente. (3)

Unipolarismo y valores occidentales

Históricamente, un orden mundial multipolar ha sido «la norma»: casi a lo largo de toda la historia de la humanidad, el mundo siempre ha constado de diferentes polos de poder. Incluso en los últimos siglos de dominación europea, han existido diferentes centros de poder en la propia Europa, que se controlaban y restringían mutuamente. El intento de Francia bajo Napoleón de unificar toda Europa por la fuerza militar fracasó a causa de Rusia. El intento del «Tercer Reich» de subyugar de nuevo a Europa por la fuerza militar también fracasó por culpa de Moscú. Y el intento de EEUU, iniciado tras el colapso de la URSS, de extender su poder desde Europa a todo el mundo también fracasó de nuevo a causa de la resistencia rusa.

¿Debido a este patrón de la historia la OTAN está ahora literalmente apuntando a Rusia y descuidando los demás factores que hacen imposible un orden mundial unipolar? Sea como fuere, con el advenimiento de un orden mundial multipolar el mundo volverá a un viejo patrón. No hay ninguna razón para describir este retorno a un orden antiguo como el «mayor riesgo de todos», como hizo Stoltenberg en la última Conferencia de Seguridad de Munich.

Al contrario: un orden unipolar monopoliza el poder a escala global. Tal evolución no sólo es contraria a los intereses de Rusia, China, India y otros muchos países del hemisferio sur y oriental, sino que tal concentración de poder también es fundamentalmente contraria a los valores del propio Occidente.

Los valores occidentales surgieron de una serie de revoluciones que comenzaron con las aspiraciones de autonomía de las ciudades-estado italianas del Renacimiento, continuaron en la Confederación Helvética, a través de la guerra de los campesinos alemanes, la revuelta holandesa, las revoluciones inglesa y estadounidense, y finalmente culminaron en la gran revolución francesa. (4)

Los valores occidentales son, por tanto, valores revolucionarios, totalmente incompatibles con la idea de una concentración mundial del poder. Se basan en la posibilidad de una inversión de las relaciones de poder existentes que puede iniciarse en cualquier momento. Desacralizan el poder y pueden así comprometerlo en favor del bien común. Esta idea se institucionalizó con la derrota de las monarquías y el advenimiento de la República. La idea de la separación de poderes desempeña un papel decisivo a la hora de garantizar equilibrios de poder estables, hacer visibles los abusos de poder y corregir las políticas erróneas.

El hecho, que tras la caída del Muro de Berlín, las élites de Occidente hayan adoptado la idea de un orden mundial unipolar y, por tanto, del concepto de una concentración global de poder como la base de su política exterior, muestra hasta qué punto el mundo occidental se ha alejado de sus fundamentos intelectuales. Por supuesto, Occidente siempre ha estado dividido entre sus tradiciones imperial y republicana. A menudo ambas han existido en paralelo, aunque sus principios filosóficos se excluyeran mutuamente. Un ejemplo famoso es la revuelta de esclavos en Haití, que el gobierno francés intentó en vano sofocar por la fuerza de las armas, a pesar que los esclavos sublevados invocaban los valores de la Revolución Francesa. Con sus acciones, París dejó claro que los valores de la Revolución Francesa -es decir, libertad, igualdad, fraternidad- sólo debían aplicarse a los ciudadanos franceses, pero no a los de las colonias. (5)

Sin embargo, algo ha debido de ocurrir en el propio Occidente para que la ambivalencia que existía entonces entre república e imperio -que pudo existir paralelamente durante mucho tiempo – haya prácticamente desaparecido en nuestra época a favor del imperialismo en forma de un orden mundial unipolar. Un Occidente dispuesto a profesar sus valores políticos podría, por el contrario, luchar por un mundo multipolar, de acuerdo con Rusia y las grandes civilizaciones de Asia. Un orden mundial multipolar trasladaría al mundo la idea de la separación de poderes y, por tanto, el efecto beneficioso del equilibrio de poder; la competencia entre civilizaciones se mantendría.

Competencia entre civilizaciones

La competencia entre civilizaciones es un factor importante para el desarrollo futuro de la humanidad. Precisamente porque las nuevas tecnologías del siglo XXI permiten interferir en los derechos naturales de las personas a una escala mucho mayor que en el siglo XX, la competencia entre civilizaciones debe mantenerse a toda costa. Los derechos naturales son derechos que preceden al derecho positivo establecido por un Estado. Estos derechos existen «por naturaleza» y se dan por sentados, como el derecho a disponer del propio cuerpo, los derechos fundamentales de la libertad humana o el derecho de los padres a educar a sus hijos.

Tecnológicamente, ahora es posible vigilar a una persona durante toda su vida, almacenar y evaluar permanentemente sus rastros digitales y, sobre esta base, regular y restringir individualmente su acceso a la sociedad. Esto hace posible una intervención en el orden de la ley natural que antes era impensable. El futuro desarrollo de la ingeniería genética se suma a todo esto y podría, por ejemplo, cuestionar el derecho a la integridad corporal y a la autonomía del individuo de forma mucho más drástica de lo que pudieron hacerlo los dictadores del pasado. Mientras las civilizaciones puedan compararse entre sí, estos desarrollos indeseables de las distintas civilizaciones podrán reconocerse y nombrarse. En un mundo determinado por civilizaciones diferentes, ninguna de ellas podría interferir en los derechos naturales de sus ciudadanos durante mucho tiempo sin sufrir una desventaja estructural frente a las demás civilizaciones.

En un mundo unipolar, sin embargo, la comparabilidad y la competencia latente de las civilizaciones desaparecerían. En un mundo así, sería mucho más fácil imponer el poder de la tecnología moderna y limitar o incluso abolir los derechos naturales. De ello se deduce que: quienes sueñan con un mundo tecnocrático en el que el hombre esté supeditado a la tecnología no pueden evitar luchar por un mundo unipolar para hacer realidad este objetivo. Por el contrario, si uno quiere ver protegidas la libertad y la dignidad humanas en el siglo XXI, debe luchar por un mundo multipolar. Vemos, pues, que los dos conceptos de orden mundial, unipolarismo y multipolarismo, representan órdenes de valores diferentes.

Otra desventaja del orden mundial unipolar es que no da cabida a la diversidad cultural del mundo ni a la diversidad de civilizaciones que han surgido en la historia. Puesto que el orden unipolar pretende gobernar el mundo según un principio único, inevitablemente sería una amenaza a la diversidad cultural al pretender unificar culturalmente el mundo. Pero esto provocaría inevitablemente una resistencia, a la que el gobierno mundial unipolar sólo puede responder con propaganda, manipulación o violencia. Por esta razón, un orden mundial unipolar sólo sería posible como dictadura global.

Los partidarios de un orden mundial unipolar suelen argumentar que sólo un gobierno mundial podría abolir la guerra y garantizar la paz mundial. Sin embargo, cualquier conquistador del pasado podría haber dicho lo mismo, según el lema: «Cuando os haya conquistado a todos, entonces…». Debe haber otras formas de garantizar la paz mundial que la realización de un monopolio global del poder. Porque el camino hacia este objetivo está empedrado de sangre y violencia, como señaló recientemente el músico Roger Waters en su discurso ante las Naciones Unidas. (5)

Los partidarios de un orden mundial unipolar suelen argumentar que sólo un gobierno mundial podría abolir la guerra y garantizar la paz mundial. Sin embargo, cualquier conquistador del pasado podría haber dicho lo mismo, según el lema: «Cuando os haya conquistado a todos, entonces…». Debe haber otras formas de garantizar la paz mundial que la realización de un monopolio global del poder. Porque el camino hacia este objetivo está empedrado de sangre y violencia, como señaló recientemente el músico Roger Waters en su discurso ante las Naciones Unidas. (6)

Es cierto que incluso en un orden mundial multipolar existe el peligro de guerra debido a la multitud de actores. Sin embargo, hay que decir en primer lugar que las guerras dentro de un orden mundial multipolar probablemente no asumirían el carácter absoluto que caracteriza la búsqueda de la unipolaridad, a la que también se refirió Roger Waters en su discurso ante la ONU. En segundo lugar, no es sólo el equilibrio de poder lo que protege contra la guerra, sino también la cultura. En cierta medida, el nivel de cultura determina la capacidad de paz de una sociedad. Dado que el nivel de cultura en un mundo multipolar podría estar desigualmente más desarrollado que en un orden mundial unipolar orientado a la unificación, la paz en un orden mundial multipolar podría garantizarse de dos maneras: por un lado, mediante el equilibrio de poder y, por otro, mediante el mayor nivel de cultura posible.

El argumento de que ciertos problemas, como la regulación de las armas de destrucción masiva, el cambio climático o la prevención de pandemias, sólo podrían resolverse a escala internacional tampoco es eficaz, porque el polo de poder unipolar o «gobierno mundial» trataría de convertir estos problemas internacionales en una fuente de legitimidad para su propio poder. En lugar de resolver los problemas, se temería, con razón, su apropiación indebida. Un polo de poder unipolar no tendría ningún interés en resolver los problemas internacionales o mundiales, ya que los necesitaría como pretexto para ejercer su propio poder. Cualquiera que haya seguido los debates públicos en Occidente en los últimos años podría ver fácilmente los indicios de esa apropiación indebida del poder. Por tanto, quienes realmente quieran resolver los problemas mencionados deberían esforzarse más por lograr tratados entre Estados soberanos, en lugar de un «gobierno mundial» que estaría por encima de todos y, por tanto, ya no podría ser controlado por nadie.

Unipolarismo, guerra y fracaso político de Europa

Forma parte de la naturaleza de nuestro mundo el hecho de que esté formado por varias civilizaciones muy grandes y antiguas. Muchas de estas civilizaciones han producido importantes logros culturales en el pasado que también han establecido puntos de referencia para el futuro de la humanidad. Sin embargo, estas civilizaciones surgieron de religiones, filosofías y de historias distintas. Aunque se pueden encontrar valores y puntos de vista comunes, los enfoques elegidos se basan a muy menudo en principios opuestos entre los que no siempre parece posible alcanzar un compromiso. Por ejemplo, los límites de la vergüenza, el orden de los sentimientos y afectos, la relación del individuo con la familia, la sociedad y el Estado, el sentido del tiempo y la historia o la relación con la propia subjetividad están codificados de forma muy diferente en las distintas culturas.

El polo de poder unipolar, a su vez, no puede ser culturalmente neutral y globalizaría inevitablemente el orden de valores de su cultura de origen -en el mundo actual, la de EEUU-. Por tanto, otras culturas ajenas al polo de poder difícilmente podrían estar culturalmente representadas. Su diversidad cultural representaría una fuente constante de inestabilidad dentro del «Estado mundial», que el orden mundial unipolar tendría que contrarrestar con una homogeneización cada vez mayor. Para ello habría que recurrir constantemente a la propaganda y a la violencia, lo que a su vez provocaría nuevas resistencias. Pero este mecanismo suprimiría, debilitaría y tal vez incluso disolvería los logros culturales que la humanidad tanto necesita para recuperar su futuro.

Es evidente que muchas civilizaciones antiguas no pueden consentir sin resistencia su disolución en un orden mundial unipolar dominado por la cultura consumista estadounidense. Por lo tanto, el intento de establecer un mundo unipolar debe conducir necesariamente a una situación en que las pretensiones de un orden unipolar y los estados soberanos (que posiblemente también represente su propia esfera cultural) entren en conflicto existencial permanente entre sí. En este conflicto, o bien se derrumba el concepto de gobierno mundial, o bien el Estado en cuestión pierde su soberanía. En cierto sentido, entre EEUU y Rusia ha surgido exactamente un conflicto de este tipo: dado que no es posible ningún compromiso entre EEUU, como representante del orden mundial unipolar, y Rusia, como un representante de los países emergentes que luchan por su soberanía. El conflicto es de tal dimensión que ahora la OTAN llegue a la amenaza de una guerra entre las dos potencias nucleares.

Cualquiera que reflexione sobre estas cuestiones con cierto conocimiento histórico y sentido de la responsabilidad debe, por todas estas razones, rechazar la idea de un mundo unipolar o de un gobierno mundial. Dado que el concepto de establecer un gobierno mundial conduce necesariamente a un conflicto existencial entre potencias nucleares, este concepto nunca debería haber sido aceptado por los europeos. Cuando, a partir de la década de 1990, quedó claro que EEUU ya no podía desvincularse de este plan, los europeos deberían haberse separado de EEUU.

El hecho de que EEUU haya sido receptivo a estas fantasías de poder se debe también a que es un país muy joven que se ha expandido casi continuamente desde su fundación. Al mismo tiempo, EEUU no tiene el tipo de experiencias históricas dramáticas que Europa ha sufrido repetidamente en su suelo, desde la Guerra de los Treinta Años hasta las dos guerras mundiales. Los que han sido tan mimados por la historia como EEUU han tenido dificultades para aprender madurez y autocontrol. Por tanto, habría correspondido a los europeos hacer gala de sabiduría y previsión y contrarrestar la euforia de poder de EEUU con una reflexión sobre el bien común de toda la humanidad. Una reflexión, eso sí, que debería haber sido concebida en diálogo con las demás grandes civilizaciones.

Como puede verse, los argumentos a favor de un orden mundial multipolar son obvios. Podrían haberse desarrollado sin esfuerzo en los ministerios de Asuntos Exteriores de Alemania, Francia o Italia. Resulta desconcertante por qué esto no sucedió, por qué Europa no tomó un camino independiente y, en su lugar, siguió la «Gran Estrategia» estadounidense que puede convertir a Europa, una vez más, en el campo de batalla de una gran guerra. Que casi ninguno de los miles de expertos que trabajan en los ministerios de Asuntos Exteriores de los distintos países europeos haya aparecido públicamente como voz crítica y de advertencia indica, o bien una enorme falta de sentido de la responsabilidad, o bien muestra que los representantes de la intelectualidad han sido excluidos de estas instituciones.

El fracaso de Europa y el miedo real de las élites

El hecho de que hoy, 33 años después de la reunificación, Europa se enfrente al peligro real de una guerra nuclear es la expresión de un fracaso fundamental de la política exterior alemana, francesa e italiana que difícilmente puede describirse con palabras. En 1989, Europa fue bendecida por las circunstancias de la historia. Estaba dotada de la posibilidad de un orden de paz, potencialmente duradero, en forma de unificación alemana y europea. La Europa de hoy, en cambio, que vuelve a soltar los perros de la guerra sobre su continente con la vista puesta en el futuro e incluso con cierta astucia, (7) ha demostrado ser indigna de este don. El poder de la política exterior de al menos dos décadas se ha desperdiciado en un objetivo cuestionable.

La separación de Ucrania de Rusia era un antiguo objetivo bélico del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial, impuesto por la fuerza en el tratado de paz de Brest-Litovsk. El «Tercer Reich» reactivó este objetivo bélico y lo amplió aún más, buscando no sólo apoderarse de Ucrania, sino también exterminar a una parte considerable de todos los rusos. De hecho, la campaña de Hitler contra la Unión Soviética se concibió abiertamente como una guerra racial e ideológica de exterminio. En la antigua República Federal y en la RDA, (pero también en la Alemania reunificada de Kohl y Schröder) se llegó al consenso que aquellos viejos objetivos bélicos alemanes habían fracasado y que, por tanto, había que evitar a toda costa un futuro conflicto con Rusia por Ucrania. Que esta convicción perdiera su validez incondicional durante los mandatos de Merkel y Scholz es nada menos que una catástrofe intelectual y moral para nuestro país y para Europa en su conjunto.

Volvamos a la declaración del Secretario General de la OTAN: Jens Stoltenberg cree que una victoria rusa sería peor que una escalada continuada, un escalada que podría conducir a una verdadera guerra mundial con miles de millones de muertos. Que tal apuesta podría planearse lo indican también las declaraciones de numerosos políticos y testigos contemporáneos citadas al principio. ¿Qué temor subyacente podría haber llevado a Stoltenberg a pedir una escalada?

¿Tal vez teme que salga a la luz la irracionalidad de 30 años de política exterior occidental, y que los ciudadanos se den cuenta de lo que realmente ha intentado silenciosamente la OTAN en las últimas tres décadas? A saber, que los políticos occidentales han buscado un orden mundial que, por un lado, conduce necesariamente a la guerra? Y, por otro, contradice fundamentalmente el orden de valores occidental.

Sin embargo, si esta revelación llega a conocerse, podría ser el comienzo de una revalorización que, en la medida, que avance, podría convertirse en una segunda Ilustración. La primera Ilustración puso en tela de juicio el poder ilegítimo de la Iglesia y el clero, así como de la nobleza y la sociedad dividida en castas. Hoy vivimos de nuevo en un mundo en el que el poder ha crecido enormemente -como en la Francia absolutista-, pero pierde cada vez más su base de legitimidad en el curso de esta expansión.

Una segunda Ilustración hoy, siguiendo el ejemplo de la crítica al clero, debería cuestionar el poder de los medios de comunicación y desenmascarar sus sofisticadas técnicas de manipulación psicológica. Y, siguiendo el modelo de la crítica de la aristocracia y de la gracia divina de la monarquía, debería iluminar hoy el poder de la oligarquía y la economía mundial cada vez más dominada por los monopolios. Por supuesto, si se iniciara esta segunda ilustración, surgiría una dinámica que iría mucho más allá de una simple reforma de nuestro sistema político. ¿Es a ésta evolución a la que Stoltenberg llama «el mayor riesgo de todos»? Es decir, el retorno de Occidente a sus valores originales?

  • Filósofo e historiador alemán.
    observatoriocrisis.com

Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/guerra-contra-el-mundo-multipolar

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