Skip to content

La fantasía y la revolución

Spread the love

Conquistar la fantasía para el socialismo significa instalar el deseo de socialismo en el imaginario popular. Ganar lo intangible, los sueños, donde hoy estamos derrotados

Gorki con sombrero, en el centro de la imagen, observa la partida de ajedrez de Lenin y Alexander Bogdanov. Capri (Italia), abril 1908

MIGUEL USABIAGA

El pasado 24 de enero fue el centenario de la muerte de Lenin. Asombra la vigencia de sus ideas sobre el carácter de clase del Estado, sobre el capitalismo monopolista, sobre el imperialismo. Asombra, y da la medida de su puntería y gran obra teórica. Muchos de los errores que los adversarios le achacan, hoy con más vehemencia que antaño porque se sienten muy poderosos, no le corresponden; son de sus continuadores, y nuestros. Por no haber llevado a buen puerto la nave de la revolución. En la actualidad, la gente percibe nuestra incapacidad para ofrecer una alternativa creíble al capitalismo, y nos lo hace pagar. Frente a esta carencia tenemos varias tareas pendientes. La económica, construyendo una alternativa socialista verosímil y atractiva. La revisión crítica, todavía por hacer de verdad, sobre las sociedades del socialismo real. Y la principal: la conquista de la fantasía. Conquistar la fantasía para el socialismo significa instalar el deseo de socialismo, del socialismo como la gran respuesta a los problemas en el imaginario popular. Ganar lo intangible, los sueños, donde hoy estamos derrotados. No basta con elegir a los mejores dirigentes o candidatos, si no se ha instalado el deseo del socialismo, si no trabajan para ello, no avanzaremos. Me gusta decirlo con una analogía de Saint-Exupery, autor de “El principito”, que estuvo en España como aviador ayudando a la República: “Si quieres construir un buen barco, antes de poner a trabajar con los planos y la madera a los mejores ingenieros y artesanos, tienes que suscitar en ellos el deseo del mar”.

Lenin, con su habitual sarcasmo, nos recuerda la importancia de los sueños en su obra “¿Qué hacer?”

«¡Hay que soñar!» He escrito estas palabras y me he asustado. Me he imaginado sentado en el «Congreso de Unificación» frente a los redactores y colaboradores de «Rabócheie Dielo». Y veo que se pone en pie el camarada Martínov y se encara a mí con tono amenazador: «Permítame que le pregunte: ¿Cómo expone ese texto sobre el derecho a soñar sin consultar antes a los comités del partido?» Tras él se yergue el camarada Krichevski (profundizando filosóficamente al camarada Martínov, quien hace mucho tiempo había profundizado ya al camarada Plejánov) y prosigue en tono más amenazador aún: «Yo voy más lejos, si no olvida que, según Marx, la humanidad siempre se plantea tareas realizables, que la táctica es un proceso de crecimiento de las tareas, las cuales crecen con el partido”. Sólo de pensar en estas preguntas amenazadoras me dan escalofríos y miro dónde podría esconderme”.

Lenin siente que ha dicho un anatema, pero ha dado en la diana. Y para conquistar la fantasía no hay otro camino que el de ganar a las mentes más influyentes para la causa. Reflexiono sobre esto mientras veo la exposición del pintor del “no conformismo” Ben Shahn, quien inmortalizó a Sacco y Vanzetti. Pienso que tantos como Shahn, que vinieron en el esplendor de nuestras ideas, vendrán en el futuro, si sienten que nuestro movimiento es el lugar donde se expande su creatividad, su libertad para buscar, para dudar, para soñar. Ésa es la tarea, ganar a los mejores artistas, escritores, poetas, cantantes, almas sensibles que chocan con el capitalismo y ansían otra sociedad. Pero no la ven y andan a ciegas, con el sueño muy apagado para abrirse paso en la niebla.

Lenin, desde su exilio suizo, viajó en varias ocasiones a Capri para visitar a Gorki, en su exilio italiano. Cuando Lenin lo visitaba, Gorki se mostraba encantado, porque sentía una gran admiración por Lenin, pero al mismo tiempo se mostraba receloso como escritor, pensando que le iba a incitar a escribir panfletos, o proclamas doctrinarias para el movimiento. Pero Lenin siempre lo tranquilizaba, y le decía que no era eso lo que quería de él, en absoluto, que debía seguir escribiendo como lo hacía, desde su independencia estricta, libre, porque así, y no de otro modo, era más útil para la causa.

El viejo dilema, reforma o revolución, vive soterrado, bajo la victoria aparente de la primera, porque hemos perdido el terreno de la fantasía. La socialdemocracia no la necesita, pues no ofrece un cambio radical del sistema, sólo mejorarlo. Nosotros sí, por eso necesitamos ver más allá. Esto no es incompatible con estar en los gobiernos, ni con hacer buenas leyes. Pero una actitud posibilista no nos debe impedir soñar. Hay que mirar, como en la vieja fábula, con un ojo al camino, y con el otro al porvenir. Recuerdo a un veterano poeta, que pasó largos años de cárcel y se exilió en Argentina, cuando pudo regresar, encontró a nuestra gente despreocupada de la memoria y sin interés por la perspectiva, estaban presos de la “urgencia del cartel” —decía—, del momento, del acto. Y solo así, con ese anzuelo, con todo lo que ha llovido, ya no pescamos almas.

ETIQUETAS:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *