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La manipulación política de una obra teatral clásica o Cuando la refuncionalización traiciona la propuesta original

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Resultaba casi una ironía presentar una dictadura como la legítima aspiración de buena parte de la población, que según varios de los libelos inspiradores del golpe de estado de septiembre de 1955, se hallaban prisioneros de un “populismo sin medida, sostenido en el más descarado desprecio por las libertades civiles y en un culto a la personalidad de corte tiránico”

Argentina: golpe de Estado 16 de septiembre de 1955

Por Carlos Fos De la edición número 20, marzo de 2024, de la revista marxista mensual Nueva Pensamiento Crítico

A todos los hombres que aman la libertad y luchan por un mundo mejor. Dedicatoria de Pedro Berruti al comienzo de su versión comentada de Un enemigo del pueblo de Ibsen.

“No vengo, pues, a distribuir halagos ni prometer liberalidades. Me dirijo al país, no para darle, sino para pedirle, bajo el signo imperioso del grave momento en que se encuentra. Para pedirle esfuerzo, continencia y sacrificio.”

Palabras del presidente de facto Eduardo Lonardi pronunciadas en su discurso del 16 de octubre de 1955

Resultaba casi una ironía presentar una dictadura como la legítima aspiración de buena parte de la población, que según varios de los libelos inspiradores del golpe de estado de septiembre de 1955, se hallaban prisioneros de un “populismo sin medida, sostenido en el más descarado desprecio por las libertades civiles y en un culto a la personalidad de corte tiránico”.

Argentina: golpe de Estado 16 de septiembre de 1955

Excede al objetivo de este ensayo analizar pormenorizadamente las tensiones existentes desde sus inicios en la cúpula de la autodenominada “Revolución Libertadora”. Tensiones que produjeron deserciones, desplazamientos significativos (como el del primer presidente inconstitucional salido de su seno, el general Lonardi) y fracasos de políticas económicas, que pretendían fijar medidas traducidas en un retroceso en los derechos y beneficios de la masa trabajadora y del papel benefactor del Estado regulador ante los desequilibrios sociales, en beneficio de intereses transnacionales. Las disputas internas en el seno del partido militar y sus aliados conservadores fueron tan notorias que se encargaron de frustrar un movimiento político que tuviera la capacidad de eternizarse, bajo elecciones restringidas legitimantes, y desarrollar un proyecto coherente de las burguesías locales y extranacionales. Esa  cruzada restauradora de los principios republicanos ante la autocracia peronista, era en realidad una mal disimulada bolsa de gatos, en la que pugnaban múltiples intereses, tan sólo unidos por la necesidad de borrar la Argentina productiva y distribucionista establecida desde 1943. Como dijimos, las discrepancias en el seno de las Fuerzas Armadas, no eran de matices. Eduardo Lonardi, ese general retirado en 1952, cabeza de la insurgencia en 1955, aspiraba a mantener las conquistas básicas y las medidas acertadas, desterrando lo que consideraba culto al personalismo y distorsión de los principios democráticos. Expresaba en su primer mensaje, el 17 de septiembre de 1955, ante el avance de un golpe que en teoría no podía triunfar frente al aparato militar que apoyaba (aunque tuvo una actitud apática) al presidente Perón, “Con el pretexto de afianzar los postulados de una Justicia Social que nadie discute, porque en la hora presente es el anhelo común de todos los argentinos, ha aniquilado los derechos y garantías de la Constitución y substituido el orden jurídico por su voluntad avasalladora y despótica. (…) Ningún escrúpulo deben abrigar los miembros de las Fuerzas Armadas por la supuesta legitimidad del mandato que ostenta el dictador. Ninguna democracia es legítima si no existen los presupuestos esenciales: libertad y garantía de los derechos personales; o si en el empadronamiento o en los comicios se falsea la expresión de la voluntad ciudadana. En cambio, sí tiene toda su fuérzale artículo de la Constitución vigente que ordena a los argentinos armarse en defensa de la Constitución y Las Leyes. (…) Sepan los hermanos trabajadores que comprometemos nuestro honor de soldados en la solemne promesa de que jamás consentiremos que sus derechos sean cercenados. Las legítimas conquistas que los amparan no sólo serán mantenidas, sino superadas por el espíritu de solidaridad cristiana y libertad que impregnará la legislación.”[1]

Este supuesto espíritu conciliador, reforzado por su frase “Ni vencedores ni vencidos”, fue proclamado en cuanta alocución o documento expuso Lonardi. Los límites de este discurso estaban dados por la realidad, reticente a la  idea de recrear un peronismo sin su líder, es decir utilizar estrategias, medidas y aún estructuras del régimen depuesto y servirse de ellas con el apoyo manifiesto de los cuadros autodenominados nacionalistas del Ejército. Sostener estas premisas, que en el área económica tenían en Prebisch (antiguo colaborador de Perón en el Segundo Plan Quinquenal) un puntal, resultaría imposible ante los embates de los militares que respondían a las necesidades de la oligarquía local y sus socios internacionales. Ese corte abrupto y sedicioso de la vida institucional argentina, propalado como una defensa de las “tradiciones republicanas de Mayo”, no podía resolver por simple diálogo la tensión de vectores opuestos. Rojas y Aramburu, caras visibles del proyecto conservador no iban a permitir diálogos con dirigentes de extracción justicialista (recordemos que la CGT inicialmente no fue intervenida y los líderes que asumieron su conducción tenían pasado en las filas del movimiento sindical peronista) o respetar leyes que favorecieran a la clase obrera. La “segunda Tiranía) había sido depuesta (los conservadores –escondidos tras la máscara del liberalismo- identificaban al presidente derrocado con Rosas) y nada se negociaría con el pasado reciente.

Ni la creación de una Comisión Nacional de Investigaciones, especie de tribunal de des-peronización, ni la rigurosa purga en las filas del Ejército (que terminó con la carrera de cuarenta y cuatro generales vinculados con el mandatario derribado y de cientos de oficiales de diverso rango y función), alcanzaron a detener el destino de Lonardi. Un golpe interno determinó el día 13 de noviembre su reemplazo por el General Pedro Eugenio Aramburu como Presidente Provisional de la Nación, asociado al Almirante Isaac Rojas, nuevamente como vicepresidente. No quedaban ya dudas sobre los lineamientos a seguir por esta conducción de facto.
Vamos a analizar una versión de Un enemigo del pueblo de Ibsen, preparada a fines de septiembre de 1955, deteniéndonos en el largo ensayo que realiza Pedro Berruti. Impulsor de esta edición, su objetivo era sumar voluntades a la posición del voto capacitado, expresión que escondía el deseo de implementar el sufragio calificado. El libro comenzaba con la reproducción de un fragmento del radiomensaje de Navidad redactado por Pío XII y difundido en 1944, durante la guerra. El título Distinción entre pueblo y masa, anticipa la temática abordada, interpretada por Berruti como un esclarecedor documento sobre la verdadera democracia. La máxima autoridad de la Iglesia Romana hacía un breve paralelo entre los conceptos señalados, explicando los peligros de la transformación de las fuerzas populares en masa sin capacidad de pensamiento crítico, fácilmente manejada por los totalitarismos. En la elección del pasaje quedaba claro la postura ideológica del promotor del proyecto, es decir caracterizar al peronismo como un fascismo vernáculo. En las explicaciones que vierte sobre la motivación que lo impulsó declara, “Muchos y muy destacados valores tiene el drama de Ibsen desde el punto de vista literario y humano, como bien se verá muy luego, pero, aparte de ellos, lo que me interesa especialmente en esta edición es destacar su contenido político, y, en modo particular, en qué medida las doctrinas sustentadas pueden llevarse a la práctica entre nosotros. La idea de establecer el voto capacitado, luego de una intensa campaña popular de educación cívica, cuenta con el decidido apoyo de buena parte de la ciudadanía culta. A pesar de ello son numerosas las personas ilustradas –y especialmente las que actúan en política – que no están en su favor, y aún algunas hay que ni quieren hablar de ello.” [2]

Para estos reticentes miembros de la destacada clase política, que no incluía dirigentes del partido derrocado proscrito ni a sectores combativos de izquierda, les recomendaba la lectura del texto del dramaturgo danés, seguido del estudio que aportó de su puño y letra. Su empecinamiento por ocultar la real intención del voto calificado y el eufemismo usado de voto capacitado es fácilmente detectable a través de sus argumentos. Reitera que aquellos formados que se oponen a la limitación del instrumento electivo que define formalmente al sistema democrático, se dejan llevar por frases estereotipadas o preconceptos inamovibles. Consideraba su trabajo una verdadera cruzada en pos de un país mejor, con un gobierno sano y estructuras dignas de las polis griegas. Como suelen hacer los que defienden conceptos elitistas, se refugiaba en su independencia política, interesado en esta reforma por su amor por la Patria y la Libertad. Esa “independencia” le permitía rodearse de colaboradores, que nunca cita, de diversas posiciones ideológicas, aún en tensión con su propio criterio. Los fantasmagóricos auxiliares se habían acercado a potenciar su labor, convocados por la amplitud de espíritu de Berruti, a quien no le “interesa mucho el origen o el rótulo de las ideas, sino la bondad de las mismas”. Finalizaba ese introito, exclamando decidido “No hay cosa que más me plazca que un cordial cambio de ideas”. Un intercambio de opiniones imposible en una sociedad dividida y con las libertades cercenadas por la represión del gobierno de facto. Una gran parte de la ciudadanía tenía su voz vedada y su líder prohibido. Ni siquiera, y esto se mantuvo por años, podía citarse públicamente el nombre de Perón. Ese cerco de censura, seguido de parodias de juicios, verdaderos tribunales del odio, llevó a muchos militantes peronistas a la resistencia pasiva o activa.

Cuando desarrolla sus estrategias para una educación cívica popular y un voto capacitado, establece objetivos:

  1. Promover la realización de una campaña de educación, basada en la instrucción sobre las bases del civismo democrático y en la concientización del pueblo en cuanto a la responsabilidad que el voto como instrumento de elección supremo supone.
  2. Explicar con síntesis pero con argumentos convincentes y lógicos la teoría del voto capacitado, al que describía como superador del voto popular.
  3. Preparar los cimientos teóricos para un futuro examen de campo, que permitiera obtener datos fehacientes sobre la factibilidad de la aplicación de este tipo de voto. Para ello tendría que ser cambiada la Ley electoral.
  4. Generar el clima para un debate sin condicionamientos, algo impracticable por las circunstancias políticas imperantes.

Pero aquello que se nos presenta como un proyecto en proceso de construcción, rápidamente se exhibe como otro modelo reproductor del pensamiento de las clases dominantes. Dice Berruti bajo el título de Diez años terribles: “Después de la década infamante que nos tocó vivir – en que aherrojados y escarnecidos hubimos de ver, impotentes, la subversión de todos los valores de la patria ante el consenso y aplauso del 55 % del electorado- quizá haya llegado por fin el momento en que los argentinos nos preguntemos si no es imperativo realizar un estudio a fondo de nuestra realidad política, del estado en que se encuentra la educación cívica del pueblo, y especialmente de nuestro régimen de sufragio, con el objeto de poder arbitrar los medios necesarios que en lo sucesivo nos pongan a cubierto de nuevas aventuras antidemocráticas y liberticidas”.[3]

Los defensores de la libertad propiciaban cualquier medio para obtenerla, incluso terminar con ella. Resultaba una paradoja esta afirmación. El pueblo inevitablemente se iba a equivocar en su elección, a excepción de que apoyaran los candidatos funcionales a los gustos del poder económico. Para Berruti, la pieza de Ibsen contenía, más allá de sus virtudes estéticas, un valor didáctico encomiable, capaz de ser utilizado como fuente inagotable de ideas aplicables a las jóvenes democracias, que según su óptima son imperfectas.

Un interesante glosario con los principales temas políticos tratados en la obra cerraba la publicación completa de la misma. Cada vocablo elegido, y no por azar, se contextualizaba en el devenir dramático de Un enemigo del pueblo, marcándose la página en la que aparecía directamente o podía inferirse del párrafo referenciado. Todos los temas mencionados tenían indicaciones claras y sencillas para hallarlas fácilmente en los momentos del texto en que se los trataba. Para ello, en cada caso y en forma abreviada, se indicaba el acto, la escena, el personaje, la página y la entrada correspondiente. Con un tono naif sospechoso, expresaba el responsable de este libro, “Con el objeto de que pueda servir al lector como una simple guía práctica para conocer lo fundamental del contenido político de la obra, presentamos aquí una lista de los principales tópicos, teorías y doctrinas presentadas o sustentadas en ella”. Con un desconocimiento del mundo político en el que escribió el poeta noruego, Berruti resuelve escoger caprichosamente una terminología que representaría la ideología del material analizado. La consigna es colaborar en la urgente “desperonización” que tenía que acabar de un plumazo con el “adoctrinamiento de masas” que en nueve años se había concretado. A las persecuciones y cárcel de dirigentes y simples adherentes, las voces que clamaban por educar al “alienado pueblo” eran escuchadas. De esta forma, la iniciativa que traemos del olvido histórico, no fue la única guiada por el revanchismo y la soberbia. Volviendo al glosario, citemos algunos ejemplos: Mayoría: “La mayoría no puede comprender las nuevas verdades, que sólo unos pocos hombres capaces aceptan (IV, 2ª, Dr. Stockmann; p. 81, 4ª.” O “La mayoría tiene el poder pero no la razón (IV, 2ª, Dr. Stockmann, p. 81, 3ª.” Ambos pasajes, así como otros recortados en este ítem, servirían para sustentar los dichos de Berruti sobre la discutible validez de las decisiones de un grupo preeminente en número. “Los estúpidos forman la mayoría” exclama el protagonista de la obra, en una sentencia que fuera de contexto es aplicable a una democracia limitada. En directa alusión al “tirano prófugo”, suma a su colección de frases o palabras extraídas del texto ibseniano a los caudillos de los partidos políticos que en el discurso  del doctor Stockmann deben ser combatidos. Y avanza sobre los presuntos casos de censura en el gobierno peronista, proponiendo la expresión acusaciones viles, “El alcalde acusa al doctor de haber atacado a las autoridades, no para defender la verdad sino para complacer al vengativo Morten Kill y asegurarse la herencia de éste: V, 4ª, Alcalde, p. 98, al final. Nota 107”. El radicalismo durante el proceso que se le siguió al entonces diputado y líder del partido de Alem, Ricardo Balbín, se manifestó en el mismo tono y con la misma frase. Y casi como una respuesta al voto femenino y a la pasión que puso en la promulgación del mismo Eva Perón, al referirse a mujer anota –desde una fundamentación patriarcal remanente, que hacía omisión de la lucha de figuras políticas que utilizaba como Alicia Moreau de Justo- “si no entiende de política, no debe intervenir en los asuntos públicos: III, 7ª, Dr. Stockmann; p. 69, 2ª. Nota 101.”

Para entender este verdadero libelo propagandístico de Berruti es necesario repasar los sucesos que profundizaron el poder de las facciones más próximas a la burguesía agraria y más virulenta en relación a las medidas a tomar contra los representantes del gobierno depuesto. Como expusimos, Lonardi no tenía futuro como conductor de un plan que rescataba las leyes sociales que favorecían a las clases postergadas antes de 1943. Su decisión de contemporizar y mantener una Argentina industrial colisionó rápidamente con los deseos de las mentes que en abrumadora superioridad numérica dieron su apoyo al golpe de septiembre. Era imprescindible “poner orden en la casa”, como demandaban los titulares de los diarios conservadores de Buenos Aires. Con Aramburu se terminaron las ambigüedades. Intervenciones del Partido Peronista y de la CGT, así como la de la mayor parte de los sindicatos, aún los de presencia mayoritaria clasista, censura total en distintos tipos de medios de comunicación, final de la Constitución de 1949 – derogada junto con sus articulados más progresistas-, eran signos inequívocos que las declamaciones conciliatorias eran piezas del pasado. Pero la ofensiva no terminaba allí; en el ámbito económico se dieron los primeros pasos hacia el reemplazo del trabajo como bien principal en el desarrollo industrial por el capital. Palabras reiteradas en las próximas décadas como eficiencia o modernización de las estructuras del Estado, fueron introducidas como la fórmula mágica para dejar atrás “décadas de atraso y provincialización”. Detrás de ellas se escondía el despojo de los derechos sociales adquiridos por el obrero y el desmantelamiento progresivo del aparato estatal, motor y regulador de la economía en los últimos años. Y de la tolerancia de la que los miembros de la “Revolución” se jactaban en oposición a la arbitrariedad del peronismo, habla el general Aramburu en una visita a Corrientes: “El haber hablado de tolerancia, da la oportunidad para aclarar conceptos efectistas, pero no realistas, de algunos dirigentes políticos. Entendemos la tolerancia y la practicamos por vocación, pero no al punto de permitir saboteadores, terroristas y alocados servidores de las cobardes maquinaciones de un prófugo o de otros imitadores .Opinamos que quizás se ganen más simpatías pidiendo al Gobierno libertades de detenidos, pero consideramos más constructivo exigir a los culpables una mayor adaptación a las costumbres y modalidades características de los argentinos de bien.
Si algunos dirigentes desean contribuir efectivamente a la pacificación total tan ansiada, es conveniente que empiecen por educar a los equivocados, en defensa de la misma sociedad en nombre de la cual pretenden actuar. Y al así proceder, tengan la seguridad de que la Revolución no persigue inocentes ni se pierde en venganzas. Por si queda alguna duda, desautorizamos rotundamente cualquier abuso de poder. Bregamos por la dignidad del hombre como fundamental consigna revolucionaria y estamos decididos a aplicar, con justicia absoluta, el castigo que corresponda a quienes falten a sus deberes con el prójimo en desgracia.”[4]

Para continuar avanzando en el proyecto de voto capacitado de Berruti, dejamos el glosario atrás y describimos este tipo de sufragio siguiendo sus términos. El voto capacitado tenía las siguientes características fundamentales:

1. Este voto no era directo; se gestionaba ante las autoridades pertinentes. Sin embargo se presumía de su simple acceso y de que no vulneraba la ley Sáenz Peña.

2. El ciudadano debía presentarse ante las autoridades para dar un examen, aunque quedaba explícita que esta prueba de capacidad era optativa. Pero si no lo aprobaba quedaba como elector fuera de los comicios. Es decir, no se lo obligaba por la fuera – bendito ejercicio democrático- y se dejaba entrever que el voto ya no sería compulsivo.

3. Se le reconocía a todos los hombres y mujeres mayores de 22 años, una nueva restricción etaria.

4. Para obtener el voto capacitado, aquel que lo desee tenía que acreditar frente a los encargados de la justicia electoral un “cierto grado de cultura, madurez o educación cívica que lo habilite para votar bien”. Esta generalización pretendía ser salvada por una exhortación a crear un programa de estudios sobre temáticas de formación cívica y una prueba a rendirse sobre sus contenidos.

5. Para evitar la oposición de los que veían en el voto capacitado antiguas artimañas políticas practicadas por el conservadurismo local –desde el fraude patriótico hasta el voto de los calificados por fortuna o posición social-, se esforzaba por abundar en lo amplio del proyecto.

6. “Estar habilitado para votar bien” es un llamado a la conciencia del electorado y a su responsabilidad ante el magno acontecimiento de seleccionar a las personas que ejercerían el gobierno del país. En este punto se detenía desarrollando que los conocimientos requeridos en ese momento de la historia excedían a la mera alfabetización. Si bien, coincidía en algunos puntos  con el “Anteproyecto de Código Político” publicado por el Ministerio del Interior de la gestión de Ramón Castillo, consideraba que saber leer y escribir es un adelanto como condición, pero indudablemente esas habilidades no aseguraban un mínimo de instrucción requerida para un “buen voto”.

Pero volvamos a la realidad argentina en esos primeros años del golpe. La actitud prepotente y represiva de Aramburu no quedaría sin respuesta por parte de la clase obrera. Muchos trabajadores desconfiaban de la conducción de la Central Obrera e inclusive de los que manejaban burocráticamente sus sindicatos. Pero no estaban dispuestos a avalar los recortes salariales, la denominada racionalización del trabajo con los despidos que generaba, ni el trabajo no reglamentado de menores. Tal vez la designación de supervisores militares en los gremios, que intentaron cercar a las comisiones de base más combativas, y el desmantelamiento de los convenios colectivos de trabajo fueron los detonantes de una resistencia instintiva y de respuesta inmediata a este hostigamiento. Nacida bajo el ala de la acción directa espontánea y focalizada, se vertebró luego en una organización que sacudió al poder faccioso. Los activistas propiciaron pintadas, reuniones con discusión y acciones de sabotaje. Esos militantes peronistas se dieron cuenta de su capacidad para operar en la vida política, sin necesidad de tutores u estructuras macro. Sus recursos, escasos pero ingeniosos, circulaban por canales ajenos a las viejas prácticas sindicales. Los pomposos discursos del peronismo eran reemplazados por consignas básicas sobre los logros de la administración justicialista, sobre los postulados que impregnaron durante esos años el imaginario colectivo de los que hasta entonces yacían fuera de toda protección estatal. Bombas caseras, presencia constante en las paredes porteñas y del Conurbano alertaron a Dirección Nacional de Seguridad. Este organismo, creado para el control social, hizo una advertencia con visos de amenaza a la población. En el comunicado de marras se establecía que  “la ley califica como sabotaje y reprime hasta con prisión perpetua al que destruyere, desorganizare, deteriorare o inutilizare objetos materiales, instalaciones, servicios o industrias de cualquier naturaleza (…) hace saber a la población que las fuerzas policiales y de seguridad han recibido instrucciones precisas para hacer uso de las armas cada vez que sea necesario impedir la comisión de actos de sabotaje”. [5]

Estos obreros, fortalecidos por la solidaridad en el combate contra la patronal embravecida, aparecían como los adversarios del voto capacitado de Berruti. Esos obstáculos para la empresa de educar al pueblo y evitar populismos eran descriptos bajo los siguientes términos:

1. Los ciudadanos humildes que tenían escasa cultura cívica y no poseían medios para adquirirla fácilmente. Eran vistos como en las mejores obras del nativismo-costumbrista de tinte bucólico; es decir los habitantes de la periferia con buenas intenciones pero sin formación, presa fácil de los demagogos que deseaban utilizarlos como masa cautiva. Berruti afirmaba que sus espíritus sencillos serían captados por los enemigos del proyecto al convencerlos de que sus derechos les eran negados, en aras de un sistema aristocrático. Esos ciudadanos humildes, que candorosamente describe el autor, casualmente conformaban el grueso del voto peronista y no era necesario que astutos caudillos les hicieran ver un despojo que en la práctica sufrirían en caso de sancionarse el voto capacitado.

2. En el segundo apartado menciona al otro extremo de la escala social: a los ricos o burgueses, que compartían con el anterior grupo su escasa formación cívica. No se explaya demasiado sobre este sector de la sociedad, que seguramente no está vinculado a las corporaciones que de hecho gobernaban el país por entonces. Difícil resulta imaginar en este punto involucrados a los integrantes de la Sociedad Rural o a los dueños de las industrias más importantes vinculados a capitales trasnacionales.

3. Los dirigentes políticos nacidos del populismo y del voto de las masas menos preparadas. Y no se priva de nombrarlos como del “tipo peronista o justicialista”. Esa casta política, que según el autor, vive de la demagogia elevaría sus protestas vinculando al voto capacitado con el “voto oligárquico”. También persuadirían a los “descamisados”-utiliza la palabra prohibida por su cercanía a los discurso del peronismo- de que los capitalistas pretendían quitarles el más sagrado de sus derechos: el voto.

4. También aparecerían otros dirigentes políticos de los partidos “democráticos” que rechazarían de plano al voto capacitado con argumentos similares a los de sus colegas populistas, aunque lo harían por convencimiento y no por beneficio personal o de sector. Como individuos preparados y sin fanatismos que oscurecieran su razón, Berruti confiaba en captar la voluntad de algunos, una vez que revisaran la propuesta en conjunto.

5. No podían falta los líderes de los partidos de la siempre vituperada “extrema-izquierda”. Sin definirlos, colocándolos en una bolsa común que albergaba a comunistas, trotskistas o anarquista, alegaba que al no poder aspirar al voto de la “gente culta”, se aferraban a acercar a las grandes masas en épocas de graves crisis institucionales. Se agitaba, nuevamente, el fantasma de la revolución en épocas de Guerra Fría.

Cerramos esta breve incursión a la iniciativa del voto capacitado con disparador didáctico en Un enemigo del pueblo, puntualizando a los defensores del mismo en virtud del pensamiento de Berruti.

La “clase culta independiente” aparecía como la receptora positiva de la propuesta. Sin partido político al cual rendirle cuentas, esta especie de cruzados de la libertad, no sólo adherirían, sino se convertirían en difusores del voto capacitado. Un particular espacio de la sociedad argentina, conformado en su mayor parte por la clase media no embanderada con tendencias fijas, era visto como el reservorio de la democracia, como la fuerza moral capaz de construir un país mejor. “Arquetipo de este sector lo constituye la hermosa figura del Dr. Stockmann, a la vez ardiente demócrata, fogoso revolucionario y sereno aristócrata”, culminaba Berruti.

Finalmente, había esperanzas fundadas en algunos dirigentes de los partidos políticos, que entendieran, al mejor estilo sarmientino, los cambios que los tiempos demandaban y muchos afiliados a esos mismos partidos de extensa trayectoria democrática. No se precisaba de qué ámbito político se hablaba, pero ante las precisiones brindadas anteriormente, no había duda que esos defensores de la democracia eran los golpistas de 1955, que integraban Juntas Consultivas y ocupaban cargos en el régimen de Aramburu-Rojas.

Pedro Berruti tuvo una destacada labor en el campo de la enseñanza, en especial vinculado al estudio y difusión de las danzas nativas. El voto capacitado no puede pensarse desde la actual coyuntura política, sino desde las coordenadas espacio-temporales que le dieron vida. Un cuerpo fragmentado, seriamente enfrentado con visiones de país muy diferentes, produjo diálogos de sordo e incremento de la violencia. En este contexto el aporte de Berruti, que hoy nos resulta claramente antipático y con connotaciones retrógradas, podía a sus ojos ser contemplado como una nueva intentona de “civilizar” al otro, al del pensamiento y la lógica distinta. Creo, que con esta perspectiva tenemos que revisarlo y extender el análisis a futuras visitas.


Bibliografía general

Berrotarán, Patricia M. Del plan a la planificación. El estado durante la época peronista, Buenos Aires, Imago Mundi, 2003

Mirlas, León; Panorama del teatro moderno. Buenos Aires, Panorama, 1956.

Murmis, Miguel y Juan Carlos Portantiero. Estudios sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1971.

Ordaz, Luis. Historia del teatro argentino. Desde los orígenes hasta la actualidad, Buenos Aires, Instituto Nacional del Teatro, 1999.

Pelletieri, Osvaldo. Cien años de teatro argentino (1886-1990), (Del Moreira a Teatro Abierto), Buenos Aires, Galerna, IITCTL, 1990.


[1] Primer mensaje del General Lonardi, sublevado en Córdoba contra el gobierno constitucional de Perón. Tuvo lugar el 17 de septiembre de 1956.

[2] Edición de Un enemigo del pueblo de Enrique Ibsen a cargo de Pedro Berruti, Ediciones de Cultura Cívica, Buenos Aires, 1956, p. 7-8.

[3] Edición de Un enemigo del pueblo de Enrique Ibsen a cargo de Pedro Berruti, Ediciones de Cultura Cívica, Buenos Aires, 1956, p. 123-124.

[4] Discurso pronunciado en la ciudad de Corrientes, por el presidente de facto, Gral. Pedro Eugenio Aramburu, el día 28 de septiembre de 1956.

[5] Comunicado de la Dirección Nacional de Seguridad, agosto de 1956.

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