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La OTAN necesita la guerra de Ucrania para justificar su existencia, aún sabiendo que es una contienda imposible de ganar 

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La Alianza Atlántica ha convertido la guerra de Ucrania en una cruzada contra Rusia para justificar su propia vigencia y su credibilidad como bloque militar, y taponar así tantos errores del pasado

JUAN ANTONIO SANZ

La actual cumbre de la OTAN, en el 75º aniversario de su fundación, quiere culminar la apuesta lanzada en las dos anteriores reuniones de la Alianza, la de Vilna, el año pasado, y la de Madrid, en 2022. La consigna es la misma: «Ucrania prevalecerá, Rusia no prevalecerá», como dijo el presidente Joe Biden en el marco de esta cumbre de Washington.

Esa es la bandera enarbolada estos días y que consolida a la OTAN como el último bloque militar del planetaempoderado por la guerra de Ucrania. Sin embargo, las expectativas en esta cumbre son muy distintas y la incertidumbre mucho mayor a las dos convocatorias anteriores, celebradas también en medio de esta contienda.

Frente a la euforia de la cumbre de Madrid la cautela de la de Vilna, la reunión que acoge Estados Unidos hasta este jueves está ensombrecida por la constatación de que las cosas no están yendo nada bien en el conflicto ucraniano, pese a las palabras de aliento lanzadas por Biden.

También a pesar de los miles de millones de euros y dólares empeñados en armar a Ucrania, con promesas estos días de más sistemas antiaéreos Patriots, y de la implicación cada vez mayor de los miembros de la Alianza en la conflagración, con numerosas líneas rojas cruzadas en la confrontación con Moscú y que están llevando al límite la paciencia rusa, a la vez que se vacían los arsenales y las arcas europeas.

Entretanto, las sanciones impuestas por Occidente para desgastar al invasor se han convertido en un bumerán, pues en lugar de debilitar de forma drástica a Rusia, han propiciado la creación en el país agresor de una economía de guerra, preparada para alargar la contienda lo que sea necesario.

Algunos líderes de la OTAN empiezan a considerar que solo se podrá vencer en Ucrania con una implicación total (y suicida) de la Alianza en la guerra, como aquellos que ya han propuesto el envío de tropas, como Francia o los países bálticos, o quienes dan el visto bueno para que sus armas cedidas a Kiev puedan golpear cualquier lugar de Rusia, paso que Moscú considera como una participación directa en la crisis.

La OTAN, más poderosa gracias a Ucrania… pero sin ella

Gracias a la guerra de Ucrania, la OTAN, fundada en 1949 como ariete de confrontación occidental contra la Unión Soviética, en pleno siglo XXI ha recuperado su esencia y convertido este conflicto en su razón de ser. «Hoy día, la OTAN es más poderosa que nunca», clamaba este miércoles Biden en Washington.

La OTAN se proclama como una asociación defensiva, pese a su largo historial de agresión, que agrupa 32 países y tres potencias nucleares cuando la mayor parte del planeta más allá de Occidente aboga por la disolución de los ejes geopolíticos de ese tipo.

Por eso, el todavía secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, uno de los halcones europeos que más han abogado por hacer de Ucrania un ejemplo que muestre al mundo que el modelo occidental es intocable, insistió en la inauguración de la cumbre que «el momento de apoyar la libertad y la democracia es ahora. El lugar es Ucrania».

Stoltenberg clamó que la invasión rusa de Ucrania «es la mayor crisis de seguridad en generaciones» y conlleva «costes y riesgos». El secretario general de la OTAN dejaba así caer ese «riesgo» cada día mayor de una guerra abierta con Rusia, pero obviaba que enfrente se sienta un contrincante muy poderoso militarmente, dotado de armas nucleares y con el que no valen presiones.

En todo caso, el compromiso con Ucrania que reiteran estos días en Washington los aliados de la OTAN está horadado por la realidad y no pasará de acuerdos bilaterales concretos y de continuar siendo un pozo sin fondo para decenas de miles de millones de euros.

Acuerdos, cerca de veinte ya firmados con los 32, limitados a la entrega de armas o al entrenamiento de soldados, que no contemplan el despliegue de tropas extranjeras y que, al no ser vinculantes, podrían ser anulados por nuevos gobiernos.

La contundencia de la pertenencia a la OTAN está en el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, aquel que promete la inmediata asistencia militar del resto de aliados a aquel país que sea atacado por fuerzas externas. Y Ucrania no va a tener este escudo, por mucho que lo reclame y por mucho que algunos países, como Alemania, pidan ciertos compromisos de futuro, que no se darán mientras continúe la guerra.

Stoltenberg insistió este miércoles en que «es demasiado pronto para saber cuando se convertirá Ucrania en miembro de la Alianza». Pero dijo que si hubiera un alto el fuego, entonces debería admitirse a ese país y así evitar más agresiones rusas.

Con estas palabras, el secretario general de la OTAN hinchaba pecho, pero de facto condenaba de forma irremisible la posibilidad de esa incorporación. Desde su posición de fuerza, con nuevos frentes abiertos en el norte de Ucrania y la iniciativa en todo el teatro bélico, pero, sobre todo, con esa intención de alargar la guerra lo que sea preciso, Rusia ha dejado clara su posición: Ucrania será un país neutral o no será. Así de simple.

Demasiadas grietas en el blindaje de la OTAN

Las circunstancias nacionales de los principales miembros de la OTAN tampoco están poniendo las cosas fáciles y opacan la palabrería de los líderes más entusiastas de la idea de que el futuro de Europa y el mundo se juega en Ucrania, como insistió Stoltenberg.Trump aprovechó este martes para lanzar un afilado mensaje a los socios de Estados Unidos en la OTAN

Entre esas circunstancias la que más preocupa es el futuro compromiso de Estados Unidos con la comunidad atlántica. El anfitrión de la cumbre, el presidente Biden, tras su comportamiento errático en su duelo preelectoral con Donald Trump, ha puesto su candidatura a las elecciones de noviembre y la estabilidad de su Gobierno sobre el filo de la navaja.

Trump aprovechó este martes para lanzar un afilado mensaje a los socios de Estados Unidos en la OTAN. O pagan lo mismo que Washington para apoyar militarmente a Ucrania o las cosas pueden cambiar mucho si es elegido presidente en noviembre.

El cambio de color en los ejecutivos británico y francés también pone las cosas más neblinosas para Ucrania, especialmente en el caso galo si la izquierda llegara a asentarse en el poder y algunos de los socios del frente antiderechista se plantearan la racionalidad de la guerra en unos momentos tan complicados para la economía y la sociedad francesas y europeas.

Desde luego, la apuesta del presidente Emmanuel Macron por enviar tropas europeas a Ucrania queda ya desechada, a pesar de que son soldados precisamente lo que más necesita el ejército de Kiev. No obstante, están en marcha las conversaciones entre Kiev y Varsovia para reclutar en Polonia a decenas de miles de los jóvenes que huyeron de Ucrania al comienzo de la guerra. Pero una leva forzosa en territorio europeo podría desatar protestas y tambalear Gobiernos.

Más incertidumbre. Estados Unidos ha indicado en la cumbre que pronto llegarán a Ucrania parte de los F-16 prometidos por países europeos. No se ha indicado si se estacionarán en territorio ucraniano o en los países vecinos. El Kremlin ya ha dicho que considerará un objetivo legítimo de sus ataques cualquier aeródromo fuera de Ucrania que ose albergar en sus pistas a los aviones utilizados contra Rusia.

El oscuro pasado de la OTAN

Por estas razones, y más que nunca, Ucrania es una prueba de fuego para la OTAN y su credibilidad como bloque militar que tapone tantos errores del pasado.

Su acción en Afganistán, tras la guerra de 2001 a la que fue arrastrada por unos Estados Unidos cargados de venganza por los atentados del 11-S, quedó diluida por el fracaso y la desbandada de ese país. En Irak, ocurrió lo mismo con las misiones de la OTAN como comparsa de Washington tras la invasión de 2003. El resultado, más caos y más muerte.

En Libia, la situación actual del país, un estado fallido a las puertas de Europa, muestra la debacle provocada por la intervención de la OTAN en 2011.

Y mejor no rascar en la campaña de 1999 contra Serbia, otra de las vergüenzas de la OTAN, interviniendo a sangre y fuego en suelo europeo también con el pánico a Rusia por bandera y bombardeando Belgrado y otras zonas de ese país balcánico solo para dejar otro laberinto, el de Kosovo, aún sin resolver.

La trampa de Ucrania

Con la ilegal invasión rusa de febrero de 2022 en Ucrania, la OTAN encontró la manera de resarcirse. Y de nuevo minusvaloró al «enemigo». Lo consideró anticuado en su armamento y sin moral en sus tropas, y preconizó una pronta debacle de los invasores. Pero no fue así.

Las elecciones presidenciales estadounidenses en noviembre próximo quizá sean el foro donde este descontento creciente por la situación bélica sin salida se haga oír con voz más alta. En todo caso, las críticas a la actuación de la OTAN ya están en su seno, aunque estos días de euforia en la cumbre las acallen.

Críticas, por ejemplo, de países como Hungría, hoy al frente de la Presidencia rotatoria europea, o de Turquía. Ambos miembros de la OTAN, situados en el flanco oriental de la Alianza, reniegan de la guerra como método para resolver la crisis ucraniana.

El último en decirlo fue el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, antes de viajar a la cumbre de Washington: «Mantenemos nuestra postura de principios para garantizar que la OTAN no se convierta en parte de la guerra de Ucrania«.

Más claro no podía haberlo dicho y, al hacerlo, el presidente de ese país clave para la defensa de la Alianza en Oriente Medio, evidenciaba la creciente brecha que existe en la OTAN sobre su política de seguridad global y la prevalencia de intereses militaristas en el seno de la Alianza.

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