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Raúl Rodríguez Juliá: La pecera

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El resentimiento que ha provocado Noelia al ausentarse de la lucha viequense, sobre todo ante los ojos de una líder comunitaria, brillantemente interpretada por Anamín Santiago, es de lo más certero de la película

Se crea en la película un delicado equilibrio entre lo existencial y lo político, la pecera figurada y la real, el fondo marino de Vieques convertido en depósito de escombros bélicos”, escribe Edgardo Rodríguez Juliá. La actriz Isel Rodríguez protagoniza la película «La pecera». (Suministrada)

PUERTORRO BLUES

Por Edgardo Rodríguez Juliá El Nuevo Día

sábado, 14 de octubre de 2023

La pecera

Me formé viendo a Cary Grant en la adivinación de Eva Marie Saint durante la escena del tren en North by Northwest. Hollywood, aquel cine, aún era levedad, ensoñación y escapismo. Y cómo olvidar a Audrey Hepburn en Sabrina, transformarse ante nuestros ojos, de muchacha ingenua a impecable y elegante belleza, ello sazonado con el ingenio sarcástico de Billy Wilder. En la reciente Golda vi a Moshe Dayan -héroe de la guerra de los seis días- vomitando, y lo mismo a Golda Meir, esta vez sangre. En Oppenheimer también hay vómitos, lo mismo que en La pecera, que tiene como motivo central del argumento una colostomía. En mi juventud la obscenidad sólo estaba identificada con el acto sexual, ya fuera cine cuasi pornográfico o veraz “cine de arte”, I am curious yellow, Last Tango in Paris. Me crié en la ensoñación del cine, recalé en mi juventud en las verdades de nuestra humilde condición humana -fuimos concebidos y nacimos inter urinam et faeces- y ahora viejo he recalado en las lindezas del sistema digestivo y urinario. Ya estoy harto de ver películas con mujeres añangotadas en el inodoro, orinando. Añoro a Ali McGraw muriendo de leucemia -los efectos de la quimioterapia nada visibles- frente a un Ryan O’Neal que me evocaba los melodramas de Mario Lanza vistos en el meaíto de mi pueblo.

La pecera, las múltiples escenas en que se nos muestra con veracidad clínica lo que es una colostomía -la creación de un ano artificial- me obligó a pasar del lirismo de Close Your Eyes de los Beatles al drama de Better Shut Your Eyes frente a la gente lanzándose desde lo alto de las Torres Gemelas. La pecera a veces nos obliga a ese “cerrar los ojos” a que nos somete la obscenidad, el regusto o asco al testimoniar el placer o el dolor. William Gass, filósofo y novelista, describe esta contradicción nuestra en su libro On Being Bluequeremos la veracidad y a la vez nos repele la crudeza de lo corporal. Gass reseña la falla de D.H. Lawrence al describir el sistema genésico urinario en Lady Chatterley’s Lover, a la vez que admite como concesión prontamente corregida por Henry James aquella erección que Isabel Archer provoca en uno de los protagonistas de The Portrait of a Lady. Gass, iniciada su madurez literaria en los años sesenta, al final de ese libro paradójico admite la veracidad sexual como necesario valor literario. Todo ello, por supuesto, en los tiempos anteriores a ese Facebook que ha convertido la privacidad -y hasta la enfermedad- en moneda pública e impúdica.

Cuando vemos a la protagonista Noelia -interpretada por Isel Rodríguez-, la enferma de cáncer que sufre la colostomía, comer tanto y beber todavía más, pisando los palos del bilí viequense con fumadera de pasto, quisiéramos gritarle que fuera más prudente. Pero la enfermedad -como recordamos en La montaña mágica de Thomas Mann-provoca tanto el ensimismamiento depresivo como la irresponsabilidad.

Las actuaciones principales son ejemplares, tanto la de Isel como la de Magali Carrasquillo en el papel de la madre, Flora. El cuido y ternura de parte de las dos mujeres resulta complejo y dramático. Mucho de resentimiento, control, y extrañamiento se cuela también en las matizadas caracterizaciones. Ciertamente no es por lo anterior -también casi cerramos los ojos de vergüenza ajena – cuando Flora le sirve a su hija el antojo de un arroz con salchichas que a todas luces parece amogollao.

Los varones de la película parecen ausentes, con poca caracterización: Aunque resulta improbable el santurrón compañero argentino, interpretado por Maximiliano Rivas, más insólito es que se convierta en su paciente enfermero, que lo mismo le soporta las pestes como le cambia la bolsa con el contenido de heces fecales. Juni, el personaje interpretado por Modesto Lacén, es más creíble, pero aparte de la crudeza del pedo que ambos comparten en los prolegómenos del acto sexual, también resulta algo impreciso en su perfil de ocasional amante.

Noelia -de quien sabemos poco excepto que es cineasta- escapa de la depresión y el ensimismamiento viajando a su natal Vieques e intentando el compromiso político. Se crea en la película un delicado equilibrio entre lo existencial y lo político, la pecera figurada y la real, el fondo marino de Vieques convertido en depósito de escombros bélicos. La fotografía submarina es extraordinaria, más originales y poéticas resultan esas tomas en la superficie, a ras de las olas. El resentimiento que ha provocado Noelia al ausentarse de la lucha viequense, sobre todo ante los ojos de una líder comunitaria, brillantemente interpretada por Anamín Santiago, es de lo más certero de la película. Por supuesto, el suicidio está presente en los actos imprudentes de Noelia. Volvemos a cerrar los ojos cuando bucea; ese intento culmina en una de las escenas más insoportables de la película; de nuevo cerramos los ojos cuando el novio argentino, que le ha sermoneado tanto, tiene que cambiarle la bolsa de la colostomía.

El huracán acechante, el símbolo final de sus tiempos y los nuestros, llega a su culminación en la escena final, y que se ha anticipado en varias instancias, porque Noelia ahora es capaz de fijarse en la belleza de un caballo, o de esas hebras misteriosas que no sabemos si son de una quimioterapia anterior, porque ese pelo es lacio y el de ella es rizo… De todos modos, nos gustaría saber más sobre sus hombres como parte de esa sensualidad que atesora, Juni el novio de la infancia, el argentino que le canta con kareoke la Noelia que popularizó Nino Bravo. Para mí que son hombres casi cancelados; Juni se pliega a la suicida autoindulgencia de ella, el otro se ha convertido en enfermero devoto y cantaletero. Ambos sobrellevan el mismo ensimismamiento de la protagonista. ¡Y ese empeño del argentino en que vaya a España a curarse, a Madrid! Terminé preguntándome si era el pago in kind por el auspicio del Ayuntamiento de Madrid a la película.

De la misma manera les aseguro que La pecera, junto a Perfume de gardenia El silencio del viento, sin olvidar Picando alante como comedia-drama, son mis películas preferidas de lo que ya puede considerarse el Nuevo Cine Puertorriqueño.

Terminé abriendo los ojos cuando lo quiso la directora de La pecera, Glorimar Marrero Sánchez. Recordé a mi amigo, el cura borrachín, el “whisky priest” de mi juventud, con su lema “¡Qué espanto es la vida y que gloria es vivir!” Terminé con ganas de comer cuajo, o morcilla, también de escuchar las últimas canciones de Richard Strauss, las de 1948. Fue esto lo que me provocó esa última escena de la bañera, tan visionaria y extraña, tan queer, tan ligada a ese deseo de todos por borrarnos a la vez que seguir con los ojos muy abiertos. Las canciones de Strauss se compusieron con el olor de los cadáveres abombados y la ciudad apestada por las alcantarillas reventadas, la desolación de los vecindarios alemanes bombardeados al final de la guerra; pero aun así permanece ese empeño en lograr la belleza en un mundo donde sobra la crueldad humana y prevalece la impiedad de la naturaleza.

Una amiga feminista me comenta: “Ay no, esa película está sobrestimada. ¡Esa película es horrible!, y hecha toda por mujeres, seguimos bregando con la mierda, ¡cambiando pañales!” Pero en la película eso le tocó al beato argentino, pensé; pero no me atreví a recordárselo.

En San Juan, a 10 de octubre de 2023

El escritor Edgardo Rodríguez Juliá es catedrático jubilado de la Universidad de Puerto Rico. Algunas de sus publicaciones son El entierro de Cortijo (1983); La noche oscura del niño Avilés (1984); Peloteros (1997); Sol de medianoche (1999); Elogio de la fonda (2000); Caribeños (2002); Mapa de una pasión literaria (2003); Mujer con sombrero Panamá (2004), premiada por el Instituto de Literatura Puertorriqueña como la mejor novela de ese año; San Juan, ciudad soñada (2005); La piscina (2012), y Las brujas (2014). Fue director de la colección Antología Personal en La Editorial, Universidad de Puerto Rico (hasta 2010); director de la revista La Torre, y profesor de la prestigiosa cátedra Julio Cortázar en la Universidad de Guadalajara (2001). A finales de 2012 dictó la Conferencia Raimundo Lida en la Universidad de Harvard. Desde 2007 se desempeñó como escritor residente de la Universidad Ana G. Méndez.

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