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Luis Pedraza Leduc: El monstruo de LUMA

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Es imposible no hablar de LUMA y su incapacidad de dar el servicio esperado. Hay que trascender del chiste, del meme y la queja para reconocer el problema en su raíz. Será este proceso el cual nos permitirá identificar la ruta correcta.

Buenos días. Es imposible no hablar de LUMA y su incapacidad de dar el servicio esperado. Hay que trascender del chiste, del meme y la queja para reconocer el problema en su raíz. Será este proceso el cual nos permitirá identificar la ruta correcta.

Compartimos la columna del periodista Benjamin Torres Gotay quien a nuestro juicio explica claramente el problema.Luego de la lectura, usted se pregunta. ¿Cuántas LUMA existen? ¿Quién o quiénes son los responsables?

Reitero, la solución no está en noviembre de 2024, va más allá.

Luis Pedraza Leduc

El monstruo de LUMA

  • benjamin.torres@gfrmedia.com
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Una manera de entender a LUMA, y su complicada relación con los tormentos de los puertorriqueños, es visualizando al consorcio canadiense-estadounidense a cargo de la transmisión y distribución de electricidad aquí como una criatura monstruosa, ensamblada con las partes desechadas de otras criaturas, al estilo del Frankenstein imaginado temprano en el Siglo XIX por la escritora británica Mary W. Shelley.

LUMA no existía cuando, el 22 de enero de 2018, el entonces gobernador, Ricardo Rosselló, en un mensaje televisivo que no todo el mundo pudo ver, porque no todo el mundo tenía electricidad, dijo: “Durante los próximos días, comenzará el proceso en el que se venderán activos de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) a empresas que transformarán el sistema de generación en uno moderno, eficiente y menos costoso para el pueblo”.

La fecha del anuncio es muy significativa. Habían pasado justo cuatro meses desde la hecatombe del huracán María. Veníamos de los meses más traumáticos en nuestra historia. El 22 de enero de 2018, vastos sectores de la isla seguían sin luz. El que la había recuperado era aún atormentado por la fresca memoria del larguísimo apagón, durante el cual se nos murieron varios miles de amados, algo que, en aquel momento, todavía era negado por el gobierno.

Mucho antes de María, la AEE había perdido el amor del pueblo. No había tantos apagones como después de María, pero todo el mundo sabe, aunque algunos ahora no quieran recordarlo, cuánto endiablaba a la gente el costo de la factura, la politización y el nepotismo (había hijos de alcaldes y legisladores que ni botándolos se acababan), las violaciones ambientales, la falta de mantenimiento, el despilfarro, todo lo demás.

La desastrosa administración de los partidos Nuevo Progresista (PNP) y Popular Democrático (PPD) destruyó a la AEE, que en 2014, tres años antes de María, se había quedado sin dinero hasta para comprar combustible.

La gente reclamaba, con pasión, algo distinto. Con el sistema hecho, literalmente, cantos, y mientras se tramitaban millones para la recuperación, Rosselló anunció la venta. La gente lo apoyó a rabiar. El más entusiasta promotor de la privatización de la AEE ha sido la Junta de Supervisión Fiscal, a través de la cual el Congreso de Estados Unidos, que aprueba el dinero de la recuperación, ejerce sus poderes plenarios sobre Puerto Rico.

Rosselló, y otros, querían vender. Pero no se pudo. Nadie daba un centavo por la AEE, que valía cerca de $9,000 millones, pero debía $10,000 millones. La infraestructura decrépita y obsoleta, que data de mediados del siglo pasado, no era tampoco muy tentadora. Se llegó, entonces, al modelo de ahora: dos empresas privadas que se encargan una de la transmisión y distribución (LUMA) y la otra de la generación (Genera PR). Los activos como tal siguen siendo de la AEE, pero los administran y mantienen dichas empresas.

LUMA, que no existía antes de la licitación por la AEE, sino que se formó entre Quanta, ATCO e IEM (de ahí la analogía con Frankenstein) para optar por este contrato, empezó funciones, por 15 años, el 1 de junio de 2021, con Pedro Pierluisi ya como gobernador.

Los que se oponen a la privatización por motivos filosóficos o ideológicos no le dieron ninguna oportunidad y pedían su salida desde el primer día. La mayor parte de la gente, que solo quiere luz en su casa, y si se puede a un precio razonable, esperó a ver qué tal eso de la privatización. Tres años después, no queda mucha paciencia y, lo que es peor, ni esperanza.

Nadie razonable esperaba el paraíso el día después de la privatización. Pero tres años después, que se cumplieron hace dos semanas, y con dinero federal presumiblemente de sobra para arreglar el problema, la gente se pregunta qué rayos pasa. Los apagones son constantes y no es imaginación: hay reportes independientes que dicen que los apagones son más frecuentes y duraderos desde que LUMA está a cargo.

En Santa Isabel, Coamo y Aibonito, llevan dos semanas sin servicio regular. La insólita respuesta de LUMA es pedirle a la gente un mes o un mes y medio más de tan tremendas privaciones como a las que obliga la falta de electricidad. El miércoles en la noche, en medio del endiablado patrón caluroso que atraviesa la isla, cerca de un millón de personas estuvieron sin luz. No pocos sintieron vibraciones de María en el ambiente.

La privatización tiene pros y contras. Los contras están quedando bien claros en esta situación. Hay denuncias de que, en algunos casos, LUMA, protegiendo sus ganancias, como es natural en las empresas privadas, no está metiendo todo el billete que hace falta para resolver, sino que espera por fondos de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA). Eso dijeron, por ejemplo, los alcaldes de Santa Isabel, Rafael Burgos, y de Coamo, Juan Carlos García Padilla, con relación a los arreglos que se tienen que hacer para devolver la estabilidad a sus pueblos.

“LUMA tiene la responsabilidad de tomar decisiones en beneficio del pueblo, no de su bolsillo”, señaló Burgos.

La clase política está súbitamente muy nerviosa con esto. Del gobernador Pierluisi, que voluntariamente juntó su suerte a la de LUMA y nunca les hizo reclamos enérgicos ni los fiscalizó de verdad, dicen que este desastre le costó la primaria.

El monstruo de LUMA, el Frankenstein hecho de las piezas de tres empresas y de una AEE en ruinas, devoró su carrera política. Pero, por lo visto en estos días, no se ha saciado y, mientras le chorrea sangre de las comisuras, mira para el lado a ver a quién se lleva después. Otros políticos que estaban tibios, viendo al gobernador caído víctima de LUMA, despertaron de repente. Piden explicaciones y dicen que van a “fiscalizar”. Jenniffer González y Jesús Manuel Ortiz están en ese grupo.

Juan Dalmau, por su parte, propone cancelar el contrato. Eso es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Aparte de las penalidades, en Puerto Rico mandan la Junta y el Congreso, que están apasionados con LUMA y la privatización. Tumbar ese muro, difícil.

Los puertorriqueños estamos en una tremenda encerrona con esto. Las décadas de destrucción contra la AEE y el sistema eléctrico perpetradas por el PNP y el PPD no se resuelven de un día para otro. Cuatro años nos parecen a algunos suficientes para que, al menos, se empezara a ver el cambio. Pero LUMA, que al parecer cuida de su bolsillo más que de sus clientes, va a paso de tortuga, esperando que otro pague. La parte social de la electricidad no es parte de su praxis.

Pero en esto, como en tanto otro, los puertorriqueños no nos mandamos. La Junta no electa, criatura del Congreso en el que no tenemos representación, no están, en esto, de nuestro lado, sino del lado de LUMA. La colonia que algunos insisten en no ver, muestra aquí, otra vez, su insaciable colmillo de oro. Son dos monstruos, si se mira bien, los que tenemos prendidos de las espaldas.

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