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Luis Pedraza Leduc: La encrucijada que vive EEUU, sus aliados y nosotros como colonia

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Es claro que vivimos el ocaso del imperio norteamericano. La disyuntiva del elector residente en EEUU en escoger entre candidatos del partido demócrata o republicano es solo parte de la crisis. La creación de los BRICS, los desafíos que representa Rusia, China y Corea del Norte son alternativas y retos al mundo unipolar que EEUU desea imponer.

Buenos días. Es claro que vivimos el ocaso del imperio norteamericano. La disyuntiva del elector residente en EEUU en escoger entre candidatos del partido demócrata o republicano es solo parte de la crisis. La creación de los BRICS, los desafíos que representa Rusia, China y Corea del Norte son alternativas y retos al mundo unipolar que EEUU desea imponer. Las elecciones de gobiernos progresistas por un lado y los adelantos de grupos fascistas en todo el planeta desmoronan la paz artificial construida por el imperio norteamericano.

La columna que compartimos del periodista Benjamin Torres Gotay describe la situación de encrucijada que vive EEUU, sus aliados y nosotros como colonia. Identifica factores a tomar en cuenta de la caída del imperio norteamenricano. Es claro que han empezado a descender la cuesta de sus momentos imperiales. Pero todavía tienen fuerza y recursos para mantenerse a flote.  

Solo recordamos que nadie sospechaba en 1990 que el 25 de diciembre de 1991 la Union de Republicas Socialistas Sovieticas desaparecerian.

Luis Pedraza Leduc

Figuraciones desde la gerontocracia

  • , benjamin.torres@gfrmedia.com x Twitter.com/TorresGotay Benjamín Torres Gotay Periodista

El 54% de los residentes de Estados Unidos tienen más de 35 años, la edad mínima dispuesta en la Constitución de aquel país para ser presidente. Se trata de 181 millones de personas, del total de 334 millones que es la cantidad oficial de habitantes de los 50 estados y sus territorios, más unos cuantos millones ocultos en los recovecos de aquella sociedad sin que haya habido manera de contarlos, como indocumentados y fugitivos, por ejemplo. De los estadounidenses mayores de 35 años, el 86% son ciudadanos de nacimiento, que, junto a haber vivido 14 años mínimo en Estados Unidos, es el tercer requisito constitucional para ser presidente. Miles y miles están hoy en la política. 542, por ejemplo, ocupan puestos electivos en el gobierno federal y miles, a nivel estatal y local, casi todos los cuales pueden, si quisieran, postularse también a la presidencia.

Hay, en resumen, gente de sobra para aspirar a lo que se suele llamar, por la manera hiperbólica en que los estadounidenses suelen pensar sobre sí mismos, “el trabajo más difícil del mundo” (presidir Haití hoy es mucho más difícil que Estados Unidos). Cabe, entonces, la pregunta, ubicua en estos días: ¿cómo, existiendo ese vasto banco de talento, Estados Unidos ha terminado obligado a escoger su próximo presidente entre un octogenario que todos los días deja ver que ha perdido la estamina para ejercer un puesto tan increíblemente complejo, y un embaucador, casi octogenario también, mentiroso, racista, misógino, criminal ya convicto, cuyas tendencias corruptas, autoritarias y antidemocráticas le salen como sudor de los poros?

Hay un tercer candidato, el independiente Robert Kennedy, hijo, a quien, en Puerto Rico –y en Vieques– conocen bien, pues cumplió cárcel tras participar en protestas contra la presencia militar en la isla municipio. Pero en su “estado” actual cree, entre otras demencias, que el virus del COVID-19 fue genéticamente diseñado para no afectar a judíos con raíces en Europa Central y a chinos. Para allá, por lo tanto, tampoco se puede mirar. Un debate el jueves en la cadena CNN, en que se vio al presidente Joe Biden pasando enormes dificultades para articular ideas simples, y a su antecesor, Donald Trump, diciendo mentiras sobre un tubo y siete llaves y propagando los prejuicios incendiarios y falsos de siempre contra los inmigrantes, prendió las alarmas, sobre todo entre demócratas, quienes vieron, acaso más tarde que el resto de los mortales, que a su gallo le falta fuerza para la enorme tarea. La principal fuerza de angustia y ansiedad es la idea de que una persona tan frágil como Biden puede que no sea el rival más apropiado para Trump, de quien no pocos, incluyendo este que escribe, creen que, si vuelve a la Casa Blanca, intentará otra vez lo que quiso, y no pudo, en 2020: perpetuarse en el poder.

No son esos temores que nunca en la historia se hayan venteado en torno a Estados Unidos, que se considera a sí mismo, y no se puede negar que lo fue ha sido mucho tiempo, una de las democracias liberales más sólidas del mundo. Pero dadas las palabras, y más que las palabras las acciones de Trump, no es en este momento descabellado pensar que la democracia estadounidense enfrenta, en efecto, un desafío como pocos en su historia. El discurso público en Estados Unidos se ha degradado de tal manera que están, entre otras cosas, proscribriendo libros, atosigando religión en las escuelas, apuntando contra derechos de distintos tipos de minorías, sobre todo las sexuales, e incrementando el sempiterno problema del racismo, entre muchos otros males.

Los que impulsan estas y muchas otras medidas represivas tienen como estandarte a Trump, quien, a pesar de sus infinitas carencias, de sus 34 veredictos de culpabilidad, de los otros tres casos criminales que tiene pendientes, incluyendo uno por tratar de robarse las elecciones de 2020, del desastre de su primer término, sigue siendo inmensamente popular. Hoy, a poco más de cuatro meses de las elecciones, y después del lastimoso espectáculo que dio Biden en el debate del jueves, Trump tiene una ventaja de dos puntos en el promedio nacional de encuestas que recopila a diario el periódico The New York Times. Entre tantas mentiras, una verdad dicha por Trump ayuda a entender esto: puede dispararle a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York y habrá gente que, aun así, querrá votar por él.

Trump tiene un talento para halar del lado irracional de la gente que, a pesar de que es harto conocido su profundo desprecio por la idea de la estadidad para Puerto Rico, y por Puerto Rico como tal, no son pocos los estadistas locos con él. Los demócratas, que decidieron persistir en Biden como parapeto de esta amenaza existencial, a pesar de las muchas advertencias del deterioro cognitivo del presidente ( The Wall Street Journal publicó una historia el sábado que dice que diplomáticos europeos le advirtieron a sus contrapartes estadounidenses que desde el pasado verano notaban el deterioro en el presidente), están histéricos.

Tienen dos problemas.

Primero, nadie puede obligar a Biden a renunciar a una candidatura a la reelección que ya ganó cuando no le apareció ningún retador y, segundo, quedan apenas un poco más de cuatro meses para las elecciones. ¿Qué figura, aparte de la vicepresidenta Kamala Harris, cuya popularidad no es buena, tiene el reconocimiento a nivel de Estados Unidos que se necesita para, de la noche a la mañana, convertirse en rival con posibilidades de éxito de una figura tan abrumadora como Trump? He ahí la encerrona en que está el Partido Demócrata y, con ellos, un poco la humanidad, porque, desde el Siglo XX, lo que pasa en Estados Unidos por lo regular termina afectando, de una forma u otra, al resto del planeta, incluido, por supuesto, Puerto Rico, donde hace 126 años vivimos adheridos a un cordón umbilical de dependencia y subordinación a Washington.

No pocos ven en esta extraña encrucijada –un país poderoso de ese nivel incapaz de encontrar un candidato presidencial presentable– señales de que ha empezado a desintegrarse el imperio estadounidense. Otras señales –la división interna, el desprestigio internacional, la descomunal deuda externa– también están presentes. Ningún imperio ha sido eterno. Los persas, romanos, otomanos, españoles, portugueses, británicos, otros, todos han dejado de serlo. No fue de un día para otro, pero fue. ¿Van por esa ruta los estadounidenses, que han superado antes otros grandes desafíos, como la Guerra Civil, la Gran Depresión, Vietnam, dos guerras mundiales y el 9/11?

Nadie, hoy, puede saberlo. Pero, si en unos años o décadas estamos hablando de la caída del imperio estadounidense, quizás podemos mirar hacia el triste espectáculo de la noche del 27 de junio de 2024, con aquellos dos señores disparándose incoherencias de parte y parte, como una parpadeante lucecita de radar advirtiéndonos desde entonces la ruta por la que esto iba.

“Cabe la pregunta de cómo Estados Unidos ha terminado obligado a escoger entre un octogenario que todos los días deja ver que ha perdido la estamina y un embaucador”

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