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Luis Pedraza Leduc: La junta extranjera obliga al empobrecimiento de la calidad del currículo universitario

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Esto explica el porqué la Junta de Control Fiscal recorta fondos a la UPR y pretende eliminar las condiciones de trabajo de empleados no docentes y profesores. También es parte de la explicación para que el proceso de escoger un sindicato por parte de los profesores universitarios haya sido tan tedioso.

Buenos días. La Dra. Luce López Baralt retrata la decadencia que sufre el proceso educativo en los tiempos actuales del capitalismo. Se eliminan cientos de cursos que tienen que ver con las Humanidades, ciencias liberales, con todo lo que representa ideas y pensamiento crítico.

De esta manera sufre la educación que se ofrece en las exclusivas universidades norteamericanas. Nuestra realidad colonial, como consecuencia, no tiene opciones. Esto explica el porqué la Junta de Control Fiscal recorta fondos a la UPR y pretende eliminar las condiciones de trabajo de empleados no docentes y profesores. También es parte de la explicación para que el proceso de escoger un sindicato por parte de los profesores universitarios haya sido tan tedioso.

La profesora López Baralt explica en detalle el impacto que tiene sobre el profesor por contrato, sin cátedra y permanencia, sobre lo que pretende enseñar. Es la manera disimulada de eliminar del proceso educativo a quienes consideran que el pensar, leer, revisar la historia, investigar, debatir ideas es algo positivo y necesario.

Compartimos el optimismo de la Dra. López Baralt en cuanto a que llegaran renacentistas a rescatarnos del oscurantismo. Pero en lo que llegan estas nuevas generaciones hay que dar la lucha para distinguirnos del norte y forjar nuestro propio camino.

Luis Pedraza Leduc

El curso Trash 101 y la academia norteamericana

  • El Nuevo Día     16 Apr 2023
  • Luce López Baralt Con acento propio

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Hace poco, una alumna de la UPR entró, ilusionada, a la mejor universidad de California a formarse en literatura renacentista. En el listado de cursos del Departamento de Lenguas Románicas descubre un título curioso: “TRASH 101-102” (altero levemente la sigla). La estudiante se pregunta, intrigada, qué textos literarios se estudiarían bajo el extraño apelativo. Enseguida se enteró que explorarían los basureros del estado, con todo y excursiones a los vertederos incluidas. El curso no pertenecía al currículo de antropología, sino de literatura. ¿Y la literatura? Es que eso ya no importa.

Otra alumna va a una universidad ivy league, y le advierto de las exigencias académicas que la aguardan. Pero el seminario de orientación que ofrecieron a los nuevos doctorandos en literatura románica la dejó aturdida. La profesora dispuso cartones, pegamentos, colores y tijeras sobre la mesa, y ordenó a los recién llegados que formaran un libro con los materiales provistos. Mientras los alumnos, transmutados súbitamente en infantes, construían libros de cartón, una cámara indiscreta los filmaba (bocas abiertas de estupor y todo). Finalmente la profesora les explicó que con la inesperada tarea quería advertir a los futuros doctores en literatura que no habría plazas universitarias para ellos cuando se graduaran, y que podrían terminar como simples maestros de párvulos.

El grotesco ejercicio dramatizaba una gran verdad: poco a poco, las universidades norteamericanas van en camino de convertirse en escuelas vocacionales. Bret C. Devereaux, de la Universidad de North Carolina ( NYT, abril 2023), lo advierte con datos oportunos: del 2013 al 2016, se cerraron 651 programas de lenguas extranjeras, literatura clásica, arte y religión. A partir de la depresión del 2008, ambos partidos políticos en Estados Unidos han cortado los fondos para las Humanidades y eliminado la permanencia de los profesores, imponiendo límites ideológicos estrechos sobre qué puede enseñarse y qué no. Se desprecia cualquier tipo de educación que no se adapte de cerca al mercado de trabajo y a las demandas del mundo industrial, por lo que han proliferado especialidades como el comercio y las ciencias de la computación (computer sciences), destinados a las grandes compañías, bancos y casas de corretaje. Atrás quedó el sistema de educación que incluía las artes liberales, que apostaba a que el acceso masivo al arte y la cultura era esencial para la formación del país. Esta filosofía educativa, nacida en la guerra fría, buscaba preparar a los estadounidenses a ser buenos ciudadanos, conocedores de su propia cultura e historia, que fuesen capaces de pensar críticamente y de negociar exitosamente los puntos de vista plurales de una sociedad globalizada. Devereaux recuerda que este concepto universitario se inspiraba en las artes liberales de los romanos: “las artes de un pueblo libre”.

Parecería que Estados Unidos es cada vez menos “libre”, porque su sistema educativo está en picada. Salvo algunos bolsillos de excelencia, la oferta académica se ha vuelto increíblemente mediocre. Los estudiantes graduados de las universidades más solventes ya no enseñan el Quijote completo: se lee en versión abreviada y en inglés. Esto me lo confesó una notable cervantista, y lo daba por bueno, porque la alternativa era no enseñar la novela. Hay también universidades que otorgan grados doctorales en francés y en ruso a alumnos que sólo leen los clásicos de estas lenguas en inglés. Proliferan las tesis graduadas en cómics, mientras que muchos grandes escritores sólo se incorporan al currículo si se adaptan al estrecho lente de la sociedad norteamericana. El estudio de la Generación del 27, con Lorca, Buñuel y Dalí a la cabeza, se justifica sólo porque estos grandes artistas vivían en una residencia estudiantil, como el alumnado de turno del curso. (La célebre Residencia de Estudiantes del Madrid de los 20 nada tenía que ver, por cierto, con los dorms universitarios actuales…).

Los criterios académicos son cada vez más estrechos: Neruda queda fuera del currículo de literatura porque “era machista”, y La Celestina se elimina porque su protagonista Calisto “no era feminista”. Casi ningún gran artista resulta “politically correct” si se lo lee fuera de sus coordenadas históricas y culturales. Es lo que sucedió con el David de Miguel Ángel en la Florida: ahora es “pornográfico” para los niños, que tendrán que usar una venda en los ojos si visitan un museo o si viajan a Florencia.

Muchas causas justas de la actualidad como la reivindicación de los afrodescendientes empobrecen injustamente la oferta curricular: en otra universidad célebre, el curso de literatura del Siglo de Oro se limitó a estudiar el cuadro que hizo Velázquez de su esclavo Juan de Pareja, junto a unas memorias de poca solvencia de una profesora de dicha universidad, que leyeron porque era colega y afrodescendiente. La valía intrínseca de una obra artística ya no es suficiente para que se integre al currículo universitario.

La literatura misma se está extinguiendo en Estados Unidos como objeto de estudio. Cuando me lamenté con una colega porque en su universidad (también muy famosa) ya no enseñaran Edad Media ni Renacimiento, me dijo con melancolía que me olvidara de esas sutilezas, porque ya ni siquiera enseñaban literatura. Cerraron su Departamento de Lenguas Románicas y tuvo que refugiarse en Divinity, por aquello de que era experta en Santa Teresa. Ya es prácticamente imposible ofrecer un curso sobre un autor o una época específica si no se lo relaciona con el cine, los cómics modernos, alguna obra musical o alguna teoría literaria. Los estudiantes terminan con una visión fragmentada y superficial de la cultura: son incapaces de entender los movimientos literarios y aun la simple historia de las ideas.

Para colmo, las universidades descansan sobre los hombros de jóvenes profesores sin permanencia y a menudo sin doctorado. (No hay que pagarles seguro social, ni verano, ni retiro; sistema académico absurdo que la UPR tristemente copia). Otra exalumna, que no completó sus estudios de literatura medieval porque ya no había oferta de cursos, enseñaba sin embargo a tiempo completo en una de las mejores universidades de Nueva York. Como todos estos profesores a medias, se quejaba de que, para colmo, los alumnos solían decidir el contenido de los cursos. Se oponían a la inclusión de temas que les disgustan o forzaban a que se incluyeran sus favoritos. Como los puestos sin permanencia son frágiles, los profesores suelen “obedecer” el deseo de sus alumnos, so pena de que los impugnen ante las autoridades universitarias. La ignorancia amenaza el futuro de las próximas generaciones, incluyendo las puertorriqueñas, pues ante el acoso económico a la UPR, la elite académica se forma ahora en EEUU.

Pese a todo, quedo en la esperanza. Hace unos años el profesor Elias Rivers de Johns Hopkins me consoló diciéndome que, como experto en el Renacimiento europeo, confiaba en la posibilidad de nuevos renacimientos. Pensaba que, tras muchas generaciones de alumnos educados en el oscurantismo, algunos se rebelarían contra su suerte. Irían entonces a la biblioteca (o al internet) a leer los libros vedados en su época. Ese reencuentro feliz habría de provocar el “renacimiento” de la cultura que habían perdido.

No habremos de estancarnos para siempre en el curso “BASURA 101-102”, que relega la literatura a los vertederos. Homero, Dante, Shakespeare y Lorca aguardan su Renacimiento.

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