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Luis Pedraza Leduc: Se impone la lucha por la liberación de la humanidad, no la eliminación de pueblos por su historia o descendencia

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Enfrentar a los supremacistas blancos anglosajones que se creen dueños de la riqueza que otros produjeron

Buenos días. La guerra no puede ser indiferente para aquel que se considere un ser humano consciente y solidario. Incluso para quienes entiendan que el medio del uso de armas es necesario para lograr su objetivo político, el uso de este medio tiene que tener límites y justificación basada en el respeto a la vida.

Desde esta perspectiva compartimos dos columnas del periodista Oleg Yasinsky en la cual se expresa sobre la guerra de Israel contra el pueblo palestino. Se destaca en su análisis como el odio supera las opciones políticas para ambos pueblos, sin restar la responsabilidad de Israel por lo sucedido hasta hoy. Lo que se plantea es el resultado del dicho popular, «cosecha vientos y tendrás tempestad». Se impone la lucha por la liberación de la humanidad, no la eliminación de pueblos por su historia o descendencia. 

De otra parte, Yasinsky analiza la guerra en medio oriente como una estrategia planificada dentro del objetivo de un mundo unipolar por parte de Estados Unidos y otros profesionales de la guerra. El primer plan fue atacar a Rusia mediante la guerra en Ucrania. De haber logrado su objetivo se estaría asediando el próximo objetivo en las fronteras de China.

Ante el empantanamiento del primer plan se abre el segundo plan, incendiar el medio oriente. Para ello la necesidad del odio es vital. El desprecio a la vida humana se eleva a niveles insospechados amenazando a pueblos enteros para que entren en conflicto, apostando EEUU a que ganara la guerra y volverá a reinar en el planeta. 

La información que se nos brinda por los medios de comunicación corporativos responde a estas estrategias del imperialismo. Los que buscamos información en medios alternos somos una minoría. En ese sentido, debemos reconocer que hay una mayoría alimentándose del odio que se siembra para dividirnos como civilización hasta que la guerra nos sea indiferente, hasta que las muertes sean solo estadísticas de pueblos lejanos que no deben existir. Hasta que la supremacía blanca, anglosajona y dueña de la riqueza que otros produjeron está en sus manos.

Aunque para ello haya que matar al ser humano.

Luis Pedraza Leduc

Oriente Medio: seguimos sin ser humanos

Oleg Yasinsky

Publicado:12 oct 2023 13:26 GMT

En estos días de horror en Medio Oriente, cuando las noticias son misiles apuntando a la esperanza, pienso en un compañero, el periodista y pacifista italiano Vittorio Arrigoni, quien vivió en Gaza los meses más duros del criminal ataque israelí ‘Plomo Fundido’ y después, en los 2008 y 2009, publicó su desgarrador testimonio ‘Gaza: seguimos siendo humanos’, dirigido a un mundo y, sobre todo, a una sociedad como la israelí, tradicionalmente indiferente a la tragedia al otro lado del muro.

En abril del 2011, con una absurda acusación, fue secuestrado y brutalmente asesinado por un grupo salafista. Vittorio presentó su libro como una «invitación, además de una como una petición, un apremio verdadero y auténtico a dejar de cometer delitos y recuperar el molde original con el que está hecho el hombre». Hace unos años, un israelí, respondiendo a mi ingenua propuesta de leerlo, comentó, con su particular sentido del humor, que Vittorio Arrigoni era un imbécil que merecía un premio Darwin (para referirse a aquellos que mueren de una muerte estúpida y sin dejar descendientes). De paso, les recomiendo encontrar el PDF de ese texto, que espero que todavía esté disponible en el ciberespacio a pesar de su galopante ‘democratización’. Pensé en cómo nos hace falta la mirada limpia de Vittorio en estos días y noches de locura total, pero también sentí un cierto alivio de que él ya no esté y no pueda ver todo esto. No puede ver que claramente seguimos sin ser humanos.

No tengo ganas ahora de desarrollar mis teorías acerca de los orígenes, razones y mecanismos que presenciamos estos días entre Israel y Palestina. Una historia muy obvia, los intereses más que evidentes, todo esto multiplicado con el pensamiento cada vez más medieval de los seres humanos, cada vez menos humanos a los dos lados del muro, que están demostrándole al mundo (y el mundo a ellos) a qué nivel de civilización hemos llegado y qué equivocados estamos llamando a esta hipócrita, frágil y prehistórica construcción social «civilización».

El acostumbrado fascismo del Estado de Israel, con su total desprecio por los derechos y sentimientos de los otros, es lo de siempre, y tal vez no valdría la pena repetir tanto. Basta un breve paseo por el país, un poco más allá de los barrios acomodados de Tel Aviv o Jerusalén, de preferencia acercándonos a los enclaves palestinos, para darnos cuenta de la brutal y naturalizada humillación de un pueblo por el otro, que genética y físicamente son los mismos. Pero lo que más impresiona son los niveles del odio mutuo que parece estar desparramado en el aire, nublando las miradas y anulando cualquier posibilidad de reconciliación. Una bomba de tiempo siempre en espera del permiso del reloj. Sintiendo esto, nunca creí en las alegrías ni de unos ni de otros. La copresencia de la muerte o de un enemigo siempre dispuesto, siempre al acecho, convertían cualquier cara amable en una máscara, capaz de caer en cualquier instante. Mi opinión de la política del Estado de Israel es absolutamente lapidaria, sin peros ni matices ni atenuantes: son gobiernos nazis que no tendrían por qué existir en estos tiempos.

Pero para mí, el problema actual es otro. Y este lo veo con la supuesta izquierda, que supuestamente defiende la justa causa palestina. Parece que algunos de ellos, condenando los crímenes israelíes, fueran parte de sus propias consignas y caricaturas sin la más mínima capacidad de entender que los delitos del sionismo no son los únicos. Ya no digo pensar un poco más y tratar de imaginar que el Gobierno de Israel y la organización político-militar Hamás, que desde hace tiempo tiene como rehén al pueblo palestino, no tienen que reunirse ahora para ponerse de acuerdo, como les piden muchos. Hace tiempo que lo acordaron todo sin prensa y están del mismo lado. Al otro lado del muro invisible e impenetrable que construyeron están los pueblos de ambos bandos, engañados y totalmente cegados por el odio. Pueblos rehenes que se han convertido en esclavos de su propio odio y son una materia perfecta para cualquier experimento geopolítico.

Es muy impresionante ver que todo esto sucede en tierras a donde a gente de todo el mundo le encanta ir a orar, a hablar de espiritualidad y a repetir que Dios es amor. Tal vez pedirle a toda la izquierda revolucionaria y comprometida con las importantes causas de los pueblos oprimidos que se conecte con algo espiritual sería mucho. Pero, ¿alguien de ellos realmente cree que disparando misiles a las ciudades civiles de Israel y asesinando o secuestrando jóvenes y viejos judíos, que viven al lado de Gaza por no tener plata para estar en otros lugares, se avanza en establecer la justicia histórica para el pueblo palestino? ¿Se restablece la justicia secuestrada y profanada? ¿Se abre alguna especie de futuro? ¿Por qué para exigir algo justo se tiene que ver sangre de inocentes salpicando las hermosas banderas de la justicia?

Las situaciones críticas y dolorosas siempre revelan nuestra esencia. Algunas personas se apresuran a salvar a otros, mientras que otras eligen ser víctimas y culpar al mundo entero por sus propias desgracias, molestando a los dioses con su aburrido e inútil «¿por qué a mí?». Mientras unos buscan la irrisoria salvación personal, otros se hacen cargo del futuro, de la sociedad, de la esperanza. Se trata de dos posiciones opuestas e irreconciliables.

Todos sabemos lo que es el odio. Es natural e inherente a todas las personas. Cada uno de nosotros elige su manera de construir su propia y difícil relación con este sentimiento. Cada uno de nosotros conoce mejor que nadie el territorio de nuestra propia miseria y elige qué hacer con ese. No todas las expresiones de la naturaleza y de la fisiología humana deberían exhibirse con orgullo para que los demás las vean. Debería haber alguna mínima noción de pudor y no ir con los sentimientos y emociones desbordados exhibiéndose sin vergüenza alguna. Es antiestético.

Hoy, como ya casi de costumbre, todos los bandos de odiadores se protegen cómodamente detrás de la gran sombra del soldado soviético. Para los amantes de la historia y los ciudadanos con memoria de pez, permítanme recordarles:

El soldado soviético era humanista.

El soldado soviético no se vengó del pueblo alemán, sino que lo liberó del fascismo.

El soldado soviético, al matar enemigos, no llamó a la destrucción de los pueblos alemán o japonés como la fuente de todos sus problemas, sino que entendió claramente que el fascismo era enemigo de todos los pueblos, culturas y religiones.

El soldado soviético nunca luchó por sí mismo, sino por la liberación de toda la humanidad, sin dividir a la gente en rusos, alemanes, americanos y etíopes.

De lo contrario, nunca habría ganado.

Con las mil dudas que me invaden en estos días trágicos de Medio Oriente, estoy totalmente seguro que Vittorio Arrigoni, con o sin el premio Darwin, si nos viera hoy cómo estamos, le daría mucha vergüenza ajena.

Ingeniería de guerra y Hamáscomo espejo negro de la sociedad israelí

Oleg Yasinsky

Publicado:22 oct 2023 

Tras el hasta ahora fracasado proyecto inicial de acorralar, ahorcar y destruir Rusia (convirtiéndola en la próxima Ucrania) y después de la transformación final de Europa occidental en una colonia, el Gobierno estadounidense, desde hace décadas siendo controlado por las empresas transnacionales, no se detiene ante sus logros.

En la guerra contra Rusia había cinco objetivos principales: dominio total de sus riquezas naturales; control militar sobre el territorio con acceso a la frontera norte de China y todo el Cáucaso; a través de tecnologías mediáticas probadas con éxito en Ucrania, convertir a los rusos en carne de cañón para la futura guerra con China; reducción, es decir «optimización» de la población, según las exigencias y los intereses del mercado; y borrado definitivo de la memoria histórica del pasado soviético.

Hoy, como un plan B, se está incendiando Oriente Medio desde distintos flancos como se prende un pajar. El argumento propagandístico de la «defensa de Israel» es tan falso como el de la «defensa de Ucrania». El imperio necesita masas engañadas dispuestas a matar y morir por sus intereses, y el colapso de países y economías extranjeras para reformatear el mundo para sus propios fines, tratando de restaurar su perdida y muy añorada supremacía.

Lo que más horroriza no es solo la terrible muerte de cientos de civiles en un hospital de Gaza. Tampoco son de extrañar las torpes excusas de los dirigentes israelíes, pues hace falta un gran valor civil e integridad humana para admitir la responsabilidad de algo así. Aunque haya ocurrido ‘por accidente’. Sin embargo, cualquier lógica elemental sugiere que, en el caso de bombardeos masivos a barrios urbanos de forma indiscriminada, las muertes masivas no serían ‘un accidente’, sino el lógico resultado, mejor dicho, el que se espera.

Llama la atención y produce asombro, sobre todo la indiferencia masiva de los israelíes y los palestinos hacia las víctimas civiles del «otro bando». Lo único que parece importarles es la imagen de su propio bando y las correspondientes pérdidas en la guerra de la información. No hay ni una sola letra de lamento por los muertos, que esta vez, definitivamente no son miembros de Hamás. Las víctimas son una ocasión informativa, una herramienta de propaganda, biomaterial, parte de la demografía de la población enemiga, cualquier cosa menos personas despedazadas. La compasión humana por los asesinados se convierte en algo inaceptable y censurado, casi como una especie de complicidad con la propaganda del enemigo.

Los principales ingenieros de la guerra en Oriente Medio, un gran equipo de profesionales, formado por Estados Unidos, Israel, Hamás y muchos otros gobiernos y grupos militares árabes vecinos, son idénticos en su absoluto desprecio por las vidas civiles convertidas en ingredientes de un odio sostenido

Amar al prójimo se ha convertido en algo indecoroso y la simpatía o simple empatía, en una muestra inaceptable de estupidez y debilidad para los valientes. Convertir a poblaciones enteras en turbas de fanáticos agresivos y despiadados resulta más fácil y barato que cualquier otro negocio político. Basta con despojar a la historia de todos sus colores y matices y recortar de ella solamente todo lo que ayude a la tarea de deshumanizar al otro y sacralizarse a uno mismo.  

Llamar a todos los enemigos juntos «fascistas» o decir «antisemitas» a todos los críticos de la política del Gobierno de Israel me recuerda a un viejo chiste: hay un niño que escucha de los adultos la palabra ‘prostituta’ y pregunta qué es eso, le responden que «es una mala mujer». Feliz de haber aprendido la nueva palabra, el niño, que está enojado con su abuela por haberle negado algo, utiliza la nueva palabra: «¡Abuela, eres una prostituta!».

Encubrir los intereses personales con montañas de cenizas de su propio pueblo no solo es abominable, sino también muy poco inteligente, porque siempre se nota.

La verdadera historia, persistente y desafiantemente negada por el Israel oficial (igual que las múltiples resoluciones de la Asamblea General de la ONU), se ha convertido en la tragedia de su propio pueblo, que realmente no entiende las razones del odio de sus vecinos hacia ellos, y todo el odio recíproco que cierra el círculo de la violencia. 

Algunos no se dan cuenta de que, si su sueño de convertir a Gaza en un Luna Park se hiciera realidad, la vida de los israelíes no solo no sería la más segura en el mundo, sino que sucedería todo lo contrario. Esta es la única lógica de la venganza, algo mortífero y contagioso, lo que tantos siglos intentamos infructuosamente superar, contraponiéndole los valores de la civilización y de la cultura.

El monstruo Hamás fue deliberadamente alimentado por las políticas del Estado israelí y planeado con el apoyo de sus servicios de inteligencia. En un país sin muros, sin ‘apartheid’ absoluto y sin el odio mutuo, interno, omnipresente y de Estado, que se convirtió en la norma, no sería posible ningún Hamás.

El movimiento Hamás es un espejo negro de la sociedad israelí moderna que ningún bombardeo puede romper. Para lograr la paz en Oriente Medio y salvar a todos los niños, palestinos y judíos, basta con mirarse en él con algo de honestidad.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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