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Luis Pedraza Leduc: Vladímir Ilich Lenin, feminista del siglo XX

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Repasando las manifestaciones de las organizaciones de mujeres el pasado 8 de marzo encuentro la columna de Oleg Yasinsky en la cual trae a la mesa un tema pertinente. Nos provoca a discutir que la lucha de la mujer por su igualdad no puede estar desligada de la lucha contra el capitalismo

Buenos días. Repasando las manifestaciones de las organizaciones de mujeres el pasado 8 de marzo encuentro la columna de Oleg Yasinsky en la cual trae a la mesa un tema pertinente. Nos provoca a discutir que la lucha de la mujer por su igualdad no puede estar desligada de la lucha contra el capitalismo. Que hay una lucha política, económica y social que tiene que dar la clase trabajadora unida por encima del género. Esto no niega las desigualdades y prejuicios existentes. Pero los mismos existen porque el sistema capitalista los crea y los promueve.

Los datos históricos de la Union Soviética revolucionaria e internacionalista que muchos desconocemos hablan por sí solos. Las actividades que se realizan para conmemorar las fechas históricas y de carácter pertinente que celebramos deben ser organizadas por todos los sectores sociales. Reconozco que debe haber sectores que tomen la iniciativa para diseñar las actividades, temas y programación correspondiente.

Sería absurdo que las organizaciones de mujeres no tengan ese protagonismo hacia el 8 de marzo o que a los sindicatos se le negara esa condición hacia el 1ro de Mayo. Pero lo que debe ser pertinente y fundamental es que tales celebraciones sean inclusivas para todos los sectores sociales que luchamos en contra de la explotación capitalista y a su vez, soñando con otro mundo posible.

Comparto la columna de opinión de Yasinsky con la mejor buena fe de crecer y fortalecer un movimiento revolucionario, clasista y único. Y sobre todo para aquellos que creen en un mundo binario, para que superen tal concepción y entiendan que todos y todas tenemos las mismas capacidades de pensar, sentir y actuar. Es el capital quien nos impide reconocerlas.

Luis Pedraza Leduc

Vladímir Ilich Lenin: feminista del
siglo XX
Oleg Yasinsky
Publicado:7 mar 2023 16:46 GMT
Se acerca el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y me acuerdo de
una caricatura en una revista latinoamericana. Estaba una mujer elegante arreglándose
las uñas y le grita a su empleada doméstica: «¡María!, tráeme el abrigo, me estoy
atrasando para la marcha feminista».
La marea feminista del mundo occidental, a través de la mayoría de sus voceros, nos
habla de «lo revolucionario» de su movimiento y del «nuevo paradigma» que transciende
las diferencias culturales y sociales de «estas generaciones». Incluso algunos se han
apresurado a decir que es la «única revolución verdadera» del último siglo. Pero ante
cualquier duda (sin ser ni siquiera una crítica), algún cuestionamiento o pregunta
imprudente, de inmediato se repelen con acusaciones y las condenas más duras. Lo
más suave que dirán es que estas críticas provienen de los conservadores, defensores
del patriarcado y del machismo cavernícola. Así uno fácilmente cae en la peor paranoia
y empieza a pensar que la desaparición de las redes sociales de aquella caricatura
recién descrita, no es resultado de mi simple incapacidad de encontrarla, sino parte de
un plan conspiratorio (uno más de tantos ya comprobados).
Antes de seguir, quiero aclarar que en gran parte del mundo sigue existiendo una brutal
discriminación hacia las mujeres. También hay muchas otras: la de los pueblos
originarios, la de los jóvenes y la de los ancianos, la de las minorías sexuales, etc. Y
claro que la lucha contra estas discriminaciones y todo tipo de desigualdades e
injusticias es justa, necesaria y merece todo nuestro apoyo.
¿Pero qué pasa cuando las justas luchas son secuestradas, tergiversadas,
recicladas y difundidas por el poder, desactivando su parte más
revolucionaria y haciéndolas útiles para el sistema con el objetivo de
desviarnos hacia el lado que a este le conviene?
La causa actual de las relaciones económicas y culturales basadas en la discriminación y
desigualdad, no es un abstracto «patriarcado» o «machismo», como suele presentarse el
problema, sino el sistema capitalista neoliberal.
La conocida feminista y filósofa estadounidense Nancy Fraser en su artículo del 14 de
octubre de 2013, publicado en The Guardian, bajo el título ‘De cómo cierto feminismo
se convirtió en criada del capitalismo y la manera de rectificarlo’, definió este problema
así: «Para mí, el feminismo no es simplemente un asunto de poner a un

puñado de mujeres individuales en puestos de poder y privilegio dentro de la
actual jerarquía social. Es ir más allá y superar estas jerarquías. Esto requiere
desafiar las fuentes estructurales de la dominación de género en la sociedad capitalista,
sobre todo, la institucionalización de supuestamente dos tipos de trabajo: por un lado,
aquel llamado ‘trabajo productivo’, históricamente asociado con los hombres y
remunerado a través de salarios y por el otro lado, ‘las actividades de cuidar’,
habitualmente no remuneradas y aún ejecutadas principalmente por mujeres… No
puede haber emancipación de la mujer mientras estas estructuras se mantengan
intactas».
Estas lúcidas y valientes palabras nos hacen retroceder en la historia hacia otro
momento de esta misma lucha. Varias personas que hoy se llaman ‘feministas’ se
sorprenderían mucho si se enteraran que sus justas exigencias de hoy, se hicieron
realidad, y con creces, hace un siglo en la lejana Rusia.

Los primeros decretos de la Revolución socialista rusa fueron sobre el matrimonio civil y
el divorcio, aparte de reducir la jornada laboral a 8 horas. Se prohibió el trabajo
nocturno de mujeres y varones menores de 16 años, el trabajo subterráneo de mujeres
y de adolescentes de ambos sexos menores de 18 años y las horas extras laborales
para todas las mujeres y varones menores de 18 años. En diciembre de 1918 se dictó
una ley, garantizando que las trabajadoras tenían derecho a una licencia por
maternidad de 112 días, 8 semanas antes y 8 semanas después del parto, percibiendo
su salario completo, y aparte de eso, una garantía que a toda trabajadora madre de un
hijo lactante se le debía otorgar cada 3 horas un reposo de 30 minutos para amamantar
a su bebé. Además, para todo el periodo de lactancia a cada trabajadora se le otorgaba

un subsidio adicional mensual durante todo el período de lactancia, y también después
de haber dado a luz se le entregaba una subvención especial equivalente al salario de
una quincena, para la ropa y otros gastos del bebé. Hace exactamente 100 años, en
1923, la Unión Soviética fue el primer Estado en la historia que aprobó una legislación
contra el acoso sexual de las mujeres: conllevaba una pena de encarcelamiento de
hasta 5 años para quien, aprovechándose de la dependencia material o profesional de
esta, la obligara o presionara a satisfacer sus deseos sexuales.
El 6 de noviembre de 1919 en su artículo ‘El poder soviético y la posición de la mujer’,
Lenin escribió, «…La posición de la mujer pone en evidencia del modo más palpable la
diferencia entre la democracia burguesa y la democracia socialista, y da una excelente
respuesta al problema planteado… la mujer jamás ha tenido derechos completamente
iguales a los de los hombres, en ningún lugar del mundo, en ninguno de los países más
avanzados. Y ello, a pesar de que han trascurrido más de 125 años desde la gran
Revolución (democraticoburguesa) francesa… La democracia burguesa es la democracia
de las frases pomposas, de las palabras solemnes, de las promesas liberales, de las
consignas grandilocuentes sobre libertad e igualdad, pero en la práctica, todo esto
oculta la falta de libertad y la desigualdad de la mujer, la falta de libertad y la
desigualdad de los trabajadores y explotados… No puede existir, no existe, ni existirá
jamás ‘igualdad’ entre opresores y oprimidos, entre explotadores y explotados. No
puede existir, no existe, ni existirá jamás verdadera ‘libertad’ mientras las mujeres se
hallen trabadas por los privilegios legales de los hombres, mientras los obreros no se
liberen del yugo del capital, mientras los campesinos trabajadores no se liberen del
yugo del capitalista, del terrateniente y del comerciante». Y el 8 de marzo de 1921
escribió en el Pravda: «…Porque, bajo el capitalismo, la mitad femenina del género
humano está doblemente oprimida… La obrera y la campesina son oprimidas por el
capital, y, además, incluso en las repúblicas burguesas más democráticas no tienen
plenitud de derechos, ya que la ley les niega la igualdad con el hombre. Esto, en primer
lugar, y, en segundo lugar, lo más importante, permanecen en la ‘esclavitud casera’,
son ‘esclavas del hogar’, viven agobiadas por la labor más mezquina, más ingrata, más
dura y más embrutecedora: la de la cocina y, en general, la de la economía doméstica
familiar individual».
La revolución bolchevique soviética corta las raíces de la opresión y de la desigualdad
de la mujer tan profundamente como no osó cortarlas jamás un solo partido ni una sola
revolución en el mundo… Esto constituye tan solo el primer paso hacia la emancipación
de la mujer… Pero ninguna república burguesa, aún la más democrática, se atrevió
jamás a dar ni siquiera este primer paso. No se atrevió por temor ante la sacrosanta
«propiedad privada».
En la prensa feminista actual, las pocas menciones de la Revolución bolchevique y de
Lenin, suelen estar enmarcadas en el cliché anticomunista acostumbrado, rodeado de
chismes sobre el machismo ruso, la brutalidad obrera y la ignorancia campesina,
desconociendo completamente la historia de antes y de después de la Revolución de

Octubre, mucho más la idiosincrasia del pueblo ruso. De otra forma, cómo se explica
que en la Unión Soviética de principios del siglo XX, las mujeres tuvieran más derechos
y más educación que en cualquier país del primer mundo de entonces; que la primera
mujer en el espacio haya sido la soviética obrera textil Valentina Tereshkova; que hasta
el día de hoy, en Rusia existan leyes que protegen la maternidad, a la mujer
trabajadora, mucho más que en cualquier sociedad occidental actual; que las relaciones
de respeto mutuo entre hombres y mujeres, sean parte de la cultura soviética
arraigada, mantenidas aún décadas después de la desaparición de la URSS.
Esa caricatura que pinta una parte del feminismo occidental, con la imagen del macho
opresor o de bestia patriarcal, parece ser más de un guion para una película de la
guerra de los sexos, que una comprensión de que los modelos de nuestra conducta son
condicionados por las relaciones de producción y el contexto histórico.
Si miramos nuestro pasado entenderemos que la liberación de la mujer es inseparable
del proceso de liberación de la humanidad, que es imposible sin un cambio profundo del
modelo económico-social que nos divide y manipula.
¡Feliz 8 de marzo, queridas lectoras!

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