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Luis Pedraza Leduc: Primarias 2024, el desgaste de no tener poder

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Eso por los gobiernos prequiebra: desde que la Junta nos gobierna (de verdad) los gobernantes (de mentira) están incluso más separados del poder de lo que estaban cuando el Estado Libre al menos podía aún  reclamar visos de autonomía y asociación

Junta de Control Fiscal

Primarias 2024: el desgaste de no tener poder

por Francisco J. Fortuño Bernier

Como de costumbre, en esta campaña primarista los políticos han deleitado al pueblo clavando en cada poste una colección de carteles que, más que anunciarles efectivamente, demuestra la necesidad imperiosa de promulgar la educación en el arte gráfico e instruir una distribución racional de tinta y papel.

Entre los menos feos, destaca una serie de pancartas sobre la obra de quien pronto será el próximo exgobernador del país, Pedro Pierluisi Urrutia. La idea es simple: sobre la cara sonriente e inspirada del gobernador, cada pasquín indica la obra número equis del mandatario. La ejecución, sin embargo, dista mucho de lo que promete. 

Así uno pasa bajo un poste donde se lee:

«OBRA # 570 

PLACAS SOLARES

CLASE TRABAJADORA”

¿A qué genio de la comunicación política se le habrá ocurrido este non sequitur? ¿A qué teorías de la semiótica política habrá que recurrir para entender este afiche?

Para lo que no hace falta un estudio sistemático de cómo los seres humanos le damos sentido a imágenes o palabras es para entender que la desesperación del gobernador en las postrimerías de esta contienda tiene que haber sido terrible.No hay otra forma de explicar que se haya dado un tiro de gracia a sí mismo con una bala de alto calibre, sacando del exilio a Ricardo Rosselló.

Pierluisi termina su carrera demostrando que a pesar de su larga experiencia, solo tiene olfato para su propia peste. Consigue ser el segundo incumbente en su partido, tan odioso a sus seguidores, que estos mismos decidieron deshacerse de él en vez de soportarlo hasta noviembre. La primera él mismo la derrotó.

En contraste, hay que reconocer que a su contrincante, Jennifer González Colón, competir en política se le ha dado muy bien. Hasta cierto punto, fue la misma corrupción del PNP la que le abrió paso a su carrera: en 2002, González llegó a la Cámara de Representantes con 26 años y unos míseros 1,413 votos obtenidos para ocupar el escaño que abandonaraaquel emblema de  putrefacción llamado Edison Misla Aldarondo. 

González aprovechó su oportunidad al máximo. Para 2008, ya era la candidata legislativa más votada del PNP y para las próximas elecciones solo los cuatro principales candidatos de la papeleta estatal sacaban más votos que ella. En las últimas dos elecciones, Jennifer González ha sido la persona que más votos ha recibido. Y esto así para cualquier puesto: ni siquiera el candidato a la gobernaciónde su propio partido la ha superado.

Esa astucia estratégica quizá explica por qué González no se conformó con su evidente popularidad electoral al lanzar su reto contra Pierluisi. Después de todo, estaba haciendo algo que no se debe: hay cierta audacia en retar a su antiguo compañero de papeleta. Pero de igual manera, los carteles tildándola de “traidora” que enarbolaron y empapelaron los seguidores del gobernador no representan, en sentido estricto, una mentira. Jennifer González rompió filas con la mira puesta en un objetivo mayor.

Y aquí la “magia” de Jennifer González: desde el lanzamiento de su candidatura, logró una síntesis inesperada entre su posición como integrantedel establishment desde hace más de dos décadas y el discurso de la protesta. Es aleccionador regresar a ese momento inicial, a aquel vídeo de la comisionada trepando una puerca para remover un pedregal,y ver cómo su candidatura recoge en su discurso el desafecto generalizado en torno a la situación del país. Su propuesta empata el rechazo a la administración PNP personificada en Pierluisi con la continuidad del PNP en el poder a través de su persona, convenientemente distanciada del meollo pestilente del asunto gracias a su puesto en Washington.

Jennifer González corrió y ganó las primarias como una candidata de oposición: hasta demandó a la comisionada electoral de su propio partido en protesta porque la excluyeron del proceso de conteo de votos adelantados. Pierluisi, en cambio, vivió y murió (políticamente) como un insider. Tanto se enterró en la cuestión que hasta dio con la momia de Ricardo Rosselló seis pies bajo tierra.

Avanzando en dirección contraria, la comisionada residente demostró de forma inverosímil que como único se puede ganar unas elecciones ahora mismo en Puerto Rico es atacando desde afuera. Cual advenediza militante riopedrense, González se apropió muy a la suya de esa consigna que dice: “desde adentro y desde afuera, les vamos a dar candela”.

¿Será esta figura la que podrá darle cohesión a los intentos de reconstitución del bipartidismo? ¿O, al menos, a la lucha por la supervivencia de su propio partido? Los datos de participación de las primarias demuestran que estos partidos bien pueden haber tocado fondo: ya no pueden caer mucho más bajo sin quebrarse del todo. En ese tema, no le perdamos la pista al PPD. Aunque sea para usar a ese partido –donde hasta uno de sus principales líderes prefiere estrellar su carrera peleando por una alcaldía fuera del área metropolitana a enfrentar la realidadcomo barómetro de la descomposición del cuerpo político en sí.

Igual, sea el que sea el destino de lo que queda del bipartidismo, la realidad del poder político en el Puerto Rico actual no le augura nada positivo a Jennifer González; por audazpolítica que sea,por más que sea la candidata a derrotar en noviembre.

Es un lugar común observar que poseer el poder político corrompe. No se suele considerar, sin embargo, los efectos nocivos de lo contrario, su carencia. “El poder desgasta a quien no lo tiene”, sentenciaba Giulio Andreotti, que supo algo de tenerlo como primer ministro italiano a mediados del siglo pasado. En Puerto Rico, la separación forzosa entre las instituciones coloniales y el poder político real, que se concentra cada vez más en fuerzas foráneas, impone un desgaste insufrible.

Recordemos el bipartidismo en su auge. Solía ser que un partido podía confiar en que un triunfo le representara al menos dos cuatrienios al mando de la administración colonial. Luego, la alternancia. ¿Desde cuándo se puede afirmar que el voto principal del electorado puertorriqueño es uno de castigo? Sin duda, todas las victorias electorales de este siglo a nivel nacional tienen algo de eso: desde Sila Calderón y la reacción al rossellismo tardío y corrompido de los 90 hasta García Padilla navegando sobre la ola de protestas que estremeció a Luis Fortuño, sin olvidar la derrota que el propio Fortuño Burset le propinó a un Acevedo Vilá caído en desgracia. Este último, y su administración inmovilizada, quizá demuestre más que ninguna la veracidad del dictamen de Andreotti: ¿quién más representativo del callejón sin salida al que se metió el PPD que un gobernador que llegó a la Fortaleza, literalmente, porque su oponente era insoportable e  intentó sin fruto gobernar un periodo de tranques múltiples en todas las instituciones? (Y, en perspectiva, que patética la situación de Pierluisi: en 2008, aun peleando contra huelgas y casos federales, Acevedo Vilá no se vio abandonado por su propio partido…).

Eso por los gobiernos prequiebra: desde que la Junta nos gobierna (de verdad) los gobernantes (de mentira) están incluso más separados del poder de lo que estaban cuando el Estado Libre al menos podía aún  reclamar visos de autonomía y asociación. Así, quedó erradicada toda pretensión de que en la isleta de San Juan se toman las decisiones y quedó consciente el país de que es en Hato Rey desde donde se administra el país (y, ¿hay que recordarlo?, en Washington donde se detenta la soberanía). Ahora, las instituciones coloniales se revelan por lo que son: caparazones de hacerle relaciones públicas a un sistema de opresión y explotación. Resta una ruina donde antes hubo una ilusión óptica.

Si el desgaste paulatino aseguraba la alternancia en el bipartidismo, con el desmoronamiento de las estructuras del PNP y el PPD ahora ocurre mucho más aceleradamente: ya vemos que los gobernadores se cambian mucho más rápido que cada cuatro años y que ni siquiera hace falta unas elecciones para sacarlos. Véase el fin de Ricky; véase la carrera de Pierluisi: dos veces gobernador, ninguna postulado a la reelección por su partido.

Y ahora el desgaste propicia y alimenta no solo el reto externo, sino la disensión interior. La insurgencia triunfante de Jennifer González, que ataviada hasta de opositora le disputó desde dentro el control del PNP a Pierluisi, ilustra lo profunda que llega la podredumbre inducida por el divorcio entre poder político e instituciones, sean partidistas o de gobierno. No es solo que estar enajenado del poder desgaste, como decía el italiano: es que en Puerto Rico sufrir de carencia de poder le da gangrena al sistema entero. 

Esto implica que lo que le espera a Jennifer González, de ganar en noviembre, no será fácil: no hay ninguna evidencia de que su gobierno se distanciará mínimamente de la política pública de Pierluisi. Ni siquiera su trumpismo trasnochado, frente a la afiliación al asno de aquel, marca mucha diferencia. En sus anuncios de campaña, la republicana hace alarde de los fondos federales que “consigue” como cualquier demócrata. Si hablara en Estados Unidos como en Puerto Rico, sus aliados rojos (de allá) la catalogarían de tan socialista y adicta al fisco federal como el más azul (de allá), liberal y woke. ¿Repudiará a la Junta, a LUMA y la deuda? ¿Promoverá un cambio de ruta que nos aleje de la austeridad, la privatización y el dogma cuasireligioso de que el mercado capitalista lo puede todo? Evidentemente no. Si llega hasta allí, su juramentación en enero será el inicio de un conteo regresivo punitivo: ser gobernadora será tan desgastante como lo fue para sus predecesores.

Aquí, sin embargo, está también la advertencia para la oposición (real, no fingida) que representa la Alianza. ¿Cómo plantea el liderato enfrentar la realidad del desgaste impuesto por la falta de poder crónica del sistema político puertorriqueño? No se puede esperar que las instituciones carcomidas del ELA sirvan de zapata para un proyecto de transformación cuando estas no logran ni siquiera garantizar que los más tímidos defensores del status quo sobrevivan. Hace falta una respuesta a esta pregunta: sabemos que llegar a la Fortaleza, al Capitolio, no es tomar el poder político porque el poder no está metido ahí.

Y más aún, porque el poder no es una cosa que se coge, como si existiera un anillo o cetro que entregarle a Juan Dalmau para investirlo con la capacidad soberana de ejecutar los cambios que demanda el descontento generalizado que permea esta sociedad hasta tal punto que la comisionada residente puede derrotar a un gobernador en funciones usando el discurso de la protesta. El poder no es algo que se agarra, es algo que se hace. No es algo que haga uno, sino un producto colectivo. No es algo que nazca en un momento, abruptamente, sino un proceso.

Hay un ejemplo singular del uso del poder político por parte del pueblo de Puerto Rico en el siglo XXI: la separación forzosa a la que fue sometido Ricardo Rosselló de su puesto de gobernador. Ahí está también la lección de las primarias, ir contra el pueblo es una apuesta perdida. Pierluisi, en su desesperación, sacó a pasear el cuerpo del difunto y demostró que aún apesta: que no venga un político a tratar de hacer donde el pueblo deshizo. 

Lo que ocurrió hace cinco años en el verano que Ricardo Rosselló fue forzado a renunciar fue un ejercicio de poder: un acto colectivo, un esfuerzo sostenido, un proceso triunfante. Fue de carácter destructivo. Destituyó un orden político. Fue de carácter soberano. Demostró que el poder puede generarse en el accionar conjunto de un pueblo. 

Visto desde en medio de la campaña electoral de 2024, ese destello de poder popular que ocurrió hace un lustro obliga a reflexionar sobre la necesidad de ser claros: la Alianza es relevante como instrumento de construcción de un poder político del pueblo que perdure. Su triunfo en la ausencia de ese poder alterno sería tan imposible como trágico. Pero para ganar no tendría que hacer sino añadir una persona más a la marcha de ese poder soberano que se anuncia con tanto claridad como infrecuencia.

***

Francisco J. Fortuño Bernier es profesor de ciencia política en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

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