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Martí a Betances

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Una de las cartas más hermosas de José Martí fue la que le escribió al prócer puertorriqueño Ramón Emeterio Betances pidiéndole que asumiera la dirección de la lucha por la Independencia de Cuba en Europa

Pedro Zervigón

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Una de las cartas más hermosas de José Martí fue la que le escribió al prócer puertorriqueño Ramón Emeterio Betances pidiéndole que asumiera la dirección de la lucha por la Independencia de Cuba en Europa. La documentación de Betances se perdió al fallecer en París en 1898 y no se encontró la carta en que el médico acepta la encomienda de Martí, formulada en esta carta del Apóstol que reproduzco en el natalicio del prócer puertorriqueño:

Dr Betances: Una causa noble, que es por tanto de Ud -y la confianza que a los que se ocupan de cosas de América inspira su carácter brioso y enérgico-me dan para dirigirme a Ud, el derecho que personalmente me falta.

Tenacidades y casualidades me han traído a dirigir interinamente los esfuerzos de los cubanos emigrados para auxiliar y llevar a fin nuestra nueva guerra, en espíritu y objeto continuación de la primera. Excuse Ud que le sea –que le será de seguro- mi nombre desconocido porque he cuidado más de hacerlo útil que de hacerlo notable-y créame lícito esperar que la amorosa voluntad y fe ardiente que me animan suplirán para ante Ud la falta de valer de un nombre joven.

Reunir a los que nos aman, cualquiera que sea la tierra donde residan, y rogarles que nos ayuden, debía ser mi primer acto. Aprovechar las buenas voluntades para la organización rápida y compacta del ejército de auxiliadores que debe ayudar al ejército de batalladores- mi primera labor.

Yo conozco la indomable fiereza que anima y distingue a Ud en nuestras cosas, y el respeto que por ello ha sabido hacer que se le tribute.

Yo sé que no hay para Ud mar entre Cuba y Puerto Rico, y siente en su pecho los golpes de las armas que hieren los nuestros.

Sé también que de la idea cubana encarna Ud el pensamiento generoso y puro, no desfigurado por aquellas domésticas discusiones que traen consigo con el apasionamiento de los unos, la tibieza y el alejamiento de los otros.

París es a un tiempo residencia de un gobierno nuevo y humano, y de un grupo considerable de hijos de Cuba, Puerto Rico y la América del Sur. No hay en París, de donde tanto bien –en influencia moral, y en recursos materiales, podemos prometernos, más tenaz e infatigable trabajador americano que el Dr Betances: ¿querría Ud señor, -en tanto que el gobierno que en estos instantes se establece en Cuba ratifica oficialmente su nombramiento, levantar nuestra bandera honrada -con su mano que no ha dejado nunca de serlo- en una tierra en donde prende todo lo extraordinario y generoso?

¿Querría Ud contribuir con su ayuda valiosa a organizar en París un grupo vigoroso y activo de auxiliadores de nuestra seria y creciente revolución? ¿Qué americano honrado se resistiría a su voz noble? ¿Qué cubano meticuloso a su labor prudente?

Conyugar a aquellos hijos de América, que nada más que la suerte de sus hermanos exponen en la contienda; garantizar el sigilo del auxilio – por más que éste sea medio a toda alma fiera repugnante –de aquellos hijos de Cuba que con el auxilio público expondrían una fortuna que se comprende que quieran conservar, desenvolver serenamente, con esa autoridad incontestada de la prensa francesa, una lucha gigantesca, merecedora de todo apoyo y atención, preparar tal es, si es que esto no le parece osado sueño, la cauta política y real ayuda de los republicanos franceses, interesados por causa humana, en el triunfo de toda lucha justa- y por causa concreta, en cuanto dañe a la vecina y amenazante monarquía, ¿no serían a los ojos del Dr Betances -tarea digna de ocupar un alma vasta y amante, asilo puro de la grandeza y el honor de América?

Enunciar tales cosas parece bastante, hablando a tal hombre: e insistir en ellas, luego de enunciadas, fuera hacerle injuria.

Si quehaceres, u otra razón, le privaran de obrar allí en nombre del Comité revolucionario que hoy represento, sinceramente lo lamentaría, sin que por eso se menoscabe la estima que me inspira su carácter. Y si servicio tal como el que sin derecho alguno le pido, pudiera prestarnos, -mi patria con su gratitud, no yo con mi voz floja, se lo compensaría.

Es de Ud muy amigo afectísimo. José Marti

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