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‘Nunca habrá otro como él’: la carrera mítica de Willie Mays en las Grandes Ligas

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Las estadísticas y los premios solo cuentan una parte de su historia. Lo que lo distinguió fue cómo doblegó los límites del béisbol a su voluntad con su inteligencia, su velocidad, su estilo y su poder.

Willie Mays en 1954.Credit…Patrick A. Burns/The New York Times
Kurt Streeter

Por Kurt Streeter

19 de junio de 2024

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Hacia el final de su carrera, el hombre conocido como “Say Hey Kid” no se parecía en nada a la fuerza extraordinaria que estuvo en el centro del imaginario colectivo estadounidense durante gran parte del siglo XX.

El “Kid”, Willie Mays, tuvo problemas en el plato y tropezó entre las bases. En un momento, se preparó para una línea que venía en su dirección, una bola que habría atrapado fácilmente durante la mayor parte de su carrera. Pero Mays se cayó. Otro error en los jardines provocó que el juego se empatara en la novena entrada.

Aquella tarde de octubre, Mays tenía 42 años y sufría problemas en las rodillas, en el segundo juego de la Serie Mundial de 1973 en la que los Mets de Nueva York, el equipo de Mays, se enfrentaba a los Atléticos, en Oakland. En el escenario más importante del béisbol, los estragos del tiempo se habían apoderado de la estrella más laureada de ese deporte.

Se suele olvidar que Mays se redimiría en el plato tres entradas después. Lo impensable había sucedido. Mays no solo había fallado, sino que parecía perdido, torpe y fuera de sí.

El impacto de verlo de esa manera perduraría mucho más allá de sus días como jugador como una advertencia: no seas como Willie Mays, quedándote demasiado tiempo, tropezando en el jardín central, siendo una sombra de lo que eras. Eso se convirtió en el axioma, expresado de una u otra manera por todo el mundo, desde políticos hasta líderes empresariales y comentaristas que opinan sobre los grandes atletas que anhelan jugar hasta su ocaso.

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Tras retirarse, Mays, quien falleció el martes a los 93 años, hizo todo lo posible por ignorar sus últimos juegos. Sin embargo, hay otro modo de ver sus repercusiones.

La manera profunda en la que el declive de Mays despertó poderosas emociones es evidencia de su grandeza, pero también de la influencia que este hijo del sur durante la época de las leyes Jim Crow —fue el sexto jugador negro en las ligas mayores, después de Jackie Robinson— llegó a tener sobre los estadounidenses de todos los colores y credos.

Había sido perfecto durante demasiado tiempo. El impacto de ver cómo el béisbol vencía a Willie Howard Mays fue el impacto de ver a un dios convertirse en mortal.

¿Cuán grandioso fue Mays?

Seiscientos sesenta. Esa es la cantidad de jonrones que salieron del bate de Mays durante su carrera. Cuando el “Say Hey Kid” se retiró al final de la temporada de 1973, solo Babe Ruth y Hank Aaron tenían más vuelacercas.

Mays terminó 23 temporadas en las Grandes Ligas con un total de 3293 imparables y mantuvo un promedio de bateo de por vida de .301, algo sorprendente para un jugador con tal poder. En 24 ocasiones fue convocado al Juego de Estrellas. Ganó el Guante de Oro 12 veces. Impulsó más de 100 carreras en una temporada, en 10 oportunidades.

Fue nombrado dos veces como el Jugador Más Valioso de la Liga Nacional. Algunos expertos aseguran que, de no haber sido por la necesidad de repartir el premio entre más jugadores, Mays podría haber sido el Jugador Más Valioso siete veces más.

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Los números y los premios solo cuentan una parte de su historia. Lo que lo distinguió como la más adorada de las estrellas fue cómo jugaba: el modo en que doblegó los límites del béisbol a su voluntad con su inteligencia, su velocidad, su estilo y su poder.

A black-and-white shot of Mays sliding feet first into home plate in a cloud of dirt at Shea Stadium in Queens.
Mays anotaba la carrera del empate para la Liga Nacional en la novena entrada del Juego de Estrellas de 1964.Credit…Robert Walker/The New York Times

“No sé si Willie Mays fue abucheado alguna vez, ni siquiera en estadios de equipos rivales”, afirmó Bob Kendrick, presidente del Museo de Béisbol de las Ligas Negras. “Así de querido era. Era muy simpático y afable con personas de todos los orígenes. De todas las razas”.

“Cada vez que pisaba el terreno de juego, sabías que verías algo especial que probablemente nunca antes habías visto”.

Su participación, cuatro temporadas después de que Robinson rompiera la barrera del color en las Grandes Ligas en 1947, sucedió en el momento indicado.

En 1951, solo el 10 por ciento de los hogares estadounidenses tenían televisores. Durante los mejores años de Robinson, solo una pequeña porción de la población pudo verlo jugar, ya sea desde las gradas o por televisión.

Pero la tecnología mejoró y los televisores se volvieron más asequibles. Para 1954, cuando Mays ganó su primer premio al Jugador Más Valioso de la Liga Nacional, aproximadamente la mitad de los hogares estadounidenses tenían televisores, y el béisbol se transmitió a nivel nacional por primera vez.

Ese otoño, Mays y sus Gigantes sorprendieron a Cleveland y ganaron la Serie Mundial. El primer juego de la serie ya forma parte de la historia del béisbol debido a una jugada que se conoció simplemente como “The Catch” (la atrapada).

La jugada comenzó con una carrera a toda velocidad por el jardín central. Mientras Mays perseguía el impresionante batazo de Vic Wertz hasta las profundidades del jardín central, desde el plato solo se podía ver el número 24 de color marrón y naranja quemado en la espalda del jugador.

¿Cómo fue que Mays rastreó la pelota con la claridad necesaria para calcular de manera perfecta la trayectoria por encima de su hombro hasta el guante?

¿Cómo tuvo la lucidez para recordar que detener a los corredores era crucial, o la capacidad de hacer una pirueta y realizar un tiro potente a segunda base?

“Este fue el lanzamiento de un gigante”, escribió el periodista deportivo Arnold Hano en su resumen del juego. “El tiro de un cañón hecho humano”.

Mays y los Gigantes se trasladaron al oeste, a San Francisco, en el comienzo de la temporada de 1958. Para entonces, las transmisiones nacionales de béisbol eran algo común y casi todos los hogares estadounidenses tenían un televisor. Mays parecía estar en todas partes.

A diferencia del franco, y a veces polarizador, Robinson y otras estrellas negras de la época, Mays evitó opinar sobre política y derechos civiles. Mantenerse por encima de la refriega tuvo un beneficio: los aficionados blancos, nunca ofendidos, lo idolatraron con un fervor que pocos atletas negros, si es que alguno, habían sentido alguna vez.

Así fue como sus Gigantes lideraron la asistencia de aficionados entre los equipos visitantes de la Liga Nacional durante ocho años en la década de 1960. Y así fue como Mays apareció en programas de entrevistas de la televisión nacional, en comedias y en las portadas de las revistas nacionales más populares como Time, Life, Look, Collier’s y, naturalmente, Sports Illustrated.

Las estrellas de Hollywood admiraban a Mays y no tuvieron miedo de elogiarlo. “Si jugara béisbol como tú”, dijo efusivamente Frank Sinatra, “sería el tipo más feliz del mundo”.

En la época en que Mays jugó al béisbol llegó a formar parte de un triunvirato de grandes jardineros centrales. Los otros fueron Duke Snider, con los Dodgers, y Mickey Mantle, con los Yankees.

Snider y Mantle eran parte de la vieja guardia: jugadores blancos que representaban las Grandes Ligas de Béisbol tal como siempre habían sido.

Mays era totalmente diferente.

A black-and-white shot of Mays, shirtless and smiling, hanging up his No. 24 jersey in his clubhouse locker.
Mays tras jugar su último partido con los Gigantes en 1952, antes de su servicio militar.Credit…Ernie Sisto/The New York Times

Es común ver cierto tipo de seriedad en los atletas modernos. Pero cuando Mays entraba al campo, parecía como si no existiera ningún otro lugar al que perteneciera, ningún otro lugar en el que le gustaría estar.

“Te quedabas en la banca durante la práctica de bateo solo para verlo. Y es que incluso verlo caminar era especial”, recordó Cleon Jones, quien creció en Alabama idolatrando a Mays y terminó compartiendo los jardines con él cuando los Gigantes enviaron a Mays a los Mets en 1972.

“Es que incluso el uniforme parecía quedarle mejor a él que a todos los demás”, aseguró Jones. “Los jugadores lo estimaban con una reverencia que parecía casi espiritual”.

Nadie quería ver cómo un dios fracasaba en el crepúsculo.

Para ese entonces, el final era inminente.

“Sufrió lesiones graves”, recordó Jones, cuyo casillero estaba al lado del de Mays. “Su rodilla parecía una sandía. Solía decirle: ‘Tómate un día libre’, pero nunca lo hizo. No quería defraudar al equipo. No estaba apto para jugar, pero nunca dijo que no”.

“Pude ver que no tenía que estar en esa alineación, no tenía por qué jugar, pero Willie salía al campo. Sentía que le debía mucho a los aficionados”.

En ese fatídico segundo juego de la Serie Mundial de 1973, en el que los Mets jugaron contra los Atléticos en Oakland, Willie Mays salió de la banca para relevar a Rusty Staub como corredor emergente.

Primero, se cayó rodeando la segunda base.

Luego vino el error en los jardines, cuando corrió para atrapar una pelota y se volvió a caer. Y luego, otro torpe error de fildeo.

“Esto es algo que creo todos los aficionados del deporte en todas las áreas odian ver”, dijo Tony Kubek durante la transmisión del juego en la televisión nacional. “Uno de los grandes, jugando en sus últimos años, teniendo este tipo de problemas, levantándose y cayéndose”.

Para todos nosotros, fue un golpe en el estómago.

A black-and-white photo of a young Mays on the field when he played for the Birmingham Black Barons in the 1940s.
Mays comenzó su carrera con los Birmingham Black Barons de las Ligas Negras en 1948.Credit…T.H. Hayes Collection/Biblioteca Pública de Memphis

Pero lo que a menudo se olvida —y que deberíamos recordar— es que en ese mismo juego de la Serie Mundial, Mays cumplió con su trabajo por última vez.

En la duodécima entrada, con el sol ocultándose, el marcador 6 a 6 y con dos hombres en base y dos outs, el lanzador de los Atléticos, Rollie Fingers, comandaba el montículo. Mays se plantó en el plato.

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El lanzador se enroscó. Extendió su pierna izquierda en alto y desplegó una bola rápida, rígida, recta y por todo el medio.

Mays abanicó y bateó la pelota con fuerza. Rebotó sobre el montículo, pasó la segunda base y llegó hasta los jardines.

Fue el último imparable de una carrera legendaria y única, y terminó dándole la victoria a los Mets, aunque al final perderían la serie en siete juegos.

Sentado en el palco de prensa de Oakland, Red Smith escribía su columna para The New York Times.

“Nunca habrá otro como él”, escribió Smith. “Nunca en este mundo”.

Y nunca lo habrá.

Esta traducción es una versión abreviada del artículo original en inglés

Léelo completo aquí

Remembering Willie Mays as Both Untouchable and Human

Mays, who died on Tuesday at 93, had been perfect for so long that the shock of seeing baseball get the best of him was the shock of seeing a god become mortal.

18 de junio de 2024

Kurt Streeter escribe sobre identidad en Estados Unidos: racial, política, religiosa, de género y mucho más. Vive en la costa oeste del país. Más de Kurt Streeter


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