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Pablo Neruda, del poeta del pueblo al “confieso que he violado”

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Consagrado con el Premio Nobel en 1971, uno de los poetas chilenos más universales hoy es visto con ojos muy diferentes, tanto por su obra como por su proceder.

Pablo Neruda nació en Parral, Chile, el 12 de julio de 1904.. Imagen: EFE

Silvina Friera

Por Silvina Friera Página 12

Pablo Neruda no se llamaba Pablo Neruda. A cincuenta años de su muerte, que uno de los poetas chilenos más universales –premio Nobel de Literatura en 1971 por “una poesía que con la acción de una fuerza elemental da vida al destino y los sueños del continente”- haya elegido un seudónimo resulta apenas una nota al pie de una obra exuberante y dispar. La grandilocuencia poética que deslumbró a varias generaciones de lectores y a sus camaradas comunistas de la primera mitad del siglo XX queda eclipsada por la reconsideración de su figura: de la imagen del “poeta del pueblo” –cuyos versos circularon por plazas, calles, fábricas, aulas y teatros- al poeta cancelado por violador confeso en el perturbador fragmento de Confieso que he vivido, sus memorias editadas póstumamente. Unas líneas que siempre estuvieron a la vista desde 1974, pero que entonces no escandalizaron a casi nadie.

Poeta cancelado

La violación -narrada por Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, el nombre con el que fue anotado el poeta que nació en Parral, el 12 de julio de 1904- sucedió a finales de la década de 1920, cuando era el cónsul de Chile en el territorio de la actual Sri Lanka. La víctima fue “la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán”, quien limpiaba la letrina del autor de Crepusculario y Veinte poemas de amor y una canción desesperada. “Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”, reveló el propio Neruda.

Otra acusación que suma más nubarrones a su vida es el abandono de su única hija, Malva Marina, la niña que tuvo con su primera esposa -la holandesa María Antonieta Hagenaar-, quien sufría de hidrocefalia y murió poco antes de cumplir 8 años. Malva aparece en una carta que el poeta chileno le escribió a Sara Tornú, la esposa del escritor argentino Pablo Rojas Paz, en cuya casa en Buenos Aires Neruda conoció a Federico García Lorca en 1934. “No hay escritores, aunque ya es invierno; todos andan de veraneo. Federico en Granada, desde donde ha mandado unos lindos versos para mi hija. Mi hija, o lo que yo así denomino, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos”. Entonces se enamoró de Delia del Carril, pintora y dibujante argentina que se convertiría en su segunda esposa desde 1936 hasta 1954. Hagenaar, su exesposa, regresó a Holanda y Neruda dejó el consulado de Chile en Barcelona por la Guerra Civil Española. Además de militar en el frente antifascista, publicó un libro emblemático, España en el corazón. Matilde Urrutia sería la tercera esposa del poeta y luego su heredera legal.

En 1943 fue electo senador por las provincias de Tarapacá y Antofagasta, con lo que se metió de lleno en la vida política al ingresar a las filas del Partido Comunista de Chile, donde militaban también dos poetas que se convertirían en rivales críticos de Neruda: Pablo de Rokha y Vicente Huidobro. “Stalin es el mediodía, la madurez del hombre y de los pueblos”, escribió Neruda en un libelo olvidable. Huidobro echó más leña al fuego de los cuestionamientos: “Escribe una poesía fácil, bobalicona, al alcance de cualquier plumífero. Es… la poesía especial para todas las tontas de América. No me agrada lo calugoso, lo gelatinoso. Yo no tengo alma de sobrina de jefe de estación”, ironizaba Huidobro.

Como si el apellido Neruda no pudiera evitar estar en “el ojo de la tormenta” hasta su muerte -a los 69 años, el 23 de septiembre de 1973, doce días después del golpe militar de Augusto Pinochet que derrocó al presidente Salvador Allende– está rodeada de polémica. La versión de un supuesto crimen contra el poeta surgió de su exchofer en 2011, y abrió la puerta a la hipótesis de que agentes o colaboradores de la dictadura de Pinochet le habrían inoculado una bacteria en la clínica de Santiago donde estaba internado. Antes se había establecido como causal de muerte el cáncer de próstata con metástasis que padecía.

Una poesía impura

Alicia Genovese (Buenos Aires, 1953) subraya que a cincuenta años de la muerte de Neruda persiste la figura del autor de Canto general y Odas elementales como la de “un gran poeta” que es un referente en Latinoamérica. “Neruda fue un poeta abierto y permeable a todas las cosas del mundo, es decir, las más impuras y antipoéticas para la época. Tenemos que situarnos en la época, alrededor de los años ’30, cuando escribió el libro que sigue siendo para mí más interesante, Residencia en la Tierra, y también escribió un manifiesto titulado ‘Sobre una poesía sin pureza’, donde él llamaba a buscar una poesía impura como un traje, con arrugas, con manchas de comida. Esa es una enorme apertura en la poesía latinoamericana y también allí radica lo que sería luego la poesía de Nicanor Parra. No existe la poesía de Parra sin Neruda, sin esa entrada que él da a los elementos considerados antipoéticos. Después Parra se la agarró con otras cosas, dijo que no se podía seguir sosteniendo algo así como la figura del poeta como Dios, pero ese es otro tema”, reflexiona la poeta, ensayista y docente, y pone como ejemplo que en Residencia en la tierra y en el manifiesto “Sobre una poesía sin pureza” el poeta chileno tomó esa libertad para escribir que dejaron de manera explícita las vanguardias. “La poesía puede ensuciarse con las cosas mundanas”, resume Genovese lo que podría denominarse “operación Neruda”.

Carlos Aldazábal (Salta, 1974) también le interesa Residencia en la Tierra, “uno de los grandes libros de las vanguardias hispanoamericanas, un buen libro para las personas que empiezan a leer poesía”, sugiere el poeta salteño. “En algún momento, la poesía latinoamericana se dividía entre quienes seguían el camino de Neruda y los que seguían a (César) Vallejo. Eso habla de que los dos fueron ‘poetas vigorosos’, al modo en que utiliza Harold Bloom la expresión. Supongo que de haber tenido que optar me definiría como vallejiano -admite Aldazábal-. Lo que es cierto es que hubo grandes poetas argentinos que hicieron una obra estupenda a la sombra de esos dos nombres. Si pienso en Manuel J. Castilla, la retórica de Neruda está muy presente, y sin embargo, de ningún modo podría decirse que su poesía es epigonal a la de Neruda: hay algo de la retórica de Neruda, pero la voz propia de Manuel J Castilla es irrefutable”.

La primera vez que Mercedes Araujo (Mendoza, 1972) leyó la obra de Neruda se impuso la leyenda. “Me impresionó la exuberancia y la explosión rítmica, esa idea de la poesía como canto y gesta de la revolución, el poeta encarnado en el personaje que toma la voz del pueblo, pero rápidamente la grandilocuencia nerudiana me resultó lejana, así como la pompa en esa idea de ser poeta”, reconoce la poeta y narradora que, con el tiempo, encontró “una gracia justamente opuesta” en algunos de sus poemas, las odas al tomate, a la cebolla, a la alcachofa y tantos otros. “Son poemas imperfectos, que temblequean, y si les bajás la voz dan cuenta de la importancia de las pequeñeces, sí, pero también de que la potencia de la poesía está en su fragilidad”, analiza Araujo.

Los nacidos en los años ‘80 tienen una perspectiva más crítica. “Es difícil hablar bien de Neruda”, afirma Gabriel Cortiñas (Buenos Aires, 1983), poeta, docente y editor. “Lo que perdura hoy más que nada es el nombre, casi como un ‘commodity cultural’. Que un poeta del siglo XX no se lea en la actualidad no sería novedad, no sería llamativo; pero que una obra quizá de las más difundidas -por y desde una colosal política cultural del propio Neruda y del Partido Comunista- hoy no se lea, no gravite, es todo un síntoma. Si quisiéramos hablar bien, ¿dónde vamos a buscar la experimentación, el riesgo en su extensa obra? ¿Dónde el humor por sobre la solemnidad política? ¿Dónde el pensamiento en sus ensayos? Quizá mejor no preguntar demasiado”.

Cortiñas distingue que el valor estético no es lo mismo que ocupar espacios. “En eso la cueca que escribió Parra para que la cante su hermana deja un mapa interesante más allá del ranking que hace de poetas de Chile: mientras que a De Rokha y Huidobro los medía por su valor como poetas (más al segundo que al primero), a Neruda lo midió por ser ‘el más gallo’, el que pisaba más y más fuerte, no el que escribía mejores poemas -compara-. Y lo curioso es que ese mismo espacio central era el que amenazaba ocupar (y ocupó después) el propio Parra”. Hay “un 10 por ciento” de Canto general que valora Cortiñas, unos pocos poemas de Residencia en la Tierra, y el título -“sólo el título”, aclara- de Incitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena, de 1972.

Un imaginario arborescente

Genovese recuerda “el gran afecto” que notó en el pueblo chileno hacia Neruda, “un poeta con mucha raigambre popular por muchas reivindicaciones de las cosas sencillas, de las cosas cotidianas, como podían ser en las Odas elementales la cebolla, una castaña que cae, el caldillo de Congrio”. Pero también precisa que “encarna ese doloroso vía crucis del pueblo que no ha podido juzgar los crímenes atroces de la dictadura pinochetista”. “Nosotros no nos damos cuenta del enorme significado que tuvo el juzgamiento a las juntas militares en 1985”, compara con la Argentina la poeta, ensayista y docente.

Neruda sigue siendo un poeta con un imaginario inacabable, expansivo, arborescente -lo define-. Uno lee la poesía de Neruda y entra en una profusión de imágenes, de metáforas; es una poesía que ha sufrido también, porque ha dado lugar a una retórica que a veces lleva a una cierta artificiosidad. Pero es una poesía con una reivindicación de las materias cotidianas, del amor corporal, la mujer amada no como un ser idealizado que está allá lejos, no en medio de ese pudor de lo inalcanzable, sino el amor como desnudez de los cuerpos”. La poeta confiesa que cuando, a veces, lee poemas que se conforman con “una pequeña imagen quizás un poco débil que no logra despegar de su línea de tierra”, en esos momentos piensa que sería buena “una zambullida en una poesía llena de aristas”, como la poesía de Neruda, “que es como un bosque creciendo”, señala la autora de los ensayos La doble voz y Abrir el mundo desde el ojo del poema,. Y menciona a dos poetas argentinos que también tienen “ese impulso expansivo”: Enrique Molina y Edgar Bayley.

Patriarcado y crueldad

“‘La prueba del tiempo’ hace que leamos a un antisemita como (Francisco de) Quevedo, un traficante de esclavos como (Arthur) Rimbaud o un fascista como Ezra Pound sin escandalizarnos”, plantea Aldazábal. “Habrá que ver si Neruda sobrevive a la prueba de la cancelación que le ha tocado ahora, y que es merecida. Como muchos simpatizantes del régimen de Stalin, no escapaba al fuerte patriarcalismo que derivaba de esa estructura autoritaria, y que estaba muy presente en su época. Eso no quita que haya sido una más de las víctimas del pinochetismo (tan patriarcal y autoritario como el régimen soviético) y que, paradójicamente, haya sido alguien que abogaba por un mundo más justo y solidario, mientras cometía esas atrocidades en el ámbito privado. Sin dudas que al marxismo de Neruda le faltaba feminismo”, advierte el poeta salteño y comenta que en Residencia en la Tierra no aparece ninguno de los motivos por los que se lo está cancelando ahora. En cambio, sí está en sus libros más masivos, como los famosos Veinte poemas de amor, especialmente ese verso que siempre le pareció “trillado”: “me gusta cuando callas porque estás como ausente”. A partir de una lectura atenta, según postula el poeta, se podría encontrar otras expresiones machistas, “así como encontramos el antisemitismo de Quevedo de un modo brutal cuando leemos los sonetos que le dedicó a Góngora”.

Genovese dice que mirar a Neruda desde una perspectiva feminista exige hacerlo con “mucho cuidado”. “Hay una leyenda negra que se mezcla con una personalidad que evidentemente fue oscura, pero que por otro lado carga con todo el machismo de una época en que las actitudes de subalternidad para con las mujeres no recibían mayores cuestionamientos. Yo he escrito alguna vez sobre Neruda como quien ponía en texto una imagen de mujer callada, sumisa, objeto de deseo, sin que tuviera lugar como sujeto, pero no es algo que solo pudiese ser achacado a Neruda; era la representación de la mujer en los textos escritos por varones”, explica la poeta y ensayista. Genovese no deja de destacar “la sensualidad de sus poemas de amor, que fueron como la puerta hacia, en muchos casos, la posibilidad de una libertad sexual que estaba cuestionada”. Y vuelve a insistir sobre el período de entre guerras en el que aparecieron esos poemas de Neruda, “donde él hablaba de la mujer y siempre de los cuerpos desnudos haciendo el amor”. Aunque para Genovese no hay que perder el sentido crítico hacia el poeta chileno, “cancelar a Neruda por todo lo que estuvo saliendo a la luz sería caer en un facilismo un poco estúpido”.

Araujo observa que en aquellos años era “evidente”, aunque parecía inevitable, que hablaba desde un lugar patriarcal, que se hacía explícito “en sus cantos de amor a las mujeres, niñas calladas, pequeñas amadas”. “Hoy lo inevitable es otra certeza: el patriarcado no es sólo un lugar de enunciación, es un sistema que habilita la crueldad”.

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