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Ponencia central de K. Borbotis en el webinario del IOI

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“El histórico papel traicionero de la socialdemocracia contra la lucha revolucionaria de los trabajadores”

Buenos días. El pasado 22 de diciembre el Instituto Obrero Internacional, bajo el auspicio de la Federación Sindical Mundial presentó el tercer seminario internacional. El tema tratado fue el papel de la socialdemocracia y los sindicatos. Kostas Bormpotis, colaborador científico de PAME en Grecia nos hace todo un recuento histórico del desarrollo de la socialdemocracia, su junte ideológico a favor del capitalismo y como divide e impone sus posiciones en el sindicalismo internacional.

Nos presenta la disyuntiva entre colaborar con el sistema o levantar la bandera de la lucha de clases para enfrentar al sistema capitalista y sus diversas expresiones. Un artículo que todos debemos leer y analizar dentro de nuestras organizaciones o círculos de compañeros y compañeras.

A dos días de despedir el 2022, nos enfocaremos en recibir el año 2023 con ánimo de lucha y esperanzas porque podemos construir un mundo mejor.

Luis Pedraza Leduc

EL HISTÓRICO PAPEL TRAICIONERO DE LA SOCIALDEMOCRACIA CONTRA LA LUCHA REVOLUCIONARIA DE LOS TRABAJADORES | PONENCIA CENTRAL DE K. BORBOTIS EN EL WEBINARIO DEL IOI

 23-12-2022

Ponencia central de K. Borbotis en el webinario del IOI

“El histórico papel traicionero de la socialdemocracia contra la lucha revolucionaria de los trabajadores”

El tema de nuestra discusión de hoy, como todos entendemos, no es interesante sólo o principalmente desde un punto de vista histórico -como sugiere el título- sino que se refiere en primer lugar a la lucha actual dentro del movimiento obrero contra las fuerzas de la socialdemocracia y del reformismo.

Esto es de particular importancia ante la coyuntura actual, en que el movimiento obrero y los trabajadores de todo el mundo se encuentran en medio de antagonismos agudizados y conflictos bélicos; el conflicto imperialista en Ucrania se desarrolla en medio de los más fuertes contrastes y contradicciones del capitalismo que carga a la clase obrera de todo el orbe con la pobreza e intensifica la explotación. En Europa y en muchos otros países, los trabajadores están experimentando dificultades sin precedentes: aumento de la inflación, alza del costo de los alimentos, pobreza energética y dificultad para pagar las facturas de calefacción y electricidad. Todo esto está alimentando en muchos países una fuerte ola de descontento, con grandes concentraciones de protesta y movilizaciones huelguísticas en muchos sectores; por nuestra parte, tenemos la tarea de orientarlas hacia una dirección militante-clasista.

En este contexto de alta complejidad, las fuerzas capitalistas en conflicto intentan no sólo desorientar y manipular al movimiento obrero, sino que además tratan de atraparlo en sus propios intereses, de ponerlo “bajo banderas ajenas”, de obligarlo a tomar partido a favor de una u otra coalición capitalista, de hacerlo buscar al imperialista supuestamente “bueno” o “malo”.

La socialdemocracia desempeña un papel especial en este esfuerzo. Además, la historia ha demostrado que la corriente de la socialdemocracia es extremadamente útil a los capitalistas, especialmente en tiempos de agudización de la lucha de clases, ya que -debido a sus raíces históricas como corriente y a las relaciones que tradicionalmente mantiene con los sindicatos y el movimiento sindical- tiene mayores posibilidades de atrapar y engañar a los trabajadores.

Por lo tanto, esta pelea tiene hoy un carácter fundamental para que el movimiento obrero pueda formar una línea de conflicto e independencia clasista ante las complejas condiciones actuales.

Desde este punto de vista, nos referiremos sin duda al papel histórico de la socialdemocracia, pero al mismo tiempo intentaremos también poner de relieve algunas cuestiones candentes de la pelea contemporánea.

1. Introducción

La historia nos ha enseñado que la socialdemocracia, el reformismo y el sindicalismo conciliador han sido un adversario muy peligroso del movimiento obrero a lo largo del tiempo. Han sido un enemigo constante contra la lucha revolucionaria de la clase obrera, la lucha contra la explotación capitalista.

De hecho, estas fuerzas han sido a menudo el “último bastión” del capital y de la burguesía cuando su poder se vio sacudido. Tenemos muchos ejemplos, especialmente de la historia del movimiento obrero europeo.

Por supuesto, la batalla para que la lucha obrera adquiera un contenido revolucionario, para que no se limite a reivindicaciones en el marco de simplemente una mejor negociación de la explotación, es una cuestión que ha preocupado desde los inicios del movimiento obrero.

En otras palabras, nos referimos a la batalla constante de la parte consciente  y vanguardista de la clase obrera para poner de relieve la necesidad de luchar contra las causas profundas, el verdadero adversario de los trabajadores, que es el capital y su poder, con el fin de allanar el camino hacia una sociedad libre de explotación;

Con el fin de elevar la conciencia de clase del trabajador, para elevarse por encima de la tendencia espontánea que de todos modos nace a través de las propias relaciones de explotación capitalistas; una tendencia que hace que el trabajador considere simplemente que basta con regatear el precio de su fuerza de trabajo; que limite su lucha únicamente a si conseguirá venderla a mejor precio (lo que a menudo requiere también una dura lucha). Pero la clave está en cuestionar la relación misma de explotación. Ver detrás del velo de las relaciones capitalistas.

No olvidemos que en la sociedad capitalista, las diferenciaciones internas en la clase obrera tienen una base objetiva. Porque en la jungla del mercado capitalista donde se empuja al trabajador para poder vivir, todos aparecen solos. Y eso es con lo que cuenta la burguesía: engendrar antagonismo y hostilidad entre los trabajadores, o incluso entre diferentes ramas.

Intentan ocultar la unidad de intereses que existe entre los trabajadores; decir que cada uno debe arreglárselas por su cuenta.

Por eso la respuesta y la fuerza de la clase obrera reside en la unidad; en la comprensión de que frente a ellos no tienen al otro trabajador como antagonista, sino al propio empresario capitalista; incluso más que ni siquiera tienen contra ellos al empresario capitalista individual solo, sino a los capitalistas como clase. Este es el principio de la solidaridad de clase.

Por supuesto, en el movimiento obrero no sólo nos enfrentamos a estas dificultades que surgen de las tendencias generales y de un bajo nivel de conciencia de clase. Nos enfrentamos a la intervención organizada y polifacética del capital, que, sacando provecho de estos factores objetivos, trabaja constantemente para romper la unidad de clase, para apoyar y ayudar al sindicalismo patronal, para comprar, para alimentar derrotismo y conciliación.

Y en este papel, el capital encuentra un gran apoyo en la socialdemocracia y el sindicalismo vendido y conciliador.

2. Breve reseña histórica y algunos hitos característicos

Ciertamente no podemos, en el contexto de esta discusión, hacer un análisis histórico completo del curso de la socialdemocracia ni referirnos exhaustivamente a los acontecimientos históricos.

No obstante, nos detendremos en un esquema general y subrayaremos algunos hitos históricos y ejemplos cruciales (respecto a los cuales nos limitaremos principalmente a los países europeos) para destacar algunas conclusiones cruciales.

La lucha contra el reformismo, desde los inicios del movimiento obrero revolucionario

La socialdemocracia tiene una larga trayectoria histórica durante la cual ha sufrido grandes transformaciones y mutaciones. Como corriente política, surgió esencialmente de los partidos socialistas y obreros de la Segunda Internacional en la segunda mitad del siglo XIX.

Fue un periodo de desarrollo del movimiento obrero y de los sindicatos, así como un periodo de creación de partidos obreros en varios países, especialmente en aquellos que tenían un cierto grado de desarrollo capitalista en aquel momento.

Por supuesto, en el movimiento obrero coexistían percepciones revolucionarias y reformistas. Después de todo, la lucha contra la conciliación de clases y el reformismo ha existido en el movimiento obrero casi desde sus inicios.

Durante el período de acción de los grandes revolucionarios Marx y Engels en el joven movimiento obrero de la época, se enfrentaron vigorosamente al reformismo y sentaron las bases para que la acción del proletariado adquiriera características revolucionarias, a través del conjunto de su trabajo político, teórico y organizativo.

Marx y Engels, con sus estudios económicos fundamentales y pioneros, demostraron que sin el trabajador el capitalista no puede obtener ganancias. Demostraron que es la plusvalía, esencialmente el trabajo no remunerado, lo que enriquece al capitalista. Esta es la base de la explotación.

Demostraron que sin el trabajador no puede girar ni un solo engranaje -como decimos en un eslogan en Grecia- o como bien dijo un sindicalista militante francés en su discurso durante las recientes grandes huelgas en las refinerías, sin el trabajador, los accionistas no producen nada, son parásitos.

Por lo tanto, Marx y Engels demostraron, que la clase obrera debe luchar contra la raíz del mal. Contra la explotación capitalista.

Así que contra las opiniones que hablaban de una negociación “justa” con los capitalistas, señalaban que: “El contrato entre el capital y el trabajo no puede, por tanto, establecerse nunca en términos equitativos”, porque se apoya en una desigualdad de clase fundamental: la propiedad capitalista de los medios de producción. Mientras subsista esta injusticia de clase, mientras subsista el sistema de explotación y de esclavitud de clase, los trabajadores no podrán recibir lo que justamente les corresponde.

Subrayaron que la clase obrera es la fuerza social de vanguardia, precisamente por su posición en la producción, porque toda la compleja estructura de la producción social moderna se basa en el trabajo conjunto de millones de personas.

Demostraron que la fuerza de la clase obrera reside en la conciencia de sus intereses y en su unidad de clase. Como señalaron, la clase obrera es sin duda la fuerza social más numerosa, pero la fuerza del número se ve debilitada por la falta de unidad, “creada y perpetuada por su inevitable competencia entre sí”. Por eso es importante alcanzar la conciencia de clase.

En esta causa distinguieron el papel de los sindicatos y del movimiento sindical obrero. Decían que los sindicatos debían convertirse en centros de organización y concientización clasista de la clase obrera.

“Si los sindicatos son necesarios para las luchas de guerrillas entre el capital y el trabajo, son aún más importantes como agencias organizadas para reemplazar el propio sistema de trabajo asalariado y el dominio del capital.  (…) Ahora deben aprender a actuar deliberadamente como centros organizadores de la clase obrera en el amplio interés de su completa emancipación.” [1]

Sin duda, en aquella época, la clase obrera estaba dando sus primeros pasos. Los obreros participaron militantemente en las grandes luchas del siglo XIX, en la lucha por los derechos económicos y civiles. Y en este proceso, Marx destaca que la “emancipación del proletariado” es el gran “secreto” que revela el siglo XIX. [2]

A finales del siglo XIX y principios del XX, el movimiento obrero siguió creciendo y extendiéndose. Se empezaron a fundar partidos socialistas y obreros en varios países. En ese periodo, como decíamos, se pueden rastrear las raíces de la socialdemocracia como corriente. Porque, paralelamente al desarrollo del movimiento obrero y sindical, comenzaron a configurarse las condiciones socio-materiales que favorecieron los esfuerzos por atrapar al movimiento obrero y difundir el reformismo.

Este es el periodo que se ha descrito en la historiografía como el periodo “pacífico” del capitalismo (por poner dos hitos clave, entre la Comuna de París de 1871 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914).

Es el período de transición al capitalismo monopolista, un período en el que se produce un gran desarrollo y extensión de la industria capitalista, la aparición y fortalecimiento de los monopolios, así como la intensidad de la explotación colonial. En los países capitalistas desarrollados, las clases burguesas adquieren posibilidades de maniobras y concesiones al movimiento obrero que se fortalece.

Comienza a formarse un sector de la clase obrera, cuyas condiciones de vida mejoran desproporcionadamente en comparación con el conjunto de la clase; un sector que vincula sus propias condiciones materiales con su clase burguesa respectiva, tendiendo a la conciliación de clases. Es decir, comienza a ver su propia perpetuación ligada a la perpetuación de los capitalistas, y no a la lucha contra ellos. Se trata de la formación del estrato social de la “aristocracia obrera”, que ha constituido la fuerza social de apoyo al capital en el seno de la clase obrera.

El capitalismo parecía todopoderoso, al tiempo que se alimentaban las ilusiones sobre la supuesta “evolución pacífica” del capitalismo y se reforzaban las ilusiones sobre su gestión supuestamente pro-pueblo.

La traición de la socialdemocracia durante la Primera Guerra Mundial y la ruptura en el movimiento obrero

La traición de la socialdemocracia alcanza un nuevo nivel durante el período en que estalla la Primera Guerra Mundial, que es también un punto de inflexión crítico para el movimiento obrero mundial.

Este período fue la culminación emblemática de una trayectoria de continuo deslizamiento al servicio de los intereses del capital.

A partir de ese momento, lo que se llama socialdemocracia es un enemigo abierto del movimiento obrero. Se pone completamente del lado de la reacción y actúa como “portavoz” del capital dentro del movimiento obrero.

Con el estallido de la guerra, las fuerzas socialdemócratas, que se presentaban como representantes del movimiento obrero, se confabularon en la práctica con los gobiernos capitalistas de todos los países para alistar al proletariado a favor de los intereses del capital.

Como dijeron los revolucionarios alemanes que se mantuvieron fieles a los principios de la lucha de clases, los socialdemócratas convirtieron la proclama histórica “Proletarios de todos los países, uníos” en “Proletarios de todos los países, masacraos unos a otros”.

Durante la guerra, los socialdemócratas hicieron una vergonzosa capitulación de clase, pisotearon los principios del internacionalismo proletario y propagaron el odio nacionalista entre los trabajadores.

Después se opusieron a la Gran Revolución de Octubre en Rusia.

Dieron un golpe a la Revolución de 1918 en Alemania. Ciertamente se sabe, pero no hay que olvidarlo, que los ministros que golpearon a los huelguistas eran dirigentes de la socialdemocracia que el capital atrajo al gobierno para echar polvo en los ojos de la gente; para poder manipular a las masas sublevadas.

El conocido socialdemócrata G. Noske, asumiendo el cargo de ministro para acabar con la Revolución Alemana, declaró con orgullo que “no me importa, alguien tiene que mancharse las manos de sangre”.

Gustav Noske (Ministro de Defensa socialdemócrata alemán) dirigiéndose a los grupos paramilitares Freikorps (1919)​

En adelante, la socialdemocracia y el movimiento obrero revolucionario están separados por la sangre.

Resulta que tanto por la asimilación como, cuando sea necesario, por la represión, las fuerzas socialdemócratas pueden, con gran flexibilidad y eficacia, golpear al movimiento obrero.

Ese periodo, así como los años que siguieron después de la guerra, fue la primera vez que las fuerzas socialdemócratas se comprometieron a servir a los intereses del capital desde posiciones de gobierno. Se formaron gobiernos socialdemócratas en países como Alemania, Suecia y Gran Bretaña con el Partido Laborista.

Es un periodo en el que el capital tuvo que enfrentarse a dos problemas.

Por un lado, necesita asimilar al movimiento obrero en medio de un período de auge revolucionario que siguió al final de la guerra. No olvidemos que la devastación causada por la Primera Guerra Mundial y la victoria de la Revolución Rusa en 1917 contribuyeron a propagar el fuego revolucionario en Alemania, Finlandia, Hungría, Italia y otros lugares, pero las revoluciones fueron derrotadas; al mismo tiempo, en algunos países se mantienen pruebas de ascenso revolucionario hasta 1922-23.

Al mismo tiempo, el capitalismo internacional se enfrentó a la profunda crisis capitalista de 1929, que creó la necesidad de adoptar políticas de regulación e intervención estatal en la economía. La aplicación de tales políticas no estaba reservada únicamente a los gobiernos socialdemócratas. Políticas similares de gestión keynesiana, intervencionismo estatal y planificación se siguieron en EEUU con el New Deal de Roosevelt, en la Alemania nazi y en varios otros países. Esencialmente, la profundidad de la crisis capitalista de 1929-1933, junto con otros factores como la agudización de los antagonismos interimperialistas y el fortalecimiento de la Rusia soviética, reforzaron significativamente las tendencias a una intervención más activa del Estado burgués en la economía capitalista.

Ese periodo también reveló las relaciones “de múltiples tentáculos” entre la socialdemocracia y las fuerzas fascistas.

Recordamos que los grupos paramilitares Freikorps en Alemania -que fueron incubadoras de grupos nazi fascistas- fueron apoyados abiertamente por líderes socialdemócratas como Friedrich Ebert y G. Noske, con el fin de ser utilizados en los ataques contra los trabajadores revolucionarios y su movimiento. Ellos fueron los que asesinaron a los grandes revolucionarios alemanes, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

A lo largo de este período, las fuerzas socialdemócratas, como todas las fuerzas políticas burguesas, tuvieron canales abiertos de comunicación con los fascistas bajo el temor del movimiento obrero revolucionario y del poder obrero en la Rusia revolucionaria. El acuerdo de Múnich en 1938 entre Hitler, Mussolini y los líderes de Francia e Inglaterra, que apuntaba a la llamada “política de apaciguamiento”, mostró claramente que el objetivo común era la colaboración de capitalistas, fascistas y las llamadas “fuerzas democráticas” contra la URSS.

Para dar un pequeño salto en el tiempo, hoy en día las fuerzas socialdemócratas y las fuerzas burguesas en general no dudan en apoyar abiertamente a las fuerzas fascistas cuando promueven los intereses capitalistas que ellas también apoyan. Un ejemplo típico es el apoyo del batallón fascista Azov en Ucrania.

Remontándonos al período histórico de entreguerras, se vio claramente que la burguesía utilizó alternativa y complementariamente tanto las fuerzas socialdemócratas como las fascistas, como fuerzas del capital, para golpear al movimiento obrero; también aprovecharon toda gama de métodos disponibles: asimilación, manipulación, fuerza bruta y represión.

En un boletín confidencial interno de 1932 (Deutsche Führerbriefe), en el que se examinaban las perspectivas de estabilidad capitalista, la Federación de la Industria Alemana destacaba el papel desempeñado por la socialdemocracia en el periodo posterior a la guerra y hasta la crisis de 1929.

Como consideran los industriales alemanes: “Este último o “último portador” del dominio burgués fue, en el primer período de consolidación de la posguerra, la socialdemocracia”; al mismo tiempo, mientras cambian las condiciones, ven la necesidad de una rotación: “Como el viejo mecanismo de esclusa (Nota del Editor: la socialdemocracia) ya no puede ser restaurado suficientemente, el único medio posible de salvar el dominio burgués de este abismo es efectuar la escisión de la clase obrera y su atadura al aparato del Estado por otros medios más directos. Aquí residen las posibilidades positivas y las tareas del nacionalsocialismo.” [3]

La posguerra y la “edad de oro” de la socialdemocracia en Europa.

La Segunda Guerra Mundial dio forma a una nueva realidad internacional. Los pueblos del mundo pagaron un alto precio por la victoria contra el fascismo-nazismo, pero de esta lucha el movimiento obrero en muchos países salió fortalecido; Su prestigio y su masividad se han visto reforzados, porque los propios trabajadores han jugado un papel protagónico en la lucha antifascista.

Por otro lado, EEUU, que sufrió pérdidas menores en la guerra, emergió como el motor del capitalismo mundial, asegurando su primacía en el mundo capitalista.

El período de posguerra, conocido como los “treinta años dorados”, es decir, el período comprendido entre 1945 y 1975, estuvo marcado por la recuperación de la economía capitalista después de la guerra. Es la época que en Francia se describió vívidamente como “Les Trente Glorieuses”, los treinta “años gloriosos”.

Este periodo es también una “edad de oro” para la socialdemocracia europea, que en la mayoría de los países europeos se estabiliza como pilar del ejercicio del poder burgués; en muchos de estos países forma gobiernos, en algunos incluso longevos, mientras que en el campo del crecimiento económico tenía un mayor margen de maniobra y manipulación del movimiento obrero.

En los Estados europeos, la reconstrucción capitalista fue apoyada decisivamente por la ayuda directa de fondos norteamericanos (Plan Marshall), dando impulso a las economías capitalistas, que tras la crisis de guerra y la recuperación de posguerra entraron en una fase ascendente. La guerra, al destruir una gran cantidad de capital sobreacumulado, sentó objetivamente las bases para una nueva ronda de rentabilidad y revitalización capitalista.

Para reconstruir las economías capitalistas destruidas, fue necesario ampliar y generalizar la implementación de una política de regulación de los monopolios estatales, que se había desarrollado en gran medida en los años previos a la crisis de 1929. En los Estados capitalistas europeos, se hizo común la formación y planificación de una política de inversiones estatales a medio y largo plazo para la construcción y modernización de infraestructuras, para la renovación del equipamiento industrial y tecnológico, para las inversiones en sectores críticos como la energía y la modernización de las redes viarias y ferroviarias; en definitiva, de las infraestructuras necesarias para el desarrollo del capital. Al mismo tiempo, el Estado burgués asumió el sostenimiento de ramas de la economía capitalista, incluso a través de la propiedad estatal en determinados sectores; además, amplió sus funciones en la reproducción de la fuerza de trabajo, la educación, la salud y el bienestar, la seguridad social, sentando las bases de tales funciones que se generalizaron en los Estados capitalistas modernos. Es el periodo en el que el keynesianismo, la llamada “regulación estatal de la economía” comienza a alcanzar su apogeo y se sientan las bases para la creación del llamado “estado del bienestar” que fue la “bandera” de la socialdemocracia.

Sin embargo, como hemos demostrado, todo esto no se llevó a cabo pensando en los intereses del pueblo, sino en las necesidades de reproducción y rentabilidad del capital, en las necesidades de reorganización del capital después de la guerra.

Durante este periodo, la socialdemocracia europea registra impresionantes resultados electorales y se consolida como fuerza gobernante en varios países. Mantiene estrechos vínculos con los sindicatos reformistas y trabaja para reforzar la burocracia sindical y la línea de colaboración de clases.

Los mejores desempeños electorales de los partidos socialdemócratas 1950-1960[4]
Austria195944,8%
Bélgica195438,6%
Alemania, República Federal195731,8%
Dinamarca195441,3%
Gran Bretaña195148,8%
Noruega195748,3%
Países Bajos195632,7%
Suecia196047,8%

Además, como hemos visto en el caso del periodo de entreguerras, las necesidades de la economía capitalista dictan la política de apoyo e intervención del Estado; una política seguida tanto por los partidos liberal-conservadores como por los socialdemócratas. Así pues, se llega a la conclusión de que la adopción de tales políticas está relacionada principalmente con la fase y las necesidades de la economía capitalista y no con los administradores en un momento dado. Cuando los conservadores británicos sucedieron a los laboristas en el gobierno, continuaron el programa de nacionalizaciones que éstos habían aplicado en el período 1945-1951. En Francia, los programas de inversión estatal se desarrollaron durante los gobiernos de De Gaulle, apoyando el crecimiento de los monopolios en diversos sectores industriales: en la electricidad, la aeronáutica, las telecomunicaciones, la industria del automóvil. Hay ejemplos similares en todos los países.

En conclusión, la política social estatal extensiva de posguerra, obra de partidos y gobiernos tanto liberales como socialdemócratas, fue el resultado de tres factores:

a) la necesidad de un mayor apoyo estatal y reproducción del capital social, asumiendo el Estado directamente parte de la reproducción de la fuerza de trabajo (educación, salud, bienestar).

b) El efecto ejercido sobre el movimiento obrero de los países capitalistas por los logros sociales en la URSS.

c) La necesidad de asimilar el movimiento popular y obrero en el sistema capitalista.

En ese período, los partidos socialdemócratas desempeñan un papel clave en todas las opciones estratégicas del capitalismo internacional, como la formación de la OTAN, la formación de la CEE, el apoyo al imperialismo de Estados Unidos y la OTAN en todo el mundo.

Después de mediados de los años 70, la economía capitalista entra en una nueva fase. Se promueve la limitación de la propiedad capitalista estatal y la reprivatización de algunos sectores, la limitación de los servicios sociales estatales, el ataque a las relaciones laborales.

Con los dramáticos efectos que tuvo el derrocamiento de la correlación internacional a finales de los 80 y principios de los 90 para el proletariado internacional y los logros de la clase obrera, el capital pasa a un nuevo ataque: a las llamadas reestructuraciones capitalistas, a una nueva ronda de ataque contra los derechos laborales.

Las adaptaciones de la socialdemocracia en los años 90 están marcadas principalmente por la notoria adopción de la llamada “Tercera Vía”, presentada como el programa del Partido Laborista de T. Blair en el Reino Unido, que recupera el gobierno en 1997, tras 18 años en la oposición. Fue precedida en 1996 por la formación del gobierno de “centro-izquierda” de R. Prodi en Italia. Los socialdemócratas alemanes asumieron el gobierno con G. Schröder en 1998, tras 16 años.

Los partidos socialdemócratas implementaron gran parte de la llamada reestructuración capitalista a lo largo de la década de 1990 y más allá, a menudo con mayor determinación que incluso los partidos burgueses liberales y “conservadores”. Recortes salariales, flexibilización de las relaciones laborales y trabajo a tiempo parcial, golpes a los planes de pensiones y al derecho a la seguridad y el bienestar social. En Alemania, la estrategia de la burguesía se concentró en las medidas antipopulares promovidas con la conocida “Agenda 2010” por los socialdemócratas de G. Schröder.

Esencialmente, el resultado es que las diferencias entre los partidos socialdemócratas y liberal-conservadores se están difuminando cada vez más.

Durante todo este período, las fuerzas socialdemócratas intervenían sistemáticamente para desarmar y erosionar el movimiento obrero. Apoyaron de forma planificada y polifacética una capa de sindicalismo conciliador, intentando controlar los órganos del movimiento obrero-sindical.

Veamos un ejemplo de Grecia. Cuando el PASOK socialdemócrata llegó al poder a principios de la década de 1980, se aseguró de dar forma y reforzar las fuerzas del reformismo dentro del movimiento obrero-sindical.

La fracción socialdemócrata del gobierno en el movimiento sindical se fortalece, al tiempo que consigue una cuota de votos particularmente alta en sectores específicos como los trabajadores bancarios, en el Sector Público, en las industrias estatales de la llamada “Utilidad Común”. Consiguen controlar en gran medida la Confederación General de Trabajadores Griegos (GSEE).

Además, esta fracción sindical desempeña un papel preponderante a la hora de frenar las huelgas y manifestaciones combativas, como ilustra la gran huelga bancaria de 1982, que duró 42 días, en la que las fuerzas socialdemócratas, afirmando que se habían cumplido las reivindicaciones de la huelga, promovieron la línea “inédita” de los “rompehuelgas militantes”.

En la década de 1990, mientras el movimiento obrero está en profundo retroceso, PASOK continúa y mejora su intervención para la erosión y degeneración del movimiento sindical, formando una fuerte burocracia sindical en la GSEE. Es característico que ex-sindicalistas que fueron presidentes de la GSEE a menudo sean elegidos como ministros o viceministros de Trabajo.

3. Tres grandes ejes de conflicto que surgen a través de la experiencia histórica y contemporánea

a) Dos líneas en el movimiento obrero: ¿Lucha de clases o colaboración de clases?

A través de este -necesariamente- brevísimo repaso histórico, hemos examinado el papel corrosivo y traicionero de la socialdemocracia, del reformismo y del sindicalismo conciliador en diversas fases.

Hemos visto esencialmente que en todas las fases históricas se han enfrentado constantemente dos corrientes en el seno del movimiento obrero. La corriente de la lucha de clases contra la corriente de la sumisión y colaboración de clases. Dos corrientes que están en constante conflicto.

Como ya hemos mencionado, la corriente de la conciliación adquirió características específicas de traición especialmente ya desde finales del siglo XIX, y se desarrolló sobre un terreno específico de condiciones históricas forjadas por la realidad capitalista de la época.

Ciertamente, no es éste el lugar para un análisis extenso, pero sería útil recordar las condiciones en las que operaba el movimiento obrero en una serie de países europeos.

Hablamos de una época histórica en la que las potencias imperialistas europeas cosechaban ganancias míticas de sus posesiones coloniales y del sometimiento de pueblos extranjeros a lo largo y ancho de todo el planeta, lo que les aseguraba una posición privilegiada en la competencia mundial.

Basta con echar un vistazo a los mapas de la época y se verá la (geográficamente) minúscula Gran Bretaña, extendiendo sus posesiones coloniales por los 5 continentes, formando el Imperio “en el que el sol nunca se pone”, contando con más de 400.000.000 de ciudadanos, casi el 25% de la población mundial en ese momento.

El Imperio Británico con su vasto dominio y poder colonial: explotación de millones de trabajadores en todo el mundo

El Imperio Británico -ya que estamos hablando de este ejemplo- estaba exprimiendo de forma depredadora a los pueblos de las colonias así como a su propia clase obrera. Pero fue capaz, debido a las enormes mega-ganancias que obtuvo de sus posesiones en todo el planeta, de arrojar unas migajas a los trabajadores británicos contra la pobreza extrema en la que vivía hasta entonces gran parte de la clase obrera británica, para manipular el movimiento obrero y fomentar delirios reformistas.

En realidad, permitió a la clase obrera inglesa disfrutar de una parte ligeramente mayor del vasto monopolio de la riqueza acumulada por su trabajo -y en manos de la burguesía- de alrededor del 50 % del algodón mundial, el 70 % del acero mundial, el 50 % de la producción del hierro bruto y el 60% del carbón, en un momento en que la producción y demanda de estos bienes crecía geométricamente.

Ejemplos similares se encuentran también en otros países europeos. El Imperio Alemán, por ejemplo, también buscó entrar en el negocio de compartir el botín de las colonias. De hecho, incluso trató de involucrar activamente a los trabajadores en él.

Un ejemplo típico es un ejemplo de la lucha dentro del movimiento obrero alemán en ese momento, sobre el papel destructivo del sindicalismo sumiso.

En 1884, el gobierno reaccionario de la Alemania imperial anunció un programa estatal para construir nuevos barcos para reforzar sus flotas mercantes y de guerra en un momento en que se desarrollaba un gran conflicto por el control de las colonias y la subyugación de pueblos extranjeros.

Los socialdemócratas y reformistas conciliadores dieron la bienvenida a la política imperialista, diciendo que mientras se creen nuevos puestos de trabajo, los trabajadores no tienen ningún problema con la política colonial del gobierno. De hecho, un parlamentario socialdemócrata dijo descaradamente que ve “1000 razones” para apoyar el colonialismo y que los trabajadores deberían concentrarse en los beneficios económicos y los mejores salarios que puedan obtener. Incluso llegaron a reciclar toda la ridícula propaganda imperialista y hablaron de los “beneficios humanitarios y culturales” del colonialismo, y que los nuevos barcos serían “portadores de la civilización mundial” (Kulturtraeger). Esencialmente, la socialdemocracia con estos argumentos se convirtió en la mejor propagandista de la política imperialista colonial en el seno de los trabajadores.

Es comprensible que las fuerzas clasistas consecuentes pusieran de manifiesto la política general del imperialismo alemán y lucharan contra las opiniones reformistas. Demostraron que los obreros deben luchar contra los planes imperialistas y que la clase obrera sólo puede esperar desgracias de ellos. Y tenían razón, porque fueron los obreros alemanes quienes se vieron arrastrados en masa a la Primera Guerra Mundial que estalló unos años más tarde debido a estos antagonismos imperialistas agudizados.

Sin embargo, hoy en día se encuentran opiniones similares. Lo hemos visto aquí, en los astilleros griegos donde invierte el capital estadounidense. Y vemos al reformismo y al sindicalismo conciliador diciendo “¿qué nos importa si construimos barcos para la OTAN y si participan en intervenciones imperialistas, si eso nos da trabajo y buenos salarios?”. Es un ejemplo que ilustra el complejo y exigente trabajo necesario para sacar a la luz el “gran panorama”.

A este respecto, recordemos un ejemplo útil de la historia de la FSM.

La propia fundación de la FSM fue un punto de inflexión para el movimiento obrero mundial, ya que la formación de la FSM se basó en los principios de la lucha de clases y el internacionalismo proletario.

En el congreso constituyente de la FSM (que, bajo la presión de la correlación formada por la heroica lucha y victoria contra el fascismo de la clase obrera y los pueblos del mundo entero, contó inicialmente con la participación de fuerzas del sindicalismo conciliador) el representante del TUC británico se negó a reconocer el principio de independencia de los pueblos de las colonias, diciendo que esto no puede afectar al movimiento sindical. Al mismo tiempo, de manera aún más reveladora, un representante de los sindicatos holandeses se pronunció en contra de la lucha por la independencia del pueblo indonesio, que entonces estaba bajo el yugo colonial holandés.

La fundación y posterior escisión de la FSM es uno de los grandes ejemplos del enfrentamiento de larga data de estas dos líneas en el seno del movimiento obrero.

Esto estuvo marcado por la desafiliación de los sindicatos comprometidos de la FSM en 1949 y la fundación de la CIOSL, que representaba a las fuerzas de la colaboración de clases.

Además, esto ha sido evidente a lo largo de la historia de las dos organizaciones, que han seguido direcciones diametralmente opuestas. Desde el primer momento, la FSM luchó bajo la bandera de la lucha de clases y del internacionalismo proletario. Ha estado al frente de todas las luchas de la clase obrera.

La CIOSL apoyó todos los principales objetivos políticos de las potencias imperialistas, intentando atrapar al movimiento obrero. Desde sus primeros pasos, apoyó la Doctrina Truman y el Plan Marshall, apoyó intervenciones imperialistas como la Guerra de Corea, promovió la colaboración de clases y el partenariado social.

La elocuencia con que estas fuerzas propagaron la colaboración de clases queda patente en una declaración característica de George Meany, presidente de la AFL-CIO estadounidense. Cuando en 1955 elaboraron un “pacto de no agresión” general con las grandes empresas, Meany declaró: “Nunca en mi vida hice una huelga, nunca en mi vida dirigí una huelga, nunca en mi vida ordené a nadie que hiciera una huelga…. No tenía experiencia con ese tipo de poder”.[5]

Un pacto similar fue promovido por el Partido Laborista en Gran Bretaña con el conocido documento “En lugar del conflicto” (“In Place of Strife”) promovido en 1969, que supuso un primer intento estructurado de limitar la actividad del movimiento sindical por medios legales.

También fue el gobierno laborista de 1974-1979 el que, con el consentimiento de la mayoría de los dirigentes sindicales, introdujo un sistema centralizado de control salarial -el llamado “Contrato Social”- que, en nombre del control de la inflación, debilitó la negociación colectiva, uno de los fundamentos de la actividad sindical. Esto sentó las bases para los ataques más sistemáticos contra los sindicatos que siguieron en los años posteriores por parte del gobierno de Thatcher.

Partido Laborista en Gran Bretaña 1969: documento “In Place of Strife”, un  primer intento de limitar el movimiento sindical por medios legales
Gobierno laborista 1974-1979: sistema centralizado de control de salarios, el llamado “contrato social” contra la negociación colectiva. Esto allanó el camino para la embestida del gobierno de Thatcher

La línea de la conciliación de clases fue expresada aún más claramente tras los derrocamientos contrarrevolucionarios de principios de los 90 por el entonces Secretario General del TUC británico y cuadro de la CES, John Monks.  En la presentación del Instituto de Partenariado del TUC (Trade Union Congresses Partnership Institute) -creado para promover un acercamiento entre los sindicatos y las empresas- afirmó con rotundidad que “los sindicatos pueden dar un impulso a las empresas. El partenariado ayuda a los ejecutivos a llevarse consigo a los trabajadores. Esto no es un obstáculo para las empresas, sino el secreto del éxito. Siempre he dicho que los sindicatos deben ser parte de la solución, no del problema”.

En el período 1989-1991, con los grandes derrocamientos contrarrevolucionarios en la URSS y los demás países socialistas de Europa, muchas y grandes cúpulas sindicales de todo el mundo abrazaron la opinión, promovida muy activamente por diversas fuerzas socialdemócratas, de que la FSM debía disolverse y todos debían reunirse bajo el paraguas de la CSI.

En aquellos años el enfrentamiento entre las dos líneas dentro del movimiento sindical internacional fue muy intenso. El aventurerismo y el oportunismo se encontraron con las ilusiones socialdemócratas. Muchas organizaciones sindicales importantes se han retirado sumariamente de la FSM, engañando a sus afiliados para que apoyen la vieja falacia reformista de que los instrumentos sindicales de la burguesía internacional serán supuestamente cambiados “desde dentro”. Que supuestamente los convertirán en “trincheras de clase” y herramientas de lucha.

Hay muchos ejemplos de esta experiencia. Y la mayoría de ustedes que son mayores los conocen mejor que yo. La CGT francesa, la CGIL italiana y muchas otras han entrado al “corral socialdemócrata”. Desde entonces, desde 1995 hasta hoy, han pasado 27 años. No es poco tiempo para sacar conclusiones. ¿Qué ha demostrado la práctica? ¿Quién fue el que cambió? ¿Quién asimiló finalmente a quién? Esto nos recuerda lo que decía la gran revolucionaria Rosa Luxemburgo sobre la participación de los socialistas en los gobiernos burgueses. No hay una “toma” parcial del Estado por los socialistas, como decían en su momento los partidos socialdemócratas, sino una toma de los partidos socialistas por el Estado burgués.

Me limito a recordar que la CGT de Francia, con su gloriosa y heroica historia, ha llegado hoy a apoyar y aceptar en la CSI y la CES direcciones como las de la CFDT. Ha llegado a apoyar direcciones que actúan esencialmente como instrumentos de los imperialistas en las guerras de Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia, Siria, Mali y ahora en Ucrania.

Cada uno de ustedes tiene ejemplos de su propio país. Los hechos y las acciones dan testimonio de la verdad. Y es útil aprender de esta experiencia, porque estos ejemplos confirman el papel sucio de la socialdemocracia en el seno de la clase obrera.

Esta es la línea firme de la corriente de la conciliación: traición de clase a los intereses de los trabajadores, defensa de los intereses del capital, escisión de la unidad de la clase obrera.

Y todo el mundo tiene muchos ejemplos de este tipo de su propio país, de su propia industria, de experiencias recientes y pasadas.

Un último ejemplo muy ilustrativo de la labor de socavamiento de la socialdemocracia y el reformismo:

No hace mucho, nuestros compañeros militantes de Francia libraron una gran batalla huelguística en las refinerías que fue seguida de cerca por el movimiento obrero internacional; una batalla que dio ejemplo y coraje a muchos trabajadores de todo el mundo.

¿Qué dijeron los representantes de la CES ante esta huelga heroica? Lucharon contra la huelga, afirmando que no había “motivos suficientes”, subrayando que la solución pasaba “por el diálogo social, que ha demostrado ser el único método eficaz”.[6]

b) La postura del movimiento obrero ante la guerra imperialista. ¿Internacionalismo proletario contra los intereses imperialistas o apoyo a la burguesía?

La guerra imperialista y su estallido son una de las principales manifestaciones de las consecuencias destructivas del antagonismo capitalista. Las contradicciones entre capitalistas, cuando no pueden resolverse por “medios pacíficos”, se resuelven mediante el conflicto armado. La idea fundamental del gran teórico de la guerra, Carl von Clausewitz, de que “la guerra es la continuación de la política” es de gran importancia.

“La guerra es la continuación de la política por otros medios”

Para el movimiento obrero, esto significa que, al igual que en la paz, en la guerra la burguesía busca perpetuar y aumentar su rentabilidad. Al igual que en tiempos de paz millones de trabajadores son salvajemente explotados en beneficio de la patronal, en tiempos de guerra millones de trabajadores son arrojados a los campos de batalla por intereses ajenos y no propios.

Una vez más, la experiencia histórica nos ayudará a ver el papel traicionero de la socialdemocracia en el movimiento obrero. En el pasado y en el presente.

En el periodo de la Primera Guerra Mundial, la inmensa mayoría de los partidos socialdemócratas de la Segunda Internacional adoptaron la posición del socialchovinismo, apoyando esencialmente los intereses de la burguesía de cada país. La guerra se libró por el reparto de colonias y esferas de influencia entre las potencias imperialistas. Cada gobierno, por supuesto, dijo a su pueblo que la guerra era por intereses “nacionales”, es decir, sus propios intereses burgueses, bautizando como “intereses nacionales” la rentabilidad del capital.

Solo una pequeña vanguardia, los bolcheviques rusos, los espartaquistas alemanes y algunas otras pocas fuerzas en el movimiento obrero internacional mantuvieron en alto la bandera de la lucha de clases y el internacionalismo proletario al denunciar la guerra como imperialista en ambos lados. Y mantuvieron en pie al proletariado internacional. Debido a esta línea consecuente, el proletariado ruso logró ser conducido a su victoria histórica en octubre de 1917.

En Alemania, la traición del SPD supuso un duro golpe para el movimiento internacional, ya que era el partido más antiguo y fuerte de la Segunda Internacional. En agosto de 1914, el parlamento alemán votó a favor de los créditos de guerra y dio un apoyo indiviso al imperialismo alemán en nombre de la llamada “defensa de la patria”.

Con el estallido de la guerra, el SPD se suscribió a la doctrina del llamado Burgfrieden, la paz de clases que dominaba la vida política alemana, según la cual los partidos políticos se abstendrían de enfrentarse al gobierno mientras transcurriera la guerra, en nombre de asegurar la unidad nacional. En otras palabras, adoptó una línea de retiro voluntario de la lucha de clases, una línea de traición y compromiso. También lo hicieron las direcciones sindicales conciliadoras. En efecto, los cuadros sindicales obreros estaban asumiendo un nuevo papel en el contexto de la economía de guerra. Dado que habían renunciado voluntariamente al derecho de huelga y las reivindicaciones, estaban asumiendo efectivamente un papel más importante para garantizar el buen funcionamiento de los negocios a fin de contribuir a la causa de la guerra.

El frenesí nacionalista de la guerra se apoderó de los socialdemócratas alemanes hasta un grado repulsivo. A modo de ilustración, un cuadro describió cómo, al declararse la guerra, lo invadió un “ardiente deseo de lanzarse a la poderosa corriente de la marea general nacional”, concluyendo: “se podía, por primera vez en casi un cuarto de siglo, unirse con el corazón lleno, la conciencia limpia y sin sentimiento de traición a la canción arrebatadora y tempestuosa: ‘Deutschland, Deutschland über alles’”[7]

Esto es lo que los socialdemócratas decían a los trabajadores alemanes entre los que tenían gran influencia. Les decían que debían ir a combatir por los intereses de los capitalistas alemanes. 

Por otra parte, los socialdemócratas británicos y los sindicalistas reformistas decían a los soldados británicos que sería de su interés hacer la guerra contra los obreros alemanes.

Sindicalistas laboristas, como John Bromley, secretario general del sindicato ferroviario, hicieron activa propaganda a favor de la guerra y del Imperio Británico. Dicho sindicalista fue citado diciendo: “ahora, para el trabajador llamado a derramar su sangre, una Alemania victoriosa sería sin duda un desastre. Protegemos a los bancos de riesgos innecesarios; protegemos los beneficios de los ferrocarriles. Ambas instituciones son partes de nuestro gran Imperio, cuyas necesidades deben ser protegidas.”

Ambos traicionaron la fraternidad entre los trabajadores. Se pusieron del lado de los intereses de los capitalistas de sus propios países en contra de los intereses comunes de los trabajadores de todos los países, que no tienen nada que los separe.

De la lejana Primera Guerra Mundial pasemos a ejemplos más recientes.

Recordemos el papel de la socialdemocracia en la intervención imperialista en Yugoslavia en 1999. Una guerra emprendida por la OTAN y la UE. En EEUU en aquel momento el Presidente era B. Clinton del Partido “Demócrata”, el Presidente de la Comisión era el socialdemócrata italiano R. Prodi, y el jefe de la OTAN era el socialdemócrata español J. Solana. También en la UE, en aquella época, los gobiernos de muchos Estados miembros estaban dirigidos por fuerzas socialdemócratas. En Alemania era Schröder, en Italia era M. D’Alema, en Francia L. Jospin, en Gran Bretaña T. Blair, en Grecia el PASOK.

Bombardeo de Yugoslavia por Estados Unidos, la OTAN y la UE (1999)

Y pasemos al presente.

Los socialdemócratas se encuentran entre las fuerzas que dirigen la escalada del conflicto imperialista en Ucrania y la carrera armamentista.

El ejemplo más emblemático es la decisión del primer ministro socialdemócrata alemán, Olaf Scholz, de anunciar un gigantesco programa de 100.000 millones de armamentos para modernizar las fuerzas armadas alemanas.

Los gobiernos socialdemócratas de España y Portugal, que supuestamente se presentan como un “modelo” de “gobernanza progresista”, jugaron un papel protagónico en el envío masivo de material militar pesado a Ucrania, intentando incluso fingir al principio que sólo enviaban “ayuda humanitaria”.

Y no olvidemos que fue bajo el sello de los gobiernos socialdemócratas de Suecia y Finlandia que se planteó la demanda de su ingreso en la OTAN, es decir, de ampliación y fortalecimiento de la alianza imperialista.

c) El movimiento obrero atrapado en el mito del capitalismo “pro-pueblo” y de los “gobiernos progresistas”

Las fuerzas socialdemócratas y reformistas quieren mantener al movimiento atrapado en la ilusión de que puede haber un capitalismo con “rostro humano”. Es como decir que puede haber un capitalismo en el que tanto el empresario como el asalariado, tanto el obrero como el industrial, el armador, el banquero, ganen por igual y al mismo tiempo.

Decimos que entre ellos existe una profunda brecha, una profunda e irreconciliable contradicción. Este es el principio de la lucha de clases; que sólo a través de sus luchas pueden ganar los trabajadores; hasta que finalmente se deshagan de los parásitos capitalistas.

El “mito” de ese capitalismo “pro-pueblo” o de un gobierno supuestamente “progresista” que pueda administrar el capitalismo de una manera favorable al pueblo en beneficio de los trabajadores ha sido desmentido muchas veces. Y esto se debe a que el capitalismo opera con sus propias leyes. Por las leyes de la ganancia. Y si esto no se anula, no puede haber ningún cambio a favor del pueblo.

En primer lugar, recordemos que hoy en la UE, en más de 10 países, los partidos socialdemócratas gobiernan o cogobiernan. Hemos visto lo que están haciendo estos “gobiernos progresistas” y cuál es su papel en la guerra imperialista.

Además, ¿qué están haciendo ante la enorme oleada de pobreza que azota los ingresos populares? Fijémonos en el sector energético, por ejemplo. Juntos, tanto los partidos liberal-conservadores como los socialdemócratas han promovido a lo largo de los años una estrategia de liberalización de la energía, en base a la cual han enriquecido a los monopolios de este sector; los mismos monopolios que ahora se encuentran en un periodo de rentabilidad dorada debido a los altos precios. También promueven las llamadas “inversiones verdes”, presentando falsamente que los capitalistas se preocupan por el medio ambiente cuando en realidad son ellos quienes lo están destruyendo. No les importan las inversiones respetuosas con el medio ambiente, les importan las nuevas áreas de inversión, donde colocarán su capital para obtener mayor rentabilidad.

Después de todo, la UE ha formado todo un marco antipopular, con el comercio de emisiones y la bolsa de energía, de modo que siempre es el pueblo el que paga.

Después de todo, a través de los antagonismos que existen entre los países capitalistas de la OTAN y la UE y la Rusia capitalista, hay sectores de los capitalistas que han estado acumulando enormes ganancias. De forma muy reveladora, un poderoso armador griego, presidente de la Cámara de Comercio Internacional, declaró hace unos días: “El embargo del transporte marítimo de petróleo ruso tendrá un efecto positivo para nosotros: Los armadores nos enriqueceremos. ¡Los costes de transporte, que ya se han disparado, subirán aún más rápido!”.

Pero las fuerzas socialdemócratas y reformistas no se contentan con mantener al movimiento atrapado en la línea de la colaboración de clases. Tampoco se limitan a desarrollar mecanismos de apoyo a la burocracia sindical y al sindicalismo patronal.

A menudo buscan manipular la indignación popular y las reivindicaciones militantes que pueden surgir bajo el peso de los problemas, para asegurar la estabilización del sistema capitalista a través de la alternancia gubernamental entre las fuerzas que representan al capital. Es decir, buscan convertir al movimiento obrero en “cola” y coadyuvante en los planes de ascenso gubernamental de la socialdemocracia.

Por supuesto, esta experiencia no se limita a Europa, sino que es en esencia similar en todos los continentes. Las fuerzas socialdemócratas fueron electas alimentando grandes esperanzas en las capas populares de sus países, pero su trayectoria reveló que esas esperanzas eran falsas y completamente engañosas.

No sólo defraudaron las expectativas de las masas populares que los habían apoyado, sino que sus políticas se alinearon en general con las exigencias de los monopolios. Esto ha ocurrido repetidamente en las últimas décadas en los países latinoamericanos.

Recordemos el caso del Presidente socialdemócrata de Ecuador, Rafael Correa (2007-2017), quien, aunque fue elegido en medio de celebraciones internacionales como supuesto progresista radical, procedió a privatizar sectores estratégicos de la economía, lanzó ataques contra los sindicatos clasistas del país y actualmente se esconde en Bélgica, país de origen de su esposa, ya que fue condenado en Ecuador a 8 años de prisión por corrupción y despilfarro de dinero público.

Otro ejemplo, diferente pero con similitudes a la desilusión de expectativas, es el caso del gobierno chileno bajo Michelle Bachelet en los años anteriores; si bien también fue elegida con falsas promesas de que cambiaría su país a favor de los trabajadores, pronto todo esto resultó ser falso. Y mientras los trabajadores le han dado la espalda, EEUU y sus aliados la han premiado otorgándole el alto cargo que hoy ocupa en la ONU.

También podríamos citar otros ejemplos de otros países. Podríamos mencionar aspectos de la desilusión de las expectativas populares en Venezuela, pero no vamos a entrar en eso. Me limitaré a mencionar que, en mi opinión, a través de muchos aspectos negativos de la experiencia, la percepción que todos tenemos del socialismo y del modo de producción socialista se ve realmente socavada cuando oímos oficialmente que Venezuela avanza en la construcción del socialismo.

¿Qué se demuestra en el caso de los países latinoamericanos? Que varias fuerzas socialdemócratas van y vienen en los gobiernos y el capitalismo vive y reina.

Deliberadamente, como hemos dicho desde el principio, no nos referiremos a estos ejemplos en detalle, ya que nos centraremos en la experiencia europea.

Por ello, no podía dejar de referirme a la rica experiencia que tuvimos en nuestro país durante la década anterior de profunda crisis capitalista; una década de grandes luchas y conflictos huelguísticos, pero también del intento del sistema capitalista de asimilar las movilizaciones populares mediante el ascenso de un nuevo partido socialdemócrata al gobierno.

Como este no es el lugar para una lección de historia política griega moderna, daré un breve resumen.

Grecia se vio especialmente afectada por la crisis capitalista a partir de 2009. El Estado capitalista griego tuvo grandes dificultades para gestionarla. Tenía un alto nivel de deuda pública y de endeudamiento mientras intentaba pasar la carga de la crisis al pueblo, con enormes reformas antipopulares, grandes recortes en salarios y pensiones, recortes a escala colosal en los gastos con un gran deterioro de los servicios de salud y bienestar social. Estallaron grandes protestas populares y movilizaciones huelguísticas. El PAME estuvo a la vanguardia de las luchas de la clase obrera por la protección de sus derechos, pero también libró una gran batalla por la orientación de las luchas, para que el verdadero enemigo, el capitalismo, saliera a la luz y el movimiento obrero no se viera arrastrado a estallidos “inofensivos”.

El sistema político se encontró con varias dificultades para gestionar la ira popular, pero también con grandes contrastes y contradicciones sobre cómo gestionar esta crisis. En un periodo de unos 4 años, 7 partidos diferentes de todo el espectro político cambiaron uno tras otro; incluso se intentaron soluciones de gobierno de coalición, entre las fuerzas más diversas, desde partidos conservadores de derechas a partidos de extrema derecha, con fuerzas socialdemócratas. Señalamos esto porque puede ser habitual en otros países, pero no en Grecia, donde se suelen formar gobiernos de mayoría unipartidista en función del sistema electoral. La solución de los gobiernos de coalición fue uno de los medios para tranquilizar al pueblo.

Como los partidos más tradicionales que habían gobernado todos los años anteriores estaban bastante desgastados, el capital optó por poner al frente a un partido “nuevo”, que pudiera integrar la protesta popular y sacar al capital de la crisis. Un partido que no había sido probado antes en el gobierno y que, por lo tanto, podía sembrar más fácilmente ilusiones en el pueblo. SYRIZA, un partido que hasta entonces tenía una cuota electoral del 3%, apoyado por el capital de múltiples maneras, se disparó en un par de años hasta llegar a ser un partido de gobierno. Recibió fuerzas y cuadros de los viejos partidos socialdemócratas, recibió el crédito de EEUU-OTAN y de la UE, y ascendió al gobierno.

SYRIZA y las fuerzas socialdemócratas, a lo largo de los años anteriores, habían estado intentando engañar sobre la naturaleza de la crisis. Decían que sólo los “malos acreedores extranjeros” tenían la culpa y que podrían arreglar todos los problemas de la noche a la mañana. Su propósito era ocultar al verdadero culpable, exonerar a la burguesía griega, impedir que el pueblo sacara conclusiones. PAME y el movimiento clasista libraron una gran batalla no sólo por la lucha y las masas, sino también por su contenido y orientación. Han demostrado que el capitalismo es culpable y que los trabajadores no deben tener fe en falsas promesas. Que las soluciones fáciles sin conflicto no existen.

SYRIZA y las fuerzas socialdemócratas intentaron limitar las luchas de las movilizaciones obreras exclusivamente contra un gobierno en particular (“abajo el gobierno”), sólo para permitir a SYRIZA entrar en el gobierno. En realidad, querían utilizarlo como palanca para la rotación gubernamental. Por otra parte, el PAME y el movimiento obrero de clase lanzaron la consigna “no más ilusiones, o con el capital o con los trabajadores” para mostrar el carácter engañoso de las promesas.

Entonces, ¿qué hizo SYRIZA, la “nueva” socialdemocracia? Alimentó falsas esperanzas, ya que gran parte del pueblo griego creía que podía lograr grandes y fáciles victorias sin conflicto. Cuando llegó al gobierno, firmó nuevos acuerdos aún peores con la UE y los acreedores (el llamado 3er Memorándum); se comprometió a aprobar las medidas más difíciles que antes habían encontrado resistencia; cogobernó con fuerzas de extrema derecha para obtener la mayoría; colaboró con EEUU. El embajador estadounidense en Grecia llegó a decir que SYRIZA era el gobierno con el que mejor había colaborado en todos los años anteriores.

¿Qué hizo en el movimiento obrero? Muy brevemente, extendió las relaciones laborales flexibles, mantuvo la abolición de la negociación colectiva para el salario mínimo, que se determinaría por Decisión Ministerial y en base a la “competitividad” y la “productividad” (es decir, en base a la protección de los intereses del gran capital). Por ley hizo recortes contra los derechos de seguridad social y por su propia ley también dio un golpe al derecho de huelga, haciendo más difícil que los sindicatos puedan declarar una huelga. Esto es lo que hizo el llamado gobierno “progresista”.

En aquel momento mucha gente le decía al PAME y a las fuerzas clasistas que tenían que apoyar a SYRIZA y que nuestras críticas eran exageradas.

Esta experiencia demuestra quién fue reivindicado por los acontecimientos.

4. Resumen de conclusiones

La experiencia histórica y moderna confirma una conclusión duradera: La socialdemocracia y el reformismo son un enemigo peligroso del movimiento obrero clasista. Han demostrado -en diferentes fases y condiciones cambiantes- una flexibilidad y capacidad distintivas para promover los intereses del capital dentro de la clase obrera.

Concluiremos haciendo hincapié en tres puntos:

            a) A lo largo del curso histórico del movimiento obrero encontraremos dos líneas. La línea de la lucha de clases y la línea de la conciliación de clases.

En los diversos acontecimientos, en las diversas fases históricas, una y otra vez, encontraremos estas dos líneas en constante confrontación.

La socialdemocracia ha sido la expresión histórica precisamente de esta corriente de colaboración de clases.

Y a lo largo de su desarrollo en el siglo XX, hasta nuestros días, recorriendo toda la trayectoria desde el reformismo hasta la subordinación y el servicio a los intereses capitalistas, es hoy una corriente política burguesa que constituye un pilar para la estabilidad del sistema y para la rotación gubernamental entre las fuerzas al servicio del capital.

b) En todas las cuestiones importantes, las fuerzas de la socialdemocracia y del reformismo siembran la confusión y ponen grandes obstáculos a la lucha de los trabajadores.

También vimos a través de ejemplos concretos la polifacética conexión entre la socialdemocracia y las burocracias sindicales conciliadoras.

Hemos visto que en todas las cuestiones principales de la lucha de clases, están elaborando formas de manipular al movimiento obrero; tal es su actitud en la cuestión del imperialismo y la guerra imperialista, así como en la cuestión de la trampa en los llamados “gobiernos progresistas”.

De esta manera quieren que el movimiento quede atrapado, subyugado, incapaz de ver más allá de los límites de la explotación capitalista.

Quieren alimentar las ilusiones de un capitalismo supuestamente “pro-pueblo”, para que los trabajadores no elijan el camino de la ruptura y la subversión.

            c) Se demuestra que sólo la línea de la lucha de clases allana el camino. La lucha contra la socialdemocracia y el reformismo es una condición previa para el fortalecimiento del movimiento obrero clasista; para que éste pueda avanzar.

Por supuesto, debemos ser pacientes con los trabajadores que se dejan seducir por tales promesas; debemos explicar obstinadamente, demostrar nuestro punto de vista y, al mismo tiempo, organizar la lucha. Pero al mismo tiempo debemos ser inquebrantables contra los sindicalistas vendidos y las cúpulas del sindicalismo patronal.

Recorremos con orgullo el camino de la lucha de clases, del conflicto de clases. Sabemos que no es un camino fácil. Que requiere esfuerzo y sacrificio. Pero es la única opción que tiene la clase obrera.

Caminamos con fe en el poder que tiene nuestra clase. Sacamos esta fe de nuestra heroica historia, pero también de nuestras luchas actuales, que nos llenan de tenacidad, voluntad y esperanza.

Porque así es como cumplimos con nuestro deber en nuestra misión histórica, ¡en la lucha por la liberación de la clase obrera de la esclavitud capitalista!

[1]     Marx and Engels Collected Works, Volume 20 : Marx and Engels 1864-68, pp. 191-192

[2]    27. K. Marx – P. Engels, “Obras Escogidas”, vol. 1, pág. 162 [Publicación en griego]

[3] R. Palme Dutt, Fascism and Social Revolution, A study of the economics and Politics of the Extreme Stages of Capitalism in Decay, p. 99

[4] Las cifras se enumeran en Geoff Eley, Forging democracy, The History of the Left in Europe, Oxford University Press, 2002, p. 315

[5] New York Times, 10 de diciembre 1955, citado en William Z. Foster, “Outline History of the World Trade Union Movement”, International Publishers, New York, pp. 546-547

[6] «Grève dans les raffineries: la CFDT désapprouve et préfère ‘’négocier’’», Le Figaro, 8.10.22

[7] La narrativa pertenece al socialdemócrata Konrad Haenish. Se cita en Carl Schorske, German Social Democracy, 1905-1917, The Development of the Great Schism, Harvard University Press, 1955, p. 290

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