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Silvia Federici: «El capitalismo aniquila y disciplina a las mujeres»

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Entrevista con Silvia Federici :: “Las mujeres somos la fuerza de oposición principal a la mercantilización total de la naturaleza”

LAIA FORNÉ / SILVIA FEDERICI

Silvia Federici (Parma, 1942) se ha convertido en una de las teóricas más reconocidas del feminismo anticapitalista. Con una larga trayectoria de activismo y reflexión, la vida de Federici recorre los años setenta agitados en Italia, las campañas por el salario doméstico en Nueva York, la lucha contra los planes de ajuste estructural en África, la crítica al proceso de globalización neoliberal y sus efectos en todo el planeta, el movimiento por la recuperación de los comunes y, más recientemente, el ciclo de luchas que se abrió en 2011 y que ha continuado en la última ola feminista. Esta entrevista ha sido publicada en el segundo número de la revista La Pública , una publicación de la Fundación Sentido Común , dirigida por IDRA Instituto de Investigación Urbana de Barcelona, con el objetivo de hablar de los grandes retos de las políticas transformadoras del siglo XXI.

Podemos definir los bienes comunes como recursos compartidos por una comunidad, que se organiza para cuidarlos, mantenerlos y acceder a ellos. Sin embargo, más que de bienes comunes, tú sueles hablar sobre lo común y la política de los comunes. ¿A qué te refieres?

Para mí, la forma más importante de pensar lo común es como un principio de organización social. Una política de lo común supone pensar desde la esfera de la reproducción social y material de la vida. No es un espacio ideológico, sino prácticas compartidas para reproducir la vida material. Los bienes, aunque se consideren comunes, no integran de forma inherente un modo de gestión comunal. Su categoría de «comunes» no depende de características físicas o materiales, sino de una forma de hacer que se genera a partir de una forma de relación social. Antes que bienes materiales, en lo que es común intervienen relaciones sociales. Por eso digo que el común es un principio de organización social.

No se trata simplemente de una discusión conceptual o abstracta. Pensar lo común como un principio de organización social nos permite abordar cualquier aspecto de la vida: la producción y el acceso al conocimiento, la garantía de la salud, las formas en las que cuidamos y somos cuidadas, la producción de bienes, etc. Nos permite pensar y practicar nuevas formas de colaboración, riqueza compartida, cooperación social, solidaridad. Desde esa mirada, la política del común son las diversas prácticas y perspectivas adoptadas por los movimientos sociales y las comunidades que tienen por objetivo mejorar la cooperación social, la redistribución de la riqueza y poner límites a la acumulación capitalista.

¿Es un horizonte deseable, un objetivo por construir, o más bien se trata de un programa concreto?

Lo común debe ser un concepto que guíe todas nuestras actividades porque es una visión sobre cómo debería ser el mundo. Por tanto, si me preguntas si es un horizonte deseable o un programa concreto, respondo que creo que es ambas cosas a la vez: un objetivo que se quiere construir y un programa de lucha. Es importante tener siempre esta doble vertiente en nuestras prácticas.

Lo que también creo fundamental de la política de lo común es que no asume modelos universales. Los comunes son prácticas arraigadas en el territorio y responden a diferentes situaciones geográficas, económicas y sociales. No es lo mismo África que Europa y, de manera diferente pero igualmente significativa, las condiciones cambian si vivimos en la montaña, en la ciudad o en la orilla del mar. Por tanto, aunque no tiene sentido plantearse un modelo universal y reproducible en cualquier lugar, sí que podemos compartir principios que son universales.

Los zapatistas siempre dicen muchos síes, pero también un no esencial que nos une: el no a la injusticia, a la explotación en el trabajo humano, a la privatización de la riqueza, a la destrucción del medio ambiente, de la naturaleza. Los zapatistas enumeran muchas posibilidades distintas de construir sociedades fundadas sobre el principio de lo común, de la solidaridad y la corresponsabilidad; un principio que, a la vez que defiende nuestra vida, también defiende la vida de los demás, sin separar ni ignorar nuestra dependencia.

Practicar lo común es experimentar, es aprender poco a poco cómo nos gobernaremos y practicar diversas formas de autogobierno en una sociedad controlada por el capital. La sociedad del futuro no se construye de un día para otro, sino a través de un largo proceso de educación, formación política y experimentación. Se trata de preguntarnos en todo momento qué funciona y qué no y así aprender de lo que hacemos y decidir cuáles son las formas de autogobierno que necesitamos. De forma resumida, y sin entrar en muchos detalles, ésta es mi visión sobre la importancia de lo comunitario, de la política de lo común.

Uno de los aspectos que señalas sobre lo común es que, más que un bien material, es una relación social. Esto nos lleva a analizar las formas de relación social dominantes, que han sido moduladas de cara al beneficio privado en vez del bienestar colectivo.

En estos años me he ocupado mucho del discurso de los comunes reproductivos, es decir, pensar lo común como una vía para romper el aislamiento, la separación y la individualización con los que el capitalismo organiza el trabajo de reproducción social. El capital nos ha unido a la fábrica -el gran lugar de las concentraciones obreras-, pero nos ha dividido en la reproducción social a través de las promesas vinculadas a una casita, una familia nuclear, la privacidad, etc. El capital necesita separar las distintas tareas que reproducen y mantienen la vida. Y las mujeres hemos pagado y seguimos pagando un precio muy alto en esta forma de organizar la producción y la reproducción social.

Hoy vemos claramente que ese sistema de reproducción social está en crisis: una crisis histórica. Ahora más que nunca, la perspectiva feminista es crucial. Somos las mujeres quienes hemos tenido más peso y responsabilidad en la reproducción y quienes, en mayor medida, hemos protagonizado las luchas por defender a los comunes. Hoy en día, ante la perspectiva de un nuevo proceso de acumulación primitiva, las mujeres son la principal fuerza de oposición a la mercantilización total de la naturaleza, y ya nos llegan prácticas de colectivos de mujeres que han sido obligadas a inventar y construir para poder superar ese aislamiento.

La división sexual del trabajo es un patrón básico de esta forma dominante de organizar las relaciones sociales…

En Latinoamérica, por ejemplo, se inspiran en las comunidades indígenas, que son expulsadas del campo a la ciudad, y se han empezado a crear formas de producción colectiva en territorios urbanos como los bancos de semillas, los comedores populares, las ollas comunes, los huertos urbanos, etc. Estas iniciativas también se activan contra la destrucción de las formas comunitarias de cultivar y utilizar la tierra o para desprivatizar espacios de la ciudad que pueden utilizarse para la agricultura urbana.

Asimismo, vemos redes de mujeres campesinas e indígenas que se organizan contra la deforestación, contra la minería, contra la extracción petrolera y que protegen a los regímenes comunitarios. Ellas son el principal sujeto de la reproducción social. La construcción de bienes comunes se está convirtiendo en un medio imprescindible para la supervivencia. Si queremos construir una sociedad basada en principios solidarios, debemos tener claro que el uso y acceso a bienes materiales fundamentales (como la tierra y el agua) es la base material de nuestra autosuficiencia. Hay que pensar lo común, no sólo como un proyecto a construir en el futuro, sino considerando que una parte de la lucha actual por lo comunitario debe consistir en recuperar el control sobre estos bienes materiales que se encuentran circundados por el capital.

Estas prácticas políticas nos dan una visión de lo que ya se está haciendo en el camino. Es cierto que no se pueden reproducir estas prácticas en todas partes, pero nos inspiran y dicen que, ante esta crisis de la reproducción social, el entramado comunitario es la única alternativa a la derrota completa ya la muerte. No se puede resistir ni crear comunidades de resistencia sin tejidos comunitarios y solidaridad. Estos entramados potencian nuestros recursos, nuestras energías y también generan lazos afectivos. Nos proporcionan confianza en nosotros mismos y refuerzan nuestra capacidad de resistir. En definitiva, no hay comunes sin comunidad, ni política de lo común sin una mirada feminista que ponga la reproducción social en el centro.

En ocasiones has defendido que los bienes comunes son anticapitalistas y que operan por fuera o más allá del estado. Sin embargo, a veces cuesta ver ese «fuera» en la práctica y afloran las dudas sobre si es posible crear un modelo de producción alternativo sin contar con el estado. ¿El estado es la negación de lo común?

Sería iluso pensar que no dependemos de las instituciones públicas. No podemos decir que construiremos el común sin contar con lo público porque no tenemos suficientes recursos. Hoy en día es importante recuperar una parte de esta demanda, pero la pregunta aquí sería: ¿cómo queremos relacionarnos con el ámbito público?

Creo que existen formas muy diferentes de hacerlo. Relacionarnos desde la práctica política en las calles para exigir más servicios sociales es tan importante como elaborar mecanismos que nos permitan controlar qué tipo de servicios queremos, qué cualidades o qué modelo de escuela o centros de cuidados desarrollamos.

Por ejemplo, durante la pandemia hemos visto cómo Covid mataba sobre todo a gente mayor que estaba en residencias con financiación pública, en las que ha habido falta de personal, abuso de fármacos, situaciones de soledad ante la enfermedad, etc. Esto no sólo es fruto de la falta de recursos, sino también de un modelo específico de organización de los cuidados. Tenemos el derecho de definir cómo queremos ser atendidos en las situaciones de vulnerabilidad y supervisar el dinero público que se invierte en sanidad.

¿Es posible desarrollar políticas de lo común a través del estado?

La construcción de lo común, de entramados comunitarios y de fortalecimiento de la comunidad representa una forma de relacionarnos con el ámbito público. Sirve para conectar con quienes trabajan en el sector público (profesorado, enfermeros, doctoras, etc.) y establecer un diálogo con los profesionales y la institución que permita poner condiciones y controlar la calidad de estos servicios. Siempre hablo del ejemplo de las mujeres negras que, en Estados Unidos, acuden al hospital acompañadas de la doula. Se trata de una figura reconocida y aceptada por el personal sanitario estatal que, aunque no forme parte, puede acompañar a la paciente como la persona de confianza durante el parto. Así pues, las doulas tienen la función de proteger a las mujeres durante el parto y asegurarse de que no serán humilladas ni insultadas y que se les facilitarán todos los servicios necesarios.

Esta forma de relacionarse con el ámbito público, desde el apoyo comunitario, nos ayuda a controlar y definir qué tipo de servicio y atención queremos recibir por parte de las instituciones del bienestar. El comunitario no es sólo una visión de futuro, sino una condición de nuestra existencia, y necesitamos infraestructuras colectivas para crecer y no quedarnos atascados en acciones episódicas o momentáneas.

Siguiendo con estas cuestiones, y teniendo en cuenta que nos encontramos en un momento de emergencia climática, ¿cómo crees que se puede articular la transición ecológica con la apropiación de lo común?

Creo que para hacer frente a esta transición es imprescindible articularse entre muchas prácticas políticas distintas. Será muy importante la capacidad de los diferentes movimientos para unirse y generar concepciones y formas de creación comunes que engloben los distintos frentes que existen ahora mismo. Pienso en las palabras de una gran feminista, Maria Mies, que siempre subraya que no se puede hablar de lo común en Europa o Estados Unidos sin hablar de descolonización, de movimiento anticolonial. El colonialismo, como sabemos, no es simplemente un proceso que se dio en un pasado lejano, sino que hoy por hoy continúa y condiciona nuestro presente. En palabras de Mies: «No hay común posible si no rechazamos basar la reproducción de nuestras vidas sobre el sufrimiento de otros».

La globalización es un proceso de colonización. Percibir la colonización hoy en día significa darse cuenta de cuánta riqueza de la que utilizamos aquí es riqueza robada en los países de África y América Latina. Pensamos en la minería, en toda la energía, en la agroindustria, etc. Por tanto, es necesario articular un frente de lucha crucial contra el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, que son los principales gestores de la deuda de los países africanos y latinoamericanos y los responsables de dejar la puerta abierta a las grandes corporaciones mineras ya las compañías petroleras.

Este frente no sólo es clave por su relación con las desigualdades y el racismo que hay detrás de las formas contemporáneas de colonialismo, sino también porque la organización colonial de la vida afecta al propio Norte Global, nos afecta a todos y todas . En el Norte no tenemos ningún tipo de control sobre los procesos de producción ni sobre los alimentos. No podemos intervenir ni saber cuánta sangre ha costado cada producto ni cuánto veneno hay en lo que comemos, porque hoy más que nunca los procesos de producción están muy alejados de nuestra vida cotidiana. Por este motivo, enfrentarse a la deuda no sólo tiene una vertiente económica, de empobrecimiento y exclusión, sino también ecológica, porque integra la necesidad de reubicar y relocalizar la agricultura. Ahora no producimos. No sé cómo será en España, pero en lugares que conozco bien, como Italia o, sobre todo, Estados Unidos, nunca o casi nunca lo que se consume se produce en el mismo sitio. La inmensa mayoría de verduras que comemos en Nueva York provienen de México o de otros países. Es decir, que la tierra de estos lugares no produce para la gente que vive en ella, sino para la de otros países, con el añadido de que mucha gente de los países productores se ve obligada a migrar.

Debemos poner fin. Apropiarse de los comunes nos permite relocalizar la agricultura y tomar el control sobre los medios de producción y sobre lo que comemos y, al mismo tiempo, frenar la destrucción de los regímenes comunitarios en gran parte del mundo. sino para la de otros países, con el añadido de que mucha gente de los países productores se ve obligada a migrar. Debemos poner fin. Apropiarse de los comunes nos permite relocalizar la agricultura y tomar el control sobre los medios de producción y sobre lo que comemos y, al mismo tiempo, frenar la destrucción de los regímenes comunitarios en gran parte del mundo. sino para la de otros países, con el añadido de que mucha gente de los países productores se ve obligada a migrar. Debemos poner fin. Apropiarse de los comunes nos permite relocalizar la agricultura y tomar el control sobre los medios de producción y sobre lo que comemos y, al mismo tiempo, frenar la destrucción de los regímenes comunitarios en gran parte del mundo.

Otro frente importante es la política de los servicios sociales y cómo abordar las relaciones público-comunitarias.

Se trata de construir una política pública que sea responsable frente a las comunidades y que estas mismas comunidades puedan tomar el control de lo público. Los servicios sociales no pueden gestionar y decidir de forma unilateral, sino que es necesario construir espacios de coproducción junto a las comunidades mediante asambleas vecinales o espacios compartidos de participación y decisión.

Sabemos que construir este tipo de instituciones es una labor ardua, pero es que, además, se le suma el reto de producirlas y pensarlas de forma situada. Es básico que en cada lugar se discutan y se establezcan posibles formas de control sobre lo público, así como espacios para hablar sobre cuáles son las necesidades de los barrios, de la comunidad, de la ciudad. Ahora bien, es importante definir la capacidad de incidencia y decisión de estos espacios para que permitan realmente recuperar el poder de decisión colectivo. No podemos pensar en una sociedad nueva sin crear capacidad de decisión colectiva. Muchas veces pensamos que no es posible y nos invade cierto pesimismo al reflexionar sobre nuestra capacidad real de incidencia. Sin embargo, es necesario articular espacios público-comunitarios de construcción colectiva que no sólo sirvan para reclamar,

Ahora mencionabas que los procesos de colonización y apropiación siguen en marcha en muchos territorios como América Latina o África. También dices que debemos aprender de los procesos comunitarios que se dan en estos territorios. ¿Existe relación entre desposesión y reapropiación?

No sé si soy la persona más calificada para hablar de ello, pero puedo dar mi opinión a partir de lo que he aprendido de muchas compañeras cuando he viajado por África y he vivido en ella. También a través de lo que he vivido con muchas compañeras de América Latina y con la población indígena en Estados Unidos. Hoy la defensa de lo común en estos territorios es una lucha histórica fundamental, pero no se articula igual que hace veinte o treinta años. Los procesos comunales de América y África han sido muy inspiradores, pero no podemos replicarlos en las condiciones actuales. La producción de relaciones comunitarias debe responder continuamente a situaciones nuevas, no puede basarse en la reproducción del pasado.

La historia también es un común, debe ser un común, y por eso existe una gran batalla por el discurso y la perspectiva en los análisis históricos. Muchos de los análisis dominantes intentan expropiarnos nuestro pasado. Parte de la lucha por el común es recuperar la memoria colectiva, los conflictos que también forman parte de la historia y que han sido ocultados. Así pues, la defensa de los bienes comunes del conocimiento consiste en recuperar esta historia olvidada, entendida como la recreación de la memoria colectiva, porque no es algo que venga dado, sino que debemos construirlo. Cada generación debe recrear la historia y volver al pasado con ojos distintos para construir un relato común.

¿Es en los territorios y cuerpos de las mujeres sobre los que se ejerce mayor dominación y explotación donde se manifiesta con mayor rotundidad el común?

Os pondré un ejemplo que considero muy relevante sobre cómo construir esta apropiación de nuestra historia para incidir en el presente. En Estados Unidos existe un fuerte movimiento que pide la abolición de las prisiones: defiende la aplicación del principio de lo común en la justicia para crear nuevas formas de organización del sistema judicial. Este movimiento era pequeño cuando empezó, pero se ha convertido en un movimiento de masas, sobre todo a raíz del asesinato de George Floyd por parte de un agente de la policía en mayo de 2020 y del avance de Black Lives Matter. Es un movimiento que lucha por la abolición de la policía, de los militares y de las prisiones y que propone pensar la justicia de forma no punitivista.

La compañera Angela Davis, entre otros, ha encabezado esta batalla y ha criticado a una parte del feminismo que asegura que el fin de la violencia contra las mujeres requiere imponer penas más duras. Ella niega en rotundo que ésta sea la solución. Defiende que es necesario cambiar las relaciones sociales, abolir los mecanismos de construcción del delito, del delincuente y de su entorno, a la vez que se financian y rediseñan las instituciones para abordar los problemas de salud, de violencia, de formación, etc. La pregunta entonces es: ¿cómo pensamos la justicia? ¿Cómo nos protegemos y organizamos? En busca de respuestas, se han empezado a estudiar los regímenes comunitarios indígenas de Canadá,

Empezamos a disponer de ejemplos sobre lo que significa hoy en día utilizar sistemas alternativos comunitarios en ámbitos con carácter sistémico, como la aplicación de la justicia. Hay muchas dificultades, no es un camino sencillo y todavía estamos dando los primeros pasos, pero me parece interesante porque permite pensar lo común yendo más allá del ejemplo del huerto urbano y visualizarlo como la antesala de una sociedad nueva.

Es necesario aplicar lo común en todos los ámbitos, ésta es su potencia: desde la noción de género hasta la relación de producción de la vida, del cuidado, de la justicia o del conocimiento. Nos ayuda a pensar y actuar de forma diferente, desde una posición que no privatiza ni excluye y que, al mismo tiempo, nos responsabiliza.

Por último, queríamos preguntarte por el II Encuentro Feminista Internacional sobre la Caza de Brujas que se celebró en Madrid en octubre de 2022. El encuentro comenzó en 2019 en Pamplona y puso en marcha una campaña para la recuperación de la memoria de las mujeres perseguidas y asesinadas acusadas de brujería. ¿Qué contenidos y alianzas buscan estos encuentros?

Son encuentros muy importantes que reúnen a mujeres y colectivos que llevamos muchos años investigando sobre estos temas, y nos une a nuevos colectivos y nuevos países. En esta segunda edición vienen mujeres de Ecuador, como Lisset Coba y Nancy Santi, también de la India, como Sashiprava Bindhani, así como jóvenes africanas que trabajan con comunidades y que hace unos meses celebraron un encuentro sobre la nueva caza de brujas en África. También participa Christelle Taraud, una historiadora francesa que ha editado Féminicides. Une histoire mondiale , una especie de enciclopedia mundial sobre la violencia contra las mujeres, cuyo primer volumen está dedicado a la caza de brujas en todo el mundo a lo largo de la historia.

El objetivo es compartir qué ha significado históricamente la caza de brujas, cómo este fenómeno ha influenciado la historia de las mujeres en Europa y también en el llamado Nuevo Mundo. Aunque parece increíble, todavía hoy se asesinan a mujeres en varios países bajo nuevas dinámicas de caza de brujas. Hemos realizado análisis que muestran que estas matanzas –esta nueva caza de brujas en las que se ejecutan mujeres en África, Asia o India– no tienen nada que ver con costumbres tradicionales, sino que son producto del proceso de globalización, de la extensión de la relación capitalista y del consiguiente proceso de recolonización, expolio y expulsión de población.

La caza de brujas no es una historia de superstición ancestral y creencias tradicionales de sociedades no civilizadas, aunque predomina esta concepción. El régimen patriarcal capitalista no sólo despoja, sino que desvalora a las mujeres, aniquila su autonomía, las disciplina como sirvientas de los hombres y les atribuye las tareas procrear y realizar labores domésticas. Con distintas formas y dinámicas, se trata de procesos constituyentes y recurrentes que se integran en el desarrollo del capitalismo en cada una de sus fases coloniales y neocoloniales. Desde la década de 1980, a raíz de estos procesos de colonización ligados a la globalización, en muchos lugares es cada vez más difícil tener acceso a la tierra, incluso en zonas del planeta donde estaba la principal forma de subsistencia comunitaria.

El Encuentro Feminista Internacional sobre la Caza de Brujas pretende establecer conexiones entre mujeres de diversas partes del planeta que, aunque bajo formas distintas, nos enfrentamos a las mismas violencias. Hay lugares donde esta violencia se ejerce sobre todo como caza de brujas, en otras zonas funciona como violencia doméstica, mientras que en otros territorios toma forma de violencias de los paramilitares contra mujeres que luchan por defender la naturaleza, como ocurre en numerosos países de Latinoamérica, donde tenemos compañeras como Berta Cáceres y Marielle Franco, que han sido víctimas directas. La idea es compartir, que consiste tanto en entender nuestro presente y la historia de la caza de brujas como en tejer redes entre nosotros que nos permitan no sólo afrontar y comprender mejor las raíces de esta violencia, sino combatirla con herramientas útiles creadas entre todas. Se trata de acabar con la violencia patriarcal.

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Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/silvia-federici-el-capitalismo-aniquila

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