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Todo está en el contexto: cinco claves históricas y actuales para entender Palestina

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Nada puede comprenderse sin contexto. Y cualquier análisis sobre Palestina-Israel que desfigure o ignore el contexto histórico ni puede comprender, ni puede analizar. Hoy más que nunca, en medio del genocidio israelí en Gaza, sigue siendo necesario destacar que todo está en el contexto:

Una bandera de Palestina en una manifestación por su liberación, en Estrasburgo, Francia, a 13/10/2023. Mathilde Cybulski / Hans Lucas / AFP.

JORGE RAMOS TOLOSA Público Enviado por Manuel E. Meléndez Lavandero

Nada puede comprenderse sin contexto. Y cualquier análisis sobre Palestina-Israel que desfigure o ignore el contexto histórico ni puede comprender, ni puede analizar. Hoy más que nunca, en medio del genocidio israelí en Gaza, sigue siendo necesario destacar que todo está en el contexto:

  1. El origen y la explicación clave: el colonialismo de asentamiento sionista contemporáneo que no representa al judaísmo

El contexto fundamental para comprender el conflicto Palestina-Israel no se retrotrae 2.000 años atrás. Tampoco remite a un conflicto religioso, aunque posee un contenido religioso considerable, debido a que se ubica en Tierra Santa y distintos actores utilizan la religión como elemento legitimador y movilizador. El contexto histórico clave para comprender Palestina-Israel es el colonialismo europeo contemporáneo.

La cuestión de Palestina-Israel comienza en Europa, a finales del siglo XIX, en uno de los momentos de mayor auge colonial de la contemporaneidad. Fue en este contexto de efervescencia del imperialismo-colonialismo, el nacionalismo y el racismo biologicista cuando surgió el movimiento sionista en Europa. Después de barajar diferentes territorios, el proyecto político sionista fue una expresión nacionalista que pretendía crear un Estado, exclusiva o mayoritariamente judío, en el mayor territorio posible de Palestina.

Todo ello a través del colonialismo de asentamiento, una modalidad de colonialismo en el que un gran número de colonos blancos –frecuentemente perseguidos en sus lugares de origen– se asienta en un territorio para quedarse y asimilar, discriminar, desplazar y aniquilar a la población nativa, como ocurrió en Australia, Canadá, Estados Unidos o Nueva Zelanda, y como acabó fracasando en Argelia o Sudáfrica. El colonialismo de asentamiento contemporáneo es inseparable del racismo y de la deshumanización de los pueblos colonizados, como se ha estudiado en el pasado y como estamos viendo estos días en Palestina.

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Pero el movimiento sionista sólo era una propuesta minoritaria (entre otras opciones como el asimilacionismo, el autonomismo o el bundismo –esta última claramente socialista y antisionista–) para abordar el racismo antijudío en Europa. Así, el sionismo no representaba ni representa al judaísmo, ni a las comunidades judías. Desde su creación en 1948, el Estado de Israel tampoco representa al judaísmo, ni a las comunidades judías. Había y hay colectivos e individuos judíos no sionistas y antisionistas. Tanto laicos como religiosos, y tanto dentro como fuera del Estado de Israel.

En las últimas décadas del siglo XIX, Palestina no era una entidad diferenciada. Formaba parte del Sultanato Otomano y tenía un carácter multirreligioso desde hacía más de mil años. Por entonces, aproximadamente un 85% de su población era musulmana, un 11% cristiana y menos de un 5% judía. Y aquí llega la clave del pasado y del presente. El objetivo fundamental del movimiento sionista era crear un Estado exclusiva o mayoritariamente judío en el mayor territorio posible de Palestina. ¿Cómo conseguirlo, si menos de un 5% de su población era judía? Aunque la historia no es lineal, nunca está escrita y siempre está sujeta a incalculables contingencias, difícilmente podría conseguirse este objetivo sionista sin la segregación colonial y la expulsión masiva de la población nativa no judía. El movimiento sionista impulsó varias oleadas colonizadoras, fue aumentando el porcentaje de población judía en Palestina y recibió el apoyo del Reino Unido desde que este territorio fue incorporado al Imperio Británico al final de la Primera Guerra Mundial.

  1. El Estado de Israel colaboró con el nazismo y con dictaduras, y se creó y se mantiene a través de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad

El objetivo principal del movimiento sionista era establecer un Estado colonial en el máximo territorio posible de Palestina. Para ello, necesitaba sustituir al mayor número posible de personas nativas palestinas por colonos judíos –desde su establecimiento en 1948, el régimen israelí también persigue el propósito de dominar el máximo territorio posible con el mínimo de población palestina posible–. Con tal finalidad, el movimiento sionista no dudó en aliarse o colaborar con el III Reich, mientras que, tras la creación del Estado israelí, este contrató a criminales de guerra nazis de la Segunda Guerra Mundial y cooperó con numerosas dictaduras militares latinoamericanas. Aun así, todavía sigue siendo poco conocido que, en la década de 1930, la Federación Sionista Alemana firmó un pacto de colaboración con el nazismo (Acuerdo Haavará de agosto de 1933) y la organización paramilitar sionista Haganá también colaboró con el III Reich.

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El régimen nazi no quería a judíos en Alemania ni en Europa y el movimiento sionista los quería en Palestina. Hasta Adolf Eichmann,​ que, según escribió Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén se “convirtió” al sionismo, siendo una “doctrina de la que jamás se apartaría”, visitó la Palestina del Mandato Británico en 1937 de la mano de sionistas como Feivel Polkes. Durante la Guerra Fría, el jerarca nazi Otto Skorzeny (apodado ‘el hombre más peligroso de Europa’ y acogido por la dictadura franquista) trabajó para el Mossad israelí, como también lo hizo Walter Rauff (inventor de la cámara de gas móvil, que también trabajó en la Argentina y vivió durante décadas en Chile).

Además, el régimen israelí vendió armas y entrenó a fuerzas militares de la dictadura chilena, instruyó a paramilitares colombianos, apoyó a escuadrones de la muerte de El Salvador y Guatemala –incluyendo durante el genocidio maya ixil– y colaboró estrechamente con la Sudáfrica del apartheid, régimen colonial con el que cada vez más estudios trazan similitudes con Israel.

Para conseguir el máximo territorio posible con el mínimo de población nativa no judía, dentro del marco de proyecto sionista de colonialismo de asentamiento, el Estado de Israel se creó en 1948 a través de lo que conocemos en la actualidad como crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. En 1948, las tropas sionistas-israelíes perpetraron una limpieza étnica que supuso la expulsión de unas 800.000 personas palestinas, la destrucción o el desalojo de 615 localidades y el desmembramiento de Palestina. En términos del Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional, esto significa que Israel se creó a través de crímenes de guerra (como la “destrucción y la apropiación de bienes […] a gran escala” o la “deportación”) y crímenes de lesa humanidad (como el “traslado forzoso de población”, es decir, la limpieza étnica) y que se construyó, se ha sostenido y se sostiene gracias al mantenimiento de más crímenes contra la humanidad contra la población palestina, como el apartheid y la persecución. Históricos informes de 2021 y 2022 de Human Rights Watch y Amnistía Internacional, respectivamente, detallan cómo las autoridades israelíes son culpables del crimen de apartheid.

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  1. Al contrario que en el caso de los pueblos colonizados como el palestino, no existe el ‘derecho a la autodefensa’ de las potencias ocupantes como Israel, sino su obligación de proteger a la población ocupada

Si desde 1948 el régimen colonial israelí se ha construido y se ha mantenido a través de la limpieza étnica y el apartheid, a partir de 1967 también se convirtió en una potencia ocupante al conquistar y no retirarse –violando así la resolución 242, de carácter vinculante, del Consejo de Seguridad de la ONU– de Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza. Desde entonces, como potencia ocupante, adquirió la obligación internacional de proteger a la población colonizada y ocupada.

Por tanto, como explica la investigadora chilena-palestina Nadia Silhi, en Derecho Internacional Humanitario no existe el ‘derecho a la autodefensa’ de las potencias coloniales y ocupantes como Israel, sino su obligación de defender a la población colonizada y ocupada, es decir, a la población palestina de Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza. Algo que, por cierto, no varió por la firma de los Acuerdos de Oslo (1993-1995), aquella trampa israelo-estadounidense que, aunque fuese un fracaso, fue utilizada por el régimen israelí como cortina de humo para avanzar en su colonización y apartheid. Un deber de la potencia ocupante de proteger a la población ocupada que, por cierto, Israel ha violado sistemática y masivamente, al igual que los Derechos Humanos del pueblo palestino. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU ha condenado oficialmente a Israel en más ocasiones que a cualquier otro Estado del mundo.

Por su lado, también debe quedar claro que las resoluciones de la Asamblea General de la ONU 3070 (1973), 3246 (1974), 35/35 (1980), 37/43 (1982) y 45/130 (1990) “reafirman la legitimidad de la lucha de los pueblos por liberarse de la dominación colonial y la subyugación extranjera por todos los medios disponibles, incluida la lucha armada”, mencionando aquí explícitamente la legitimidad de todas las formas de lucha de liberación del pueblo palestino.

  1. Un desequilibrio tan abismal y un doble rasero tan indignante que supone “el mayor escándalo moral de nuestro tiempo”

Para el intelectual camerunés Achille Mbembe, Palestina es “el mayor escándalo moral de nuestro tiempo”. Lo es si tenemos en cuenta la historia y la operación genocida de estos días. Fijándonos en la infancia, no sólo lo es porque según Save the Children “la infancia palestina es la única en el mundo enjuiciada sistemáticamente por un procedimiento militar en lugar de civil”. No sólo lo es porque tropas israelíes detienen a menores a diario y han llegado a detener a niños de 3 años (como en Hebrón el 27 de marzo de 2018), acusados de lanzar piedras. No sólo porque en julio de 2021, por ejemplo, asesinaron en Beit Ummar a Mohammed al-Alami, un niño palestino de 12 años, y en su funeral no solo atacaron a las personas asistentes, sino que asesinaron a otro joven de 20 años, Shawkat Awad. No sólo porque entre el año 2000 y el 6/10/2023, el apartheid israelí asesinó a 2.287 niñas y niños palestinos. No sólo por este infanticidio del siglo XXI, sino porque, como escribió el poeta palestino Mahmud Darwish, hacemos “memoria del principio / olvido del final”. La Nakba palestina no sólo ocurrió hace 75 años, sino que lleva sucediendo 75 años ininterrumpidamente. Es un presente eterno.

Hoy más que nunca, es insoportable comprobar el doble rasero entre Ucrania, que recibe todo el apoyo de los gobiernos del Atlántico Norte, y Palestina, que sólo recibe criminalización y complicidad con la potencia colonizadora y ocupante que le oprime. La Unión Europea de Radiodifusión tardó solo un día en expulsar a Rusia de Eurovisión tras invadir Ucrania en febrero de 2022. Mientras tanto, Israel participa en Eurovisión desde hace décadas.

Hoy más que nunca, también es insoportable comprobar –aunque sea frecuentemente censurado en grandes medios euroamericanos– cómo década tras década el apartheid israelí asesina impune y sistemáticamente a personas adultas y a menores, a personal sanitario y a periodistas, en nombre de la democracia y en nombre del victimismo. No existe otro régimen colonial creado y mantenido a través de crímenes de guerra y de lesa humanidad que se presente al mundo como la víctima perpetua. Y todo ello con la estrecha colaboración de Estados Unidos, la Unión Europea y sus países, y otros Estados del Norte Global. De hecho, las complicidades académicas, culturales, económicas, militares y políticas son las que permiten el mantenimiento del apartheid israelí.

Los cuerpos y territorios palestinos son un laboratorio de pruebas de la industria armamentística y tecnológica mundial. Lo que se testea allí es exportado y comprado por todo el mundo: las técnicas policiales que aprenden fuerzas de seguridad del Estado español con israelíes, las tanquetas de agua israelíes que reprimen manifestaciones en Barcelona o Santiago de Chile o los drones israelíes que luego vigilan la Frontera Sur de la UE o los campos saharauis. Todo está interconectado, como las tiranías y los tiranos, por eso Netanyahu ha sido un estrecho aliado y amigo de Jair Bolsonaro, Donald Trump o Viktor Orbán.

Israel es el mayor exportador de armas per cápita del mundo. Ahora mismo, numerosas industrias de la muerte están subiendo en bolsa y obteniendo pingües beneficios, porque el Ejército israelí está demostrando en directo, una vez más, que las armas y tecnologías que utiliza funcionan, están tested in combat. Por eso, hay grandes intereses capitalistas en que el apartheid israelí y sus crímenes continúen. Por eso, la campaña global de BDS es la máxima esperanza del pueblo palestino: porque es la mayor coalición de la sociedad civil palestina, porque una campaña similar contribuyó en el pasado a la caída del apartheid sudafricano, porque acabar con las complicidades es la clave, y porque saben que no se puede confiar en el poder, y son los pueblos y los movimientos sociales quienes tienen que marcar el rumbo de la lucha contra las injusticias.

Así, a diferencia de Israel, Palestina no ha cometido una limpieza étnica para crear un Estado. A diferencia de Israel, Palestina no ha colonizado ningún territorio. A diferencia de Israel, Palestina no practica el apartheid. A diferencia de Israel, Palestina no tiene Estado, ni Ejército. A diferencia de Israel, la población de Gaza no tiene refugios, ni puede refugiarse, ni siquiera tiene pasaportes. A diferencia de Israel, la población de Gaza no roba la tierra a nadie. El 70% son refugiados expulsados de su tierra (que ahora es Israel) y todavía un mayor porcentaje depende de la ayuda exterior.

Gaza es uno de los lugares más densamente poblados del mundo, más del 90% de su agua está contaminada, y desde 2006 está bloqueada por tierra, mar y aire. Lo que significa que Israel no permite que entre ni salga nada ni nadie sin su permiso. Gaza se ha definido como un ‘gueto’, como ‘la mayor cárcel al aire libre del mundo’ o como un ‘campo de concentración’.

En ocasiones, las autoridades israelíes han impedido que entren folios de papel, lápices o garbanzos a Gaza por ‘cuestiones de seguridad’. También, periódicamente, impiden salir a niñas y a niños palestinos enfermos de cáncer u otras enfermedades graves para que sean tratados. A diferencia de Israel, Palestina no tiene armas nucleares, ni bombardea con fósforo blanco (un arma química prohibida). A diferencia de Israel, Palestina no lleva más de medio siglo siendo apoyada por la mayor potencia militar mundial. Pero, al mismo tiempo, la mayor potencia mundial cada vez lo es menos, y el 7 de octubre de 2023 las guerrillas del gueto de Gaza humillaron a la potencia colonial, ocupante y nuclear de Israel, cuyo servicio secreto parecía ser de los más avanzados y temidos del mundo…

¿Por qué lo ocurrido el 7 de octubre ha hecho poner el grito en el cielo a personas que nunca habían puesto el grito en el cielo cuando, por ejemplo, los militares y colonos del apartheid israelí asesinaron a 2.287 niñas y niños palestinos, entre el año 2000 y el 6 de octubre de 2023 –ahora ya son más de 3.000 desde el año 2000–? Como pasó con gran parte de la prensa y la opinión pública del Atlántico Norte con la descolonización de Argelia, lo que no perdonan, como escribiría Aimé Césaire, no es el crimen en sí, el crimen contra personas, sino el crimen contra personas blancas. Por tanto, es por racismo. El racismo, y en concreto el racismo islamófobo, que sigue marcando el día a día de las personas musulmanas o percibidas como musulmanas y las imágenes y representaciones que se proyectan sobre ellas.

  1. El 7 de octubre de 2023: ¿un antes y un después en la descolonización de Palestina?

El colonialismo moderno-contemporáneo tiene como base la deshumanización, el racismo, la subyugación y la violencia, tal y como explicó el intelectual afrocaribeño Frantz Fanon. Y la historia del siglo XX enseña que todo proceso de descolonización, ya sea en Angola, en Argelia, en la India, en Sudáfrica o en Vietnam, combina la resistencia no violenta y la lucha armada. Y ambas, según las resoluciones de la Asamblea General de la ONU, son legítimas para acabar con la dominación colonial.

En mayo de 2021, los bombardeos israelíes sobre Gaza asesinaron a 256 personas palestinas. El apartheid israelí no necesitaba esgrimir ninguna justificación. Sólo que, en un barrio de Jerusalén, Sheikh Jarrah, las palestinas y los palestinos estaban negándose a sufrir una limpieza étnica. Así, quien volvió a bombardear Gaza (como en 2018, en 2014, en 2012, en 2008-2009…) no utilizó ningún casus belliLos regímenes coloniales como Israel no necesitan casus belli, se crearon a través de crímenes de guerra y de lesa humanidad, y actúan con total impunidad en el entramado del sistema internacional, como estamos viendo estos días.

Pero el 7 de octubre de 2023 será recordado durante mucho tiempo. Los guerrilleros palestinos del gueto de Gaza, de más de diez facciones políticas diferentes y mayoritariamente refugiados, no sólo no habían conseguido destruir nunca tan eficaz ni rápidamente los sistemas de vigilancia y la ‘valla inteligente’ de tecnología punta, que les ha separado 75 años de sus tierras de origen, sino que nunca habían conseguido penetrar tan adentro en el territorio del que sus ancestros fueron expulsados. Algunos de ellos lloraron al llegar a la Palestina del 48. La prensa israelí tituló lo ocurrido el 7 de octubre de 2023 como un “fracaso colosal [israelí]”, una “catástrofe nacional”, “el mayor fallo de inteligencia en la historia israelí” o “el momento más difícil desde 1948”.

Innumerables analistas internacionales y militares coincidieron. “Pase lo que pase en esta [nueva] ronda de la guerra Israel-Gaza”, escribía Chaim Levinson en Haaretz, el 8 de octubre, “ya hemos perdido”. Las guerrillas palestinas marcan el tempo. Y se abre un nuevo escenario, en el que se ha demostrado que Israel es más vulnerable de lo que parecía. Puede ser atacado y derrotado –aunque sea temporalmente– y su posición no sólo internacional, sino también del territorio que controla, puede alterarse.

El 7 de octubre de 2023 no sólo fue sabbat, lo que suele comportar menor actividad judía israelí en numerosos ámbitos. Fue el día siguiente al 50º aniversario de la Guerra del Yom Kippur, iniciada por sorpresa y con un fallo de inteligencia israelí por parte de las fuerzas egipcias y sirias para recuperar el Sinaí y los Altos del Golán, territorios de Egipto y Siria, respectivamente, ocupados por el Ejército israelí en 1967. Años después, Egipto consiguió recuperar el Sinaí a cambio de reconocer a Israel, pero los Altos del Golán continúan estando ocupados militarmente.

¿Por qué esta nueva fase en el proceso de descolonización de Palestina? Por varios factores. Desde el final de la pandemia, la resistencia palestina ha conseguido un alto nivel de coordinación, eficacia y planificación interna y externa. Algo que se ha podido comprobar especialmente en ciudades del norte de Cisjordania como Nablus y Yenín. Allí, ha surgido una nueva generación de jóvenes guerrilleros palestinos, hastiados de 75 años de colonialismo y apartheid, y muy críticos con la Autoridad Nacional Palestina, totalmente desacreditada, sin ninguna competencia real y obligada a colaborar con el régimen israelí. La primera semana del pasado mes de julio, el Ejército israelí invadió el campo de refugiados y refugiadas de Yenín, incluyendo fuerza aérea, en un despliegue militar de ocupación sin precedentes desde la Segunda Intifada (2000-2005).

Además, si se tienen en cuenta otros factores, la operación palestina Inundación de Al-Aqsa puede haber llegado en un momento apropiado para poder abrir una nueva ventada de oportunidad de cambio. El Gobierno israelí es el más ultraderechista de la historia, y con ministros abiertamente racistas (uno de ellos, Bezalel Smotrich, afirmó ser un “fascista homófobo” en enero de 2023) que incitan a cometer crímenes, y que han participado en linchamientos contra personas palestinas. La sociedad judía israelí está muy fragmentada y, desde enero de 2023, se suceden masivas protestas contra la destrucción de la separación de poderes de la etnocracia israelí.

Además, esta operación de descolonización intenta descarrilar los avanzados contactos entre la diplomacia israelí y saudí para establecer un reconocimiento mutuo, algo clave para el apartheid israelí, que siempre ha buscado desesperadamente su reconocimiento internacional. Aquí cabe enmarcar los denominados Acuerdos de Abraham entre Israel, por un lado, y Baréin, Emiratos Árabes, Marruecos y Sudán, por otro, entre agosto y diciembre de 2020. Estos pactos provocaron una gran indignación en el pueblo palestino y en el resto de pueblos árabes. Operaciones como esta pretenden que estos acuerdos no se puedan ampliar a más países. De hecho, Arabia Saudí ya ha afirmado que congela su proceso de normalización de relaciones con Israel y, en una noticia histórica, autoridades de dos grandes rivales del golfo Pérsico –el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman y el presidente iraní Ebrahim Raisi– han tratado por el teléfono sobre la situación actual en Palestina.

De hecho, también puede tratarse de un momento oportuno si tenemos en cuenta los cambios geopolíticos recientes. El pasado marzo, Irán y Arabia Saudí restablecieron sus relaciones diplomáticas. Ambos países, junto a otros, como Argentina o Egipto, se incorporan el 1 de enero de 2024 a los BRICS (originalmente, la asociación entre Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). El primer día del próximo año, los BRICS superarán no sólo en población sino también en porcentaje del PIB global al G7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido).

Aunque los BRICS tienen acuerdos con el Estado y empresas israelíes, su perspectiva general es mucho más propalestina que la de los miembros del G7, como se está comprobando desde el pasado 7 de octubre. Si aquel día se demostró que Israel no puede defender ni su propio territorio, en medio de la reconfiguración geopolítica global, en el que por primera vez en mucho tiempo el centro del mundo está dejando de estar en el Atlántico Norte, puede perder su valor como gendarme regional estadounidense. Múltiples escenarios están abiertos…

Por último, quiero acabar con un recuerdo que atraviesa el pasado, el presente y el futuro, que ya recogí en mi artículo anterior en Público y que, hoy, sigue siendo más necesario que nunca, ante el genocidio israelí en Gaza: “Durante los bombardeos israelíes contra Gaza de verano de 2014, que acabaron con la vida de más de 2.200 personas, entre ellas más de 500 niñas y niños, centenares de supervivientes y víctimas judías del genocidio nazi publicaron una carta entonado el ‘no en mi nombre’, condenando ‘la masacre en Gaza’ y pidiendo el boicot (BDS) a Israel. Al final de su escrito se pudo leer: ”Nunca más’ ha de significar nunca más para nadie'”.

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