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Transhumanismo en la práctica deportiva

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Raúl Francisco Sebastián Solanes El Viejo Topo

El desarrollo científico-tecnológico permite una forma más sofisticada de dopaje: el dopaje genético. Hay quienes están a favor de superar los límites naturales en la competitividad deportiva, y ofrecen sus argumentos. ¿Son lo suficientemente convincentes?

El sistema deportivo es uno de los principales escenarios de nuestras sociedades, y ha acabado convirtiéndose en el hábitat paradigmático del hombre performance. El cuerpo humano pasa a convertirse en la representación de un “hecho social total”, ligado esencialmente a una cultura del consumo cuyo eje central es la experiencia de vivir y sentir sensaciones físico-emotivas. De modo que el imperativo del fitness (bienestar físico) resulta superado por el wellness (bienestar, además de físico, mental y emocional)[i].

La influencia del transhumanismo, que ha irrumpido con fuerza como una de las corrientes de pensamiento emergentes, llega al mismo ámbito deportivo gracias a sus propuestas sobre el gene dopping enhacement, es decir, del dopaje genético y del mejoramiento genético del rendimiento de los deportistas en el terreno deportivo. Para abordar esta cuestión tendremos que aproximarnos a lo que es el dopaje, su historia y sus nuevas manifestaciones como el dopaje genético.


El origen de la palabra dopaje estaría en el término “dop”, utilizado en Sudáfrica durante el siglo XVIII para referirse a una bebida alcohólica que tenía efectos estimulantes. Otros, en cambio, señalan que podría provenir de la palabra holandesa “doop”, que después asumiría el inglés para referirse a una sustancia con efectos sedantes y alucinógenos. Será a finales del siglo XIX cuando el término se utilice para referirse a una bebida con efectos narcóticos, y es a principios del siglo XX cuando se defina la conexión con los efectos mejoradores del rendimiento físico. Las autoridades deportivas fueron las primeras que tomaron una serie de iniciativas en contra de todo tipo de mejoramiento proveniente de sustancias químicas. En 1928 la Federación Internacional Atlética Amateur prohibió el dopaje, y en 1968 el Comité Olímpico Internacional (COI) empezó a llevar a cabo controles de dopaje obligatorio. Como resultado se funda en 1999 el World Anti-Doping Association (WADA). Será en los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004 cuando se establezca por primera vez un control antidopaje sistemático.

Son muchos los argumentos que se dan a favor y en contra del uso del dopaje desde la ética del deporte, pues se entiende que el dopaje es también un problema jurídico, legal, cultural y, sobre todo, ético. Pérez Triviño recopila varios argumentos en relación con la prohibición del dopaje. Son los siguientes:

El problema del engaño y la afectación a la igualdad. Desde este argumento se intenta señalar que el dopaje sería una infracción a las reglas del deporte, de lo que se sigue que todo aquel que recurra a este tipo de sustancias dopantes estaría violando las reglas del deporte. Los partidarios de este argumento defienden que el dopaje debe ser prohibido, pues contradice a las reglas del deporte y supone una forma de engaño.

Otro argumento corresponde a la “lotería genética”. Aunque el deporte moderno se caracteriza por la igualdad, lo cierto es que en numerosas ocasiones los deportistas no salen al terreno deportivo en pura igualdad de condiciones, pues algunos han sido dotados de una serie de disposiciones naturales que les hacen destacar en el deporte más que sus compañeros. De hecho, los autores que apelan a este argumento entienden que la desigualdad per se no es inaceptable o injusta en el deporte; incluso afirman que forma parte del deporte, ya que un deporte donde todos tuvieran las mismas habilidades o disposiciones físicas resultaría aburrido y carente de atractivo. Por lo que se rechaza el uso del dopaje, especialmente en los casos en que su uso se justifica para superar las desigualdades físicas con las que nos ha dotado la naturaleza.

Otro argumento: la irrelevancia relativa del dopaje, que entiende que en la actualidad el dopaje no ofrece soluciones milagrosas que aumenten el rendimiento de los deportistas. Cada participante en el deporte deberá seguir entrenándose con dedicación y sacrificio si quiere obtener la ansiada meta. El dopaje le ofrece una hipotética ventaja y muchos riesgos que ponen en peligro su salud.

Por último, el argumento del daño y del paternalismo injustificado. La premisa mayor de esta argumentación reside en que, en la mayoría de los casos, las sustancias dopantes que los deportistas toman para aumentar su rendimiento es incontrolado, por lo que existe un riesgo elevado de que puedan dañar seriamente a su salud.


El uso de tecnologías genéticas en el deporte puede surgir atendiendo a diversas finalidades, bien sean terapéuticas o mejoradoras del rendimiento. Lo cierto es que serán tres los tipos de modificación mejoradoras que pueden experimentar los deportistas en un futuro próximo: el dopaje genético, los implantes en el cuerpo que convertirán a los deportistas en cyborgs y la creación de seres transgénicos, es decir, híbridos y quimeras. La Word Anti-Doping Agency (WADA) define el dopaje genético como la introducción y consiguiente expresión de un transgen (un gen modificado genéticamente) o la modulación de la actividad de un gen existente para lograr una ventaja fisiológica adicional.

El primer problema con que se enfrenta el nuevo proyecto de mejora es el de determinar qué se entiende por “mejora”. Según Allen Buchanan: “una mejora biomédica es una intervención deliberada, aplicando la ciencia biomédica, que pretende mejorar (to improve) una capacidad existente, que tienen de forma típica la mayor parte de los seres humanos normales, o todos ellos, o crear una capacidad nueva, actuando directamente en el cuerpo o en el cerebro”[ii]. Un segundo problema consiste en decidir qué posición ética adoptar al respecto, si estamos dispuestos o no a aceptar las mejoras con medios biomédicos, o únicamente son admisibles las intervenciones terapéuticas, es decir, los tratamientos.

El debate en torno a la aceptación o no del dopaje y de la aplicación de las nuevas tecnologías genéticas de mejoramiento de las capacidades humanas se ha dividido al menos en dos frentes: por un lado, los transhumanistas, que defienden que la gran variedad de mejoras técnicas y genéticas deberían desarrollarse y aplicarse a la práctica deportiva, y, por otro lado, los bioconsevadores, que sostienen que no deberíamos modificar sustancialmente la biología y las condiciones inherentemente humanas.

Como señala Thomas Douglas, la tesis principal de los bioconservadores sostiene que, “aun cuando fuera técnicamente posible y legalmente permisible comprometerse en la mejora biomédica, no sería moralmente permisible hacerlo”[iii]. Dentro de los bioconservadores encontramos a Francis Fukuyama, quién formó parte del Consejo de Bioética del expresidente estadounidense George W. Bush. En su artículo Transhumanism, Fukuyama afirmó que el transhumanismo es “la idea más peligrosa del mundo”[iv]. El filósofo Michael Sandel es otro de los clásicos de esta posición, expresada, principalmente, en su libro Contra la perfección. Por su parte, bioeticistas como George Annas, Lori Andrews y Rosario Isasi han propuesto una legislación para que sea un “crimen contra la humanidad” la modificación genética heredable en seres humanos.

Centrándonos en el ámbito de la ética del deporte podemos citar algunos nombres importantes de ambos grupos. Dentro del primer grupo, los transhumanistas, debemos situar las propuestas de Claudio M. Tamburrini o de Julian Savulescu, quien afirma que determinadas técnicas de mejoramiento harían del deporte una práctica más segura y estable. Por otro lado, en el grupo de los bioconservadores, debemos incorporar las propuestas del ya citado Michael Sandel o, siempre en relación con el deporte, de Robert Louis Simon.


Julian Savulescu, profesor y director del Uehiro Centre for Practical Ethics en la Universidad de Oxford, ha defendido abiertamente las ventajas que conllevan las técnicas de mejoramiento humano en el deporte profesional. En primer lugar, entiende que la decisión de ingerir sustancias dopantes por parte de los competidores es una decisión libre: el deportista la ha sumido y en nada se distingue de cualquier otra decisión que pueda haber tomado para mejorar su rendimiento. En segundo lugar, señala que la aparición y utilización de muchos avances tecnológicos en el equipamiento deportivo comportan, a su vez, que ya haya sido mejorado el rendimiento de los deportistas: un caso sencillo es el relativo a las innovaciones producidas en el calzado que usan los velocistas.

Asimismo, Savulescu considera que la eliminación de las prohibiciones del dopaje en deportes como el ciclismo profesional, traerá la igualdad y justicia entre los ciclistas y sus equipos. El motivo reside en que la evaluación de sustancias prohibidas no se hace de forma global, sino más bien parcial, aplicándose a un pequeño porcentaje de la comunidad de deportistas. Éste es el motivo de que, pese a lo prescrito por las reglas que prohíben el uso del dopaje, esta práctica sigue estando muy consolidada entre los deportistas. Por lo que el establecimiento de una legislación que legalice y regule el uso de técnicas dopantes contribuiría a hacer que el deporte de élite fuera más justo.

La solución, a criterio de Savulescu, sería eliminar el tabú existente en relación con el dopaje y aceptar su lado positivo (por ejemplo, los esteroides anabolizantes capacitan a los deportistas para aumentar su rendimiento hasta cotas jamás alcanzadas por el entrenamiento llevado a cabo sin recursos artificiales). Aunque a ello se le podrían presentar muchas objeciones, partiendo de que pone en entredicho la equidad en el deporte. Como bien señala Sandel, este meliorismo que lo apuesta todo al desarrollo, al progreso y al perfeccionamiento llevaría a una sociedad estratificada e insolidaria, una sociedad que despreciaría a quienes padecen discapacidades y que, por ello, socavaría el compromiso con la justicia distributiva[v].


Podemos concluir que los deportistas son personas con igual dignidad, lo que implica que son fines en sí y que no pueden mediatizarse para cualquier otro fin. En lugar de asumir riesgos para la salud en aras de la máxima competitividad, el deporte debe fomentar valores que impacten positivamente en la sociedad a partir de sus repercusiones socioculturales.

En oposición a la postura transhumanista, el dopaje contribuiría a aniquilar por completo el vestigio moral que permanece en el deporte profesional. La aceptación del dopaje, y en particular del dopaje genético, contribuiría a que la práctica deportiva fuese completamente entregada al mercantilismo y, por consiguiente, aumentarían las diferencias económicas que explican la brecha entre el éxito y el fracaso deportivo: solo podrían acceder a este tipo de sustancias o tecnologías genéticas dopantes los clubes deportivos con mayor poder adquisitivo para costearlo.

Cabe pensar que detrás de argumentos como los que ofrece Savulescu se ocultan los intereses de las empresas farmacéuticas, que serían las principales beneficiarias de la legalización, y por tanto la difusión, del dopaje. Como el propio Suvalescu declara: “el dinero compra el éxito”[vi]. Pero como nos enseñó Gadamer en sus últimos escritos, cuando ya contaba con una avanzada edad, es que si lo que uno quiere es educarse y formarse –o, en el caso del deporte, aspirar al lema de Coubertin donde lo importante es competir bien– entonces debemos recurrir a fuerzas humanas para sobrevivir indemnes a la tecnología y al ser de la máquina[vii].

Notas
[i] Russo, G. (2011). La società della welness: Corpi sportivi al traguardo della salute. Ed. Franco Angeli, p. 16.
[ii] Buchanan, A. (2011). Beyond Humanity? Ed. Oxford University Press, p. 23.
[iii] Douglas, T. “Moral Enhancement”, Journal of Applied Philosophy, vol. 25, n. 3, 2008, p. 228.
[iv] Fukuyama, F. Foreign Policy, 2004 September/October.
[v] Sandel, M. (2007). Contra la perfección. Ed. Marbot, pp. 89-92.
[vi] Savulescu, J. (2012). ¿Decisiones peligrosas? Una bioética desafiante. Ed. Tecnos, p. 118.
[vii] Gadamer, H. G. (2000). La educación es educarse. Ed. Paidós, p. 48.

Artículo publicado en El Viejo Topo número 418 de noviembre de 2022.

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