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Un presente hambriento que crece

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Se calcula que con los 100 mil millones de dólares de impuestos que evaden las empresas norteamericanas cada año se avanzaría a acabar con el hambre por toda una década. Pero la desigualdad es un esquema, no es un origen, sino una desgraciada meta.

dalila rodriguez saavedra

Hablar de hambruna sin establecer de entrada la crasa desigualdad en la que vivimos los seres humanos es un error. Pero omitir que la responsabilidad es compartida en una perversa cadena entre los estados que rigen los casi 200 países y los ínfimos líderes de élites transnacionales es una hipocresía. Vivimos en un espacio radicalmente dividido en el que coexisten un mundo opulento y un mundo pobre. Siendo una parte más responsable que la otra, pero ambas compartiendo la misión de ignorar a las 2,000 millones de personas hambrientas (dato hasta 2023).

El mundo, radicalmente dividido, tiene que prestarle oído y corazón a la cifra anterior. Aunque entre la barahúnda de intrascendencias que se amontonan en los medios el dato es muy impactante, en el fondo es solo una pieza suelta de información. Solo una más, lamentablemente. Que una mayoría –poderosa y cruel mayoría–  elija usar las redes globales de comunicaciones no para involucrarnos y concertar aceleradamente el desbalance de la desigualdad, sino para distraerse y olvidar los datos de nuestro derredor es asqueante.

Si bien, como nos ilustra el cuerpo investigativo del historiador y periodista Martín Caparrós, la pobreza es un concepto preocupante y relativo a la media de ingresos de cada sociedad, sabemos que existen hace más de tres décadas –y progresivamente– mil millones de personas que no siempre pueden comer. Que tras su último bocado viven en la incertidumbre de si volverán hacerlo. Miles de millones de personas no tienen agua potable ni acceso a la electricidad. “Que esas personas suelen ser las mismas, pero a veces no”[1].

Pues además de la hambruna o inanición –que en mayor o menor grado sabemos que existe– y que equipara en cifras a la cantidad de personas que componían la humanidad hace dos siglos, se suma otro grupo creciente de personas que sufren emaciación grave, una desnutrición tan aguda que los coloca en una etapa muy cercana a la muerte. Según cifras recientes del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) esta crisis humanitaria afecta a 13, 6 millones en etapa de niñez, menores de 5 años en todo el mundo.

Desde el 2016 la emaciación va en aumento y no solo en el mundo pobre sino en países relativamente estables, que debido a conflictos geopolíticos o por el mero cinismo del espíritu de los tiempos (me permito enfatizar) quedan del lado vulnerable e injusto. La mayoría de los hambrientos sigue perteneciendo al sur de Asia, los indios y bengalíes; a los países de África, que no paran de aumentar, se estima que son unos 240 millones; y en América Latina son 50 millones.

 Lo que más frustra es que con redistribuciones modestas en sus presupuestos, todos los estados con voluntad pueden disminuir y hasta revertir este ataque a la humanidad. No existe ningún argumento, que no sea de óptica perversa, para que con todos los avances técnicos en la producción de alimentos en este presente sucio la humanidad coma adecuadamente lo que necesita.

Un infante que sufre emaciación tiene 11 veces más probabilidades de morir porque este déficit transforma enfermedades comunes infantiles (catarros, bacterias) en enfermedades mortales. Asimismo aumenta el desarrollo de condiciones severas de salud –que les afectará de por vida. Razón por la cual un grupo creciente de personas tendrá dificultades en su desarrollo y alfabetización. Cifras palpables que, en su mayoría, tiene relación a largo plazo con casos de rezago académico o deficiencia en habilidades básicas.

A pesar de ello, la idea de que los estados son incapaces de gestionar empresas eficientes ha sido utilizada complacientemente para que entren –con apenas limitaciones legales, y cada día más– corporaciones y empresas privadas que “puedan proveer servicios mejores”. Este panfleto de agenda clara para perpetuar la desigualdad ha convencido a millones de personas.

Las andanadas de los movimientos obreros del siglo pasado, los reclamos e insultos a la burguesía, primero; décadas más tarde a los intereses del capital logrados, y por supuesto las distintas etapas del activismo de las mujeres consiguieron bienestar colectivo no visto antes, muy significativo (vivienda, educación, seguridad social, entre otros). Pero también una hendidura profunda y paralela a estos procesos se instaló entre las sociedades ricas y las pobres; en las sociedades insertadas en políticas ex coloniales y coloniales, que perviven extorsionados con la economía del visitante o la del desastre, por mencionar solo dos. De manera que el panfleto  neoliberal glorificado en torno a que “las riquezas del poder se derramarán sobre los más desaventajados” sabemos dónde y cómo anda.

Claramente sabemos que el hambre y/o la malnutrición son producto de la desigualdad no ocurre porque es un problema técnico o que no hay tierras ni gente que las cultive, como reza otro de los panfletos preferidos, es un asunto de intereses políticos y económicos. No es la gente pobre que no puede acceder a los alimentos sino que la producción y distribución con todos sus fases lucrativas “está pensada para que no todas las personas  pudieran comer y algunos pocos ganen más dinero”[2].

Se calcula que con los 100 mil millones de dólares de impuestos que evaden las empresas norteamericanas cada año se avanzaría a acabar con el hambre por toda una década. Pero la desigualdad es un esquema, no es un origen, sino una desgraciada meta.

[1] Caparrós (2024) El mundo entonces una historia del presente, Random House p. 46.
[2] Caparrós (2024)

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