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Una primavera roja

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Tomaselli examina la situación actual del conflicto bélico entre la OTAN, Kiev y Moscú; e imagina distintos escenarios militares a corto y mediano plazo

ENRICO TOMASELLI La Haine

A medida que el mundo se polariza cada vez más y crece la brecha entre Occidente y el resto del mundo, es probable que la guerra en Ucrania marque una nueva fase en el conflicto, rompiendo la aparente inmovilidad actual. Los próximos meses podrían ser de gran importancia, no tanto para decidir el resultado del conflicto, sino para influir fuertemente en su duración. Entretanto, los gobiernos europeos parecen resignados a sufrir su sangrienta prolongación.

¿Una drôle de guerre?

Aparentemente, la situación actual de la guerra ucraniana parece recordar a la Primera Guerra Mundial: guerra de trincheras, escasa movilidad, cambios de situación lentos y no decisivos. En parte, esta percepción proviene por contraste de lo que hemos introyectado como idea de guerra moderna, desde la Blitzkrieg de la Segunda Guerra Mundial hasta las fulminantes campañas contra Irak y Libia; así como también del desconocimiento por parte del gran público de las especificidades del teatro de operaciones, a lo que se añade lo difundido por una propaganda grosera y omisiva (cuando no del todo mendaz), a menudo divulgada por pseudoexpertos, carentes de conocimientos y competencia al menos tanto como el público al que se dirigen.

Esta guerra, por tanto, nos parece más extraña de lo que realmente es. Esto se debe a que, en el fondo, a todos nos gustaría que terminara rápidamente. Su lentitud debe, por tanto, compararse con la velocidad con la que nos gustaría que se desarrollara.

Pero, ¿es realmente una guerra lenta y de trincheras? Solo lo es en parte, y solo durante una parte del tiempo. Mientras tanto, la naturaleza del terreno se ve extremadamente afectada por las vicisitudes estacionales. Las lluvias de otoño convierten el suelo en barro, el invierno lo congela, la primavera lo descongela y vuelve a traer el barro, el verano lo seca. La movilidad, por tanto, está limitada a ciertas épocas del año, mientras que durante los demás meses es extremadamente complicada, sobre todo para los vehículos pesados. También está la absoluta anomalía de este conflicto, un verdadero unicum en la historia, y no solo la moderna. A diferencia de todas las guerras libradas por Occidente desde 1945 (con la única excepción de la guerra de Corea), esta no es una guerra asimétrica.

No lo es porque, si bien Rusia es una gran potencia (incluso nuclear), la distancia entre las fuerzas armadas de los dos países directamente beligerantes no es tal como para determinar, precisamente, una diferencia radical. Pero no lo es especialmente porque -y aquí radica el unicum- el país más débil cuenta con el apoyo activo de al menos otros cincuenta, cuya contribución es a todos los efectos decisiva.

Siendo realistas, nadie podría argumentar que, sin el apoyo de la OTAN (y de otros países vinculados a ella), Ucrania seguiría siendo capaz de luchar. Ese apoyo, de hecho, se extiende a todos los aspectos de la guerra, incluida la presencia boots on the ground (aunque, por ahora, parcial y camuflada). Desde el entrenamiento hasta el suministro de armas y municiones, desde la logística hasta la inteligencia, desde el apoyo económico hasta el propagandístico, se trata de hecho de una guerra del Occidente colectivo contra Rusia. Lo que, en todo caso, la convertiría en una guerra asimétrica, ¡pero teóricamente en desventaja de esta última! Por último, hay que añadir que Rusia ha optado desde el principio por no desplegar todo su potencial bélico, por considerarlo innecesario entre otras cosas. Aunque Ucrania tiene un ejército respetable, sigue siendo una fuerza sin experiencia reciente en combate (el último fue en Afganistán, cuando aún formaba parte de la URSS). En cambio, el ejército ruso tiene en su haber intervenciones en Chechenia, Georgia y Siria. El ejército ucraniano se encuentra en plena transición del modelo soviético (organizativo, logístico, táctico, estratégico y doctrinal) al modelo de la OTAN. El ejército es uno de los sectores donde la corrupción rampante del país cala más hondo.

Eppur si muove

A pesar de la sensación de estancamiento, la situación sobre el terreno es cualquier cosa menos eso. Las fuerzas armadas rusas están básicamente a la ofensiva a lo largo de toda la línea del frente -que, recordemos, se extiende a lo largo de unos mil kilómetros-, aunque esto no produzca ningún avance resonante. Al fin y al cabo, se trata de una guerra de desgaste. No se trata de avances repentinos sobre el terreno, sino de un consumo lento y progresivo del potencial bélico del enemigo. Una elección que, aunque obviamente conlleva un consumo recíproco (pero no igual), responde a la necesidad estratégica de desmilitarización. No se trata simplemente de vencer al ejército ucraniano, sino de dejarlo en condiciones tales que no pueda recuperarse rápidamente y volver a amenazar la seguridad de las fronteras occidentales de la Federación Rusa. Un objetivo que también se persigue mediante el continuo desmantelamiento de las infraestructuras, con una serie de ataques periódicos desde el aire sobre todo el país.

En cuanto a los combates, se están librando dos batallas significativas en particular, ambas en el óblast de Donetsk: la de Bajmut y la de Avdíivka. La primera lleva prácticamente 10 meses en curso y representa, en cierto sentido, el Stalingrado de este conflicto, además de ser la más conocida.

La batalla de Bajmut nos dice mucho sobre cómo y por qué luchan los dos ejércitos, pero también es objeto de una confusa mezcla de propaganda. Es bien sabido que la resistencia total de esta ciudad fortificada fue el resultado de una decisión eminentemente política, fuertemente deseada por Zelenski, a pesar de la opinión contraria de los militares ucranianos y de los asesores estadounidenses. Un caso clásico que confirma la teoría de von Clausewitz de que la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios. De hecho, la preocupación del líder ucraniano es que una posible derrota en Bajmut pueda enfriar el entusiasmo de sus partidarios internacionales, una eventualidad que obligaría a Zelenski a suavizar sus sugerencias. Por lo demás, la opinión de los militares (tanto en Kiev como en el Pentágono) es que los costes de esta resistencia total en Bajmut superan con creces a los beneficios. Ambas posturas tienen, bien mirado el asunto, un punto débil. En el caso de Zelensky y su obstinación en defender Bajmut, la debilidad es que la batalla ya está perdida. Sólo queda por decidir cuándo caerá y cuál será el precio que pagará el ejército ucraniano. En el caso de los militares, el punto débil es que, por ahorrar recursos humanos y materiales, se niega el valor estratégico de la ciudad.

El ejército ucraniano, consciente de que tiene pocas posibilidades en una batalla campal abierta, se atrinchera en núcleos de población, obligando a las fuerzas rusas a frenar el avance luchando casa por casa. De este modo, los ucranianos tienen la doble ventaja de frenar a los rusos y de poder hacerlo incluso a costa de destruir ciudades, ya que los combates tienen lugar en el Donbás rusófono. En la compleja dinámica psicológica de esta guerra (que comenzó en forma de guerra civil), para el gobierno central las tierras del sureste del país son ucranianas, pero las poblaciones que las habitan son consideradas hostiles y, como tales, absolutamente sacrificables.

Por su parte, las fuerzas rusas intentan limitar los daños, tanto porque luego les tocará reconstruir, como porque tendrán que contar con esas poblaciones en el futuro. Por tanto, si los ucranianos juegan tácticamente la carta de los asentamientos fortificados, los rusos la convierten en una oportunidad para infligir el mayor número posible de pérdidas al enemigo. La contratáctica rusa, de hecho, consiste en embestir los bastiones frontalmente, enfrentarse a las fuerzas ucranianas en defensa, y luego encerrarlas en una olla, avanzando en pinza por los flancos. Y esto es precisamente lo que ocurrió en Bajmut, donde las unidades de la PMC Wagner -que operan en este sector del frente- fueron conquistando poco a poco las distintas aldeas al norte y al sur de la ciudad, hasta cerrar operativamente el círculo. Prácticamente todas las vías de acceso a la ciudad, por las que podían entrar refuerzos y municiones, así como evacuar a los heridos y a las unidades de rotación, cayeron en manos rusas y ahora sólo queda como único conducto un camino de tierra, que se halla bajo el fuego de la artillería.

Debido a las dificultades de suministro, la resistencia en la ciudad también se hizo cada vez más difícil, por lo que los hombres de Wagner también avanzaron significativamente hacia la ciudad, y la bolsa en la que se encontraban los ucranianos se hizo cada vez más estrecha.

Con estas tácticas de combate, los ucranianos ganan tiempo, pero a costa de enormes pérdidas, mientras que los rusos pierden tiempo, pero destruyen sistemáticamente -y cada vez más- la capacidad operativa ucraniana. Así es como tomaron Mariúpol; así es como tomaron Soledar, más recientemente; así es como lo están haciendo, más al sur, con la ciudad de Avdíivka.

Tanto esta ciudad como Bajmut, contrariamente a lo que nos dice la propaganda occidental, son estratégicas. No solo porque son ciudades pertenecientes al óblast de Donetsk, que al haber pasado a formar parte de la Federación Rusa deben ser liberadas, sino por razones militares concretas y precisas.

Sin la caída definitiva de Bajmut, las fuerzas rusas no pueden ir más allá, yendo a embestir la última línea fortificada ucraniana (la que se desvanece a lo largo de la línea Slóviansk-Kramatorsk); mientras que tomar Avdíivka significa poner fin al bombardeo diario ucraniano de la ciudad de Donetsk (desde allí dispara la artillería ucraniana), y asegurar definitivamente el aeropuerto de la ciudad.

¿Un paso decisivo?

El regreso de la primavera boreal trae una nueva fase de los combates, devolviendo la movilidad a los blindados y abriendo así la oportunidad a nuevos intentos de dar vuelta la situación sobre el terreno. En particular, existe una expectativa generalizada por la ya mítica contraofensiva ucraniana, quizás la más preanunciada de la historia. Aunque todavía no está claro si tendrá lugar, ni cuándo ni dónde, el panorama general, tanto político internacional como militar sobre el terreno, sugiere que algo se debe intentar, al menos por parte ucraniana. Presumiblemente, entre finales de este mes y mayo. Aunque el ministro de Relaciones Exteriores ucraniano, Dmitró Kuleba, sostenga que puede ser «no necesariamente decisivo»1, atajándose convenientemente, resulta demasiado evidente que, para los ucranianos, se trata de un paso decisivo. Lo es tanto desde el punto de vista del apoyo internacional, cada vez más en apuros y necesitado de buenas noticias para seguir adelante, como desde el punto de vista militar, ya que poder recuperar la iniciativa es importante tanto para la moral de las tropas como para aliviar su fatiga.

Más allá del cuándo, las cuestiones fundamentales siguen siendo la dirección en la que se desarrollará (y, por tanto, los objetivos estratégicos y tácticos), con qué fuerzas (cuántos hombres y medios, qué unidades y sistemas de armas) y, por supuesto, con qué opciones, teniendo en cuenta las fuerzas con las que ha de luchar.

Desde el primer punto de vista, las opciones están todas bastante circunscritas. De hecho, las direcciones hacia donde puede dirigirse una contraofensiva se limitan sustancialmente a los óblasts de Donetsk y Zaporiyia. En el frente de Jersón, al suroeste, los ucranianos tendrían que cruzar el Dniéper bajo fuego ruso y luego tendrían el río a sus espaldas. En el frente de Járkov, al noreste, donde no disponen de una gran concentración de fuerzas, deben tener en cuenta que -justo al este, al otro lado de la frontera histórica con la Federación Rusa- hay un agrupamiento de tropas rusas, que podrían atacar el flanco izquierdo de la eventual ruta de ataque. Así, pues, los dos óblasts centrales del Donbás son los posibles objetivos. Y también desde un punto de vista estratégico es lo que tiene más sentido.

Las posibles direcciones de la contraofensiva ucraniana, por ende, podrían ser básicamente tres. La primera, la más importante desde el punto de vista estratégico, es hacia la ciudad de Melitópol, que se encuentra a menos de 100km de la línea del frente. Tomar esta ciudad significaría cortar la franja de tierra que conecta el Donbás con Crimea, que entonces se vería de nuevo privada de su suministro de agua y dependería del puente de Kerch para todos los suministros civiles y militares. Los territorios del óblast de Jersón, al este del Dniéper, también quedarían aislados. En la actualidad, parece que esta sigue siendo la intención; de hecho, en los últimos días se han producido numerosas incursiones de unidades del DRG (Defense Research Group) para sondear las defensas rusas.

Por ende, tanto militar como políticamente, esta sería la carta ganadora. Pero, por supuesto, para serlo de verdad, el objetivo tendría que alcanzarse. Y, por desgracia para Kiev, esto es también lo más difícil.

En esta contraofensiva, dondequiera que se centre, los ucranianos deben tener en cuenta las fuerzas disponibles (cuáles y cuántas), a sabiendas de que registrar pérdidas elevadas podría resultar fatal, incluso cuando se alcanzara el target.

Lo que nos lleva, precisamente, a una consideración general de las fuerzas ucranianas. Las estimaciones de diversas fuentes coinciden más o menos en que las reservas, posiblemente utilizables para una contraofensiva, ascienden a unos 200.000 hombres. Obviamente, esto puede parecer una cifra colosal, pero hay que tener en cuenta algunos factores muy importantes.

En primer lugar: es todo lo que tienen, y arriesgar toda esta fuerza sería una locura. Además, al menos el 70-80% de ellos son personal con escasa formación y experiencia en combate. Hay unos 20.000 soldados entrenados por la OTAN, además de varios miles de contractors, en su mayoría militares occidentales veteranos.

Además, una concentración de esta magnitud ciertamente no puede pasar desapercibida, y estaría expuesta a ser alcanzada, tanto desde el aire como por la artillería de largo alcance.

Por último, lo que ocurre en el campo de batalla es que los atacantes siempre sufren mayores pérdidas que los defensores. Si se tiene en cuenta que, en esta guerra, los ucranianos tienen mayores pérdidas incluso cuando se atrincheran en defensa, se puede entender cómo, potencialmente, un ataque podría resultar un desastre.

Una segunda posible vía de ataque es en dirección a Bajmut, para intentar reconquistarla. Esta hipótesis es probablemente atractiva a nivel propagandístico, pero muy poco a nivel militar. En primer lugar, los ucranianos se encontrarían, con los frentes invertidos, en la situación en la que se encuentran ahora los rusos, es decir, obligados a luchar casa por casa. Además, una ofensiva en esta dirección chocaría necesariamente no sólo contra la ciudad, sino también contra los flancos del despliegue ruso que la rodean por el norte y el sur. Hay que recordar que la PMC Wagner luchó diez meses para llegar a este punto (60-70% de zona habitada y cerco operativo)… Incluso si tal maniobra tuviera éxito, acabarían con una ciudad prácticamente arrasada; es cierto que esto alejaría a los rusos de la línea Slóviansk-Kramatorsk (la última fortificada), pero seguramente el precio sería demasiado alto.

Según Prigozhin, los ucranianos tienen unos 80.000 hombres en el sector -aparte de los 15.000/20.000 que aún permanecen en la ciudad-, pero son imprescindibles para defender la línea Slóviansk-Kramatorsk, en caso de que Bajmut caiga totalmente en manos rusas.

La gran batalla

La tercera ruta posible es, en mi opinión, la más probable; tanto porque es la más fácil como porque es la que tendría más valor estratégico (en relación con el costo). En esta tercera hipótesis, el ataque tendría como objetivo romper el cerco de Avdíivka, y conquistar la ciudad de Donetsk. Desde el punto de vista militar, la ciudad está a solo unos treinta kilómetros del frente, una distancia que sería fácil de recorrer en caso de ruptura. Además, en caso de un ataque en esta dirección, las fuerzas ucranianas tendrían una doble ventaja: podrían golpear la capital del óblast sin ninguna dificultad (llevan nueve años haciéndolo, esencialmente desde Avdíivka), y como la ciudad sigue estando densamente habitada, desencadenarían una huida masiva de civiles, lo que sin duda obstaculizaría los movimientos de las tropas rusas. Por supuesto, si tal movimiento tuviera éxito, también tendría un extraordinario valor simbólico.

Last but not least, al acercar la línea del frente al mar de Azov, permitiría amenazar las líneas de comunicación entre el Donbás y Crimea, no tanto como en el caso de una conquista de Melitópol, pero sí de forma significativa.

En el frente opuesto, lo que sabemos con certeza es que, en los últimos meses, especialmente tras las ofensivas ucranianas del verano boreal pasado, los rusos han establecido líneas fortificadas prácticamente a lo largo de todo el frente. Por lo tanto, ya están equipados para una eventual postura defensiva. En particular, es en Melitópol -en el cinturón que discurre hacia el este desde el gran embalse del Dniéper- donde se concentran, y se caracterizan por su densidad y profundidad. Obviamente, conscientes de que este es el talón de Aquiles del frente, los rusos se han preparado.

El aspecto sobre el cual, sin embargo, la información resulta escasa es el despliegue de las fuerzas rusas. Desde el inicio de la Operación Especial hasta prácticamente el pasado otoño-invierno boreal, Rusia contó con unos 150.000 hombres sobre el terreno. Tras las ofensivas ucranianas del verano boreal, se inició la movilización parcial de reservistas, que sumaron unos 500.000 más, más otros 100.000 reunidos en las formaciones territoriales de voluntarios. Estos 600.000 hombres adicionales completaron su entrenamiento entre diciembre y febrero, pero no está claro dónde fueron desplegados. Ciertamente hay un contingente en Bielorrusia, quizás 30.000/50.000 hombres, y debe haber otros tantos en el territorio de la Federación Rusa, más o menos al nivel del óblast ucraniano de Sumy. Probablemente la misma cantidad compensó las pérdidas -entre KIA, WIA y POW- en las unidades comprometidas desde el comienzo de la Operación Militar Especial.2 De ello se deduce que hay un excedente de fuerzas de combate de al menos 400.000/500.000 hombres, sobre cuyo despliegue no hay información segura, pero que es poco probable que se desplieguen por completo en territorio ruso. Por lo tanto, es razonable suponer que al menos la mitad están desplegados en la retaguardia de los cuatro antiguos óblasts ucranianos.

Todo hace pensar, por consiguiente, que en abril-mayo asistiremos a una importante batalla en el sector centro-sur del frente y que esta batalla será muy sangrienta.

Para los ucranianos es crucial conseguir algún éxito y hacerlo sin pagar un precio desproporcionado, ya que la OTAN bien puede proporcionar (con cuentagotas) armamento cada vez más moderno, pero los ucranianos siguen teniendo que aportar la manpower; más aún si nos dirigimos a una guerra de larga duración.

Para los rusos -que, al parecer, ya han plenamente aceptado la perspectiva de una larga guerra de desgaste- se trata de impedir que cualquier ofensiva ucraniana alcance objetivos estratégicos; aunque en la historia militar rusa, la capacidad de resistencia, y de cambiar el rumbo de la guerra, es una constante.

La cuestión de qué seguirá a esta eventual ofensiva ucraniana sigue abierta, por supuesto. Está claro que mucho dependerá tanto de la zona en la que se desarrolle, como del resultado que tenga y de las pérdidas sufridas e infligidas. Razonablemente hablando, esto no puede durar mucho tiempo, y, por lo tanto, agotará su empuje propulsor en dos, máximo tres semanas. En ese momento, a menos que se produzcan reveses estrepitosos para los rusos, es posible que estos, a su vez, pasen a la ofensiva, tomando a los ucranianos por sorpresa y apuntando en dirección a Zaporiyia y la línea Slóviansk-Kramatorsk.

Puesto que la necesidad primordial de Rusia es asegurar su frontera occidental (y dado que sencillamente no hay margen para ninguna negociación creíble sobre seguridad en Europa), está claro que este objetivo debe alcanzarse manu militari, lo que significa en primer lugar la liberación completa de los cuatro óblasts incorporados a la Federación, y después la creación de una franja de seguridad en la frontera suficientemente profunda.3 Sin lograr primero estos resultados -lo que podría llevar otro año de guerra- es extremadamente difícil que Moscú se plantee avanzar más hacia el oeste, hacia Odesa y Transnistria, ya que esto significaría estirar demasiado las líneas logísticas y acercarse demasiado a las fronteras de la OTAN. Lo que podría hacer, en cambio, si incluso la liberación de las cuatro óblasts resulta insuficiente para acabar con la resistencia ucraniana, y hacer que la OTAN suavice sus consejos.

Por el momento, esta última parece oscilar entre un optimismo exagerado (según el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor estadounidense, Rusia ha fracasado estratégicamente, y ahora está fracasando también tácticamente)4 y un escepticismo más pragmático (según el ex asesor del jefe del Pentágono, el coronel Douglas McGregor, «antes de que los ucranianos puedan alcanzar a las fuerzas rusas, no quedará nada de ellas»).

A más tardar en el otoño boreal, sabremos hacia dónde se inclina la aguja.


Notas

1 “China yet to decide on Ukraine peacemaker role, says Kyiv”, en Financial Times, 29 de marzo de 2023.
2 A este respecto, hay que señalar que los hombres movilizados van a formar unidades del ejército regular ruso, mientras que los hombres de la PMC Wagner –que son los que sufrieron las mayores pérdidas en la larga batalla por Bajmut– recurren para ello al reclutamiento directo.
Otra cifra significativa es la de los prisioneros de guerra, también porque, al ser comunicados a la Cruz Roja Internacional, los datos de prisioneros son ciertos (mientras que, sobre el número de soldados caídos, ambos bandos callan o mienten, pero los famosos papeles del Pentágono hablan de más de 100.000 bajas ucranianas y unas 15.000 rusas, proporción que coincide con la de la mayoría de analistas serios: 9 a 1, 10 a 1). Pues bien, los prisioneros rusos en manos ucranianas parecen ser unos centenares, y Moscú trabaja rápidamente para obtener su liberación mediante canjes, mientras que los ucranianos superarían las decenas de miles…
3 Esta última podría ser también una zona desmilitarizada, según el modelo coreano, obtenible en negociaciones. Pero para que esto sea posible por medios diplomáticos y no bélicos, es necesario que Rusia acuda a la mesa con una posición de fuerza indiscutible, incluida la territorial.
4 Cf. “Ukraine Victory Unlikely This Year, Milley Says”, en Defense One, 31 de marzo de 2023.

kalewche.com


Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/una-primavera-roja

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